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Autor: Sandro Magister | Fuente: www.chiesa.espressonline.it. Matilde de Canosa, heroína de la libertad de la Iglesia
Casi mil años después, su herencia sigue siendo actual. Se ha abierto una gran exposición dedicada a ella
Matilde de Canosa, heroína de la libertad de la Iglesia
Se ha inaugurado ayer una muestra dedicada a Matilde de
Canosa, la "gran condesa" que en el invierno del 1077
hospedó en su castillo a las dos máximas autoridades de
su tiempo, el Papa Gregorio VII y el emperador Enrique
IV, para un acontecimiento de geopolítica religiosa descrito así por
un cronista de su tiempo:
“En aquel año enero había
traído más nieve que lo usual y un frío penetrante
e intenso. El Papa concedió que viniese a su presencia
el emperador, con los pies descalzos, helados por el frío.
El rey, postrado en tierra en forma de cruz, suplicó:
¡Perdóname, oh Padre santo; oh piadoso, perdóname, te conjuro! El
Papa, viéndolo llorar así, sintió compasión: lo bendijo, le dio
la paz y finalmente cantó una misa para él, impartiéndole
la comunión”.
La muestra ha sido abierta contemporáneamente en varios
lugares, los mismos en los que vivió Matilde: Canosa, Mantua,
Regio Emilia, la abadía de San Benito Po. Desde aquí
la condesa ejercía el señorío sobre media Italia. A su
muerte, dejó sus posesiones a la Iglesia de Roma. Donde
ahora reposa en San Pedro, en la tumba monumental proyectada
para ella por Gian Lorenzo Bernini.
Tal fue el poder
de esta mujer en la Europa del siglo XI que
ha florecido un mito sobre ella. Su apoyo dado al
papado en el enfrentamiento con el dominio imperial fue decisivo
para la suerte del continente, respecto a las relaciones entre
la Iglesia y los poderes terrenos, entre Dios y el
César.
Relaciones hasta ahora expuestas al conflicto. También hoy, de
hecho, en muchos lugares del mundo y de diversas maneras
las libertades de la Iglesia son hostilizadas y reprimidas. Como
los emperadores germánicos de miles de años atrás, por ejemplo,
también la China de hoy quiere decidir por sí misma
el nombramiento de los obispos.
No sorprende, por tanto, que
la presentación oficial de la muestra se dé en Roma,
en los Museos Vaticanos. Matilde no es santa ni beata,
pero para la Iglesia católica universal es una heroína.
Y
los motivos de ello, con los trazos esenciales de la
historia de Matilde, están bien explicados por el director de
los Museos Vaticanos, el profesor Antonio Paolucci, en esta intervención
suya publicada en “L’Osservatore Romano” del 12 de junio del
2008:
¿El emperador está en la puerta? Que espere
por Antonio
Paolucci
Los hechos históricos que involucraron a Matilde son los
que los manuales llaman de “lucha por las investiduras”. El
sacro romano emperador, la máxima autoridad política de la época,
pretendía arrogarse el nombramiento de los obispos. Heredero en esto
de la autocracia de los Césares, quería una Iglesia dócil
a la corona, poco más que un apreciado dicasterio del
Estado. Como ocurría en aquellos años en Constantinopla y en
el imperio de oriente y como sería en la Rusia
de los zares ortodoxos hasta inicios del siglo XX.
La
Iglesia de Roma, al contrario, se batía con dura determinación
por la autonomía del orden eclesial respecto de la potestad
política. Entre excomuniones, contestaciones canónicas, dietas imperiales y sínodo de
obispos hostiles al Papa, la confrontación se volvió enfrentamiento abierto
cuando en 1073 subió al trono de Pedro Hildebrando de
Sovana, un monje de Toscana meridional de modesto origen familiar.
Tomó el nombre de Gregorio VII, quizá en recuerdo de
aquel infeliz Gregorio VI que algunos años antes el emperador
había depuesto obligándolo a la renuncia y al exilio. Hildebrando
era un hombre de un temple totalmente diferente. Aceptó el
desafío contra el joven e impulsivo emperador Enrique IV y
lo venció.
Y este es el evento de Canosa. Huésped
en el castillo de la condesa Matilde en los Montes
Apeninos de Regio, estando presente el abad de Cluny, el
Papa aceptó el arrepentimiento del emperador, lo perdonó y le
concedió el beso de la paz. Era el 28 de
enero del 1077. Pero antes de ser admitido a la
presencia del Papa, Enrique debió esperar largamente fuera de la
puerta del castillo, en acto penitencial, vestido de sayal, descalzo
en la nieve de aquel friísimo invierno que había congelado
el río Po.
Aquel episodio de hace diez siglos se
ha vuelto proverbial. Todavía hoy se dice “ir a Canosa”
en el sentido de una retractación dolorosa y necesaria. Gracias
a la extraordinaria eficacia del símbolo – el emperador que
se humilla frente al Papa – ese episodio ha tenido
y sigue teniendo un gran significado político y propagandístico. Por
la parte católica, como afirmación de un suceso histórico y
de un primado, pero también, y con igual intensidad, por
la parte contraria. “A Canosa no iremos”, tronaba el 1872
frente al Reichstag alemán el canciller Bismark, al final del
Kulturkampf, la dura batalla anticlerical que vio el enfrentamiento frontal
entre la Iglesia católica y el gobierno.
Canosa no fue
sino un episodio a lo largo de un recorrido plurisecular
dibujado de victorias y derrotas. El mismo Gregorio VII experimentó
extremadamente rápido la venganza del emperador. Desposeído, sustituido por un
antipapa y obligado a huir, murió en el exilio en
Salerno en el 1085. Pero ya el principio impulsado por
el Papa Gregorio y compartido por Matilde, había entrado en
la historia. La autonomía de la Iglesia respecto al poder
político se afirmó lentamente, fatigosamente pero irreversiblemente no obstante las
recurrentes olas de cesaropapismo, de integralismo y de anticlericalismo, hasta
volverse arquitrabe portante de la moderna civilización de Occidente.
La
muestra está abierta a los visitantes hasta el 11 de
enero del 2009. Toda la información se encuentra en el
sitio web, en italiano, inglés y alemán:
Traducción en español de Juan
Diego Muro, Lima, Perú.
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