La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor La más honda historia de amor
María no se jubiló de la maternidad. Sigue engendrando, engendrándonos
La más honda historia de amor
Si preguntásemos a los creyentes cuál ha sido la más
bella historia de pureza y virginidad que ha producido nuestro
planeta, estoy seguro de que una gran mayoría nos responderían
sin dudar que la de María. Y si les interrogásemos
por la historia de la mujer que con mayor coraje
ha soportado el dolor, pensaron en seguida en la Virgen
de los Dolores. Pero ya no serían muchos los que
se acordasen de la fe de María si les pidiésemos
el nombre del ser humano que más hondamente vivió su
fe. Y poquísimos o tal vez nadie nos presentaría la
historia de María como la más honda historia de amor.
Y es que se habla mucho de las virtudes de
María, pero menos de la raíz amorosa de todas ellas.
Incluso se piensa que el amor de María fue, en
todo caso, un amor «raro», ya que, asombrosamente, los hombres
unimos la idea de amor a la de apasionamiento romántico,
cuando no la emparejarnos con la de la carne y
terminarnos llamando amor «platónico» a todo el que no se
expresa carnalmente y ponemos en ese calificativo un tono despectivo
corno si se tratara de un amor metafórico, una especie
de sustitutivo del verdadero amor. Hay predicadores que parecen avergonzarse
de hablar del amor de María a José, como si
en ello pudiera haber algo turbio. Y hasta prefieren muchos
hablar de la «caridad» de María como si todo su
amor a Dios se hubiera realizado con una especie de
efluvio místico y no con todo su corazón de mujer.
Y,
sin embargo, no conocemos historia de amor como la de
María. Yo pienso incluso que si tuviera que escribir una
«historia del amor», me limitarla a narrar la de María.
Y que toda la vida de la Virgen podría contarse
perfectamente desde la única clave del amor.
Un gran amor cuya
plenitud empieza, asombrosamente, por un ancho vacío. Un vaciado de
egoísmos. Porque la razón por la que los más de
los hombres no nos llenarnos de amor es que estamos
ya llenos de nosotros mismos. Como una tierra a la
que la planta de nuestro propio orgullo le devorase todo
su jugo, así no se puede sembrar en nuestras almas
ningún otro árbol. Vivimos tan pensando en nuestras cosas que
ni llegamos a enterarnos de que hay otros seres a
los que amar. Nos volvemos infecundos al autoadorarnos. El egoísmo
es una especie de interminable mas- turbación del alma. ¿Cómo
podría amar quien siempre tuviera llena su boca con la
palabra yo-yo-yo?
María pudo amar mucho y recibir mucho porque toda
su infancia y adolescencia fue un permanente vaciarse de sí
misma. Vivía a la espera de algo más grande que
ella. El centro de su alma estaba fuera de sí
misma, por encima de su propia persona. No sabia muy
bien lo que esperaba, pero era pura expectación. No sólo
es que fuera virgen, es que estaba llena de virginidad,
de apertura integral de alma y cuerpo. Alguien la llenaría.
Ella no tenía más que hacer que mantener bien abiertas
sus puertas. Era libre para amar porque era esclava. Podía
ser reina, porque era servidora. Podía ser llena de gracia,
porque estaba vacía de caprichos, de falsos sueños, de intereses,
de esperanzas humanas. Podía recibir al Amor, porque no se
había atiborrado de amorcillos.
Y su amor a José era parte
del gran amor, un camino misterioso. No sabia aún muy
bien cómo se realizaría aquel noviazgo suyo, pero si intuía
que, en todo caso, formara parte de un plan más
ancho que sus ilusiones de muchacha. Por él, a través
de él o quizá sólo a la sombra de él,
vendría la gran fecundidad, una fecundidad más grande que ellos
dos. En todos los enamoramientos -lo sabía- hay algo de
misterio y tanto más cuanto más amor. El suyo era
un misterio que, más que desbordarles, les ensancharla, les multiplicaría
las almas. Una gran vocación nunca rebaja o recorta: dilata,
estira, agranda. Así entraron ellos en su matrimonio, como una
tierra que espera una semilla, aunque no podían sospechar qué
honda y enorme sería la suya.
