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| Conociendo a san León Magno |
En la historia de los Papas nos encontramos dos con
el título de “Magno”. San León Magno y San Gregorio
Magno, ambos en el siglo V, en el que suceden
grandes acontecimientos en momentos muy conflictivos, destacando personajes decisivos como
Recaredo que abjura el arrianismo convertido por San Leandro de
Sevilla, que había coincidido en Constantinoplacon el que después sería
Gregorio Magno. A su vez, en Reims, San Remigio bautiza
a Clodoveo, mientras Atila, después de asolar Venecia y tomar
Milán, llega a Roma. El papa León Magno (440-461), se
enfrentó con él y los hunos. Le salió, vestido de
pontifical, al encuentro y le impresionó tanto, que le prometió
abandonar la guerra y retirarse más allá del Danubio, momento
que Rafael inmortalizó. El pontificado de San León Magno, en
la mitad del siglo V se desarrolló durante un periodo
histórico turbulento, en que acechada la Iglesia la presión de
los pueblos germánicos, en su mayoría paganos y el peligro
de cisma del monofisismo.
De hecho el éxito que obtuvo con
Atila no lo consiguió con los vándalos de Genserico, que
por una intriga de corte fomentada por la emperatriz Eudoxia,
entró en Roma y la saqueó salvajemente. Genserico le prometió
que iba a salvar sólo las Basílicas de S. Pedro,
de S. Pablo y de S. Juan de Letrán. Lo
demás lo arrasaron todo. Era el mes de junio del
año 455. Fueron quince días de terror, destrucciones, y expoliaciones.
Los vándalos se llevaron a millares de ciudadanos para convertirlos
en esclavos, entre ellos a la misma Eudoxia, que fue
la causa de muchos males. A León sólo le quedóreconstruir
la ciudad tan amada, reducida a escombros.
NATURAL DE LA TOSCANA
San
León nació en Toscana, Italia; recibió una esmerada educación y
hablaba muy correctamente el idioma nacional, el latín. Designado Secretario
del Papa San Celestino y de Sixto III, fue enviado
como embajador a Francia para evitar una guerra civil a
punto de estallar por la pelea entre dos generales. Allí
le llegó la noticia de que había sido elegido Sumo
Pontífice. Año 440. Desde el principio de su pontificado dio
muestra de poseer grandes cualidades. Tenía gran fama de sabio
y cuando en el Concilio de Calcedonia los enviados del
Papa leyeron la carta que enviaba San León Magno, los
600 obispos se pusieron de pie y exclamaron: "San Pedro
ha hablado por boca de León". Cuando, como he dicho,
en el año 452 llegó el terrorífico guerrero Atila, capitaneando
a los feroces Hunos, de quienes se decía que donde
sus caballos pisaban no volvía a nacer la hierba, el
Papa San León salió a su encuentro y su personalidad
le impresionó tanto que logró que no entrara en Roma
y que volviera a su tierra, de Hungría.
CONCILIO DE CALCEDONIA
Su
Epístola a Flaviano, dirigida al Patriarca de Constantinopla, tuvo una
importancia decisiva en las definiciones del Concilio de Calcedonia (451),
en el que se condenó la herejía monofisita. Además de
esta larga carta dogmática, San León redactó otras muchas. Su
epistolario comprende 173 cartas, escritos dogmáticos, disciplinares y de gobierno.
Su estilo conciso y elegante, une a la brevedad una
gran riqueza de imágenes. Se conservan 96 sermones, que son
verdaderas joyas de doctrina. Esta misma preocupación por exponer la
verdadera doctrina cristiana se refleja en sus Homilías, predicadas al
clero y al pueblo romano en las principales fiestas del
año litúrgico, que para San León, tiene una importancia capital
en la vida cristiana, pues es como una prolongación de
la vida salvífica de Cristo en la Iglesia. Escribe que
los cristianos, configurados con el Señor por medio de lossacramentos,
deben imitar la vida de Jesucristo en el ciclo anual
de las celebraciones. De las noventa y siete homilías que
nos han llegado, nueve corresponden al ayuno de las témporas
de diciembre, que formarían parte del Adviento, y doce a
la Cuaresma. El resto se centran en los principales acontecimientos
del año litúrgico: Navidad, Epifanía, Semana Santa, Pascua, Ascensión y
Pentecostés. No faltan algunas predicadas en la fiesta de los
Santos Pedro y Pablo y de San Lorenzo.
ALGUNOS SERMONES DE
SAN LEON MAGNO
Si fiel y sabiamente, amadísimos, consideramos el principio
de nuestra creación, hallaremos que el hombre fue formado a
imagen de Dios, a fin de que imitara a su
Autor. La natural dignidad de nuestro linaje consiste precisamente en
que resplandezca en nosotros, como en un espejo, la hermosura
de la bondad divina. A este fin, cada día nos
auxilia la gracia del Salvador, de modo que lo perdido
por el primer Adán sea reparado por el segundo. La
causa de nuestra salud no es otra que la misericordia
de Dios, a quien no amaríamos si antes Él no
nos hubiera amado y con su luz de verdad no
hubiera alumbrado nuestras tinieblas de ignorancia. Esto ya nos lo
había anunciado el Señor por medio de su profeta Isaías:
guiaré a los ciegos por un camino ignorado y les
haré caminar por senderos desconocidos. Ante ellos tornaré en luz
las tinieblas, y en llano lo escarpado. Cumpliré mi palabra
y no les abandonaré (Is 42, 18). Y de nuevo:
me hallaron los que no me buscaban, y me presenté
ante los que no preguntaban por mí (Is 65,1). De
qué modo se ha cumplido todo esto, nos lo enseña
el Apóstol Juan: sabemos que el Hijo de Dios vino
y nos dio inteligencia para que conozcamos la Verdad, y
estamos en la Verdad, que es su Hijo (1 Jn
5, 20).
AMEMOS A DIOS
Y también: amemos a Dios, porque Él
nos amó primero (1 Jn 4, 19). Dios, cuando nos
ama, nos restituye a su imagen, y para hallar en
nosotros la figura de su bondad, nos concede que podamos
hacer lo que Él hace, iluminando nuestras inteligencias e inflamando
nuestros corazones, de modo que no sólo le amemos a
Él, sino también a todo cuanto Él ama. Pues si
entre los hombres se da una fuerte amistad cuando les
une la semejanza de costumbres—y sin embargo, sucede muchas veces
que la conformidad de costumbres y deseos conduce a malos
afectos—, ¡cuánto más deberemos desear y esforzarnos por no discrepar
en aquellas cosas que Dios ama! Pues ya dijo el
Profeta: porque la ira está en su indignación y la
vida en su voluntad (Sal 29, 6), ya que en
nosotros no estará de ningún modo la majestad divina, si
no se procura imitar la voluntad de Dios.
Dice el Señor:
amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y
con toda tu alma. Amarás al prójimo como a ti
mismo (Mt 12, 37-39). Así pues, reciba el alma fiel
la caridad inmarcesible de su Autor y Rector, y sométase
toda a su voluntad, en cuyas obras y juicios nada
hay vacío de la verdad de la justicia, ni de
la compasión de la clemencia. Tres obras pertenecen principalmente a
las acciones religiosas: la oración, el ayuno y la limosna,
que han de ejercitarse en todo tiempo, pero especialmente en
el consagrado por las tradiciones apostólicas, según las hemos recibido.
Como este mes décimo se refiere a la costumbre de
la antigua institución, cumplamos con mayor diligencia aquellas tres obras
de que antes he hablado.
Pues por la oración se busca
la propiciación de Dios, por el ayuno se apaga la
concupiscencia de la carne y por las limosnas se perdonan
los pecados (Dan 4, 24). Al mismo tiempo, se restaurará
en nosotros la imagen de Dios si estamos siempre preparados
para la alabanza divina, si somos incesantemente solícitos para nuestra
purificación y si de continuo procuramos la sustentación del prójimo.
Esta triple observancia, amadísimos, sintetiza los afectos de todas las
virtudes, nos hace llegar a la imagen y semejanza de
Dios, y nos une inseparablemente al Espíritu Santo. Así es:
en las oraciones permanece la fe recta; en los ayunos,
la vida inocente, y en las limosnas, la benignidad.
