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Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net Los santos: astros en el cielo
Aunque algunos piensen lo contrario, en realidad los santos del calendario son, simplemente, poquísimos
Los santos: astros en el cielo
¿Hay pocos santos? ¿No serán, más bien, demasiados? ¿No están
los calendarios llenos de cientos de nombres, muchos de los
cuales nos resultan casi completamente desconocidos?
Aunque parezcan muchos, aunque algunos
hayan hablado de “demasiadas” beatificaciones y canonizaciones durante el pontificado
de Juan Pablo II, en realidad los santos del calendario
son, simplemente, poquísimos.
Son poquísimos, porque la santidad no consiste en
que uno sea declarado santo, sino en vivir y morir
como amigos de Dios, en una actitud de acogida plena
del gran regalo: el Evangelio del amor.
Dios está presente en
la historia humana desde sus inicios. Los primeros padres, es
verdad, quisieron caminar por su cuenta: abandonaron las seguridades de
los mandatos divinos para hacer un mal uso de su
la libertad. Desde entonces, el pecado entró en el mundo,
y con el pecado la muerte y un sinfín de
dolor y de injusticias.
Tras el pecado, Dios mantuvo su amor,
quiso abrir puertas de esperanza. Prometió su misericordia, animó a
Abel a ofrecer sacrificios llenos de santidad, escogió a Noé
como varón justo, invitó a Abraham para iniciar la aventura
de un pueblo que sería el origen de la salvación
humana.
Luego vino Cristo, el Santo por excelencia, el Hombre Dios
que pasó simplemente haciendo el bien. Sembró cariño, curó a
enfermos, dio vista a ciegos, resucitó a muertos. Y, sobre
todo, perdonó pecados.
La santidad, desde entonces, está al alcance de
todos. Muchos, muchísimos, acogen el amor: son santos.
“Los santos -decía
en una homilía el Papa Benedicto XVI, el 1 de
noviembre de 2006- no son una exigua casta de elegidos,
sino una muchedumbre innumerable”.
Seguía el Papa: “En esa muchedumbre no
sólo están los santos reconocidos de forma oficial, sino también
los bautizados de todas las épocas y naciones, que se
han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad
divina. De gran parte de ellos no conocemos ni el
rostro ni el nombre, pero con los ojos de la
fe los vemos resplandecer, como astros llenos de gloria, en
el firmamento de Dios”.
El firmamento de Dios está lleno de
constelaciones. Miles, millones de santos, gozan ya para siempre del
Amor del Padre bueno. Porque dieron pan al hambriento, porque
repartieron agua al sediento, porque enjugaron las lágrimas de los
tristes, porque trabajaron por un mundo con más justicia, porque
respondieron a la violencia con la mansedumbre y la bondad
sincera, porque fueron limpios de corazón entre tanto egoísmo e
inmundicia.
Los santos son una muchedumbre innumerable, una polifonía cósmica que
acoge a ancianos y a niños, a casados y a
célibes, a sacerdotes y a laicos, a ricos y a
pobres, a soldados honestos y a voluntarios sociales, a misioneros
itinerantes y a padres de familia, a obreros y a
parados, a sanos y a enfermos, a encarcelados y a
jueces, a mártires y a verdugos arrepentidos.
Es fácil seguir sus
huellas, es sencillo abrir el corazón al querer divino. Aunque
uno nunca sea canonizado “oficialmente”, aunque falten certificados sobre virtudes
que brillaron sencillamente entre chabolas u oficinas. Basta con repetir,
como María, la primera entre los santos, aquellas palabras decisivas
en la historia humana: “Hágase en mí según tu palabra”.
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