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Autor: Sandro Magister | Fuente: www.chiesa.espressonline.it. El Papa no viste Prada sino Cristo
El maestro de las ceremonias papales Guido Marini replica las objeciones contra las últimas decisiones de Benedicto XVI en materia de liturgia, desde el motu proprio hasta la cruz al centro del altar
El Papa no viste Prada sino Cristo
"El Papa no viste Prada sino Cristo": esta es la
perentoria conclusión de un artículo de "L´Osservatore Romano" dirigido a
defender las decisiones de Benedicto XVI en materia de vestuario
litúrgico y no litúrgico. Un artículo curiosamente firmado por un
casi homónimo de la celebre casa de moda, Juan Manuel
de Prada.
Pero hay más en el mismo número de
"L´Osservatore". Hay también una entrevista al maestro de las celebraciones
litúrgicas pontificias, monseñor Guido Marini, el cual – a propósito
de una nueva configuración del palio usado por el Papa
– responde a las reiteradas objeciones contra algunas recientes decisiones
de Benedicto XVI en materia litúrgica:
– el motu proprio
"Summorum Pontificum" que ha liberalizado el rito antiguo de la
misa;
– la cruz colocada al centro del altar en
las celebraciones papales;
– la misa celebrada en la Capilla
Sixtina, sobre el antiguo altar vuelto hacia el fresco del
Juicio;
– el retorno al uso del báculo pastoral en forma
de cruz;
– la comunión dada en la boca a
los fieles de rodillas.
El motu proprio "Summorum Pontificum"
Sobre el
motu proprio "Summorum Pontificum", Marini dice que no sabe si
Benedicto XVI celebrará él mismo en público una misa según
el rito antiguo. Y continúa:
«En cuanto al motu proprio
citado, considerándolo con serena atención y sin visiones ideológicas, junto
a la carta dirigida por el Papa a los obispos
de todo el mundo para presentarlo, resalta una precisa doble
intención. Ante todo, el de agilizar el logro de “una
reconciliación en el seno de la Iglesia”; y en este
sentido, como ha sido dicho, el motu proprio es un
bellísimo acto de amor hacia la unidad de la Iglesia.
En segundo lugar – y esto es un dato que
no debe olvidarse – su objetivo es del de favorecer
un recíproco enriquecimiento entre las dos formas del rito romano:
de tal modo que, por ejemplo, en la celebración según
el misal de Pablo VI (que es la forma ordinaria
del rito romano) “podrá manifestarse de modo más fuerte de
cuanto no lo es frecuentemente hasta ahora, la sacralidad que
atrae a muchos a la usanza antigua”».
La cruz en el
centro del altar
Sobre la cruz puesta al centro del
altar Marini dice:
«Ella indica la centralidad del Crucificado en
la celebración eucarística y la orientación exacta que toda la
asamblea está llamada a tener durante la liturgia eucarística: no
se ve el objeto, sino a Aquel que ha nacido,
muerto y resucitado por nosotros, el Salvador. Del Señor viene
la salvación, Él es el Oriente, el Sol que nace
al que todos debemos dirigir la mirada, del que todos
debemos acoger el don de la gracia. La cuestión de
la orientación litúrgica en la celebración eucarística, y el modo
también práctico en que esta toma forma, tiene gran importancia,
porque con ello es introducido un fundamental dato que es
a la vez teológico y antropológico, eclesiológico e inherente a
la espiritualidad personal».
La misa en la Capilla Sixtina
Sobre
la celebración en el antiguo altar dirigido hacia el Juicio,
en la Capilla Sixtina, Marini explica:
«En las circunstancias en
El Papa no viste Prada sino Cristo
las que la celebración ocurre según esta modalidad, no se
trata tanto de dirigir la espalda a los fieles, sino
más bien de orientarse junto a los fieles hacia el
Señor. Desde este punto de vista “no se cierra la
puerta a la asamblea”, sino “se abre la puerta a
la asamblea” conduciéndola al Señor. Se pueden verificar particulares circunstancias
en las cuales, por motivo de las condiciones artísticas del
lugar sagrado y de la singular belleza y armonía, sea
recomendable celebrar en el altar antiguo, donde por lo demás
se conserva la exacta orientación de la celebración litúrgica. No
se nos debería sorprender: basta con ir a la basílica
de San Pedro en la mañana y ver cuantos sacerdotes
celebran según el rito ordinario que emanado de la reforma
litúrgica, pero sobre altares tradicionales y por lo mismo orientados
como el de la Capilla Sixtina ».
