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Autor: Luis Alfonso Orozco | Fuente: Catholic.net Morir por amor
La Iglesia beatifica 498 mártires de la persecución religiosa en España
Morir por amor
El siglo veinte ha sido el siglo de los mártires
cristianos. ¡Qué no se olvide la memoria de los mártires
en la Iglesia!(1)
Fieles al deseo expresado por Juan Pablo
II, la Iglesia en España ha continuado con la promoción
de las causas de los mártires que murieron durante la
terrible persecución religiosa de los años treinta. Ahora la Santa
Sede ha decidido que la beatificación de 498 de ellos
se efectúe en Roma, el próximo 28 de octubre de
2007. Años atrás, Pablo VI consideró oportuno, en su momento,
esperar a que se iniciaran los procesos de beatificación de
los mártires españoles, en tanto podría existir confusión o conocimiento
deficiente de los hechos y circunstancias. Juan Pablo II juzgó
que había llegado el momento y dio inicio a la
beatificación de los mártires de la persecución en España, con
la primera beatificación, el 27 de marzo de 1987, de
tres religiosas carmelitas martirizadas el año 1936 en Guadalajara.
La beatificación
de octubre de un grupo tan numeroso de mártires, que
murieron por la fe en diversos lugares de la geografía
española, es un motivo de gratitud y de esperanza. De
gratitud a Dios, en primer lugar, por haber otorgado a
unos hombres comunes como los demás una fortaleza sobrehumana que
les permitió soportar el martirio, morir perdonando a sus perseguidores,
y dejar así a todos un testimonio inequívoco y perecedero
sobre la verdad del cristianismo. Gratitud también porque la caridad
de Cristo finalmente vence, por encima del odio y de
la sinrazón humanas.
Es un motivo de esperanza sobrenatural muy fundada,
porque ellos desde el cielo se constituyen en intercesores seguros
ante Dios a favor de sus hermanos en la tierra,
que dentro de la Iglesia peregrina pasan por las vicisitudes
cotidianas y las luchas por vencer el mal con el
bien, hasta alcanzar también el premio. Una esperanza que se
basa asimismo en las promesas de Cristo de confiar en
Él, pues es quien “ha vencido al mundo”, donde el
pecado es el mayor obstáculo para lograr la salvación eterna.
Mártires y no víctimas
Los mártires no son simplemente víctimas de
una violencia desatada. Los mártires son creyentes que murieron asesinados
por dar testimonio público de su fe en Jesucristo. El
motivo de su asesinato es el odio contra la fe,
pues, como dice san Agustín “al mártir lo constituye la
causa y no el castigo” (martyr non fecit poenam, sed
causam). Hay muchas personas que son víctimas de algún tipo
de violencia, pero no por ello se les llama mártires.
En toda guerra hay muchas víctimas caídas de uno y
otro bando; hay víctimas después de un incendio pavoroso o
de un accidente entre dos vehículos que chocan de frente.
Los niños abortados son las víctimas más inocentes de la
crueldad humana. Pero no se les llama mártires.
La Iglesia beatifica
a estos mártires, después de un largo proceso de investigación,
no porque fueron víctimas de la guerra civil, sino porque
murieron como mártires de la persecución religiosa en España. La
diferencia es importante.
Modelo de coherencia con la verdad profesada
No hay
razón para criticar, obstaculizar o denigrar por motivos políticos o
ideológicos la beatificación de estos 498 testigos de la fe
en España. Los santos no hacen daño a nadie. Además,
la Iglesia –con la autoridad de su magisterio--, tiene todo
el derecho a estudiar y discernir quién ha sido asesinado
por la fe o por otros motivos. A ella corresponde
el juicio y no a periodistas y políticos. El domingo
11 de marzo de 2001, durante la beatificación de 233
mártires españoles, Juan Pablo II expresaba en su homilía:
Todos estos
nuevos Beatos y muchos otros mártires anónimos pagaron con su
sangre el odio a la fe y a la Iglesia
desatado con la persecución religiosa y el estallido de la
guerra civil, esa gran tragedia vivida en España durante el
siglo XX. En aquellos años terribles muchos sacerdotes, religiosos y
laicos fueron asesinados sencillamente por ser miembros activos de la
Iglesia. Los nuevos beatos que hoy suben a los altares
no estuvieron implicados en luchas políticas o ideológicas, ni quisieron
entraron en ellas (...) Ellos murieron únicamente por motivos religiosos.