LA ENCARNACIÓN
DEL SEÑOR
Hoy, amadísimos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos. No es
justo dar lugar a la tristeza cuando nace la Vida,
disipando el temor de la muerte y llenándonos de gozo
con la eternidad prometida. Nadie se crea excluido de tal
regocijo, pues una misma es la causa de la común
alegría. Nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte,
así como a nadie halló libre de culpa, así vino
a librar a todos del pecado. Exulte el santo, porque
se acerca al premio; alégrese el pecador, porque se le
invita al perdón; anímese el pagano, porque se le llama
a la vida. Al llegar la plenitud de los tiempos
(Gal 4,4), señalada por los designios inescrutables del divino consejo,
tomó el Hijo de Dios la naturaleza humana para reconciliarla
con su Autor y vencer al introductor de la muerte,
el diablo, por medio de la misma naturaleza que éste
había vencido (Sab 2,24). En esta lucha emprendida para nuestro
bien se peleó según las mejores y más nobles reglas
de equidad, pues el Señor todopoderoso batió al despiadado enemigo
no en su majestad, sino en nuestra pequeñez, oponiéndole una
naturaleza humana, mortal como la nuestra, aunque libre de todo
pecado. No se cumplió en este nacimiento lo que de
todos los demás leemos: nadie está limpio de mancha, ni
siquiera el niño que sólo lleva un día de vida
sobre la tierra (Job 14, 4-5).
En tan singular nacimiento, ni
le rozó la concupiscencia carnal, ni en nada estuvo sujeto
a la ley del pecado. Se eligió una virgen de
la estirpe real de David que, debiendo concebir un fruto
sagrado, lo concibió antes en su espíritu que en su
cuerpo. Y para que no se asustase por los efectos
inusitados del designio divino, por las palabras del Ángel supo
lo que en ella iba a realizar el Espíritu Santo.
De este modo no consideró un daño de su virginidad
llegar a ser Madre de Dios. ¿Por qué había de
desconfiar Maria ante lo insólito de aquella concepción, cuando se
le promete que todo será realizado por la virtud del
Altísimo? Cree Maria, y su fe se ve corroborada por
un milagro ya realizado: la inesperada fecundidad de Isabel testimonia
que es posible obrar en una virgen lo que se
ha hecho con una estéril.
DOBLE NATURALEZA
Así pues, el Verbo, el
Hijo de Dios, que en el principio estaba en Dios,
por quien han sido hechas todas las cosas, y sin
el cual ninguna cosa ha sido hecha (Jn 1, 1-3),
se hace hombre para liberar a los hombres de la
muerte eterna. Al tomar la bajeza de nuestra condición sin
que fuese disminuida su majestad, se ha humillado de tal
forma que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que
no era, unió la condición de siervo (Fil 2, 7)
a la que Él tenía igual al Padre, realizando entre
las dos naturalezas una unión tan estrecha, que ni lo
inferior fue absorbido por esta glorificación, ni lo superior fue
disminuido por esta asunción. Al salvarse las propiedades de cada
naturaleza y reunirse en una sola persona, la majestad se
ha revestido de humildad; la fuerza, de flaqueza; la eternidad,
de caducidad. Para pagar la deuda debida por nuestra condición,
la naturaleza inmutable se une a una naturaleza pasible; verdadero
Dios y verdadero hombre se asocian en la unidad de
un solo Señor. De este modo, el solo y único
Mediador entre Dios y los hombres (1Tim 2,5) puede, como
lo exigía nuestra curación, morir, en virtud de una de
las dos naturalezas, y resucitar, en virtud de la otra.
CONCEPCION
VIRGINAL
Con razón, pues, el nacimiento del Salvador no quebrantó la
integridad virginal de su Madre. La llegada al mundo del
que es la Verdad fue la salvaguardia de su pureza.
