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La Ciudad del Vaticano se ha convertido en el primer
Estado soberano con "emisión cero" de anhídrido carbónico (C02) al
plantar, en 2007, un bosque en territorio húngaro, de su
propiedad. Este plan, orientado a regenerar la vegetación, constituye un
importante compromiso ecológico con nuestro planeta, por parte de la
Iglesia Católica en su expresión apical. Un ulterior testimonio que
revela el interés de la Santa Sede hacia este problema,
es el proyecto de construcción de una planta fotovoltaica con
paneles solares que aportará a la Ciudad del Vaticano una
cantidad de energía cotidiana equivalente a una significativa cuota con
respecto al total de su consumo. Son dos ejemplos concretos
que nos invitan a reflexionar sobre el difícil futuro ecológico,
con respecto a los cambios climáticos del planeta, al flagelo
de la deforestación y el fenómeno del calentamiento del globo.
1. Con respecto a esto, tratando nuestro tema específico, el
turismo es uno de los vectores del actual cambio climático,
puesto que contribuye al proceso de calentamiento de la tierra
(cfr. discurso del Secretario General de la OMT, marzo 2007).
De hecho, al considerar que en la actualidad son más
de 900 millones (y se prevé que en el 2020
serán 1,6 billones) las personas que emprenden un viaje de
turismo al extranjero, desplazándose en avión, por mar y tierra,
utilizan carburantes contaminantes, y alojándose en hoteles, con equipos de
aire acondicionado, causan emisiones de gases nocivos.
Ciertamente, no es
sólo una cuestión que atañe al turismo, puesto que existen
numerosas actividades que contaminan, que causan el calentamiento global y
un subsiguiente empobrecimiento de la atmósfera, con consecuencias negativas para
el clima y el medio ambiente. Podemos afirmar, por tanto,
que nos hallamos en una fase precaria y delicada de
la historia de la humanidad, es decir, en una encrucijada.
Nos encontramos ante los dos caminos proverbiales, el del bien
y el del mal, como nos enseña la Biblia (cfr.
Dt 30,15; Un 3,14).
Aunque los tratados que rigen en
el mundo, en este campo, probablemente fueron inspirados por el
texto del Génesis referente a la creación, éste, en realidad,
se ha olvidado. Lo demuestran las decisiones tardías, incluso las
de los pueblos más desarrollados en el campo de la
ecología global, así como la reticencia de aquellos que hesitan
en ratificar protocolos internacionales, destinados a la conservación del medio
ambiente y a la reducción de las emisiones de anhídrido
carbónico.
Si por el contrario escuchásemos la Palabra de Dios
en su verdad, belleza y poesía (Gn 1,1-31), el Universo
se nos aparecería como un don que deberíamos conservar, un
regalo, un "Edén", en donde todo se conjuga en la
armonía y la alegría de vivir. La tierra es un
jardín, un lugar en el que las criaturas alaban el
amor de su Creador, y donde el equilibrio es la
norma, en el éxtasis precisamente de un jardín frondoso y
lleno de frutos, de árboles y de vida.
Pero allá
donde reinaba la belleza, contemplada por el Autor sagrado inspirado,
la puerta, en régimen de libertad sin verdad y amor,
permanece abierta al horror y al pecado: el desorden ocupa
el lugar del equilibrio, la paz es agredida por la
violencia, la tortura y la guerra, después de la vegetación
exuberante llega la sequía y la catástrofe, allá donde había
luz, que se alternaba con las tinieblas para marcar también
los tiempos del trabajo y del descanso, se producen excesos,
confusión ritmada y caos, allá donde reinaba el diálogo del
amor entre hombre y mujer con la paz de los
sentidos, han encontrado lugar el pecado, la acusación de Adán
a Eva, su esposa, la enemistad, el fratricidio, el diluvio.
El
jardín se ha transformado entonces en un desierto, las flores
han marchitado, el agua ha engullido y destruido todo lo
que ha encontrado en su creciente camino diluvial, mientras tanto
se han construido otros obstáculos, las bombas han formado cráteres,
la contemplación se ha convertido en usurpación, el diálogo se
ha vuelto monólogo de omnipotencia, los hermanos han esclavizado a
los hermanos y los pueblos ya no han encontrado el
árbol de la vida en el Jardín, porque han probado
el fruto del árbol del bien y del mal.
2.
¿Pero cuál es el camino del bien ecológico que debemos
emprender para oponernos al cambio climático nefasto, tema de nuestra
Jornada de este año? El gran desafío parece ser la
superación de un determinado narcisismo insano, luchando contra el egoísmo
y observando, con lucidez y honestidad, la tierra que corre
peligro de ser destruida. Con ello, ciertamente, no significa que
el hombre tiene que dejarse oprimir por la desilusión, es
más, significa por el contrario asumir las propias responsabilidades, a
nivel individual y colectivo, para recrear la armonía, posible después
del pecado original y dejar que el planeta siga su
propio ciclo vital, ayudándolo en esto. En concreto significa no
contribuir aún más al incremento del calentamiento global, con acciones
humanas acordadas o inconscientes, premonitoras de una ruina prematura. El
mal se encuentra en las estructuras o en las cosas
que aceleran la contaminación, sin escuchar la voz interior del
hombre que lo exhorta a tener en cuenta los límites,
sin valorar las decisiones que debe tomar en un horizonte
de fraternidad y benevolencia misericordiosa hacia las generaciones venideras y
el bien común universal, con una perspectiva de futuro, por
tanto. Non es justo que los seres humanos provoquen el
fin de la tierra y el transcurrir de las generaciones
por negligencia o a causa de decisiones egoístas y de
un exasperado consumismo, como si los demás y aquellos que
vendrán después de nosotros careciesen de valor. En definitiva, existe
un egoísmo de cara al futuro que se manifiesta en
la ausencia de ponderación y de perspectiva, en la indolencia
y en el abandono.