Y así llegó a su
alma y a su seno un Amor que era mucho
más grande que el que ella hubiera podido, con sus
fuerzas de mujer, fabricar e incluso soñar. Ahora se dio
cuenta de que su amor de muchacha había sido sólo
un prólogo, una lejana intuición del que la invadiría. Pues
si es cierto que había sido elegida porque antes amaba,
también lo es que ahora amaba multiplicadamente porque había sido
elegida.
¿Cómo pudo tanto Amor caberle dentro? Esto no lo entendería
nunca, sólo la fe vislumbraba desde lejos el tamaño que
había tomado su alma. Jamás en ser humano alguno cupo
tanto Amor. Jamás soñé nadie engendrar un Amor semejante. Y,
sin embargo, «cabía» en ella. Porque el enorme Amor se
había hecho pequeñito, bebé. ¡Un bebé-Dios, qué cosas! Y ella
era madre en el sentido más literal de la palabra.
Pero «tan» madre que parecía imposible. Tenía el cielo en
su corazón y en su seno. Sólo Dios podía hacer
realizable esa paradoja del infinito empequeñecido que la habitaba.
Y desde
entonces su alma, más que llena de amor, lo estaba
de vértigo. Toda vocación nos desborda, nos saca de nosotros
mismos, tira del alma hacia arriba, nos aboca al riesgo.
¿Cómo no desgarró su alma aquella tan enorme? ¿Cómo pudo
soportar ella .el tirón de todos los caballos de Dios
cabalgándole dentro?
No se hizo, claro, sin desgarramiento. Y es que,
antes o después, todo amor se vuelve prueba y desconcierto.
No hay amor sin Vía Crucis. Y María recorrió todas
las estaciones. Entrar primero a oscuras en la penumbra de
la fe. Pasar luego por los túneles de la desconfianza.
Exponerse a perder el amor de José para proteger el
otro gran Amor. Conocer las dulces rechiflas de las murmuraciones
y las sospechas. Y callar. Callar, la más difícil asignatura
que tiene que aprobar todo amor. Olvidarse de sí misma
y, sin defenderse, descubrir el otro gran rostro del amor:
el que nos empuja a difundirlo. Pues por amor va
corriendo hacia Isabel. Alguien la necesita. ¿Cómo podría ella quedarse
cómoda en casita, esperando acontecimientos, cuando alguien está pasando una
prueba parecida a la suya, aunque infinitamente menor?
Y allá va
el amor de la muchacha corriendo campo a través para,
sin preocuparse de la tormenta interior, volcarse en el canto
de las misericordias de Dios sobre ella y su pueblo.
El amor es poeta y del fuego interior sale esa
milagrosa llamarada del Magnificat: Dios es grande aunque a veces
nos vuelva locos con sus cosas.
Y Belén, que es la
patria natal del amor. Dicen que no se puede querer
una cosa que no se llega a estrechar entre los
brazos. Y ahora el infinito amor se ha hecho digerible,
abrazable, abarcable. Se le puede llamar Hijo. Ahora sí que
el pequeño amor humano de María toma los límites de
la eternidad, y por primera y única vez en la
historia «el Amor es amado» si no como él merece,
sí al menos esta vez sin metáforas, «con todo el
corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas». Pues
no hay un solo rincón en María que no esté
amando.