Tal nacimiento, carísimos, convenía a la fortaleza y sabiduría de
Dios, que es Cristo (1 Cor 1, 24), para que
en Él se hiciese semejante a nosotros por la humanidad
y nos aventajase por la divinidad. De no haber sido
Dios, no nos habría proporcionado remedio; de no haber sido
hombre, no nos habría dado ejemplo. Por eso le anuncian
los ángeles, cantando llenos de gozo: gloria a Dios en
las alturas; y proclaman: en la tierra, paz a los
hombres de buena voluntad (Lc 2,14). Ven ellos, en efecto,
que la Jerusalén celestial se levanta en medio de las
naciones del mundo. ¿Qué alegría no causará en el pequeño
mundo de los hombres esta obra inefable de la bondad
divina, si tanto gozo provoca en la esfera sublime de
los ángeles? Por todo esto, amadísimos, demos gracias a Dios
Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo,
que, por la inmensa misericordia con que nos amó, se
compadeció de nosotros; y, estando muertos por el pecado, nos
resucitó a la vida en Cristo (Ef 2, 5) para
que fuésemos en Él una nueva criatura, una nueva obra
de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo con
sus acciones (cfr. Col 3, 9) y renunciemos a las
obras de la carne, nosotros que hemos sido admitidos a
participar del nacimiento de Cristo.
DIGNIDAD DEL CRISTIANO
Reconoce, ¡oh cristiano!, tu
dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Re 1,
4), y no vuelvas a la antigua miseria con una
vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de qué Cuerpo
eres miembro. Ten presente que, arrancado del poder de las
tinieblas, has sido trasladado al reino y claridad de Dios
(Col 1, 13). Por el sacramento del Bautismo te convertiste
en templo del Espíritu Santo: no ahuyentes a tan escogido
huésped con acciones pecaminosas, no te entregues otra vez como
esclavo al demonio, pues has costado la Sangre de Cristo,
quien te redimió según su misericordia y te juzgará conforme
a la verdad. El cual con el Padre y el
Espíritu Santo reina por los siglos de los siglos. Amén.
Nacimiento virginal de Cristo (Homilía 2 sobre Navidad). Dios todopoderoso
y clemente, cuya naturaleza es bondad, cuya voluntad es poder,
cuya acción es misericordia, desde el instante en que la
malignidad del diablo nos hubo emponzoñado con el veneno mortal
de su envidia, señala los remedios con que su piedad
se proponía socorrer a los mortales.
ENEMISTAD ENTRE TI Y LA
MUJER
Esto lo hizo ya desde el principio del mundo, cuando
declaró a la serpiente que de la Mujer nacería un
Hijo lleno de fortaleza para quebrantar su cabeza altanera y
maliciosa (Gn 3,15); es decir, Cristo, el cual tomaría nuestra
carne, siendo a la vez Dios y hombre; y, naciendo
de una virgen, condenaría con su nacimiento a aquél por
quien el género humano había sido manchado. Después de haber
engañado al hombre con su astucia, regocijábase el diablo viéndole
desposeído de los dones celestiales, despojado del privilegio de la
inmortalidad y gimiendo bajo el peso de una terrible sentencia
de muerte. Alegrábase por haber hallado algún consuelo en sus
males en la compañía del prevaricador y por haber motivado
que Dios, después de crear al hombre en un estado
tan honorífico, hubiese cambiado sus disposiciones acerca de él para
satisfacer las exigencias de una justa severidad.
Ha sido, pues, necesario,
amadísimos, el plan de un profundo designio para que un
Dios que no se muda, cuya voluntad no puede dejar
de ser buena, cumpliese—mediante un misterio aún más profundo— la
primera disposición de su bondad, de manera que el hombre,
arrastrado hacia el mal por la astucia y malicia del
demonio, no pereciese, subvirtiendo el plan divino. Al llegar, pues,
amadísimos, los tiempos señalados para la redención del hombre, Nuestro
Señor Jesucristo bajó hasta nosotros desde lo alto de su
sede celestial. Sin dejar la gloria del Padre, vino al
mundo según un modo nuevo, por un nuevo nacimiento. Modo
nuevo, ya que, invisible por naturaleza, se hizo visible en
nuestra naturaleza; incomprensible, ha querido hacerse comprensible; el que fue
antes del tiempo, ha comenzado a ser en el tiempo;
señor del universo, ha tomado la condición de siervo, velando
el resplandor de la majestad (Fil 2,7); Dios impasible, no
ha desdeñado ser hombre pasible; inmortal, se somete a la
ley de la muerte.
