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| Habíamos esperado tanto... |
La continuación del Vaticano II recuerda a Benedicto XVI el
"caos total" que siguió al Concilio di Nicea, el primero
de la historia. Pero de aquel tormentoso Concilio vino el
"Credo". ¿Y hoy? He aquí lo que respondió el Papa
a lo sacerdotes de Belluno, Feltre y Treviso:
"Yo también he
vivido los tiempos del Concilio Vaticano II, estando en la
basílica de San Pedro con grande entusiasmo y viendo cómo
se abrían nuevas puertas. Parecía realmente ser el nuevo Pentecostés,
donde la Iglesia podía nuevamente convencer a la humanidad. Después
del alejamiento del mundo de la Iglesia en el siglo
XIX y XX, parecía que se reencontraban de nuevo Iglesia
y mundo que renacía nuevamente un mundo cristiano y una
Iglesia del mundo y verdaderamente abierta al mundo.
Habíamos esperado
tanto, pero las cosas en realidad se revelaron más difíciles.
Sin embargo permanece la gran herencia del Concilio, que ha
abierto un camino nuevo y es siempre una "carta magna"
del camino de la Iglesia, muy esencial y fundamental.
¿Pero
por qué sucedió eso? Primero quisiera comenzar con una observación
histórica. Los tiempos de un postconcilio son casi siempre muy
difíciles. Después del gran Concilio de Nicea - que para
nosotros es realmente el fundamento de nuestra fe, de hecho
nosotros confesamos la fe formulada en Nicea - no nació
una situación de reconciliación y de unidad como había esperado
Constantino, promotor de tan grande Concilio, sino una situación realmente
caótica de luchas de todos contra todos.
San Basilio en
su libro sobre el Espíritu Santo compara la situación de
la Iglesia después del Concilio de Nicea a una batalla
naval en la noche, donde nadie conoce más al otro,
sino que todos se enfrentan a todos. Era realmente una
situación de caos total: así describe con colores fuertes el
drama del postconcilio, del post Nicea, san Basilio
Después, luego
de 50 años, para el primer Concilio de Constantinopla, el
emperador invita a Gregorio Nacianceno a participar en el concilio
y san Gregorio Nacianceno responde: No, no voy, porque conozco
estas cosas, se que de todo concilio nacen sólo confusión
y batalla, por lo tanto no voy. Y no fue.
Por tanto no es ahora, en retrospectiva, una sorpresa así
de grande como era en el primer momento para todos
nosotros digerir el Concilio, este gran mensaje. Introducirlo en la
vida de la Iglesia, recibirlo, así que se haga vida
de la Iglesia, asimilarlo en las diversas realidades de la
Iglesia es un sufrimiento, y sólo en el sufrimiento se
realiza también el crecimiento. Crecer es siempre también sufrir, porque
es salir de un estado y pasar a otro.
Y
en el concierto del postconcilio debemos constatar que hay dos
grandes censuras históricas.
La primera es la censura del ´68,
el inicio o la explosión - osaría decir - de
la gran crisis cultural de Occidente. Había desaparecido la generación
de la posguerra, una generación que después de todas las
destrucciones y viendo el horror de la guerra del pelearse,
y constatando el drama de las grandes ideologías que habían
realmente conducido a las personas hacia el abismo de la
guerra, habíamos redescubierto las raíces cristianas de Europa y habíamos
comenzado a reconstruir Europa con estas grandes inspiraciones.
Pero terminada
esta generación se veían también todos los fracasos, las lagunas
de esta reconstrucción, la gran miseria en el mundo, y
así comienza y explota la crisis de la cultura occidental,
diría una revolución cultural que quiere cambiar radicalmente todo. Dice:
en dos mil años de cristianismo no hemos creado el
mundo mejor, debemos comenzar de cero en modo absolutamente nuevo.
El marxismo parece la receta científica para crear finalmente el
mundo nuevo.
En este - digamos - grave, gran enfrentamiento
entre la nueva, sana modernidad querida por el Concilio y
la crisis de la modernidad, todo se hace difícil como
ocurrió después del primer Concilio de Nicea.
Una parte era
de la opinión que esta revolución cultural era lo que
había querido el Concilio. Identificaba esta nueva revolución cultural marxista
como la voluntad del Concilio. Decía: este es el Concilio;
en la letra y textos son todavía un poco anticuados,
pero detrás de las palabras escritas está este "espíritu", esta
es la voluntad del Concilio, así debemos proceder. Y por
otra parte, naturalmente, la reacción: así están destruyendo la Iglesia.
