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Autor: Obispos españoles | Fuente: Conferencia Episcopal Española La familia, escuela de humanidad
Nota de los obispos españoles de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida con motivo de la fiesta de la Sagrada Familia, 28 de diciembre de 2008
La familia, escuela de humanidad
«La familia formadora de los valores humanos y cristianos». Este
es el tema elegido para el sexto encuentro mundial de
las familias que tendrá lugar en México del 14 al
18 de enero. El hilo conductor de este encuentro hace
referencia a la familia como el camino que conduce al
hombre a una vida en plenitud. Unidos a esta idea
fundamental celebramos la fiesta de la Sagrada Familia con el
siguiente lema: «La familia, escuela de humanidad y transmisora de
la fe».
I. ESCUELA DE HUMANIDAD
a) Aprender a recibir el amor
«La familia es
escuela del más rico humanismo» (Constitución pastoral sobre la Iglesia
en el mundo de hoy, Gaudium et spes, 52). Estas
palabras del Concilio Vaticano II presentan a la familia como
la morada donde el hombre aprende a ser hombre. Se
trata, por tanto, del lugar en el cual se desarrolla
la primera y más fundamental ecología humana, el ámbito natural
y adecuado para que pueda desarrollarse el aprendizaje de lo
verdaderamente humano. Así lo descubrimos a la luz de la
Revelación del Hijo de Dios que elige la Sagrada Familia
para crecer en su humanidad.
En el hogar familiar la persona reconoce su
propia dignidad. Lejos de cualquier criterio de utilidad, en su
familia el hombre es amado por sí mismo y no
por la rentabilidad de lo que hace. Más allá de
lo que pueda aportar por sus posesiones o por sus
capacidades físicas, técnicas, intelectuales o las propias de su personalidad,
la persona no es un medio al servicio del interés
de otros; es un fin absoluto, amada por sí misma,
de un modo fiel que permanece en el tiempo incluso
con sus propias debilidades.
b) Aprender a acoger y acompañar la
vida
La familia
es el santuario de la vida donde cada miembro es
reconocido como persona humana desde su concepción hasta su muerte
natural y aprende a custodiar la vida en todos los
momentos de su historia. La misión de acoger y acompañar
la vida es una labor permanente de la familia. Sin
embargo, esta misión adquiere una relevancia singular en este momento
en que muchas familias son afectadas dramáticamente por la crisis
económica y, sobre todo, cuando han sido anunciadas reformas legislativas
que ponen en peligro la vida naciente y terminal: el
aborto y la eutanasia.
En la familia, escuela de solidaridad, compartimos los bienes
y sostenemos fraternalmente a los miembros más necesitados. Y es
en el hogar familiar donde, frente a la posesión de
muchos bienes materiales inducida por un consumismo desmedido, aprendemos lo
que es verdaderamente importante: el amor.
En la familia se percibe que cada
hijo es un regalo de Dios otorgado a la mutua
entrega de los padres, y se descubre la grandeza de
la maternidad y de la paternidad. El reconocimiento de la
vida como un don de Dios nos urge a pedir
que no se prive a ningún niño de su derecho
a nacer en una familia, y que toda madre encuentre
en su hogar, en la Iglesia y en la sociedad
las ayudas necesarias para tener y cuidar a sus hijos.
En la familia
y en la comunidad cristiana se encuentra la razón para
vivir y seguir esperando. Todos, incluidos los que sufren por
enfermedad, soledad o falta de esperanza, pueden hallar en la
familia y en la Iglesia la certeza de ser amados,
y sobre todo la convicción del amor único e irrepetible
de Dios que permanece más allá del pecado y de
la muerte: «la verdadera, la gran esperanza del hombre que
resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser
Dios, el Dios que nos ha amado y que nos
sigue amando "hasta el extremo", "hasta el total cumplimiento" (cf.