SU DIVINO PODER
¿Quieres tener razón de su
origen? Confiesa que es divino su poder. El Señor Cristo
Jesús ha venido, en efecto, para quitar nuestra corrupción, no
para ser su víctima; no a sucumbir a nuestros vicios,
sino a curarlos. Por eso determinó nacer según un modo
nuevo, pues llevaba a nuestros cuerpos humanos la gracia nueva
de una pureza sin mancilla. Determinó, en efecto, que la
integridad del Hijo salvaguardase la virginidad sin par de su
Madre, y que el poder del divino Espíritu derramado en
Ella (Lc 1, 35) mantuviese intacto ese claustro de la
castidad y esta morada de la santidad en la cual
Él se complacía, pues había determinado levantar lo que estaba
caído, restaurar lo que se hallaba deteriorado y dotar del
poder de una fuerza multiplicada para dominar las seducciones de
la carne, para que la virginidad—incompatible en los otros con
la transmisión de la vida—viniese a ser en los otros
también imitable gracias a un nuevo nacimiento.
Honrad con una obediencia
santa y sincera el misterio sagrado y divino de la
restauración del género humano. Abrazaos a Cristo, que nace en
nuestra carne, para que merezcáis ver reinando en su majestad
a este mismo Dios de gloria, que con el Padre
y el Espíritu Santo permanece en la unidad de la
divinidad por los siglos de los siglos. Amén. Infancia espiritual
(Homilía 7 en la Epifanía del Señor). Amadísimos, el recuerdo
de lo que ha sido realizado por el Salvador de
los hombres es para nosotros de gran utilidad, si de
este objeto de nuestra fe y de nuestra veneración hacemos
el ideal de nuestra imitación. En la economía de los
misterios de Cristo, los milagros son gracias y estímulos que
refuerzan la doctrina, para que sigamos también el ejemplo de
las acciones de Aquél a quien confesamos en espíritu de
fe.
Aun estos mismos instantes vividos por el Hijo de Dios,
que nace de la Virgen, su Madre, nos instruyen para
nuestro progreso en la piedad. Los corazones ven aparecer en
una sola y misma persona la humildad propia de la
humanidad y la majestad divina. Los cielos y los ejércitos
celestiales llaman su Creador al que, recién nacido, se encuentra
en una cuna. Este Niño de cuerpo pequeño es el
Señor y el Rector del mundo. Aquél a quien ningún
límite puede encerrar, se contiene todo entero sobre las rodillas
de su Madre. Mas en esto está la curación de
nuestras heridas y la elevación de nuestra postración. Los remedios
destinados a nosotros nos han fijado una norma de vida,
y de lo que era una medicina destinada a los
muertos ha salido una regla para nuestras costumbres.
No sin razón,
cuando los tres Magos fueron conducidos por el resplandor de
una nueva estrella para venir a adorar a Jesús, ellos
no lo vieron expulsando a los demonios, resucitando a los
muertos, dando vista a los ciegos, curando a los cojos,
dando la facultad de hablar a los mudos, o en
cualquier otro acto que revelaba su poder divino; sino que
vieron a un Niño que guardaba silencio, tranquilo, confiado a
los cuidados de su Madre. No aparecía en Él ningún
signo de su poder; mas les ofreció la vista de
un gran espectáculo: su humildad. Por eso, el espectáculo de
este santo Niño, el Hijo de Dios, presentaba a sus
miradas una enseñanza que más tarde debía ser proclamada; y
lo que no profería aún el sonido de su voz,
el simple hecho de verle hacía ya que Él lo
enseñara.
LA VICTORIA DEL SALVADOR
Toda la victoria del Salvador, que ha
subyugado al diablo y al mundo ha comenzado por la
humildad y ha sido consumada por la humildad. Ha inaugurado
en la persecución sus días señalados, y también los ha
terminado en la persecución. Al Niño no le ha faltado
el sufrimiento, y al que había sido llamado a sufrir
no le ha faltado la dulzura de la infancia, pues
el Unigénito de Dios ha aceptado, por la sola humillación
de su majestad nacer voluntariamente hombre y poder ser muerto
por los hombres. Si, por el privilegio de su humildad,
Dios omnipotente ha hecho buena nuestra causa tan mala, y
si ha destruido a la muerte y al autor de
la muerte (I Tim 1, 10), no rechazando lo que
le hacían sufrir los perseguidores sino soportando con gran dulzura
y por obediencia a su Padre las crueldades de los
que se ensañaban contra Él, ¿cuánto más hemos de ser
nosotros humildes y pacientes, puesto que, si nos viene alguna
prueba, jamás se hace esto sin haberla merecido? ¿Quién se
gloriará de tener un corazón casto y de estar limpio
de pecado?Y, como dice San Juan, si dijéramos que no
tenemos pecado nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad
no estaría con nosotros (I Jn 1, 8). ¿Quién se
encontrará libre de falta, de modo que la justicia nada
tenga de qué reprocharle o la misericordia divina qué perdonarle?
LA
SABIDURIA CRISTIANA
Por eso, amadísimos, la práctica de la sabiduría cristiana
no consiste ni en la abundancia de palabras, ni en
la habilidad para discutir, ni en el apetito de alabanza
y de gloria, sino en la sincera y voluntaria humildad,
que el Señor Jesucristo ha escogido y enseñado como verdadera
fuerza desde el seno de su Madre hasta el suplicio
de la Cruz. Pues cuando sus discípulos disputaron entre si,
como cuenta el evangelista, quién será el más grande en
el reino de los cielos, Él, llamando a si a
un niño, le puso en medio de ellos y dijo:
en verdad os digo, si no os mudáis haciéndoos como
niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues
el que se humillare hasta hacerse como un niño de
estos, éste será el más grande en el reino de
los cielos (Mt 18, 1-4).
AMOR A LOS NIÑOS
Cristo ama la
infancia, que Él mismo ha vivido al principio en su
alma y en su cuerpo. Cristo ama la infancia, maestra
de humildad, regla de inocencia, modelo de dulzura. Cristo ama
la infancia; hacia ella orienta las costumbres de los mayores,
hacia ella conduce a la ancianidad. A los que eleva
al reino eterno los atrae a su propio ejemplo. Mas,
si queremos ser capaces de comprender perfectamente cómo es posible
llegar a una conversión tan admirable y por qué transformación
hemos de ir a la edad de los niños dejemos
que San Pablo nos instruya y nos diga: no seáis
niños en el juicio; sed párvulos sólo en la malicia,
pero adultos en el juicio (I Cor 14, 20).
No se
trata, pues, de volver a los juegos de la niñez
ni a las imperfecciones del comienzo, sino tomar una cosa
que conviene también a los años de la madurez; es
decir, que pasen pronto nuestras agitaciones interiores, que rápidamente encontremos
la paz, no guardemos rencor por las ofensas, ni codiciemos
las dignidades, sino amemos encontrarnos unidos, y guardemos una igualdad
conforme a la naturaleza. Es un gran bien, en efecto,
que no sepamos alimentar ni tener gusto por el mal,
pues inferir y devolver injuria es propio de la sabiduría
de este mundo. Por el contrario, no devolver mal por
mal (Rm 12, 17) es propio de la infancia espiritual,
toda llena de ecuanimidad cristiana. A esta semejanza con los
niños nos invita, amadísimos, el misterio de la fiesta de
hoy. Ésa es la forma de humildad que os enseña
el Salvador Niño adorado por los Magos.
SANTOS INOCENTES
Para mostrar aquella
gloria que prepara a sus imitadores, ha consagrado con el
martirio a los nacidos en su tiempo; nacidos en Belén,
como Cristo, han sido asociados a Él por su edad
y por su pasión. Amen, pues, los fieles la humildad
y eviten todo orgullo; cada cual prefiera su prójimo a
sí mismo (I Cor 4, 6), y que nadie busque
su propio interés, sino el del otro (I Cor 10,14),
de modo que, cuando todos estén llenos del espíritu de
benevolencia, no se encontrará en ninguna parte el veneno de
la envidia, pues el que se exalta será humillado y
el que se humilla será exaltado (Lc 14,11). Así lo
atestigua nuestro Señor Jesucristo, que, con el Padre y el
Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los
siglos. Amén. Toscano de origen, León I fue el salvador
de occidente en una época en que el imperio se
desplomaba bajo los golpes de los bárbaros y el cristianismo
se veía cada vez más amenazado por las herejías. La
unidad del Imperio, destruida por las invasiones es sustituida por
una unidad espiritual, transformada poco a poco en la idea
de la civilización unitaria que se encuentra en la base
del concepto de Europa.
