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Autor: Fr. Nelson Medina | Fuente: www.fraynelson.com Falta de apetito
El mundo se volverá a unir si tus ojos, y muchos otros ojos, pueden verlo de otra manera
Falta de apetito
Una de las señales del pecado es la falta de
ardor en la búsqueda de lo más perfecto. Es una
especie de "inercia" espiritual que no puede ser radicalmente vencida
sino con la llegada de un fuego que no os
pertenece pero que sí necesitáis. Por eso se le llama
"Fuego del Cielo," y no es otro que el Don
del Espíritu Santo.
Tú sabes bien que la tragedia del hombre
no es carecer de alimento sino perder el apetito. El
alimento de la inteligencia es la verdad y el alimento
de la voluntad es el bien. Si una persona tiene
hambre de verdad y de bien, se pondrá en camino,
Dios le saldrá al encuentro y llegará a salvarse. Pero,
¿qué hacer con los que se sienten saciados? ¿No te
parece entender ahora mejor las palabras de Nuestro Señor: «¡Ay
de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre»
(Lc 6,25)?
Tu tiempo y tu mundo padecen a la vez
de opulencia que hastía y de indigencia que desespera. Son
dos desgracias paralelas, dependientes la una de la otra. Ese
bocado que hace vomitar al rico y que le fue
negado al pobre los mata a los dos. ¿Quién te
parece que esté detrás de semejante máquina de muerte, sino
Satanás?
Mira a ese miserable que no sabe qué hacer con
su vida y desperdicia su tiempo cavilando en torno a
sí mismo hasta marearse. Mira a su lado a otro
mísero, hambriento de escucha y ayuda, tan urgido de ese
tiempo que al otro le sobra. Ambos desesperados, ambos angustiados,
ambos abocados a la muerte. Un disparo que mata a
dos; una jugada del infierno.
Vuelve tus ojos y descubre ahora
a ese pensador que quiere descubrir la entraña de la
realidad a espaldas de la realidad que no le gusta,
porque le obliga. Observa cómo escribe un libro con todo
lo que no ha podido encontrar y lo pone a
un precio que jamás alcanzarán los desvalidos y menesterosos que
podían iluminarle la ruta hacia su verdadera miseria y su
radical indigencia. Ese libro, esa teoría, ese pensamiento, es ahora
una barrera que separa al pensador y al pobre, y
que logra, para regocijo de las tinieblas, que, a uno
y otro de sus lados, mueran sin entender nada el
intelectual y el ignorante.
El mundo se volverá a unir si
tus ojos, y muchos otros ojos, pueden verlo de otra
manera. La verja fue pensada y plantada primero con los
ojos, antes que con las manos, el hierro o las
estacas. Las fronteras nacen todas en la mente humana, y
detrás de ellas los muros de odio, exclusión, resentimiento y
muerte.
Ven, te pido, dame tus ojos. Déjalos reposar en la
serena contemplación de aquella gracia en la que «ya no
hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre
ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo
Jesús» (Gál 3,28). Deja que lloren de júbilo viendo cómo
«Él, Jesucristo, es nuestra paz: el que de los dos
pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la
enemistad» (Ef 2,15).
Hay que darle hambre a la boca de
ese rico y alimento a la boca de ese pobre.
Ayune, pues, el rico, y comparta de sus bienes. No
ayune para hartarse de su vanidad espiritual, sino para servir
y amar a Cristo en su hermano. Y que ese
pobre averigüe de qué es rico, y haga su propio
ayuno, de modo que todo bien creado esté siempre como
recién salido de las manos generosas de Dios Padre.
Hay que
darle rostros a ese pensador, y buenas ideas a los
hombres llenos de preguntas y desconcierto. Sea todo intelectual un
manantial que esparce sus hallazgos con sencillez, generosidad y pureza;
sea todo hombre un discípulo de la Verdad siempre más
alta, un estudiante de la Belleza sublime.
¿Y tú? Duélete de
lo que no has dado; llora por lo que no
has entregado, y enmiéndate, de modo que la magnificencia divina
tenga en ti un aliado y no un estorbo. Así
serás feliz y bueno. Y yo me alegraré contigo. Dios
te ama; su amor es eterno.
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