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| La Iglesia a juicio |
La literatura actual y la prensa han desperdigado ya
por todo el planeta una opinión, quizás ingeniosa, pero falta
de todo tipo de fundamento, de lo que es la
Iglesia Católica.
Los autores ponen a la Iglesia en el
banquillo de los acusados. A través de artículos, novelas y
libros pseudo-científicos, van alargando su dedo hasta hacer una larga
lista de acusaciones (los típicos y requemados proyectiles): las brujas
muertas en la hoguera, los monjes depravados, los Papas dementes...;
en fin, una institución intrigante, preocupada por mantener supuestos "secretos"
a costa de la vida de muchos.
Si
esta denuncia que hacen los autores se llevara a un
tribunal, ¿qué pasaría? ¿Sería encontrada culpable la Iglesia y el
cristianismo? La denuncia está hecha, a la supuesta culpable sólo
le queda comparecer y defenderse.
Veamos qué pasó en el
tribunal. Curiosos, afectados y testigos están ya en la sala,
ansiosos por ver el desenlace de este gran juicio.
El magistrado, después de haber escuchado las acusaciones, da dos
fuertes golpes de martillo, y con un vozarrón tosco y
serio mira a la acusada y le dice «¿Tiene algo
que replicar?»
- Prefiero que deje hablar a todos estos
testigos que parecen ansiosos por dar su opinión sobre
el tema -replica la Iglesia con voz delicada.
Salió un
frailecillo de nombre Francisco. Con ojos vivaces y pasos ágiles
se acercó al estrado.
- Soy hijo de
la acusada. Le puedo decir que fui caballero, pero un
día me encontré con un crucifijo abandonado y le escuché.
Comprendí que mi vida de lujo y vanidad nada tenía
que ver con el mensaje del pobre crucificado. Dejé todo
y le seguí. Con gusto recuerdo cuando fui a ver
al Sultán sin armas, ni espadas. Dejé a mis hermanos
en Belén, en Jerusalén, en tierras de guerra para hacer
el bien. No todo fue fácil, a muchos los mataron,
pero siguen allí, con hábito de sayal y predicando el
amor. Lo mismo se podría decir de los miles de
hermanos franciscanos que hoy están por todo el mundo siguiendo
mis huellas.
Kamel al-Sharif, secretario general del Consejo Islámico Internacional,
uno de los mayores organismos islámicos del mundo con sede
en Ammán y El Cairo, interrumpe desde su asiento para
apoyar a Francisco:
- El santo de Asís fue
de los primeros en invitar al diálogo entre civilizaciones. Durante
las cruzadas abrió un paso dentro de los dos campos
rivales para encontrase con el sultán, llamándolo a la paz.
- Señor juez, pido al testigo que aclare quién mató
a las brujas, -gritó el fiscal francamente enfadado
- ¿Quién mató a la bruja? Eso sí no le
sé decir, estaba ocupado en otras cosas.
-
Señor magistrado, déjeme decirle... yo también sé algo -retumbó otra
voz en la sala del juicio.
- Viví
en Barcelona, allá por el siglo XIII. Una época dura,
la guerra arreciaba y muchos cristianos caían prisioneros para ir
a morir en tierra extranjera. Fundé una orden dentro de
la Iglesia «para la liberación de los cautivos» (aún perdura
hasta hoy para los miles de religiosas y religiosos mercedarios).
Muchos de los nuestros iban a tierras extrañas para liberar
cristianos ¿cómo? ¿con guerra? Nada de eso, con su propia
vida y sin una lanza. Si no lograban obtener el
rescate por medios económicos, voluntariamente se ofrecían a sí mismos
para intercambiarse por los cautivos, sabiendo que les esperaban trabajos
forzados y muy probablemente la muerte. Gracias a Dios desde
que empezó esta idea hasta 1616 pudimos rescatar a medio
millón de esclavos. Otras órdenes liberaron a muchos también, por
ejemplo, los trinitarios a unos 900,000.
- ¿Alguien más?
-Dijo el juez
- Dejadme hablar a mí,
poca cosa soy, pero algo podré contar -una mujercilla pequeña,
arrugada y sonriente se puso de pie.