El báculo en
forma de cruz
Sobre el uso del báculo pastoral en forma
de cruz, Marini dice:
«El báculo pastoral dorado en forma
de cruz griega — que perteneció al beato Pío IX
y usado por vez primera por Benedicto XVI en la
celebración del Domingo de Ramos de este año — ahora
es usado constantemente por el pontífice, que ha considerado sustituir
el de plata con el crucifijo encima, introducido por Pablo
VI y utilizado también por Juan Pablo I, Juan Pablo
II y por él mismo. Tal decisión no significa simplemente
un retorno a lo antiguo, sino que testimonia un desarrollo
en la continuidad, un enraizarse en la tradición que permite
proceder ordenadamente en el camino de la historia. Este báculo
pastoral, denominado “férula”, responde efectivamente en modo más fiel a
la forma del báculo papal típico de la tradición romana,
que siempre ha sido en forma de cruz y sin
crucifijo, por lo menos desde cuando el báculo comenzó a
usarse por los romanos pontífices ».
La comunión en la
boca
En relación a la comunión dada por el Papa en
la boca a los fieles arrodillados – en la reciente
visita a Santa Maria de Leuca y Brindisi – Marini
afirma que se hará "práctica habitual en las celebraciones papales".
Y continúa:
«Al respecto es necesario no olvidar que la
distribución de la comunión en la mano sigue siendo aún
hoy, desde el punto de vista jurídico, un indulto a
la ley universal, concedido por la Santa Sede a aquellas
conferencias episcopales que lo hayan solicitado. La modalidad adoptada por
Benedicto XVI tiende a subrayar la vigencia de la norma
válida para toda la Iglesia. Adicionalmente se podría quizá ver
también una preferencia por el uso de tal modalidad de
distribución que, sin quitar nada a la otra, evidencia mejor
la verdad de la presencia real en la Eucaristía, ayuda
a la devoción de los fieles, introduce con más facilidad
al sentido de misterio. Aspectos que, en nuestro tiempo, pastoralmente
hablando, es urgente subrayar y recuperar».
“Preconciliar” y “postconciliar”
En resumen,
a quien acusa a Benedicto XVI de querer “imponer así
modelos preconciliares” Marini replica:
«En lo que respecta a términos
como “preconciliar” y “postconciliar” utilizados por algunos, me parece que
pertenecen a un lenguaje ya superado y, si son usado
con la intención de indicar una discontinuidad en el camino
de la Iglesia, considero que están equivocados y típicos de
visiones ideológicas muy reductivas. Hay “cosas antiguas y cosas nuevas”
que pertenecen al tesoro de la Iglesia de siempre y
que como tales se deben considerar. El sabio sabe encontrar
unas y otras en su tesoro, sin valerse de otros
criterios que no sean los evangélicos y eclesiales. No todo
lo que es nuevo es verdad, como por otra parte
tampoco lo es todo lo que es antiguo. La verdad
atraviesa lo antiguo y lo nuevo y es a ella
a la que debemos tender sin preconcepciones. La Iglesia vive
según la ley de la continuidad en virtud de la
cual sabe de un desarrollo radicado en la tradición. Lo
que más importa es que todo concurra para que la
celebración litúrgica sea de verdad la celebración del misterio sagrado,
del Señor crucificado y resucitado que se hace presente en
su Iglesia actualizando nuevamente el misterio de la salvación y
llamándonos, en la lógica de una auténtica y activa participación,
a compartir hasta las extremas consecuencias su misma vida, que
es vida de donación de amor al Padre y a
los hermanos, vida de santidad».
