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Autor: P. Eduardo Martínez Abad | Fuente: Catholic.net Muerte, ¿dónde está tu victoria?
Llega el Sábado Santo y todo se acabó. Ya hemos acabado. Los recuerdos de nuestros pecados, de nuestros arrepentimientos, quedan aparcados
Muerte, ¿dónde está tu victoria?
Aun resuena en mi mente de mis 17 años,
la palabra ronca de un sacerdote ya mayor, añadiendo como
coletilla a sus pláticas de ejercicios cuaresmales: “Mira que te
has de morir. Mira que no sabes cuándo.”
No obstante, hemos
caído en una gran trampa, porque hemos predicado, presentado, explicado
con sermones y charlas cuaresmales todo el contenido de la
cuaresma, con su contenido de conversión, como objetivo principal, como
lo nuclear, como lo principal, como lo esencial del misterio
al cual la misma Cuaresma nos está preparando: la Resurrección
de Jesucristo, al tercer día, de entre los muertos.
Y
la Cuaresma nos ha preparado con horas extras, horas durante
todos los días y aún antes de la Cuaresma, renovando
y sacando a la luz un año más, todos los
símbolos y gestos de un arrepentimiento y conversión vacíos de
Jesucristo y llenos de nuestros sentimientos de un oscuro pesar,
no sabemos de qué.
Acabada la Cuaresma, se acabó todo. Se
acabó todo esfuerzo y todo proyecto de futuro de la
renovación, de la conversión de nuestra vida.
El único proyecto era
la Cuaresma, con todo su folclore, de procesiones de kilómetros,
a recorrer en 16, 20 o más horas, pasos o
carrozas con figuras de la Pasión de Jesucristo, penitentes y
flagelantes, encaperuzados, nazarenos con cadenas o con cruces, costaleros, sangrándoles
los hombros de pujar los pasos o carrozas.
¡Qué gran
trampa! Porque lo importante no es la cuaresma, momento, etapa
de preparación al Gran Misterio. El período de Cuaresma queda
desproporcionado en su intensidad y vivencia. Lo importante, qué digo
importante, lo fundamental, es la Resurrección del Hijo de Dios
de entre los muertos.
“Muerte, ¿dónde está tu victoria? Muerte
¿dónde está tu aguijón?”
Se me va la imaginación por lo
que conozco: Semana Santa de Andalucía, de Castilla, aunque digan
que es diferente. Llega el Sábado Santo y todo se
acabó. Ya hemos acabado. Los recuerdos de nuestros pecados, de
nuestros arrepentimientos, quedan aparcados. Ahora, a descansar de tantos trabajos
extra, que hemos tenido en los cuarenta días y sobre
todo de esa gran Semana, que la llamamos Santa, en
la que nos volcamos y quedamos vacíos en cuerpo y
mente para vivir el Gran Misterio al que todo ese
periodo o etapa nos había preparado. Todo se acabó, todo
se acabó. Llegamos al final. Adiós Resurrección, para la que
nos estaba preparando. Estamos cansados y hartos ya de tanto
“trajín”.
LA RESURRECCIÓN DEL HIJO DE DIOS DE ENTRE LOS MUERTOS...
ya hablaremos más tarde, que ahora estamos cansados, agobiados, de
procesiones, y todo lo demás de la Cuaresma. Uf! 40
días y más, trabajando y preparando para que todo salga
bien. Las procesiones de “pasos” de imágenes preciosas, las bandas
de música con ensayos y ensayos, los via crucis procesionales
con cruces penitenciales a los hombres y los cirios y
los hachones, y los quinarios de dolor...
Para qué
todo este esfuerzo, todo este tinglado de millones y millones,
para que todo salga bien y se vea bonito, que
esté bien, que guste y satisfaga a todos, por esa
tendencia del ser humano, harto de tensiones, a descargarse de
sus tensiones internas, de su culpabilidad, por cierto masoquismo de
toda esta Cuaresma que hemos montado y que cada vez
degenera en un gran espectáculo y un trajinar en las
parroquias, preparando todo...
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