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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Los Mandamientos, ¿prohibiciones o caminos?
Los mandamientos nos impulsan a embellecer un mundo que necesita testigos alegres de la vida cristiana.
Los Mandamientos, ¿prohibiciones o caminos?
Existe un peligro a la hora de pensar en
los mandamientos de la Ley de Dios y en los
mandamientos de la Iglesia: verlos como una obligación, como una
carga, como una ley más o menos pesada.
Cuando pensamos así
es fácil que se suscite en uno la pregunta: ¿hasta
dónde puedo llegar sin “faltar” a la norma? ¿Hasta qué
punto me estaría permitido un acto que llega al límite
de la transgresión, pero que todavía estaría dentro de la
regla?
Este peligro radica en un modo de ver las normas
morales cristianas como si se tratase de leyes hechas por
los hombres. Hay normativas que indican qué impuestos pagar, cómo
moverse en las carreteras y cuándo hemos de saludar al
jefe de trabajo. Entonces, ¿hasta dónde puedo llegar sin que
la norma sea violada? En otras ocasiones la pregunta es
sobre el nivel de infracción que es “tolerado”: si supero
el límite de velocidad sólo en 30 ó 40 Km/h
por encima de lo señalado por un cartel, ¿me multan
o todavía tienen indulgencia conmigo?
Ver así los mandamientos es no
entender la vida cristiana. Cuando Dios nos pide que le
amemos, que no juremos en falso o que santifiquemos las
fiestas, no nos está diciendo que hemos de pagar un
impuesto cuya cantidad depende de decisiones que hoy son de
un modo y mañana de otro. Si Dios nos pide
algo tan profundo como “no matarás” no es para que
me ponga a pensar si en este aborto, cometido cuando
el hijo tiene sólo 9 semanas, no violo la ley,
que quedaría violada cuando el hijo ya tiene más de
20 semanas...
Cada mandamiento quiere promover unos valores, un aspecto de
la experiencia humana, un modo de vivir en plenitud nuestra
condición de hijos de Dios y de redimidos por Cristo.
Entonces, el mandamiento “honra a tu padre y a tu
madre” no es visto sólo como un peso y como
algo que vale mientras uno no tenga cosas más importantes
que hacer. Ni el “no dirás falso testimonio ni mentirás”
puede ser puesto entre paréntesis cuando gracias a una pequeña
calumnia puedo conseguir eliminar a un compañero que me obstaculiza
en mis sueños de subir en el escalafón del trabajo.
La
visión correcta ante los mandamientos me lleva a preguntarme: ¿cómo
puedo vivir a fondo el amor familiar, la limpieza de
corazón y el respeto a la pureza antes de casarme
y después del matrimonio, la justicia social y la promoción
de un orden económico que permita a todos tener lo
necesario para sobrevivir?
Lo mismo podemos decir con los mandamientos de
la Iglesia. El ir a misa los domingos no es
sólo una norma que se le ocurrió a un obispo
más o menos preocupado porque los bautizados empezaban a faltar
a misa. Es, más bien, el reconocimiento de una necesidad
vital, de un deseo ardiente del corazón por volver a
experimentar en plenitud el misterio de nuestra salvación: la entrega
de Cristo a los hombres hasta dar su Sangre y
su Carne en un gesto de amor que nos llena
de confianza y nos permite renovar nuestro bautismo.
Los mandamientos no
son simples prohibiciones ni normas con las que podemos jugar
para ver hasta dónde sí y hasta dónde no... Cada
uno nos pone ante metas a veces difíciles, pero siempre
capaces de embellecer, desde corazones generosos, un mundo que necesita
testigos alegres de la vida cristiana. Un mundo por el
que el Cristo murió, para que un día podamos volver
a reunirnos en la Patria eterna donde podremos ser abrazados
por un Padre que nos quiere con locura, y nos
invita a vivir a fondo como hombres y como cristianos
nuestra vocación más profunda: el amor.
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