Está fuera de dudas que
las posturas expresadas por el actual maestro de las celebraciones
litúrgicas pontificias reflejan fielmente el pensamiento de Benedicto XVI. Para
darse cuenta de ello basta volver a leer, por ejemplo,
un libro publicado por Joseph Ratzinger en el 2001: “Introducción
al espíritu de la liturgia”
En aquel libro Ratzinger escribía
que la solución a tantos actuales “absurdos” litúrgicos no está
en cambiar nuevamente todo, porque “nada es más dañino para
la liturgia que poner continuamente todo de cabeza”
Pero a
propósito de la orientación de la liturgia y de la
cruz al centro del altar mostraba tener ideas muy claras:
«Antiguamente la dirección hacia oriente se encontraba en estrecha relación
con el “signo del Hijo del hombre, con la cruz,
que anuncia el regreso del Señor. El oriente fue por
tanto puesto muy pronto en relación con el signo de
la cruz. Donde no es posible dirigirse todos juntos hacia
oriente en manera evidente, la cruz puede servir como el
oriente interior de la fe. Ella debería encontrarse al centro
del altar y ser el punto al que dirigen la
mirada tanto el sacerdote como la comunidad orante. En tal
modo seguimos la antigua exhortación pronunciada al inicio de la
Eucaristía. “Conversi ad Dominum”, volveros al Señor. Miramos juntos a
Aquel cuya muerte ha roto el velo del templo, a
Aquel que esta ante el Padre a favor nuestro y
nos estrecha entre sus brazos, a Aquel que hace de
nosotros templos vivos. Entre los fenómenos verdaderamente absurdos de nuestro
tiempo yo cuento el hecho de que la cruz sea
colocada a un lado del altar para dejar que los
fieles puedan mirar libremente al sacerdote. ´Pero la cruz, durante
la Eucaristía, representa una molestia? ´El sacerdote es más importante
que el Señor? Este error debería ser corregido lo antes
posible, y esto puede ocurrir sin nuevas intervenciones arquitectónicas. El
Señor es el punto de referencia. Es Él el sol
naciente de la historia. Puede tratarse tanto de la cruz
de la pasión, que representa a Jesús sufriente que deja
atravesar su costado por nosotros, del que brotan sangre y
agua – la Eucaristía y el Bautismo – como también
de una cruz triunfal, que expresa la idea del retorno
de Jesús y llama la atención sobre ello. Porque es
Él, de todos modos, el único Señor: Cristo ayer, hoy
y eternamente».
Desde entonces Ratzinger no ha modificado ni una
letra de estos juicios suyos. Ni los calla.
En efecto,
el pasado 22 de marzo, en la misa de la
vigilia de Pascua en la basílica de San Pedro, Benedicto
XVI concluyó su homilía volviendo a proponer precisamente la exhortación
"Conversi ad Dominum". Así:
«En la Iglesia antigua existía la
costumbre de que el obispo o el sacerdote después de
la homilía exhortara a los creyentes exclamando: "Conversi ad Dominum"
– volveos ahora hacia el Señor. Eso significaba ante todo
que ellos se volvían hacia el Este – en la
dirección del sol naciente como señal del retorno de Cristo,
a cuyo encuentro vamos en la celebración de la Eucaristía.
Donde, por alguna razón, eso no era posible, dirigían su
mirada a la imagen de Cristo en el ábside o
a la Cruz, para orientarse interiormente hacia el Señor. Porque,
en definitiva, se trataba de este hecho interior: de la
"conversio", de dirigir nuestra alma hacia Jesucristo y, de ese
modo, hacia el Dios viviente, hacia la luz verdadera. A
esto se unía también otra exclamación que aún hoy, antes
del Canon, se dirige a la comunidad creyente: "Sursum corda"
– levantemos el corazón, fuera de la maraña de todas
nuestras preocupaciones, de nuestros deseos, de nuestras angustias, de nuestra
distracción – levantad vuestros corazones, vuestra interioridad. Con ambas exclamaciones
se nos exhorta de alguna manera a renovar nuestro Bautismo:
"Conversi ad Dominum" – siempre debemos apartarnos de los caminos
equivocados, en los que tan a menudo nos movemos con
nuestro pensamiento y obras. Siempre tenemos que dirigirnos a Él,
que es el Camino, la Verdad y la Vida. Siempre
hemos de ser "convertidos", dirigir toda la vida a Dios.
Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea sustraído
de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo,
y levantarlo interiormente hacia lo alto: en la verdad y
el amor. En esta hora damos gracias al Señor, porque
en virtud de la fuerza de su palabra y de
los santos Sacramentos nos indica el itinerario justo y atrae
hacia lo alto nuestro corazón»
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