Los bárbaros orientales, como los hunos, no
participaron en la obra, se integraron en esta unidad, y
fue el mérito de la Iglesia el de obligarlos a
civilizarse a través de la fe. Los germanos se transformaron
en los más fervorosos herederos del Imperio romano. Combatió victoriosamente
el maniqueísmo en África, el pelagianismo en Aquileia, el Priscilianismo
en España. Nombró un encargado de negocios en Constantinopla, para
mantener permanentes relaciones con la corte y con los altos
dignatarios y enviar informes detallados a Roma sobre la Iglesia
oriental.
En 452, Atila, rey de los hunos, había saqueado el
norte de Italia. El emperador Valentiniano III había abandonado su
sede de Ravena y se había refugiado en Roma. León,
salió al encuentro de Atila, en Mantua. Después de la
entrevista con el Papa, el bárbaro se retiró, y fue
ésta la segunda derrota de Atila después de la que
había sufrido un año antes en los Campos Cataláunicos, donde
Aecio le había vencido en una de las famosas "estancias"
del Vaticano. En 455 los vándalos de Genserico se habían
apoderado de Roma. Valentiniano había sido asesinado, y su sucesor,
Petronio Máximo, fue despedazado por la multitud mientras se disponía
a huir. Fue León quien tuvo el valor de enfrentarse
con los vándalos, a los que esperó en la puerta
de la Ciudad Eterna. Obtuvo de Genserico que Roma no
fuese incendiada ni la población degollada. Pero la ciudad fue
sometida a un sistemático saqueo. Barcos llenos de obras de
arte y de otras riquezas descendieron por el Tíber, rumbo
a África, donde Genserico pensaba fundar un estado poderoso con
la capital de Cartago. Era ésta una especie de tardía
e incompleta venganza de Aníbal, Cartago saqueaba a Roma, pero
el sueño de Genserico se esfumó rápidamente y Roma resucitó
con más esplendor.
León fue también un político consumado y mereció
el título de "grande", y el honor de los altares.
San Ambrosio había sido el primero en formular la idea
de un estado cristiano, y León desarrolló esta idea un
siglo más tarde. Dawson escribe sobre este aspecto de la
doctrina de León: "Hacía converger las convicciones ambrosianas sobre la
misión providencial del Imperio romano y la doctrina tradicional de
la primacía de la Sede apostólica; mientras, al principio del
mismo siglo, San Agustín había contemplado la teología occidental y
dotado a la Iglesia de un sistema que estaba destinado
a formar el capital intelectual de la cristiandad por más
de mil años". Supo también continuar aquella obra realizada por
la Iglesia durante los siglos IV y V, y que
consistía en reconciliar el cristianismo y clasicismo, lo que tuvo
un inmenso influjo sobre el futuro desarrollo de la mentalidad
intelectual europea. Merced a esta sabia compenetración de la Iglesia
pudo constituirse en un cuerpo aparte, resistiendo las embestidas de
los bárbaros, mientras el Imperio se hundía en la nada.
Falleció
el 10 de noviembre de 461. Su culto litúrgico empezó
inmediatamente después: tan grande había sido la impresión dejada por
su personalidad y su perfección moral. Fue hasta la aparición
de Gregorio el Grande, el más importante de los sucesores
de Pedro.
EL COMBATE DE LA SANTIDAD
El que, ayudado por la
gracia de Dios, tienda con todo su corazón a esta
perfección, cumple fielmente el santo ayuno y, ajeno a la
levadura de la antigua malicia, llegará a la bienaventurada Pascua
con los ácimos de pureza y sinceridad (l Cor 5,8).Participando
de una vida nueva (Rm 6, 4), merecerá gustar la
alegría en el misterio de la regeneración humana. Por Cristo
nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo
vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Está sepultado en la Basílica de San Pedro.
P. Jesús
Martí Ballester jmarti@ciberia.es
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