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| ¿Paulinismo o cristianismo? |
Con cierta frecuencia reaparece una pregunta sugestiva: la religión cristiana,
¿nace con las enseñanzas de Jesús de Nazaret, o es
resultado de la interpretación que san Pablo hizo de Jesucristo?
La
pregunta, así formulada, parece contraponer dos evangelios. Uno tendría su
origen en Cristo. Otro habría surgido con san Pablo. En
otras palabras, las doctrina de Cristo no coincidiría con la
doctrina de Pablo. El cristianismo, entonces, ¿viene de Jesús o
viene de Pablo?
Una manera de “responder” consiste en decir que
la pregunta está mal formulada, y no hay buenas respuestas
a malas preguntas. Porque la pregunta, así como la vemos,
refleja una falta de comprensión de lo que fue Jesucristo
y de lo que enseñó san Pablo, y porque supone
una diversidad de contenidos frente a la cual habría que
escoger: o con Cristo o con Pablo.
Para superar el falso
problema, primero se ha de comprender qué es el cristianismo.
Lo cual significa entender quién fue Jesús, el Cristo.
Si leemos
a fondo los Evangelios, descubrimos que Cristo se reconoce a
sí mismo como Hijo del Padre, como enviado, y como
la realización de las promesas al pueblo de Israel. Jesús
es el Mesías esperado, es el cumplimiento de las Escrituras.
Por eso mismo, y según el dinamismo propio del mensaje
del Antiguo Testamento, Cristo es también el Salvador del mundo,
la luz que ilumina a todos los seres humanos (judíos
y paganos), el Esperado por los pueblos, el Maestro y
el Señor.
Encontramos en el Catecismo de la Iglesia católica, n.
423, un resumen de nuestra fe en Jesucristo, según las
enseñanzas del Nuevo Testamento, en las que encontramos que la
Buena Noticia, el Evangelio, coincide precisamente con la persona de
Jesús.
«Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío
de una hija de Israel, en Belén en el tiempo
del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto;
de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador
Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el
Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha “salido de
Dios” (Jn 13,3), “bajó del cielo” (Jn 3,13; 6,33), “ha
venido en carne” (1Jn 4,2), porque “la Palabra se hizo
carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto
su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad... Pues de su plenitud
hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Jn 1,14.16)».
Miremos ahora
la enseñanza de Pablo. ¿Qué predicaba con una pasión incontenible
y una convicción profunda aquel antiguo fariseo llamado Saulo y
nacido en Tarso? Predicaba simplemente a Cristo crucificado (cf. 1Co
1,23) y resucitado. “Su” Evangelio era Jesucristo.
«Os recuerdo, hermanos, el
Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el
cual permanecéis firmes (...). Porque os transmití, en primer lugar,
lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por
nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y
que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se
apareció a Cefas y luego a los Doce; después se
apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de
los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron.
Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los
apóstoles. Y en último término se me apareció también a
mí, como a un abortivo. Pues yo soy el último
de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber
perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia
de Dios, soy lo que soy; y la gracia de
Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he
trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la
gracia de Dios que está conmigo. Pues bien, tanto ellos
como yo esto es lo que predicamos; esto es lo
que habéis creído» (1Co 15,1-11).
El texto es claro: Pablo predica
lo que ha recibido, lo que ha acogido, lo que
ha aprendido. Dios le ha guiado, le ha conducido de
la mano, le ha permitido quitar las escamas de los
ojos y del corazón para descubrir a Cristo (como leemos
en los diversos relatos de su conversión narrados en los
Hechos de los apóstoles). El descubrimiento de Cristo ha sido
don de Dios, y ha sido acercamiento a los hermanos,
a la primera comunidad cristiana, a los apóstoles.
Pablo dedicará su
vida, bajo la iluminación del Espíritu Santo, a enseñar lo
que enseñan los demás apóstoles, sin añadir nada “de su
cosecha”. Se sabe un simple enviado, un “escogido” (cf. Rm
1,1), que comunica a los demás el Evangelio de Dios
(cf. Rm 1,15-16; 15,14-21). Se entrega a esta misión como
quien cumple un deber, un encargo recibido (cf. 1Cor 9,16;
2Cor 10,14-18).
Hay un texto de la carta a los Gálatas
en el que Pablo muestra su anhelo por ser fiel
al Evangelio recibido, el único Evangelio que salva, y su
temor de que ese Evangelio pueda ser manipulado, alterado, cambiado:
«Me
maravillo de que abandonando al que os llamó por la
gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro evangelio
-no que haya otro, sino que hay algunos que os
perturban y quieren deformar el Evangelio de Cristo-. Pero aun
cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara
un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!
Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito: si alguno
os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea
anatema! Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres
o el de Dios? ¿O es que intento agradar a
los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres,
ya no sería siervo de Cristo. Porque os hago saber,
hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de
orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de
hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo» (Ga 1,6-12).
Inmediatamente después,
en la misma carta, Pablo explica cómo encontró a Pedro
(Cefas) tres años después de su conversión. Estuvo con él
quince días (cf. Ga 1,18-19). Pasados quince años, volvió a
encontrarse con los Apóstoles para tratar temas importantes sobre la
predicación y sobre el modo correcto de relacionarse con la
“ley”, con las costumbres judías (cf. Ga 2,1-21).
Contraponer “paulinismo” y
“cristianismo” no tiene ningún sentido. Pablo es simplemente un emisario,
un redimido, un mensajero, un apóstol de Jesucristo. Sólo Cristo
salva, sólo Cristo revela plenamente al Padre, sólo Cristo, desde
la acción del Espíritu Santo, guía a la Iglesia, y
hace que unos sean apóstoles, otros profetas, otros evangelistas... Cada
uno tiene su lugar, en el mismo Cuerpo y bajo
la acción del mismo Espíritu (cf. Ef 4,1-32).
En la unidad
de la fe, de la esperanza, del amor, somos cristianos,
como lo fueron los Apóstoles, como lo fue san Pablo.
Ese es “su” Evangelio (cf. Rm 2,16), y ese es
el tesoro que hoy, como entonces, nos quiere repetir: «Acuérdate
de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David,
según mi Evangelio» (2Tm 2,8).
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