Y, tras la pausa de gozo, el amor prosigue su
Vía Crucis. Simeón le explica que el amor no es
una confitería, que siempre hay una espada en el horizonte,
que el dolor es el crisol del amor. Y hay
que empezar a amar de esa manera absurda que es
huir en la noche porque este mundo empieza a no
soportar al amor apenas ha nacido. Amar -ahora lo entiende
María bien- no es una historia de besos y caricias,
no son las dulces consolaciones del alma, no es una
fogarata de entusiasmo enamorado; es luchar por aquello que se
ama, dejándose tiras de alma en las aristas de la
realidad.
Para dejar luego paso al mejor de los amores: al
amor gris, al lento y aburrido amor de treinta años
sin hogueras, con el caliente rescoldo del amor de cada
día. ¿Puede realmente llamarse amor al que no ha cruzado
el desierto de treinta años de silencio? El paso de
los días y los meses quita brillo al amor, pero
le presta hondura y verdad. El tiempo -y no el
entusiasmo- es la prueba del nueve del amor. Los amores
de teatro duran horas o, cuando más, semanas. Los auténticos
surgen de la suma de días y días de hacer
calladamente la comida, acarrear el agua y la leña, estar
juntos cuando ya no se tiene nada nuevo que decir.
En Nazaret no se vive una «locura de amor»; se
vive el denso, callado, lento, cotidiano, oscuro y luminoso, el
enorme amor construido de infinitos pequeños minutos de cariño. Allí
se ama a un Dios que no mima, a un
Dios que parece haberse olvidado de nosotros, con un amor
que parecería ser de ida sin vuelta. Un amor sin
ángeles consoladores. La esclava descubre que aquello no fue una
palabra, que la tratan realmente como una esclava, sin otro
reino que sus manos cansadas.
Y después la soledad. Tampoco hay
amor verdadero sin horas de soledad y abandono. Porque el
Hijo-Amor se ha ido lejos, a su gran locura, y
la madre tiene que vivir un amor de abandonada. ¿Abandonada?
No en el corazón, pero sí en la cama del
muchacho vacía, en la puerta que nunca cruza nadie.
Luego el
amor se vuelve tragedia. ¿Puede decir que ha amado quien
jamás ha sufrido por su amor? Santa María del amor
hermoso es hermana gemela de Santa María del mayor dolor.
Las cruces tienen una extraña tendencia a crecer en el
corazón. Con la única diferencia de que en los corazones
que aman esa cruz está llena y no vacía. Pero
todas las cruces tienen sangre. Y todo amor se vive
a contramuerte.
Por fortuna, ningún dolor es capaz de ahogar una
esperanza verdadera. Y en la tarde de todos los sábados
se junta al vacío de la soledad la plena luz
de la esperanza. El amor es más fuerte que la
muerte, cuanto más el Amor. El de María también es
inmortal.
Y resucitará el domingo en el abrazo total, el amor
sin eclipse de la mañana pascual. Porque sólo detrás de
la muerte el amor está a salvo, definitivamente invencible, vuelto
ya sólo luz. Ahora ya, sin temores, sin riesgos, puede
decir que «sólo en amar es nú ejercicios, volver a
engendrar, ahora con el alma.
Una alegría que no logra empañar
la nostalgia de la ausencia, durante esos años en los
que se diría que hay dos cielos: uno arriba y
otro, prestado, en el alma amante de Maria. ¿No es
cielo allí donde está Dios?
Y, al fin, morir de amor.
«No sólo -escribirá Terrién- murió en el amor y por
el amor, sino también de amor. Morir de amor es
tener por causa próxima de la muerte al amor mismo.»
Y
luego, todavía el amor: «dedicarse» por toda la eternidad a
ser madre de los hombres. María no se jubiló de
la maternidad. Sigue engendrando, engendrándonos. Ejerce de madre, tal vez
porque es lo único -¡lo único!- que sabe hacer. ¡Y
qué bien lo hace! ¿Por qué entonces le pedimos que
vuelva a nosotros esos sus ojos misericordiosos cuando sabemos que
no tiene ojos sino para nosotros, Madre, Madre nuestra?
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR