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Autor: Alejandro E. Pomar | Fuente: La Biblia on line La fogata de san Pedro y san Pablo
La muerte de los Apóstoles por crucifixión y decapitación se asocia de este modo, en el rito de la fogata, con el sacrificio en la hoguera
Cada 29 de junio, después de haber recolectado y
acarreado durante semanas toda clase de elementos combustibles, llega el
momento culminante: los pibes de cada barrio encienden sus «fogaratas».
No
se trata de simples fogatas, como las que hacen quienes
están de campamento, o cualquiera que quiere quemar hojas o
simplemente entrar en calor. La «fogarata» es un rito religioso
y conserva ese carácter aun cuando quienes la preparan, la
encienden y la disfrutan en esa noche mágica, ignoren lo
que en ese día se conmemora y celebra.
Para los cristianos,
el 29 de junio es la fiesta de San Pedro
y San Pablo, el primer Papa y el gran Apóstol
de los Gentiles. Según la tradición, ambos fueron ejecutados alrededor
del año 67, por orden de Nerón. Pedro fue crucificado
cabeza abajo según su deseo, por considerarse indigno morir como
su maestro. Pablo fue conducido a Ostia, y allí fue
decapitado.
Ahora bien, en la religiosidad popular, los elementos de la
naturaleza (el agua, el árbol, las flores, el fuego), son
signos de otra realidad trascendente e inefable. El simbolismo del
fuego –concretamente- tiene siempre un trasfondo religioso: expía el demonismo
de las brujas, ahuyenta los malos espíritus, conmemora acontecimientos sagrados...
Esa
reverencia instintiva hacia los acontecimientos de la naturaleza, propia de
la religiosidad humana, ha inspirado los rituales de cambio de
estación, en los solsticios y en los equinoccios. Así, al
comienzo del invierno del hemisferio norte, se hacían desde la
antigüedad fuegos nocturnos para intentar devolver su fuerza a un
sol que día a día se mostraba más débil. Ahora
bien, los cultos populares son propicios para el sincretismo. Por
otra parte, el cristianismo dentro de su conmemoración anual de
acontecimientos religiosos y salvíficos, integra también elementos populares y ritos
de naturaleza cósmica. Por ello, el ritual cristiano asume esta
antigua tradición, y en la noche más larga enciende la
máxima luz de esperanza para los hombres: el nacimiento de
Jesús, la Nochebuena.
Con el retorno de la primavera, en
la Pascua florida, la vida vuelve a renacer; y en
el primer domingo de luna llena de cada primavera boreal,
los cristianos celebramos la victoria definitiva de Cristo ante la
muerte: el domingo de Resurrección. Los días se van haciendo
más largos, se desarrolla la vida de plantas y animales,
y en la noche de San Juan (el solsticio de
verano del hemisferio norte), se encienden fogatas de fiesta a
la puesta del sol y hasta su nueva salida, para
abolir para siempre la oscuridad.
Según la creencia popular -de corte
pagano- en estas noches mágicas se produce la comunicación entre
el mundo profano y el mundo sagrado. Desde nuestra duración
temporal, una transitoria brecha nos permite comunicarnos con lo trascendente.
Este hecho se manifiesta además en humildes milagros: confraternizan ricos
con pobres, se comparte la cena con desconocidos, las niñas
sueñan con quien ha de desposarlas, y las viejas enseñan
los ritos que curan el mal de ojo y el
empacho, cuyo poder efectivo sólo entonces puede transmitirse.
El sentido
purificador atribuido al fuego, se mezcla con el rito estival
(entre nosotros invernal) de la fogata de San Juan. Del
mismo modo, para la misma época del año, el martirio
de los santos Pedro y Pablo se confunde con las
ordalías en que se quemaban presuntos cómplices del diablo. La
muerte de los Apóstoles por crucifixión y decapitación se asocia
de este modo, en el rito de la fogata, con
el sacrificio en la hoguera. Así, en lo alto de
la «fogarata» no suele faltar "el muñeco", una figura humana
hecha al modo de los espantapájaros, que es quemado como
expiación colectiva, o para rendir homenaje a mártires inocentes. Hasta
suele atribuirse festivamente al muñeco, la identidad de algún vecino
del barrio, como signo de popularidad (o a veces de
agravio).
La ceremonia del encendido se vincula también con otros rituales
aprendidos en las novelas o en el cine. Hordas de
muchachitos disfrazados irrumpen por una calle lateral portando antorchas encendidas,
rodean la pira y la encienden por todos sus costados.
Después sigue la tertulia familiar: chicos y grandes rodean el
fuego, encienden cohetes, bengalas y cañitas voladoras, y -a veces-
asan comida en el fuego.
Esta fiesta pagana y religiosa, que
sigue vigente en los barrios y en el interior, es
para muchos una tradición querida que enlaza con la sacralidad
tan primitiva como auténtica del ritual del fuego; en definitiva,
expresa el anhelo de trascendencia que -a veces sin sospecharlo-
tenemos todos los hombres.
Basado en un artículo publicado en el
diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca el 24 de junio
de 2001, firmado por el licenciado Conrado De Lucia, ex profesor de
Historia de las Religiones en el Instituto Superior "Juan XXIII"
http://www.labibliaonline.com.ar
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