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Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma | Fuente: Catholic.net ¿Es válido oponerse a la vocación de los hijos?
Entregarle a Dios a los hijos con gran fe, amor y desprendimiento, se trata de seguir la voluntad de Dios
¿Es válido oponerse a la vocación de los hijos?
Robos, asaltos, secuestros... Todos esos desmanes hoy están al
orden del día. Y me apena comprobar que gracias ellos
nuestras sociedades se estén construyendo sobre la desconfianza, la incertidumbre
y el miedo. Se contratan guardaespaldas, se refuerzan los cerrojos
de las casas, se instalan alarmas en los negocios, se
blindan los automóviles. Pero se da algo aún peor que
todo eso: se acorazan las almas y se amurallan los
corazones en una ausencia casi total de seguridad y de
confianza en los demás. Y así, nuestro mundo, ¿cómo no
va a ser cada día más inhabitable?
Bien, pero no es
mi intención entretenerme ahora considerando las causas y consecuencias de
esa marcada inestabilidad social que actualmente nos envuelve. Sin embargo,
sí voy a traer a colación precisamente un secuestro. Uno
-con todo y los que hoy se dan- fuera de
lo normal. El hecho me ha vuelto a dar mucho
qué pensar y ha abierto en mi interior viejas y
nuevas heridas.
Sucedió que una joven albanesa de 26 años fue
secuestrada nada menos que por sus propios familiares. Y el
secuestro es inaudito no sólo por eso; lo es más
aún por las circunstancias y los intereses que lo motivaron.
Resulta
que esa joven, desde hacía seis años, vivía como monja
en un convento de benedictinas en Italia. Desde que decidió
seguir ese camino, se encontró con la oposición frontal de
su padre, que buscó la complicidad de sus familiares emigrados
en Italia para obligarla a retornar a Albania. Al no
poder convencerla de abandonar la idea de la profesión religiosa,
decidieron pasar a los hechos y secuestrarla. Y así lo
hicieron.
Un día, cuando la joven se dirigía a la catedral
para rezar, fue detenida, en plena plaza principal, por tres
personas, entre ellas su hermano, y obligada a subir a
un coche.
Gracias a la denuncia del suceso por parte de
algunos testigos, la policía pudo encontrarla y rescatarla 48 horas
después. Ella, una vez liberada, decidió volver al convento. Se
mostró serena (al menos por fuera) y decidida sinceramente a
seguir el camino elegido, en la esperanza de que sus
padres lleguen a comprenderla y compartan algún día su deseo
de ser religiosa.
He conocido otros casos de oposición por
parte de los padres a la vocación de sus hijos.
He oído a un padre decirle a su hijo: “si
te vas de sacerdote, para mí es como si ya
no existieses, ya no te consideres hijo mío”. Y a
una madre gritarle a su hija: “prefiero que seas una
mujer de mala vida a que te alejes de mí
para ser monja”. He sabido de padres que desheredan, marginan,
rechazan y olvidan a sus hijos por idénticos motivos... Pero
nunca pensé que un padre hoy día pudiese perpetrar el
secuestro de su propia hija, ya de 26 años, para
hacerla desistir de su vocación y obligarle a hacer algo
que ella no quiere. No permiten la opción de la
vocación sacerdotal o religiosa entre las distintas
vocaciones.
El que a un padre o a una madre le
duela en el alma la partida de un hijo que
decide consagrase a Dios, me parece lo más normal del
mundo. A cualquiera le cuesta desprenderse de un hijo a
quien ama. Sin embargo, la oposición rotunda de los padres
a la vocación religiosa o sacerdotal de su hijo o
hija, me parece algo tristísimo. Porque es señal de que
esos padres padecen una miopía avanzada ante el don maravilloso
de Dios que es toda vocación. Dios escoge lo
mejor de su cosecha, y el que un padre llegue
a usar la fuerza y la coacción física para impedir
que uno de sus hijos siga el llamado de Dios,
me parece ya demasiado. Creo que es un verdadero atropello,
manifestación de un egoísmo sobresaliente y, a la vez, una
ceguera total para las cosas de Dios, de verdad preocupante.
Voy
a decir algo fuerte. Pero que juzgo verdad. Ningún padre
o madre tiene derecho alguno de oposición sobre su hijo
cuando lo que está de por medio es el querer
infinito y los intereses de Dios sobre él. Porque de
eso se trata en la vocación: de seguir la voluntad
de Dios. Y si Dios llama a un hijo, ningún
padre o madre puede arrogarse el derecho de rechazar, obstaculizar
o impedir el cumplimiento de su santísima voluntad por parte
del propio hijo. Ninguno. Porque nadie está por encima de
Dios y su voluntad.
Además, yo me pregunto si el padre
o la madre que rechaza y combate la vocación del
hijo, se da cuenta del dolor, de la aflicción, del
tormento que puede estar causando en el alma de aquel
por su obstinada actitud. No, yo creo que muchas veces
no se dan cuenta. No se fijan más que en
sí mismos y sus intereses egoístas. Y ni se imaginan
siquiera la pesadumbre interior del hijo que, tratando de hacer
la voluntad de Dios(que ya es de suyo muchas veces
difícil y hasta heroico), tiene que cargar además con el
peso y la amargura de la incomprensión y resistencia de
sus mismos padres. Con el desconocimiento y rechazo de qué es su vocación. No es justo, ni cristiano, ni
humano. Y también aquí tengo que decir clara otra verdad:
ningún padre, ni ninguna madre, tiene derecho de causar ese
sufrimiento al propio hijo.
Menos mal que, por el contrario, hay
otros padres y madres (muchos gracias a Dios) que ante
el don de una o más vocaciones entre su prole,
sin dejar de sentir el dolor de entregarle a Dios
alguno de sus hijos, lo hacen con gran fe, amor
y desprendimiento. Y aunque con el corazón sangrando y lágrimas
en los ojos le devuelven a Dios lo que Él
les dio antes y ahora reclama para sí; y lo
dejan partir, disimulando con una sonrisa sincera lo que sienten
por dentro.
¡Qué hermoso el testimonio de tantos padres de familia
que aceptan, agradecen, apoyan y sostienen con sus oraciones y
sacrificios la vocación de alguno de sus hijos! Sepan, todos
ellos, que a ese hijo le tocó la mejor
parte, que así están agradando a Dios, mereciendo ante Él,
dando fecundidad al propio sufrimiento y soledad. Y, además, están
haciendo más llevadero y feliz, para el propio hijo, el
seguimiento del Señor, que tantas alegrías y satisfacciones traerá consigo
para él y para ustedes también.
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