3. Entonces, ¿cuál es el llamamiento
que nace aquí, para nosotros, para la pastoral del turismo,
inspirados por el tema que nos ha propuesto la Organización
Mundial del Turismo y que deseamos aceptar? Es el de
cultivar la ética de la responsabilidad, por parte de todos
- y para nosotros en particular, por parte de los
turistas. Este tipo de ética implica también el respeto por
el futuro y por las condiciones ecológicas y climáticas que
lo harán realidad. Asimismo, concretamente, deseamos la contribución de todos, y
también, por supuesto la de los turistas, en el ciclo
de la tierra en la que vivimos, para que se
preste atención a comportamientos y acciones concertadas, que acarreen menos
daños posibles al planeta, por encima de cualquier queja, aunque
legítima, a cerca del desequilibrio, de los daños y de
un posible naufragio.
El turista -a cuyo servicio ofrecemos una pastoral
específica- con su actitud puede de hecho contribuir a mantener
en vida el planeta y a frenar el incremento gradual
de un cambio climático, que nos alarma. Por tanto, es
posible elegir, -hay todavía dos caminos ante nosotros- ser un
turista contra la tierra o a favor de ella, quizás
yendo a pie, prefiriendo hoteles y centros de acogida que
estén más en contacto con la naturaleza, llevando menos equipaje,
para que los medios de transporte emitan menor cantidad de
anhídrido carbónico, eliminando los residuos de forma adecuada, consumiendo alimentos
más "ecológicos", plantando árboles para neutralizar los efectos contaminantes de
nuestros viajes, prefiriendo los productos de artesanía local a otros
caros y venenosos, utilizando materiales reciclables o biodegradables, respetando la
legislación local y valorizando la cultura del lugar que estamos
visitando.
Hemos sido pertinentes y concretos, osando presentar propuestas ideales y
quizás no compartidas por todos, y soluciones adecuadas que acarreen
el menor daño posible a la naturaleza, o escuchando la
voz de Aquel que llama a la puerta, para animarnos
a realizar nuevas formas de hacer turismo, un turismo sostenible.
4.
En esta lógica "ecológica" es muy importante regresar al sentido
del límite, contra el desarrollo insensato y a toda costa,
escapando de la obsesión de poseer y de consumir. El
sentido del límite se cultiva también cuando se reconoce la
existencia del otro y la transcendencia del Creador con respecto
a sus criaturas. Esto se obtiene cuando no se ocupa
el lugar de aquel que está a mi lado y
se otorgan a los demás los derechos que se reclaman
para uno mismo. Esto significa que nos abrimos a la
conciencia de la fraternidad en una tierra que es de
todos y para todos, hoy y mañana.
Cada ser humano
-y más aún el cristiano- debe rendir cuentas del planeta
sostenible, de la calidad de vida de nuestra tierra, que
durante las próximas generaciones será suya. Todos los turistas, así
como toda la comunidad internacional, deberían por tanto respetar y
promover una cultura ´verde´ respetuosa con el medio ambiente, caracterizada,
especialmente para nosotros los cristianos, por valores éticos, además de
morales. El libro del Génesis habla de un inicio en
el que Dios puso al hombre como guardián de la
tierra, para que fructificara. Nuestros hermanos musulmanes ven en él
al "mayordomo" de Dios.
Cuando, después, el hombre se olvida
de ser un fiel servidor de Dios y de la
tierra, ésta se revela y se convierte en un desierto
que amenaza la supervivencia. Por consiguiente, es necesario construir lazos
fuertes entre las diferentes generaciones, para que exista un futuro;
es necesario desarrollar una austeridad gozosa, escogiendo aquello que no
es transitorio ni corruptible; es necesario cultivar la caridad, incluso
hacia la tierra, desarmando la lógica de la muerte y
fortaleciendo el amor para este querido espacio que nos pertenece
a todos, en la memoria del don, en la responsabilidad
de cada instante y en el servicio continuo de la
fraternidad, incluso para quienes vendrán después de nosotros. De esta
forma se desarrollará una cultura del turismo responsable, también con
respecto a los cambios climáticos.
Es nuestro deseo, es nuestro
auspicio y por él dirigimos nuestra oración en este año
de gracia de 2008.
Renato Raffaele Cardenal Martino Presidente
Arzobispo
Agostino Marchetto Secretario
Vaticano, 18 de junio de 2008 |