- Soy de
Albania, aunque la mayor parte de mi vida viví en
la India. Mi nombre es Teresa. Un día en la
ciudad de Calcuta caminaba por un barrio miserable, escuché un
chillido tenue en un basurero. Me detuve, abrí el contenedor
y encontré nada menos que a un ser humano, una
mujer. La saqué, la cargué, curé sus heridas y la
acompañé en mi casa hasta que murió poco después. Así
hice con muchas personas más que si bien murieron, experimentaron
la dicha de ser amadas antes de expirar. Quisiera que
quede asentado en el acta que no lo hubiera hecho
si no es porque detrás de esos moribundos siempre veía
el rostro de otra persona por quien hago todo, es
fácil que adivine quién es. Perdone, señor, juez, me desvié
del tema, ya no recuerdo qué quería saber usted de
la Iglesia.
- A ver, usted, el señor de atrás
con la corona ¿Tiene algo que declarar?
-
Está bien. Si usted lo quiere. Me llamo Gregorio, fui
Papa hace ya mucho tiempo. En mi época, allá por
el año 600, el rey de Nápoles intentaba prohibir a
los hebreos la celebración de sus fiestas. Prefiero leer lo
que escribí al obispo de ese lugar: «Unos judíos que
viven en Nápoles se nos han quejado. Deben proveer con
palabras de bondad, no ásperas, de modo que la enemistad
no los aleje(...) no permita que sean molestados de nuevo
por razón de sus festividades, sin que tengan la libre
concesión de observar y de celebrar sus festividades» (Documento fácilmente
accesible en Denzinger n. 480).
El murmullo crecía en la
sala del tribunal, las manos alzadas se acumulaban. Entre éstos
había tullidos, huérfanos, cojos, gente rica y pobre, de todos
colores y lenguas. Algunos con atuendo oriental, otros con traje
de ejecutivo y otros con andrajos de mendigo todos querían
acercarse y dar su testimonio.
El juez se empezaba a
poner nervioso; no digamos el fiscal...
- A
ver tú..., el indito ¿Qué dices a todas estas acusaciones
contra la Sra. Iglesia?
- Me apena que
no tenga tiempo para contar la historia de Tata Vasco,
de las Casas, Fray Margil de Jesús y muchos más.
Recordaré sólo que gracias a un dominico, Francisco de Vitoria,
que luchó desde su cátedra universitaria en Salamanca, a los
indígenas se nos reconoció la dignidad de personas, hijos de
Dios con los mismos derechos que cualquier otra persona sea
de la nación o del color que fuera. Gracias a
él ni mis padres ni yo fuimos nunca esclavos.
Uno de lo policías le dice algo al oído al
juez, manda abrir la puerta de entrada de la sala
y entra un señor mayor con traje y guardaespaldas.
-
Soy el Presidente de la República Italiana, Carlo Azeglio Ciampi.
Quisiera comentar que el pasado 27 de enero, jornada de
conmemoración de la Shoa, en nombre de todo el pueblo
italiano otorgué un reconocimiento al obispo Umberto Rossi, quien como
tantos otros hombres de Iglesia, arriesgaron su vida para salvar
a millares de hebreos y perseguidos políticos de la deportación
y de la muerte durante los dramáticos años de la
Segunda Guerra Mundial.
Dos toques de martillo. El juez se
dirige a la Sra. Iglesia que observa y escucha. -¿Tiene
algo más que decir?
Esbozó una pequeña sonrisa,
encogió ligeramente los hombros y dijo -¿Qué más le podría
decir? Basta con lo que ya han hecho y dicho
estos hijos míos en representación de los 4.217.572 que colaboran
en actividades de pastoral en escuelas, hospitales, asilos, catequesis etc
(cifra del anuario pontificio 2003).
Creo que nadie contesta que
ha habido y hay personas que después de pasar por
la pila bautismal han tenido comportamientos acristianos, subcristianos y anticristianos.
Lo que me parece injusto y a veces ridículo es
que se ataque a la Iglesia, como si ella propusiera
esos comportamientos como modelos. El ideal propuesto por el Evangelio
ha sido siempre el mismo y ahí está lo que
nunca podrán criticar: hombres y mujeres que han creído en
el amor y han dejado en ello la propia vida
y a veces la sangre. Tarde o temprano veremos que
el argumento del testimonio vale más que el argumento del
engaño.
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Imagen: togas.biz