El historiador Eusebio guarda una tradición (H. E., I,
xii), en la que él mismo cree con firmeza, respecto
a una correspondencia que tomó lugar entre Nuestro Señor y
el soberano local en Edesa.
Tres documentos se relacionan
con ésta correspondencia:
- la carta de Abgar a Nuestro
Señor;
- la respuesta de Nuestro Señor;
- un cuadro
de Nuestro Señor, como era Él en vida
Ésta leyenda
gozó de gran popularidad, tanto en el oriente como en
el occidente, durante la Edad Media: la carta de Nuestro
Señor era copiada en pergamino, mármol y metal, y era
usada como talismán o amuleto. En la época de
Eusebio, se pensaba que las cartas originales, escritas en sirio,
estaban guardadas en los archivos de Edesa. En nuestros
días, poseemos no sólo un texto sirio, sino también una
traducción en armenio, dos versiones griegas independientes, más cortas que
la siria, y varias inscripciones en piedra, todas ellas discutidas
en dos artículos en el “Dictionnaire d’archéologie chrétienne et de
liturgies” cols. 88 sq. y 1807 sq. Las únicas
dos obras a consultar referentes a éste problema literario son
la “Historia Eclesiástica” de Eusebio, y la “Enseñanza de Adai,”
la cual afirma pertenecer a la época apostólica.
La
leyenda, de acuerdo a éstas dos obras, se desarrolla de
la siguiente manera: Abgar, rey de Edesa, quien sufre de
una enfermedad incurable, ha oído la fama del poder y
los milagros de Jesús y le escribe, rogándole que llegue
y lo cure. Jesús no acepta, pero promete enviar
un mensajero, dotado de Su poder, llamado Tadeo (o Adai),
uno de los setenta y dos discípulos. Las cartas
de Nuestro Señor y del rey de Edesa varían en
la versión que da Eusebio y la de la “Enseñanza
de Adai.” La siguiente está tomada de la “Enseñanza
de Adai,” ya que es menos accesible que la Historia
de Eusebio:
"Abgar Ouchama a Jesús, el Buen Doctor Quien ha
aparecido en el territorio de Jerusalén, saludos:
He oído de Vos,
y de Vuestra sanación; que Vos no usáis medicinas o
raíces, sino por Vuestra palabra abrís (los ojos) de los
ciegos, hacéis que los paralíticos caminen, limpiáis a los leprosos,
hacéis que los sordos oigan, cómo por Vuestra palabra (también)
curáis espíritus (enfermos) y aquellos atormentados por demonios lunáticos, y
cómo, de nuevo, resucitáis los muertos a la vida.
Y, al darme cuenta de las maravillas que Vos hacéis,
me he dado cuenta de que (de dos cosas, una):
o habéis venido del cielo, o si no, sois el
Hijo de Dios, quien hace que sucedan todas éstas cosas.
También me doy cuenta que los judíos murmuran en
contra Vuestra, y Os persiguen, que buscan crucificaros y destruiros.
Poseo únicamente una pequeña ciudad, pero es bella, y
lo suficientemente grande para que nosotros dos vivamos en paz."
Cuando
Jesús recibió la carta, en la casa del sumo sacerdote
de los judíos, le dijo a Hanán, el secretario, “Id,
y decid a vuestro amo, quien os envió a Mí:
‘Feliz seáis, vos que habéis creído en Mí, sin haberme
visto, porque está escrito de mí que quienes me vean
no creerán en Mí, y que aquellos que no me
vean creerán en Mí. En cuanto a lo que
habéis escrito, que debería ir a vos, (he aquí, que)
todo a lo que fui enviado aquí está terminado, y
subo de nuevo a Mi Padre quien me envió, y
cuando haya ascendido a Él os enviaré a uno de
Mis discípulos, quien sanará todos vuestros sufrimientos, y (os) dará
la salud de nuevo, y convertirá a todos aquellos con
vos a la vida eterna. Y vuestra ciudad será
bendecida por siempre, y el enemigo nunca prevalecerá sobre ella.’”
