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| Una batalla entre el bien y el mal |
Estos días los medios de comunicación abundan en noticias
sobre la muerte del Papa, sus honras fúnebres, el Cónclave
próximo de Cardenales, etc. Dan muchas noticias interesantes, pero, lógicamente,
superficiales, puramente anecdóticas. Y sin embargo, precisamente en estos días
hemos vivir en máxima alerta espiritual, teniendo encendida la luz
de la fe y bien despierta la caridad eclesial.
"A través de toda la historia humana
existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas
que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice
el Señor, hasta el día final" (Vat.II, GS 37). Esta
batalla entre la luz y las tinieblas, entre la verdad
y la mentira, entre Cristo y el Diablo, es normalmente
invisible e inaudible, pero es real, se está dando año
tras año, siglo tras siglo, día tras día: es en
realidad una lucha espantosa, sangrienta, indeciblemente dura y cruel, y
al mismo tiempo grandiosa, maravillosa, llena de la gloria del
poder de Cristo Rey, el Salvador del mundo. Así se
ve la realidad del mundo presente en las descripciones del
Apocalipsis, revelación profética del sentido de la historia.
En estos días previos a la elección de un
nuevo Papa, ciertamente, esa batalla entre el Bien y el
Mal pasa por momentos de paroxismo. Y nosotros debemos ser
muy conscientes de ello. Entre los más de 250 Papas
habidos en los siglos de la Iglesia los ha habido
buenos, malos, mediocres, excelentes, débiles, potentísimos. Hoy nosotros estamos "acostumbrados",
desde hace más de un siglo, a que los Papas
sean siempre muy buenos. Y como, por otra parte, confiamos
en que al Papa "lo elige el Espíritu Santo", podría
darse el caso de que bajáramos la guardia en la
batalla espiritual antes descrita, y no colaboráramos en ella debidamente
con el empeño suplicante de nuestras oraciones y sacrificios. Las
fuerzas del Maligno, las que obran fuera de la Iglesia
y dentro de ella, están empeñadas con todo su gran
poder en conseguir un Papa débil, mediocre, malo. Sí, ciertamente,
los ha habido en la historia. Las fuerzas de nuestro
Señor Jesucristo, obrando en la Iglesia, están propugnando la elección
de un Papa santo, fuerte, prudente, invulnerable al mundo y
al demonio. Los ha habido, por supuesto: San Gregorio Magno,
San Pío V, San Pío X y tantos más, antiguos
y modernos.
Hoy es urgente que
la Iglesia, continuando la serie de grandes Papas recientes, tenga
un Papa potentísimo frente a los poderes de las tinieblas,
es decir, un Papa santísimo, lleno del Espíritu Santo; Maestro
capaz de vencer las innumerables herejías actuales y de alumbrar
la ortodoxia católica con una luz unánime; Buen Pastor que
dé su vida para congregar en la unidad de la
Iglesia a la inmensa muchedumbre de bautizados que se han
alejado de ella en los últimos tiempos; Mártir invencible para
restaurar plenamente la disciplina litúrgica, pastoral, canónica, la vida de
los matrimonios, la educación católica, las vocaciones, las misiones...
"Al Papa lo elige el Espíritu Santo",
es cierto. Pero recordemos que en la obra inmensa de
la Salvación, "por la que Dios es perfectamente glorificado y
los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima
esposa la Iglesia" (Vat.II, SC 7). Toda la Iglesia de
la tierra, por la oración, la Eucaristía y los sacrificios,
hemos de colaborar con el Espíritu Santo en la elección
de un Papa excepcionalmente santo. Sean, pues, estos días entre
nosotros, días de recogimiento, oración y ayuno, llenos de humildad
y penitencia, súplica y esperanza. No son días para estar
distraídos o dispersos.
Toda la Iglesia del cielo
ha de ser invocada en nuestra ayuda.
Invoquemos
en nuestra ayuda a la Virgen María, la Madre de
la Iglesia, la Reina de los apóstoles, la Reina de
los Ángeles. En Fátima la Virgen anuncia persecuciones devastadoras contra
la Iglesia, y asegura: "finalmente, mi Inmaculado Corazón triunfará" (13-VII-1917).
Pío XII ora: "en tu Corazón Inmaculado confiamos en esta
hora trágica de la historia humana" (31-X-1942). Y Juan Pablo
II: "Corazón Inmaculado de María, ayúdanos a vencer la amenaza
del mal" (Fátima 13-V-1982).
Invoquemos a los santos
con las Letanías, que la Iglesia reza en los momentos
más urgentes e importantes.
Pidamos la ayuda
del arcángel San Miguel, príncipe de la fidelidad a Dios,
para que defienda a la Iglesia de todas las infidelidades
internas y de todos los ataques del Maligno, haciendo prevalecer
hoy ampliamente la verdad y la gracia de Cristo en
la Iglesia peregrina. El 13 de octubre de 1884 tuvo
León XIII, después de celebrar la Eucaristía, una visión terrible
del demonio, que amenazaba degradar en cien años a la
Iglesia como nunca. Vió también al arcángel San Miguel, que
le vencía finalmente y le arrojaba con sus legiones al
abismo. En seguida mandó una comunicación a todos los Obispos
del mundo para que, al final de cada Misa, se
hiciera la siguiente oración:
Arcángel San Miguel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y las asechanzas del
demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la
celestial milicia, lanza al infierno, con el divino poder, a
Satanás y a los otros malignos espíritus que discurren por
el mundo para la perdición de las almas. Amén.
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Universidad de Málaga
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