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La mujer, en los primeros siglos del cristianismo, ocupó un
papel bien determinado en la vida de la Iglesia. Los
apóstoles y los primeros cristianos no hicieron otra cosa que
seguir el ejemplo de Cristo, quien tuvo para con ella
una particular consideración, yendo en contra incluso de los usos
y costumbres de su época.
Debemos reconocer, sin embargo, que
Cristo no trató a los hombres y a las mujeres
del mismo modo. A cada quien confió, simplemente, funciones diversas.
El grupo de los doce apóstoles, por ejemplo, estuvo formado
sólo por varones. En repetidas ocasiones, Cristo manda a los
apóstoles en misión, dándoles instrucciones de cómo debe ser su
predicación (cf. Mt 10, 5; Lc 9, 2; 10, 1)
y, una vez resucitado, pide a Pedro que apaciente a
sus ovejas (cf. Jn 21, 17). Existen muchos pasajes más
donde se ve la voluntad de Cristo de confiar determinadas
tareas a los varones.
Lo anterior no responde a un
desprecio por la mujer. Nos consta con certeza por los
Evangelios que había un grupo de mujeres que acompañaba y
ayudaba a Cristo (cf. Mt 27,55). Además, Cristo se refiere
en muchas ocasiones a ellas. En la parábola de la
dracma perdida, los sentimientos de la mujer que busca una
moneda representan los sentimientos de Dios para con el pecador
(cf. Lc 15, 8-10); defiende a la mujer que le
unge los pies en un banquete (cf. Mc 14, 3-9);
sale en defensa de la mujer adúltera que iba a
ser lapidada (cf. Jn 8, 3-11); se dirige, contra toda
costumbre, a una mujer samaritana en un lugar público y
ella, extrañada, le pregunta: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides
de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Jn
4, 9); declara la igualdad del hombre y la mujer
en el matrimonio, cuando afirma: «Quien repudie a su mujer
y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y
si ella repudia a su marido y se casa con
otro, comete adulterio» (Mc 10, 11-12); confía a una mujer
–María Magdalena–, la misión de anunciar a los apóstoles su
resurrección (cf. Jn 20, 17) y, por último, sólo a
una mujer, a su Madre, concede el don de no
tener pecado original (la Inmaculada Concepción). Esto no lo otorgó
a ningún hombre, ni siquiera a su padre putativo, san
José.
Misiones diversas
Estrictamente hablando la misión del hombre dentro
de la Iglesia no es superior a la misión de
la mujer. Se trata más bien de misiones distintas, ambas
con igual dignidad. En la declaración Inter insigniores de la
Congregación para la Doctrina de la Fe se afirma: «El
único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad
(cf. 1 Cor 12-13). Los más grandes en el reino
de los cielos no son los ministros, sino los santos».
La autoridad que ejercen los ministros tiene su fuente en
la autoridad de Dios y no en una presunta superioridad
de ellos sobre el resto del pueblo cristiano.
Podríamos preguntarnos
por qué Cristo asignó de este modo las tareas dentro
de la Iglesia. Algunos podrían responder usando argumentos de tipo
psicológico. Es decir, las diferencias que existen entre el modo
de ser femenino y masculino harían más o menos apto
a determinado sexo para ciertas tareas. Sin embargo, como nos
enseña la experiencia, es difícil encontrar un consenso general en
este punto.
La Iglesia no ha buscado ahí una respuesta.
Simplemente ha querido respetar la voluntad de Cristo, sin cuestionarla
o contradecirla: si Cristo asignó de este modo las tareas
en la vida de la Iglesia, por algo fue. Esto
no es fideísmo o abdicación arbitraria de la propia racionalidad,
como a primera vista podría parecer. Para los creyentes, Cristo
no es un hombre más, sino el hijo de Dios
quien posee una sabiduría más profunda que la sabiduría de
los hombres. Al obrar así el creyente no mutila su
razón, más bien, reconoce que ésta tiene unos límites y
que no puede conocerlo todo. Dice san Pablo:
¡Oh abismo
de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia
de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus
caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento de Señor? O
¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero que
tenga derecho a la recompensa? (Rm 11,33) El creyente, cuando acata
la voluntad de Cristo –en este y en otros campos–,
no lo hace como un acto de irracionalidad, sino como
una acto de confianza en Aquél que sabemos que no
miente (a diferencia de los hombres…). Algo semejante sucede en
las relaciones humanas donde muchas cosas no se verifican racional
y científicamente. Por ejemplo, el niño no pide a su
madre constantemente pruebas de todo; él sabe que mamá sólo
quiere su bien y no necesita más explicaciones. En resumidas
cuentas, la Iglesia respeta la distribución de tareas para hombres
y mujeres hecha por Cristo, fiándose de su palabra y
sabiduría. Se trata de una cuestión de fe o, dicho
de otro modo, de querer o no fiarse de Cristo.
Rigor y sano escepticismo
Es importante saber distinguir entre “verdadero”
y “verosímil”. No todo lo verdadero es verosímil ni todo
lo verosímil es verdadero. Hay cosas que parecen verdaderas, pero
no lo son. Son solo verosímiles. Esto es lo que
sucede con la teoría de que los apóstoles relegaron a
la mujer en la vida de la Iglesia primitiva. Si
no se reflexiona en todos los datos del Evangelio comentados
anteriormente, puede parecer algo verosímil, sobre todo porque en nuestros
días hay una gran sensibilidad hacia la dignidad y papel
de la mujer.
Debemos estar atentos para no proyectar las
categorías de nuestro tiempo a hechos del pasado. En aquel
entonces no existía, como ahora, una sensibilidad tan grande hacia
la igualdad de sexos (y qué bueno que existe). No
podemos dar como un hecho que ellos veían este problema
con la misma preocupación con que lo vemos nosotros.
Conviene,
por el contrario, mirar nuestro tiempo con sencillez y cuidarnos
de un sutil complejo de superioridad, es decir, de pensar
que nosotros sí hemos descubierto algo que no pudieron ver
quienes nos precedieron. En otras palabras, como si todos los
hombres que vivieron antes que nosotros fueran tontos o ingenuos.
Dice la Biblia sabiamente: «Una generación va, otra generación viene;
pero la tierra para siempre permanece. (…) Lo que fue,
eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada
nuevo hay bajo el sol» (Ecles 1, 4 y 9).
Lecturas de profundización:
- M. de Andrés y J. P.
Ledesma, Cristo y las mujeres - A. Rivero, Jesucristo
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