Autor: Hermano Franciscano | Fuente: www.diocesisdecelaya.org.mx Parar de sufrir, sufrir por sufrir y saber sufrir. He aquí las diferencias
En estos tiempos de progreso parece de mal gusto hablar del sacrificio como un valor
Parar de sufrir, sufrir por sufrir y saber sufrir. He aquí las diferencias
Por naturaleza, los hombres huimos de todo lo que huele
a sacrificio y buscamos lo que es placentero.
Dios no
ha creado haciéndonos reyes de la creación, para que dispongamos
de todas las cosas para nuestro bien. Por lo tanto,
parece de mal gusto hablar del sacrificio como un valor.
Sobre todo en estos tiempos de progreso, que nos presentan
constantemente novedades para nuestros gustos y beneficios, este "valor" ya
pasó de moda.
En realidad hoy son muchos los que
razonan así, y con facilidad se burlan de quien se
atreve a hablar de sacrificio.
Sabemos que, bajo el aspecto
bíblico, el sacrificio no es un castigo, sino un medio
de redención. Este tema lo encontramos desarrollado en Isaías: "El
soportó el castigo que nos trae la paz y por
sus llagas hemos sido sanados" (Is 53, 5), y en
todo el Nuevo Testamento.
En la Carta de los Hebreos
leemos: "Cristo se ofreció a Dios como víctima sin mancha,
y su sangre nos purifica interiormente de nuestras malas obras".
Nos hace falta reportar muchos textos para convencernos del tema
del sacrificio como acto redentor. La dificultad que se encuentra
hoy tiene una doble faceta de parte de los creyentes:
este sacrificio ya se dio una vez para siempre (Heb
7, 27); de parte de los que no aceptan las
Escrituras: ¿Por qué este mal gusto de pagar con el
sacrificio?
Acerca de la primera dificultad, es fácil comprender que
la vida del cristiano consiste en tomar la cruz de
cada día e ir en pos del Señor (Mt 16,
24-25; MC 8, 34; Lc 9, 23).
También San Pablo
nos presenta su testimonio, haciéndonos entender que nosotros somos la
prolongación de Cristo en el tiempo: "Al presente, me alegro
cuando tengo que sufrir por ustedes; así completo en mi
carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, para
el bien de su Cuerpo que es la Iglesia". (Col
1, 24).
Referente a la objeción de los que no
conocen o no creen en La Biblia, conviene observar que
para triunfar hay que luchar y sufrir. Quitar al hombre
esa lucha de superación, ese sufrimiento que supone forjarse un
carácter mediante el estudio, el trabajo y el ejercicio de
la voluntad, es echarlo a perder.
Realmente, el hombre de
hoy, que se deja llevar por una vida fácil, placentera
y ausente de cualquier sacrificio, se ha debilitado mucho. Las
consecuencias las vemos diariamente en la corrupción que hay casi
en todas las esferas y en la violencia en constante
aumento que está haciendo la vida imposible.
No queremos el
sacrificio por el sacrificio, porque no estamos enfermos de masoquismo.
Aceptamos el sacrificio como una medicina amarga, pero efectiva para
curar nuestras tendencias hacia una vida egoísta.
La teoría de
aquellos que aceptan doctrinas y técnicas orientales para hacer desaparecer
el dolor no va de acuerdo con el Evangelio. Primero,
porque no siempre se puede eliminar.
Por cuanto uno procure
enajenarse, no quita el hecho de tener un cáncer incurable,
un hijo secuestrado y quizás ejecutado.
Más que enajenarse, hay
que santificar el dolor ofreciéndolo como sacrificio de purificación para
alcanzar el perdón y la felicidad eterna. El que actúa
así, sufre, sí, pero en paz.
En segundo lugar, luchar
para eliminar el dolor equivale a enseñar a evitar todo
o que hace sufrir, perdiendo de vista que el hombre
no se realiza cuando no sufre, sino cuando ama.
Quien
ama de verdad es capaz de afrontar cualquier sacrificio con
tal de ayudar a la persona amada.
Al contrario, quien
no sabe sufrir no es capaz de amar de verdad,
y por eso no se realiza.
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Creo que con las comodidades que nos da este materialista mundo actual, se nos fue pegando la negligencia, la comodidad, la frivolidad y el sacrificio paso a ser casi algo historico. Nos falta la fuerza para reimplantarlo en nuestras vidas.