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La religión se vivía entonces con una intensidad y un misticismo prácticamente incomprensibles actualmente, lo que explica muchos rasgos de la civilización bizantina que parecen chocantes hoy en día a una humanidad que ha confinado a un rincón marginal...
Bizancio, cuna del icono
Sobre los cimientos de una antigua colonia griega, el
11 de mayo del 330 d.C se funda la Nueva
Roma o Constantinopla, recordando a Constantino el Grande (305-337), su
ilustre fundador, una ciudad llamada a ser uno de los
imperios más originales de la historia y cuyo influjo se
hizo sentir notablemente sobre las tres civilizaciones del Mediterráneo: la
Cristiana Ortodoxa -la heredera directa de Bizancio-, la Cristiana Occidental,
y la Islámica.
Sin el cristianismos es imposible comprender el
espíritu bizantino. La religión se vivía entonces con una intensidad
y un misticismo prácticamente incomprensibles actualmente, lo que explica muchos
rasgos de la civilización bizantina que parecen chocantes hoy en
día a una humanidad que ha confinado a un rincón
marginal de su existencia la experiencia de lo sagrado. Bizancio, y
esto constituye su genio, según Dionisios Zakythinós, supo llevar a
cabo una síntesis entre lo helenístico, lo romano y lo
cristiano; ello, por ejemplo, moderó las formas despóticas y absolutistas
propias del oriente. Este helenismo cristianizado se tornará cada vez
más ´´bizantino´´. Lo cristiano estará siempre presente, y una de
sus más aplaudidas manifestaciones estará en el arte de bizancio,
concretamente en los iconos. De las catacumbas a las basílicas
En el
siglo IV, el edicto de Galero introduce la tolerancia al
cristianismo y lo reconoce como religión lícita. El Edicto de
Milán conoce libertad a los cristianos y pone a su
disposición edificios y otros lugares. Constantino convoca y preside el
Concilio de Nicea. Declarada la capital del Imperio, Constantinopla se
convierte en la nueva Roma.
De la edad de las catacumbas
los cristianos pasan a la de las basílicas. La llama
está encendida y el arte cristiano sigue su camino. Aún
apareciendo todavía bajo figuras simbólicas, el Cristo se concretiza y
se personifica.
Los estilos se compenetran y se funden; la componente
oriental adquiere mayor poder y el arte oficial lleva la
marca de este cambio. Contrariamente el modelo clásico del emperador
militar, la indumentaria es estilizada, los rasgos de la fisonomía
iluminados por el alisamiento de la superficie: los ojos, la
boca, los oídos, la nariz y los rizos del pelo
son ´´dibujados´´ en relieve lineal.
La alteridad de las estéticas siempre
está presente. Los mosaicos de Santa Pudenziana encarnan el estilo
clásico heredado y concluido: el naturalismo, la disposición de los
planos y el movimiento expresado por las actitudes revelan la
antigua tradición romana. En el otro extremo el imperio cristiano,
el desenlace es crucial. La Glorieta de San Jorge en
Salónica expresa un arte nuevo. Los mosaicos de la basílica
de San Apolinar Nuevo expresan un doble lenguaje estético: en
ellos está omnipresente el dualismo iconográfico helenístico y oriental. Los
estilos se contaminan: del ´´paleocristiano´´ el arte pasa al ´´bizantino´´. Los
primeros iconos
Entre los iconos de la época preiconoclasta ha quedado
sólo un número limitado de cuadros sobre madera pintada a
encáustico. En Roma se encuentra la Virgen de la clemencia
conservada en Santa María de Transtévere y la Virgen con
el Niño de Santa María Nova (Santa Francesca Romana).
En
el monasterio de Santa Catalina del Sinaí se conservan San
Pedro, el Busto de Cristo, la Virgen en el trono
entre san Teodoro y San Jorge, y los tres jóvenes
en el brasero. En Kiev se encuentra la Virgen con
el Niño, San Juan Bautista, los Santos Sergio y Baco
y una cuarta pintura que representa santos aún por identificar.
Lejos de alcanzar el modelo icónico que ya es manifiesto
en los mosaicos de San Demetrio en Salónica, estas pinturas
sobre maderas representan un periodo de transición en el que
se pueden observar los distintos componentes de la síntesis bizantina.
La Virgen con el Niño conservada en Roma mira con
sus grandes ojos a quien la observa. El modelo del
rostro contrasta con sus rasgos estilizados a la manera oriental.
La obra anuncia el tipo de la ´´Conductora´´, la Madre
que indica el camino y guía al fiel.
Sentada en el
trono, María está rodeada por dos santos guerreros. Unos ángeles
en segundo plano alzan los ojos hacia la mano de
Dios de la que brota un rayo triangular de luz
que desciende sobre María. Los ángeles y la Virgen son
dibujados siguiendo la estética antigua.
Jesús tiene el cuerpo de un
niño pero la frente dilatada del rostro presagia el futuro
niño- adulto de los iconos. Los dos últimos protagonistas documentan
otro tipo de realización: la actitud es reservada y altanera,
los ojos rasgados, el gesto de las manos que llevan
la cruz es rígido y estereotipado y los hábitos de
dignatarios romanos son transformados en telones planos tejidos de ornamentos.
Al cariz icónico que va tomando se añade el dorado
que le da la aureola pasa a la cruz y
las túnicas anunciando el procedimiento del assit. Tras los personajes
representados, una arquitectura decorada presagia las sucesivas composiciones de los
iconos.
El retrato de San Pedro sigue fielmente el estilo clásico
de Fayum. Sobre el santo tres bustos inscritos en sendos
medallones representan al Cristo, la Virgen y san Juan Evangelista.
Estilizados e idealizados ofrecen un acabado preicónico. Como en el
icono de la Virgen en el trono entre san Teodoro
y san Jorge, la arquitectura del fondo anuncia el modelo
propio de los futuros iconos. Edad de oro
Bajo el reinado
de los macedonios el renacimiento del arte avanza paralelo con
el renacido vigor de la política del Imperio. A esta
segunda ´´edad de oro´´ sucede el periodo de los comnenos.
Aun siguiendo fielmente los cánones del academicismo macedonio, Bizancio diseña
un ´´humanismo´´ que encuentra su máxima expresión en la época
de los paleólogos. Sin romper las principales coordenadas de su
tradición, la ciudad de la imagen se imita a imitar
el volumen y el espacio; explorando lo humano, lo transfigura
con los rayos del Tabor. La biunidad calcedoniana de lo
divino y de lo humano permanece como fundamento de la
Belleza. Hierático, solemne y ´´abstracto´´, el clasicismo bizantino celebra la
trascendencia de lo divino. La gloria divina constituye su carácter
eminente. Lo ´´abstracto´´ aventaja lo ´´concreto´´. En el siglo XII
se manifiesta lo humano, lo sensible y lo real: una
vez asumido tienen, con los últimos bizantinos, una expresión fulgurante.
Capital
de las artes, Constantinopla se propaga más allá de las
fronteras del imperio. El arte sacro sigue siendo el de
la Iglesia de Bizancio, no el de su Imperio. Desde
Asia Menor hasta Rusia, pasando por Grecia, Italia, Servia y
Bulgaria, la extensión del icono se perpetúa más allá de
las oscilaciones políticas y geográficas. Anacrónico, el arte eclesial ignora
las mutaciones políticas y sociales del Imperio. En los mosaicos
de Santa Sofía de Constantinopla, emperadores y emperatrices ofrecen al
Cristo y a la Virgen ciudad, santuarios, fundaciones y suertes.
El
Imperio cristiano se declara morada de la Iglesia pero la
´´ortodoxia´´ de la Iglesia permanece autónoma. En el momento en
el que la degradación del ´´orden de las cosas humanas´´
parece fatídica, ´´el servicio de las cosas divinas´´ brota y
florece. A la Bizancio terrestre en ruinas, al estado fantasma
de los últimos emperadores, se opone la Bizancio espiritual. Gloriosa
y llena de júbilo ´´el esplendor de ésta era semejante
a la piedra más preciosa, como la piedra de jaspe
pulimentada´´ . Al igual que la historia imperial, también la
historia eclesiástica permanece fuera del lugar icónico. Una misma ´´historia´´
parece repetirse ´´de forma invariable´´. La Iglesia pecadora de la
historia, ´´la iglesia de aquellos que parecen´´ es sustituida por
la Iglesia del ´´Sol sin crepúsculo´´.
Bizancio muere en 1453 cuando
el Sultán Mehmet II penetra en la cuidad y llega
a Santa Sofía. Constantinopla ya no es. Encrucijada de una
cultura cristiana milenaria la ´´ciudad defendida por Dios´´ transmite la
luz. Una pintura post- bizantina, nutrida en sus fermentos, prolonga
el arte de los paleólogos en las tierras del espacio
greco- balcánico mientras que Rusia, convertida en ´´Tercera Roma´´ dirige
sobre nuevas sendas el arte que ha heredado.
El icono se
halla inmerso en la calma del ´´Hesicasmo´´: elaborada en Constantinopla
en el siglo XIV, la pneumatología palamita adquiere su dimensión
icónica en Rusia. Una Iglesia, un arte
La luz bizantina sigue
resplandeciendo, el fuego encendido en tiempo de los paleólogos incendia
el arte de la Iglesia. El testimonio del último Bizancio
es vivificado. Del siglo XV al XVIII, la Iglesia ve
un último florecimiento de su arte que, sin traicionar sus
cánones, se amplía nutriéndose de nuevas energías creadoras.
El renacimiento de
los paleólogos se perpetúa. Desde el siglo XII la pintura
religiosa había revelado un interés creciente por la imitación del
volumen y del espacio. En ella se intensifican la expresividad
y la fuerza emotiva. Aun ajena a las definiciones dogmáticas
de la imagen sacra propias de la Iglesia del Oriente,
la vecina Italia de la época experimenta la misma tentación.
Más que signo de una dependencia o de una influencia
´´extranjera´´ experimentada por el Oriente cristiano, la parentela entre las
dos corrientes se revela como la búsqueda común: aunque ´´cismática´´,
Bizancio sigue teniendo en Italia una influencia artística excepcional. Como
los últimos bizantinos, los maestros del Duecento y también del
Trecento expresan el mismo interés por un naturalismo mesurado. Es
rechazada la percepción sensible y empírica.
Los últimos resplandores
El Imperio Romano
de Oriente expira a mediados del siglo XV. Bizancio yo
no existe pero la Iglesia permanece y su arte continúa
resplandeciendo. Las diversas escuelas se prolongan y se unifican. Griegos,
servios, búlgaros, rumanos y sirios, los iconógrafos participan de un
mismo arte. Siempre ´´bizantina´´, la pintura se humaniza.
Bizancio en el
momento de su ocaso había pasado la antorcha a otros.
Propagando, el fuego brilla en todo su esplendor. Lejos de
constituir una simple reminiscencia del arte heredado, la pintura religiosa
inunda la ortodoxia de oro y de color. Al termino
de un fructuoso recorrido se multiplican las señales del declive.
La crisis políticas, religiosas y sociales marcan el arte de
la Iglesia. En el siglo XVIII el último de los
imperios del Viejo Mundo sufre el choque de Occidente. Apoyados
por las grandes potencias europeas, los misioneros latinos se dispersan
en el espacio otomano. Una nueva ´´cruzada´´ llama a los
´´Griegos cismáticos´´ a la unión. El declive del Imperio Otomano,
el sececionismo nacionalista y el poderío católico erosionan el cuerpo
ortodoxo. La Iglesia cuya teología ya había perdido la anterior
potencia creadora, pierde su influencia cultural. El arte sacro se
enfrenta a su propia descomposición.
El divorcio de la estética
ortodoxa se acentúa a despecho del creciente número de pintores
y de la abundancia de su producción destinadas a las
Iglesias. La herencia de la Tradición es sustituida por una
pintura bastarda, vacía y reseca que invade el mundo ortodoxo.
El arte religioso, se divorcia de sus propios fundamentos el
fuego se extingue. Lo sagrado se retrae. El icono bizantino
se desvirtúa. Ya había pasado dos siglos desde la caída
del imperio de Bizancio.
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