Ahora, con esta solemne proclamación de martirio, la Iglesia quiere
reconocer en aquellos hombres y mujeres un ejemplo de valentía
y constancia en la fe, auxiliados por la gracia de
Dios. Son para nosotros modelo de coherencia con la verdad
profesada, a la vez que honran al noble pueblo español
y a la Iglesia. ¡Que su recuerdo bendito aleje para
siempre del suelo español cualquier forma de violencia, odio y
resentimiento! Que todos, y especialmente los jóvenes, puedan experimentar la
bendición de la paz en libertad: ¡Paz siempre, paz con
todos y para todos!
Las palabras del Papa son el criterio
para guiar la conciencia de los creyentes, y para los
no creyentes deberían ser un claro criterio de por qué
la Iglesia procede, con su autoridad, a la beatificación de
aquellos hombres y mujeres que considera como mártires, dejando de
lado toda polémica estéril. Algunos de los que están en
contra de la beatificación dicen que no contribuye al proceso
de paz y reconciliación. ¿Seguro que los mártires dañan la
paz y la reconciliación social, siendo ellos los primeros en
dar un claro ejemplo de perdón y de reconciliación? Escandalizarse
por la beatificación de los 498 mártires españoles puede ser
un gesto farisaico o interesado.
La Iglesia no va a
callar o amedrentarse porque a algunos les moleste que se
proclame con el título de mártires a quienes murieron perdonando
a sus verdugos y ofreciendo su sangre por la reconciliación
y la unidad social. Cuando Juan Pablo II elevó a
los altares a más de un centenar de mártires chinos,
durante el año del gran jubileo del 2000, el gobierno
de aquel país protestó vigorosamente creyendo que así amedrentaría al
Papa. Pero Juan Pablo II ignoró las provocaciones y celebró
la ceremonia en la que los proclamó santos y propuso
a los mártires chinos como testimonio de la fe en
Cristo.
“Inmensa reserva de testimonio de fe viva y de perdón
heroico”
La Conferencia Episcopal Española ha señalado recientemente el sentido de
esta nueva beatificación de un grupo de mártires españoles –que
no es la primera ni será la última-: «Contribuirá a
que no se olvide el "gran signo de esperanza" que
constituye el testimonio de los mártires», pues «son precisamente sus
testimonios los que se convierten en un nuevo estímulo para
la renovación de la vida cristiana. La inmensa reserva de
testimonio de fe viva y de perdón heroico que hay
acumulado en todos ellos no dejará de dar frutos de
justicia y de paz. Los mártires, que murieron perdonando, son
el mejor aliento para que todos fomentemos el espíritu de
reconciliación».
El mártir es el testigo por excelencia de la fe
en Jesucristo. La renovación de la vida cristiana en la
sociedad necesita del ejemplo y de la intercesión de sus
mejores hijos, los santos, que enseñan que es posible perdonar
de corazón a los enemigos, aún en las circunstancias más
dramáticas, y que la fe en Cristo crece y se
vuelve convincente cuando se predica con la propia vida, sin
miedos ni complejos de ningún género.
(1) Un signo perenne, pero
hoy particularmente significativo, de la verdad del amor cristiano es
la memoria de los mártires. Que no se olvide su
testimonio. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando
su vida por amor. El mártir, sobre todo en nuestros
días, es signo de ese amor más grande que compendia
cualquier otro valor. Su existencia refleja la suprema palabra pronunciada
por Jesús en la cruz: « Padre, perdónales, porque no
saben lo que hacen » (Lc 23, 34). El creyente
que haya tomado seriamente en consideración la vocación cristiana, en
la cual el martirio es una posibilidad anunciada ya por
la Revelación, no puede excluir esta perspectiva en su propio
horizonte existencial. Los dos mil años transcurridos desde el nacimiento
de Cristo se caracterizan por el constante testimonio de los
mártires.
Además, este siglo que llega a su ocaso ha tenido
un gran número de mártires, sobre todo a causa del
nazismo, del comunismo y de las luchas raciales o tribales.
Personas de todas las clases sociales han sufrido por su
fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y
a la Iglesia, o soportando con valentía largos años de
prisión y de privaciones de todo tipo por no ceder
a una ideología transformada en un régimen dictatorial despiadado. Desde
el punto de vista psicológico, el martirio es la demostración
más elocuente de la verdad de la fe, que sabe
dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta
y que manifiesta su belleza incluso en medio de las
persecuciones más atroces. (Cf. Juan Pablo II, Incarnationis mysterium, Bula
de convocación del Gran Jubileo del año 2000, nº 13)
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