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Raíces cristianas de Europa | tema
Autor: Benedicto XVI | Fuente: Vatican.va
Las catedrales románicas y góticas medievales
El camino de la belleza es el más fascinante para acercarse al misterio de Dios
 
Las catedrales románicas y góticas medievales
Las catedrales románicas y góticas medievales
Queridos hermanos y hermanas, en la catequesis de las semanas pasadas he presentado algunos aspectos de la teología medieval. Pero la fe cristiana, profundamente radicada en los hombres y en las mujeres de aquellos siglos, no dio origen solamente a obras maestras de la literatura teológica, del pensamiento y de la fe. Ella inspiró también una de las creaciones artísticas más elevadas de la civilización universal: las catedrales, auténtica gloria del Medioevo cristiano.

En efecto, por casi tres siglos, desde los inicios del siglo XI se asistió en Europa a un fervor artístico extraordinario. Un antiguo cronista describe así el entusiasmo y la laboriosidad de aquel tiempo: "Ocurrió que en todo el mundo, pero especialmente en Italia y en las Galias, se comenzó a reconstruir las iglesias, si bien muchas, por estar todavía en buenas condiciones, no tenían necesidad de tal restauración. Era como una competencia entre un pueblo y otro; se hubiera creído que el mundo, sacudiéndose de encima los viejos trapos, quisiese revestirse por todas partes con un vestido blanco de nuevas iglesias. En resumen, casi todas las iglesias catedrales, un gran número de iglesias monásticas y hasta oratorios de pueblo, fueron entonces restaurados por los fieles" (Rodolfo el Glabro, Historiarum 3, 4).

Varios factores contribuyeron a este renacimiento de la arquitectura religiosa. Ante todo, condiciones históricas más favorables, como una mayor seguridad política, acompañada de un constante aumento de la población y del progresivo desarrollo de la ciudad, de los intercambios y de la riqueza. Además, los arquitectos distinguían soluciones técnicas cada vez más elaboradas para aumentar las dimensiones de los edificios, asegurándoles al mismo tiempo la solidez y la majestuosidad.

Pero fue principalmente gracias al ardor y al celo espiritual del monacato en plena expansión que fueron levantadas iglesias en abadías, donde la liturgia podía ser celebrada con dignidad y solemnidad, y los fieles podían detenerse a hacer oración, atraídos por la veneración de las reliquias de los santos, meta de incesantes peregrinaciones.

Nacieron así las iglesias y las catedrales románicas, caracterizadas por el desarrollo longitudinal, en largo, de las naves para acoger a numerosos fieles; iglesias muy sólidas, con muros anchos, arcos en piedra y líneas simples y esenciales.

La introducción de las esculturas representa una novedad. Siendo las iglesias románicas el lugar de la oración monástica y del culto de los fieles, los escultores, más que preocuparse de la perfección técnica, cuidaron sobre todo la finalidad educativa. Ya que era necesario suscitar en las almas impresiones fuertes, sentimientos que pudieran incitar a fugar del vicio, del mal, y practicar la virtud, el bien, el tema recurrente era la representación de Cristo como juez universal, circundado de personajes de la Apocalipsis.

Son en general los portales de las iglesias románicas los que ofrecen esta representación para subrayar que Cristo es la Puerta que conduce al Cielo. Los fieles, atravesando el umbral del edificio sagrado, entran en un tiempo y en un espacio diferente al de la vida ordinaria. Más allá del portal de la iglesia, los creyentes en Cristo, soberano, justo y misericordioso, en la intención de los artistas podían disfrutar de un adelanto de la bienaventuranza eterna en la celebración de la liturgia y en los actos de piedad realizados dentro del edificio sagrado.

En los siglos XII y XIII, a partir del norte de Francia, se difundió otro tipo de arquitectura en la construcción de los edificios sagrados, la gótica, con dos características nuevas respecto al románico, el acento vertical y la luminosidad.

Las catedrales góticas mostraban una síntesis de fe y de arte armoniosamente expresada a través del lenguaje universal y fascinante de la belleza, que todavía hoy suscita estupor. Gracias a la introducción de los arcos a sexto agudo, que se apoyaban sobre robustos pilares, fue posible elevar notablemente la altura. La prolongación hacia lo alto quería invitar a la oración y era eso mismo una oración. La catedral gótica pretendía traducir así, en sus líneas arquitectónicas, el anhelo de Dios de las almas.

Además, con las nuevas soluciones técnicas adoptadas, los muros perimetrales podían ser perforados y embellecidos por vitrales polícromos. En otras palabras, las ventanas se convertían en grandes imágenes luminosas, muy adecuadas para instruir al pueblo en la fe. En ellas - escena por escena - se narraba la vida de un santo, una parábola, u otros eventos bíblicos. De los vitrales pintados se derramaba una cascada de luces sobre los fieles para narrar la historia de la salvación y envolverlos en esta historia.

