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Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net ¿Cómo actuar ante los ataques a la Iglesia?
Serenidad, sinceridad y caridad
¿Cómo actuar ante los ataques a la Iglesia?
Hay principalmente tres actitudes que ayudan de manera especial al
católico ante los ataques a la Iglesia: la serenidad, la
sinceridad y la caridad.
Le serenidad nace de la conciencia de
que Cristo sigue estando presente en su Iglesia y que
la fe es un don que "ni el ojo vio,
ni el oído oyó, ni al corazón del hombre
llegó lo que Dios preparó para los que le aman".
(1 Cor 2,9). Así, dado que la fe de la
Iglesia no es una lección de matemáticas básica, no hay
que extrañarse si no todos la comprenden. Siempre habrá ataques,
pues a la Iglesia le toca el mismo destino que
a Cristo: "Éste está puesto para ser señal de contradicción".
(Lc 2,34)
Muchas veces los ataques a la Iglesia no son
de mala voluntad, sino que surgen de la ignorancia de
los atacantes. Hay que evitar los juicios y escucharlos con
atención y respeto, tratando de iniciar juntos, un camino para
encontrar la verdad. Por eso es necesario que cada cristiano
conozca siempre mejor su fe, la profundice y sobre todo
la viva cada día para poder dar respuesta a todo
el que le pida razón de su esperanza (1 Pedro
3,15). El católico no tiene porque temer la sinceridad pues
tiene su seguridad en Cristo que dijo: “Yo soy la
verdad”. (Jn 14,6)
Conviene que un católico responda a los ataques,
no con la discusión, ni con la agresión, sino con
la caridad. El cristianismo no ha logrado sus grandes victorias
por medio de la fuerza o del poder. Es el
amor el que hizo diferente y deseable su estilo de
vida. La caridad debe ser el distintivo de los cristianos,
porque en la caridad el católico muestra que es un
hijo de Dios. Debemos buscar el error y falsedad de
las críticas, pero, a su vez, amar al hombre o
mujer que las dice. El cristiano debe odiar el pecado,
pero amar al pecador.
"Amad a vuestros enemigos, haced el bien
a los que los odian, orad por los que los
persiguen..." Este es el mandato de Jesús.
Por eso el cristiano
debe defender a la Iglesia siempre como institución divina fundada
por Jesucristo y como medio de santificación para todos los
hombres, consciente de que está formada por seres humanos
con fallos y debilidades pero que por encima de ella
está la gracia de Dios. “Tu eres Pedro y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia y los poderes del infierno
no prevalecerán sobre ella”.
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