Jn 13,1; 19,30)» (Benedicto XVI, Spe salvi, 27).
c) Aprender
a dar la propia vida
A través de las relaciones propias de la
vida familiar descubrimos la llamada fundamental a dar una respuesta
de amor para formar una comunión de personas. De esta
manera, la familia se constituye en la escuela donde el
hombre percibe que la propia realización personal pasa por el
don de sí mismo a Cristo y a los demás,
como advierte el Señor en el Evangelio: «porque el que
quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda
su vida por mí, la salvará» (Lucas 9, 24). El
eco de estas palabras del Señor resuenan en la enseñanza
del Concilio Vaticano II: «el hombre, única criatura en la
tierra a la que Dios ha amado por sí mismo,
no puede encontrar su propia plenitud si no es en
la entrega sincera de sí mismo a los demás» (Gaudium
et spes, 24. De esta manera, la familia es la
escuela en la que se forja la libertad orientada por
la verdad del amor: «la libertad se fundamenta, pues, en
la verdad del hombre y tiende a la comunión», Veritatis
splendor, 86).
II. TRANSMISORA DE LA FE
La primera manifestación de la misión de
la familia cristiana como iglesia doméstica es la transmisión de
la fe (Cf. Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral
familiar de la Iglesia en España, 66).
La experiencia del amor gratuito de
los padres que ofrecen a los hijos la propia vida
de un modo incondicionado, prepara para que el don de
la fe recibido en el bautismo se desarrolle adecuadamente. Se
dispone así a la persona para que pueda conocer y
acoger el Amor de Dios Padre manifestado en la entrega
de su Hijo, y construir la vida familiar en torno
al Señor, presente en el hogar por la fuerza del
sacramento del matrimonio.
En la familia cristiana descubrimos que formamos parte de una
historia de amor que nos precede, no sólo por parte
de los padres y abuelos sino, de un modo más
fundamental, por parte de Dios según se ha manifestado en
la historia de la salvación.
En la familia cristiana se descubre la fe
como una verdad en la que creer, la verdad del
Amor de Dios que implica la respuesta de toda la
persona. Encontramos así la vocación propia de todo hombre, la
llamada a entregar a Dios la propia vida.
En el hogar cristiano se
descubre la fe como verdad que se ha de celebrar
introduciendo a cada miembro en la vida de los sacramentos
que acompañan los acontecimientos más fundamentales de la historia familiar.
De un modo central la Eucaristía, porque hace presente la
entrega esponsal de Cristo en la Cruz y enseña e
impulsa a dar la vida por amor incluso en los
momentos de dificultad o sufrimiento.
En la familia cristiana se descubre la fe
como una verdad que se ha de vivir y, por
lo tanto, que se ha de practicar en la vida,
orientando y configurando la actuación concreta de cada miembro de
la familia.
III. CONCLUSIÓN
Que la familia se constituye en la primera y más
fundamental escuela de aprendizaje para ser persona es un hecho
originario y, por lo tanto, insustituible. Así lo descubrimos a
la luz del misterio del nacimiento del Hijo de Dios
que contemplamos en la Navidad. La familia es el lugar
elegido por Jesucristo para aprender a ser hombre: "el niño
iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la
gracia de Dios estaba con él" (Lucas 2, 40); es
el reflejo en la tierra del misterio de Comunión eterna
que Él vive en el seno de la Santísima Trinidad.
Rogamos a la
Sagrada Familia que el encuentro mundial de las familias suponga
una fuerte efusión del Espíritu para que Cristo sea la
piedra angular sobre la que se construye el hogar cristiano.
Nuestra oración se dirige especialmente a las madres que encuentran
serias dificultades para dar a luz a sus hijos, a
los ancianos y enfermos que ven mermada su esperanza y
a los hogares que están sufriendo los efectos de la
actual situación económica.
Rogamos también por los frutos de la especial celebración de
la fiesta de la Sagrada Familia que por segunda vez
tendrá lugar este año en Madrid con la intervención del
Papa a través de la televisión.
Que el hogar de Nazaret sea la
luz que guíe la vida de nuestras familias para que
sean escuelas de humanidad y transmisoras de la fe.
Con nuestra bendición y
afecto:
Mons. Julián Barrio Barrio, Presidente de la Comisión Episcopal de
Apostolado Seglar
Mons. Juan Antonio Reig Pla, Presidente de la Subcomisión
de Familia y Vida
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