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Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre | Fuente: www.enticonfio.org Nuestro público es Dios
Monseñor Munilla hace un paralelismo entre las críticas que reciben los protagonistas del cuento y las que recibe hoy la Iglesia
Nuestro público es Dios
Seguramente muchos habremos escuchado en nuestra infancia, de labios de
nuestros padres y abuelos, aquel sabio cuento que tenía como
protagonistas a un padre y a su hijo. Los dos
viajaban con su burro atravesando diversos pueblos, suscitando comentarios muy
dispares entre los lugareños.
Al pasar por el primer
pueblo, el padre montaba sobre el burro y el hijo
caminaba a su vera. Los comentarios no se hicieron esperar:
"¡Qué padre tan inmisericorde! ¡El pobre niño caminando y él
encima del jumento, como si fuera un sultán!"
Al
escuchar las murmuraciones, decidieron cambiarse antes de llegar a la
siguiente población, de forma que ahora el padre caminaba y
el hijo era quien montaba el borrico. Pero, sin embargo,
las críticas no hicieron sino cambiar de signo: "¡Mira qué
juventud tenemos hoy en día! ¡El anciano padre caminando, y
un muchacho tan ágil, sentado a lomos del burro!"
Visto lo visto, pensaron que lo mejor sería montar los
dos sobre el asno al pasar por el tercero de
los pueblos. Pero las cosas se pusieron todavía peor: "¡Pobre
burro! ¡Los que van montados en él demuestran ser más
bestias que el desdichado animal!"
Aturdidos por tanta crítica, decidieron entrar
al cuarto pueblo, ambos a pie, junto al burro. Pero,
ni por esas…: "Pero, ¡qué tontos! ¿Para eso se han
comprado un burro?, ¿para ir andando?".
La moraleja que
se nos transmitía con la narración de este cuento, era
tan evidente como importante: Necesitamos ser libres del juicio ajeno,
para poder obrar en justicia y en verdad. Quien tiene
su referente en las críticas de los demás o en
los aplausos cosechados, está condenado a no actuar en conciencia.
Pasados ya muchos años, he ido comprendiendo que aquella
sabia narración que mi difunto padre nos contaba de pequeños,
tiene más aplicaciones de las que él mismo hubiese supuesto.
¿Acaso no le ocurre a la Iglesia hoy en día,
lo mismo que a los protagonistas del cuento? ¿No tenemos
también nosotros que extraer la enseñanza de conquistar la necesaria
libertad interior, para que la vida de la Iglesia sea
lo que Dios quiere de ella, sin dejarnos amedrentar por
tantas burlas, sátiras y comentarios ligeros?
El padre
sobre el burro y el hijo caminando
A veces se
le acusa a la Iglesia de paternalismo y/o de autoritarismo:
"¡Míralos…, hablan ex cátedra y se creen que están en
posesión de la verdad!". En medio de una sociedad en
la que la figura del padre, e incluso el mismo
sentido de autoridad están en plena crisis, existe una reacción
alérgica hacia el Magisterio de la Iglesia.
El hijo montado y el padre a pie
Es de
sobra conocida la predicación moral de Iglesia respecto a los
más débiles: enfermos, pobres, ancianos, niños no nacidos, huérfanos e
hijos de familias desestructuradas, embriones congelados, etc. Pero, sin embargo,
tampoco aquí nos libramos de la incomprensión: "¡Cada uno decide
los valores que cree que deben ser respetados!". En efecto,
la opción cristiana "pro vida", se presenta como enemiga de
la mentalidad "pro libre elección".
Los dos montados
sobre el asno
Cuando la Iglesia se sirve de los
medios modernos para la evangelización –televisión, radio, Internet, presencia en
foros públicos, etc-, con mucha frecuencia es percibida y criticada
como una intrusa en la vida pública: "¿Por qué tienen
que sermonearnos fuera del púlpito?". Y es que, con frecuencia
se nos quiere hacer creer que el ámbito de las
creencias religiosas se circunscribe únicamente al interior de la conciencia
y a la sacristía.
Ambos a pie, junto
al burro
Paradójicamente, otras veces la Iglesia es criticada, precisamente,
por no dirigirse al hombre de hoy en su propio
lenguaje: "¿Cuándo se darán cuenta de que se están quedando
anquilosados con esa forma tan obsoleta de evangelizar?". Frente a
estas contradicciones, nosotros no podemos perder la conciencia de que
los métodos modernos de evangelización, han de ser acompañados con
la oración y la penitencia, para que puedan ser eficaces
y fecundos.
Moraleja: Nuestro público es Dios
Evidentemente, la
moraleja del cuento no puede ni debe ser que, tengamos
que hacernos sordos a las correcciones y a las críticas,
incluso cuando sean formuladas desde el desamor. Así lo decía
sabiamente Unamuno: "Toma consejo del enemigo". Pero, ciertamente, una conclusión
necesaria es que no perdamos la paz por causa del
ambiente de juicios ligeros y críticas sistemáticas, en el que
estamos envueltos. Esta es la moraleja: ¡Nuestro público es Dios!
La Iglesia necesita la libertad interior para poder realizar la
voluntad de Dios, que es justicia, amor y esperanza para
todos los hombres.
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