Autor: P. Raniero Cantalamessa | Fuente: fluvium.org La posibilidad de que todos se salven
La teología siempre ha admitido la posibilidad, para Dios, de salvar a algunas personas fuera de las vías ordinarias, que son la fe en Cristo, el bautismo y la pertenencia a la Iglesia
La posibilidad de que todos se salven
Uno de los apóstoles, Juan, vio expulsar demonios en nombre
de Jesús a uno que no era del círculo de
los discípulos y se lo prohibió. Al contarle el incidente
al Maestro, se oye que Él responde: «No se lo
impidáis... El que no está contra nosotros, está por nosotros».
Se trata de un tema de gran actualidad. ¿Qué pensar
de los de fuera, que hacen algo bueno y presentan
las manifestaciones del Espíritu, sin creer aún en Cristo y
adherirse a la Iglesia? ¿También ellos se pueden salvar?
La
teología siempre ha admitido la posibilidad, para Dios, de salvar
a algunas personas fuera de las vías ordinarias, que son
la fe en Cristo, el bautismo y la pertenencia a
la Iglesia. Esta certeza se ha afirmado sin embargo en
época moderna, después de que los descubrimientos geográficos y las
aumentadas posibilidades de comunicación entre los pueblos obligaron a tomar
nota de que había incontables personas que, sin culpa suya
alguna, jamás habían oído el anuncio del Evangelio, o lo
habían oído de manera impropia, de conquistadores o colonizadores sin
escrúpulos que hacían bastante difícil aceptarlo. El Concilio Vaticano II
dijo que «el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad
de que, en la forma de sólo Dios conocida, se
asocien a este misterio pascual» de Cristo, y por lo
tanto se salven [Constitución Pastoral Gaudium et spes sobre la
Iglesia y el mundo actual, n. 22. Ndt].
¿Ha cambiado
entonces nuestra fe cristiana? No, con tal de que sigamos
creyendo dos cosas: primero, que Jesús es, objetivamente y de
hecho, el Mediador y el Salvador único de todo el
género humano, y que también quien no le conoce, si
se salva, se salva gracias a Él y a su
muerte redentora. Segundo: que también los que, aún no perteneciendo
a la Iglesia visible, están objetivamente «orientados» hacia ella, forman
parte de esa Iglesia más amplia, conocida sólo por Dios.
Dos cosas, en nuestro pasaje del Evangelio, parece exigir Jesús
de estas personas «de fuera»: que no estén «contra» Él,
o sea, que no combatan positivamente la fe y sus
valores, esto es, que no se pongan voluntariamente contra Dios.
Segundo: que, si no son capaces de servir y amar
a Dios, sirvan y amen al menos a su imagen,
que es el hombre, especialmente el necesitado. Dice de hecho,
a continuación de nuestro pasaje, hablando aún de aquellos de
fuera: «Todo aquel que os dé de beber un vaso
de agua por el hecho de que sois de Cristo,
os aseguro que no perderá su recompensa».
Pero aclarada la
doctrina, creo que es necesario rectificar también algo más, y
es la actitud interior, la psicología de nosotros, los creyentes.
Se puede entender, pero no compartir, la mal escondida contrariedad
de ciertos creyentes al ver caer todo privilegio exclusivo ligado
a la propia fe en Cristo y a la pertenencia
a la Iglesia: «Entonces, ¿de qué sirve ser buenos cristianos...?».
Deberíamos, al contrario, alegrarnos inmensamente frente a estas nuevas aperturas
de la teología católica. Saber que nuestros hermanos de fuera
también tienen la posibilidad de salvarse: ¿qué existe que sea
más liberador y qué confirma mejor la infinita generosidad de
Dios y su voluntad de «que todos los hombres se
salven» (1 Tm 2,4)? Deberíamos hacer nuestro el deseo de
Moisés recogido en la primera lectura de este domingo: «¡Quisiera
de Dios que le diera a todos su Espíritu!».
¿Debemos,
con esto, dejar a cada uno tranquilo en su convicción
y dejar de promover la fe en Cristo, dado que
uno se puede salvar también de otras maneras? Ciertamente no.
Sólo deberíamos poner más énfasis en el motivo positivo que
en el negativo. El negativo es: «Creed en Jesús, porque
quien no cree en Él estará condenado eternamente»; el motivo
positivo es: «Creed en Jesús, porque es maravilloso creer en
Él, conocerle, tenerle al lado como Salvador, en la vida
y en la muerte».
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