De acuerdo a Eusebio, no fue Hanán quien escribió
la respuesta, sino el mismo Nuestro Señor.
Ha surgido una curiosa
evolución legendaria de ésta imaginaria ocurrencia. Se ha discutido
seriamente la naturaleza de la enfermedad de Abgar, al crédito
de la imaginación de varios escritores, sosteniendo que era gota,
otros que era lepra, los primeros diciendo que había durado
siete años, los últimos descubriendo que el enfermo había contraído
su enfermedad durante una visita a Persia. Otros historiadores,
nuevamente, sostienen que la carta fue escrita en pergamino, aunque
algunos favorecen al papiro. El pasaje crucial en la
carta de Nuestro Señor, sin embargo, es el que promete
a la ciudad de Edesa la victoria sobre todo enemigo.
Le dio al pueblecito una popularidad que desapareció el
día en que cayó en manos de conquistadores. Fue
una inesperada conmoción para aquellos que creían en la leyenda;
estaban más dispuestos a atribuir la caída de la ciudad
a la ira de Dios en contra sus habitantes, que
a admitir el fracaso de una protección en la que
en ése tiempo se confiaba no menos que en el
pasado.
Desde entonces, el hecho al que aludía
la correspondencia ha, por mucho tiempo, dejado de tener valor
histórico alguno. En dos lugares, el texto está tomado
del Evangelio, lo cual de por sí es suficiente para
refutar la autenticidad de la carta. Por otra parte,
las citas son hechas no de los Evangelios auténticos, sino
de la famosa concordancia de Tatiano, compilada en el siglo
II, y conocida como el “Diatesarón”, fijando así la fecha
de la leyenda en aproximadamente la mitad del siglo III.
Además, sin embargo, de la importancia que obtuvo en
el ciclo apócrifo, la correspondencia del Rey Abgar también ganó
un lugar en la liturgia. El decreto “De libris
non recipiendis”, del pseudo-Gelasio, coloca la carta entre los escritos
apócrifos, lo cual puede, posiblemente, ser una alusión al hecho
que haya sido interpolada entre las lecciones oficialmente autorizadas de
la liturgia. Las liturgias sirias conmemoran la correspondencia de
Abgar durante la cuaresma. La liturgia celta parece haber
concedido importancia a la leyenda; el “Liber Hymnorum”, un manuscrito
conservado en Trinity College, Dublín (E. 4, 2), da dos
oraciones sobre las líneas de la carta a Abgar.
Tampoco es del todo absoluto que ésta carta, seguida de
varias oraciones, pueda haber conformado un oficio litúrgico menor en
ciertas iglesias.
El relato dado por Adai contiene un detalle al
que se puede hacer referencia aquí brevemente. Hanán, quien
escribió lo que Nuestro Señor le dictó, era archivero en
Edesa y pintor del Rey Abgar. Se le había
encargado pintar un retrato de Nuestro Señor, tarea que llevó
a cabo, trayendo de regreso consigo mismo una pintura que
llevó a ser objeto de veneración general, pero que, después
de un tiempo, se dijo que había sido pintada por
el mismo Nuestro Señor. Al igual que la carta,
el retrato estaba destinado a ser el núcleo de una
legendaria evolución; el “Santo Rostro de Edesa” era principalmente famoso
en el mundo bizantino. Debe ser aquí suficiente una
indicación mínima de éste hecho, sin embargo, ya que la
leyenda del retrato de Edesa forma parte del extremadamente difícil
y oscuro tema de la iconografía de Cristo, y de
las pinturas de origen milagroso llamadas acheiropoietoe (“hecho sin manos”).
H.
LECLERCQ
Transcrito por Michael C. Tinkler
Traducido por Leonel Antonio Orozco
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