Otra cualidad positiva de las catedrales góticas es el hecho de que en su construcción y decoración, en modo diferente pero coral, participaba toda la comunidad cristiana y civil; participaban los humildes y poderosos, los analfabetos y los doctos, porque en esta casa común todos los creyentes eran instruidos en la fe. La escultura gótica ha hecho de las catedrales una "Biblia abierta", representando los episodios del Evangelio e ilustrando los contenidos del año litúrgico, de la Natividad hasta la Glorificación del Señor.

En aquellos siglos, además, se defendía cada vez más la percepción de la humanidad del Señor, y los padecimientos de su Pasión eran representados en modo realista: el Cristo sufriente, el "Christus patiens", se convirtió en una imagen amada por todos, y adecuada para inspirar piedad y penitencia por los pecados. Ni faltaban los personajes del Antiguo Testamento, cuya historia se hizo muy familiar a los fieles que frecuentaban las catedrales como parte de la única, común historia de salvación.

Con sus rostros llenos de belleza, de dulzura, de inteligencia, la escultura gótica del siglo XIII revela una piedad feliz y serena, que se complace de manifestar abiertamente una devoción sentida y filial hacia la Madre de Dios, vista a veces como una joven mujer, sonriente y maternal, y principalmente representada como la soberana del cielo y de la tierra, poderosa y misericordiosa. A los fieles que llenaban las catedrales góticas les gustaba encontrar en ellas expresiones artísticas que recordasen a los santos, modelos de vida cristiana e intercesores ante Dios.

Y no faltaron las manifestaciones "laicas" de la existencia; así, apareció entonces aquí y allá, la representación del trabajo de los campos, de las ciencias y de las artes. Todo estaba orientado y ofrecido a Dios en el lugar en el que se celebraba la liturgia.

Podemos comprender mejor el sentido que se atribuía a una catedral gótica, considerando el texto de la inscripción grabada sobre el portal de Saint-Denis, en Parí: "pasajero, que quieres alabar la belleza de estas puertas, no te dejes encantar ni por el oro, no por la magnificencia, sino más bien por el esforzado trabajo. Aquí brilla una obra famosa, pero quiera el cielo que esta obra famosa que brilla haga resplandecer, a fin de que con las verdades luminosas se encaminen hacia la verdadera luz, donde Cristo es verdadera puerta"

Queridos hermanos y hermanas, ahora me complace resaltar dos elementos del arte románica y gótica útiles también para nosotros.

El primero: las obras artísticas nacidos en Europa en los siglos pasados son incomprensibles si no se tiene en cuenta el alma religiosa que los ha inspirado. Un artista que ha siempre ha testimoniado el encuentro entre estética y fe, Marc Chagall, escribió que "los pintores por siglos han mojado sus pinceles en aquel alfabeto de colores que era la Biblia". Cuando la fe, en modo particular celebrada en la liturgia, se encuentra con el arte, se crea una sintonía profunda, porque ambas pueden y quieren hablar de Dios, haciendo visible lo Invisible. Quisiera compartir esto en el encuentro entre espiritualidad cristiana y arte, auspiciada por mis venerados predecesores, en particular el Siervo de Dios Pablo VI y Juan Pablo II.

El segundo elemento: la fuerza del estilo románico y el esplendor de las catedrales góticas nos traen a la memoria que la "via pulchritudinis", la vía de la belleza, es un recorrido privilegiado y fascinante para acercarse al Misterio de Dios. ¿Qué cosa es la belleza, que escritores, poetas, músicos, artistas contemplen y traducen en su lenguaje, si no el reflejo del esplendor del Verbo eterno hecho carne? Afirma san Agustín: "Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire difundida y coloreada tenuemente. Interroga la belleza del cielo, interroga el orden e las estrellas, interroga al sol, que con su esplendor esclarece el día; interroga a la luna clareza modera la tinieblas de la noche. Interroga a las fieras que se mueven en el agua, que caminan sobre la tierra, que vuelan en el aire: almas que se esconden, cuerpos que se muestra; visible que se hace guiar, invisible que guía. ¡Interrógalos! Todos te responderán: ¡míranos, somos bellos! Su belleza los hace conocer. Esta belleza cambiable, ¿quien la ha creado si no la Belleza Inmutable?" (Sermón CCXLI, 2: PL 38, 1134).

Queridos hermanos y hermanas, que el Señor nos ayude a redescubrir el camino de la belleza como uno de los itinerarios, quizá el más atrayente y fascinante, para llegar a encontrar y amar a Dios.
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