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Autor: zenit.org La Iglesia imprime un trasfondo cristiano al Día de los Muertos
Al «bautizar» estas tradiciones la Iglesia ha tratado de iluminar con la fe cristiana la pena que deja la muerte de un ser querido
La Iglesia imprime un trasfondo cristiano al Día de los Muertos
Este Día de los Difuntos, el centro y el sur
de México, como cada año, honraron a sus muertos con
una fiesta de hondas raíces prehispánicas y católicas que se
funden en el origen de los tiempos de este país
de 105 millones de habitantes.
El Día de los Muertos o
la fiesta católica de los Fieles Difuntos ha tenido sus
citas más celebradas en la isla de Janitzio, al centro
del lago de Pátzcuaro (Michoacán), en Oaxaca capital y en
el poblado de Mixquic, muy cercano al Distrito Federal, declarado
por la UNESCO como Patrimonio Oral o Inmaterial de la
Humanidad.
Han sido diversos los actos, mezcla de religiosidad popular, paganismo
y catolicismo, que llevan a cabo las familias y las
comunidades de la vasta porción central y sureña de México.
En particular, destacan los «altares» en los que las familias
o los barrios recuerdan a sus difuntos.
Un «altar» tradicional --aunque
ya se han ido borrando de la memoria de miles
de mexicanos-- está confeccionado en siete niveles, cada uno forrado
de tela de color negro que representa los siete pecados
capitales que, en vida, habría cometido el difunto.
Se llega hasta
él por un camino de arena, rodeado de veladoras encendidas.
Espejos y agua son dos elementos que no pueden faltar
en los «altares» mexicanos. El espejo para que el muerto
--que ha de venir el 2 de noviembre-- vea su
reflejo y el agua para que la beba y retome
fuerza tras el viaje.
Al «altar» se le pone la imagen
de un santo, generalmente el santo de la devoción propia
del fallecido o de su familia, su comunidad, su barrio
o su ciudad. También una cruz realizada, tradicionalmente de frutas
como el tejocote o la lima, objetos personales, comida predilecta,
una fotografía de la persona muerta y el pan de
muerto.
Éste último es una tradición gastronómica que florece cada año
con mayor fuerza. Se trata de un pan redondo, de
harina, azúcar, huevo y manteca al que se adorna con
figuras que asemejan fémures en la parte superior. Se le
ofrece a los muertos y a los vivos, en señal
de comunidad y de participación de la vida en la
muerte o de la muerte en la vida.
La noche del
2 de noviembre transcurre entre rezos cristianos y cantos de
la antigüedad prehispánica en un memorial profundo y sobrecogedor de
los muertos, reminiscencia de la creencia indígena de que a
los difuntos se les tenía que agasajar para que pudieran
contentar a los dioses que dirigían el mundo hasta en
sus últimas determinaciones.
A partir de la conquista y la
evangelización española (siglo XVI) el Día de los Fieles Difuntos
ha sido una cita obligatoria en el calendario litúrgico del
país.
Quizá el color más representativo de estas fiestas es el
amarillo que proviene de la flor de cempasúchil, una flor
de tono amarillo casi rojizo que era usada por los
aztecas en las ceremonias con las que enterraban a sus
muertos.
También llamada «la flor con cuatrocientas vidas» el cempacúchil,
según la tradición prehispánica, representaba a los muertos y su
aroma era el camino para que éstos fueran y regresaran
desde la tierra al lugar donde se encontraban sus almas.
La
Iglesia católica en México ha intentado y sigue intentando evangelizar
la fiesta, aunque se constatan todavía en algunos ambientes costumbres
paganas. No ha tratado de atropellar las costumbres y tradiciones
indígenas, sino más bien transformarlas y darles un sentido cristiano.
Por esto se sigue la costumbre de visitar los panteones
y llevar flores a las tumbas, ya no porque se
crea que los muertos regresarán con su visita, sino porque
se quiere expresar el afecto por la persona fallecida y
sobre todo para dedicar oraciones a Dios por su alma.
Lo mismo sucede con los «altares» de muertos a los
que las familias cristianas han añadido un crucifijo --en recuerdo
de su muerte y resurrección--, así como una imagen de
la Virgen, que participa ya de la vida eterna con
Jesús. Veladoras encendidas simbolizan la fe en Cristo, que es
la Luz del mundo.
Al «bautizar» estas tradiciones la Iglesia
ha tratado de iluminar con la fe cristiana la pena
que deja la muerte de un ser querido, orar en
familia por su alma, y reflexionar sobre la vida y
la muerte a la luz de luz de la eternidad
en el amor de Cristo.
Un mensaje que ha cobrado una
candente actualidad ante la llegada de la fiesta de origen
celta de «la noche de brujas» o el «Halloween», tan
celebrada en el vecino país del Norte.
MÉXICO, 2 de
noviembre de 2005 (ZENIT.org-El Observador).-
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