La reacción - digamos - absoluta contra el Concilio, la
anticonciliaridad, y - digamos - la tímida, humilde búsqueda de
cómo realizar el verdadero espíritu del concilio. Es como dice
un proverbio: "si se cae un árbol hace mucho ruido,
si crece una selva no se escucha nada", durante estos
grandes rumores del progresismo equivocado y del anticonciliarismo absoluto crecía
muy silenciosamente, con tanto sufrimiento y también con tantas pérdidas
en la construcción de un nuevo pasaje cultural, el camino
de la Iglesia.
Y después la segunda censura en el
´89, la caída de los regimenes comunistas. Pero la respuesta
no fue el regreso a la fe, como se podía
quizá esperar, no fue el redescubrimiento que precisamente la Iglesia
con el Concilio auténtico había dado respuesta. Por el contrario,
la respuesta fue el escepticismo total, la llamada post-modernidad. Nada
es verdad, cada uno debe ver cómo vive.
Se afirma
un materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que termina en la
droga, termina en todos esos problemas que conocemos y de
nuevo cierra los caminos a la fe, porque es así
de simple, así de evidente: no, no hay nada de
verdad; la verdad es intolerante, no podemos seguir este camino.
En este contexto de dos rupturas culturales, la primera, la
revolución cultural del ´68, la segunda, la caída en el
nihilismo después del ´89, la Iglesia con humildad, entre las
pasiones del mundo y la gloria del Señor, toma su
camino.
Por este camino debemos crecer con paciencia y debemos
ahora en un modo nuevo aprender que cosa quiere decir
renunciar al triunfalismo.
El Concilio había sostenido renunciar al triunfalismo
- y había pensado al Barroco, a todas estas grandes
culturas de la Iglesia. Se dijo: comencemos en modo moderno,
nuevo. Pero había crecido otro triunfalismo, el de pensar: ahora
nosotros hacemos las cosas, nosotros hemos encontrado el camino y
por este camino encontramos el mundo nuevo.
Pero la humildad
de la Cruz, del Crucificado excluye precisamente este triunfalismo. Debemos
renunciar al triunfalismo según el cual ahora nace realmente la
gran Iglesia del futuro. La Iglesia de Cristo es siempre
humilde y precisamente así es grande y alegre.
Me parece
muy importante que ahora podamos ver con ojos abiertos cuanto
de positivo ha crecido también en el postconcilio: en la
renovación de la liturgia, en los sínodos, sínodos romanos, sínodos
universales, sínodos diocesanos, en las estructuras parroquiales, en la colaboración,
en las nuevas responsabilidades de los laicos, en la gran
corresponsabilidad intercultural e intercontinental, en una nueva experiencia de la
catolicidad de la Iglesia, de la unanimidad que crece en
humildad y sin embargo es la verdadera esperanza del mundo.
Y así debemos, me parece, redescubrir la gran herencia del
Concilio, que no es un "espíritu" reconstruido detrás de los
textos, sino son precisamente los grandes textos conciliares vueltos a
leer hoy con la experiencia que hemos tenido y que
han dado fruto en tantos movimientos, en tantas nuevas comunidades
religiosas.
A Brasil llegué sabiendo como se expandían las sectas
y como parece un poco esclerotizada la Iglesia católica; pero
una vez allí he visto que casi cada día en
Brasil nace una nueva comunidad religiosa, nace un nuevo movimiento,
no sólo crecen las sectas. Crece la Iglesia con nuevas
realidades plenas de vitalidad, que no llenan las estadísticas -
esta es una esperanza falsa, la estadística no es nuestra
divinidad - sino crecen en los ánimos y crean la
alegría de la fe, crean presencia del Evangelio, crean así
también verdadero desarrollo del mundo y de la sociedad.
Por
lo tanto me parece que debemos aprender la gran humildad
del Crucificado, de una Iglesia que es siempre humilde y
siempre contrastada por los grandes poderes económicos, militares, etc. Pero
debemos aprender, junto con esta humildad, también el verdadero triunfalismo
de la catolicidad que crece en todos los siglos. Crece
también hoy la presencia del Crucificado resucitado, que tiene y
conserva sus heridas.
Está herido, pero precisamente así renueva el
mundo, da su soplo que renueva también a la Iglesia
no obstante toda nuestra libertad. En este conjunto de humildad
de la Cruz y de la alegría del Señor resucitado,
que en el Concilio nos ha dado un gran indicador
de camino, podemos seguir adelante con alegría y llenos de
esperanza." Benedicto XVI a lo sacerdotes de Belluno,
Feltre y Treviso, durante sus vacaciones en los Alpes en
el verano del 2007
Para conocer con mayor profundidad el pensamiento
de Benedicto XVI acerca del Concilio Vaticano II, se puede
consultar su discurso a la curia romana del 22 diciembre
del 2005, sobre la interpretación del Concilio Vaticano II
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