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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net Lima, la ciudad de los reyes
Santo Domingo, en dónde vivió San Martín de Porres, el santuario de Santa Rosa de Lima y su casa paterna, San Francisco y sus doce apóstoles evangelizadores del Perú
Lima, la ciudad de los reyes
Después de siete años regresé a Latinoamérica. Lima sería mi
puerta de entrada a la tierra que me vió nacer
y a la que no veía desde hace tanto tiempo.
Iba
con miedo, lo confieso. La incerteza de mis emociones, de
aquello que probaría o sentiría me tenía un poco inquieto.
Y poco a poco fui comprobando y viviendo esos sentimientos.
El primero de ellos, al ver desde el avión las
costas de Venezuela. Veía las mismas costas que un día
vio Colón desde sus naves y que ahora yo contemplaba
desde lo alto del cielo. Quinientos años habían pasado… y
desgraciadamente, lo sabía bien, nada o muy poco había cambiado
desde ese entonces. Pude contemplar el océano que se estrellaba
contra la tierra, una tierra que se adentraba en la
Amazonas, una tierra que inició su historia con culturas maravillosas
y maravilladas de la llegada de otras culturas. Mezcla que
en el virreinato dio origen a una cultura propia.
Al aterrizar
me esperaba un espectáculo maravilloso: el puerto de El Callao.
Ante mis ojos el sol cubría de naranja un mar
pletórico de barcas cargueras que se hacinaban en torno al
muelle. Nunca había visto tantas en un puerto. Silenciosas, doradas,
altivas. Y al fondo un montículo ocultaba el sol y
daba paso a la tierra, una tierra seca, seca (en
Lima, nunca llueve).
Los días pasaban y crecía mi incógnita al
saber cómo sería el centro de la ciudad de Lima,
ciudad que en otro tiempo llevó el nombre de la
ciudad de los reyes por la magnificencia de sus edificios.
Se me encogió el corazón al comprobar el degrado y
descuido de tantos y tantos edificios que en un tiempo
debieron ser residencias espectacularmente señoriles. Pobreza y miseria se extendían
por doquier y se mezclaban con imponentes monumentos históricos: Santo
Domingo, en dónde vivió San Martín de Porres, el santuario
de Santa Rosa de Lima y su casa paterna, San
Francisco y sus doce apóstoles evangelizadores del Perú.
Pude también gozar
y oír cantar “La flor de la Canela” en el
mismo puente que une el barranco con la Alameda y
comprobé que no era tan grande la distancia que separa
ambos.
Sufrí y gocé con el Paseo Larcomar al constatar que
existen las diferencias sociales y económicas en el Perú. Puedes
estar sentado cómodamente en un bar, sorbiendo un helado con
el sol al atardecer de frente al mar y a
unos cuantos metros volver a contemplar la pobreza.
Me emocioné con
la tumba de Francisco Pizarro, conquistador del Perú, al saber
que su gesta fue no sólo social o política, sino
eminentemente religiosa, cuando religión quería decir cultura y no había
nada de que avergonzarse.
Agradecí a Dios los siete años vividos
en Europa que me han permitido comprender más el esplendor
y la angustia de este pueblo que ha aprendido a
esperar, siempre a esperar.
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