La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net El sí a Dios
En el cielo, en el mundo de lo eterno, el amor permanece, como una estrella...
El sí a Dios
Dar un sí sin condiciones no es algo fácil
ni frecuente. Dar un sí sin condiciones a Dios nos
puede llenar de miedo o de sorpresas. Quizá alguno piense
que Dios sea un poco despótico, y por eso muchos
prefieren conservar su libertad a cualquier precio, tener entre sus
manos el polvo de su historia antes que abandonarse para
que Dios los conduzca hacia lo desconocido.
Pero es más fácil
dar un sí incondicional a Dios si descubrimos que nos
ama. La vida cristiana tiene dos momentos fundamentales. El segundo
sin el primero está cojo de partida. ¿Cuál es el
primer momento? Consiste en hacer una experiencia profunda, cordial, del
Amor de Dios. Amor que inició con ese momento misterioso,
inmenso, de nuestra concepción. Amor que continuó durante los meses
de embarazo. Amor que nos ha mantenido hasta el día
de hoy, a pesar de tantas enfermedades, accidentes, peligros, quizá
hambres o abandonos. Seguimos en pie simplemente porque nos quiere,
porque le importamos, porque somos para El hijos, aunque a
veces un poco rebeldes o caprichosos.
Ese Amor de Dios creció
de un modo misterioso y grande el día de nuestro
bautismo. Tal vez sepamos por el catecismo que el bautismo
es la puerta del cielo, que nos hace hijos de
Dios, que nos permite ser parte de la Iglesia. Pero
quizá no nos damos cuenta de lo que significa entrar
en la familia del Dios que creó las montañas y
el sol, el viento y las hormigas, las nubes y
los maizales, la frescura del amor y la grandeza de
la fidelidad. De ese Dios que conoce cada rincón de
nuestros pulmones, cada válvula de nuestro corazón, cada cabello de
nuestra cabeza, cada pensamiento de nuestra imaginación alocada. De ese
Dios que escogió a Israel y que quiso llevar su
amor a todos los hombres, los del sur y los
del norte, los ricos y los pobres, los grandes y
los pequeños, los generosos y los mezquinos...
Hay que imbuirse en
el amor de Dios. Hay que mirarse al espejo para
descubrir, más allá de nuestros ojos, la sonrisa de un
Dios que nos ama locamente. Sólo desde esta experiencia se
comprende la vida de un Francisco de Asís, un Ignacio
de Loyola, un Juan Diego, una Madre Teresa de Calcuta
o un Juan Pablo II.
Una vez que comprendemos lo mucho
que Dios nos ama, entonces sí resulta fácil llegar al
segundo momento de nuestra experiencia cristiana: dar un sí a
Dios, entregar nuestros corazones a ese Cristo que nos quiere
con locura. La vida cristiana empieza a ser verdaderamente cristiana
cuando se imita el amor del Dios que nos perdona,
que nos ama, que nos salva. Dios se nos da
en Cristo, y en Cristo nos pide, simplemente, que amemos.
No hay otra manera de ser católicos. No es posible
ninguna entrega sin la experiencia del amor de Dios.
Por eso
puede ser fácil dar un sí total a Dios. Lo
saben los esposos que se aman cristianamente. Su sí es
parte de su fe, su amor crece y se alimenta
a partir del amor que Dios les da. Lo saben
los diáconos, los sacerdotes y los obispos, que reciben con
alegría la llamada de Dios para darse completamente a los
demás. Lo saben los consagrados, hombres y mujeres de tantas
órdenes y congregaciones religiosas, que siguen una vocación de amor
en el corazón mismo de la Iglesia.
Una comunidad cristiana vive
en plenitud su fe cuando en ella nacen entregas sin
condiciones. Es hermoso ver cómo en una parroquia, de un
pueblo o de una ciudad, surgen vocaciones, chicos y chicas
que deciden dar sus vidas a Dios. Son personas normales,
que saben lo que dejan, que quizá lloran por la
incomprensión en la familia o entre los amigos, pero que
miran con seguridad hacia adelante: si Dios llama, la única
respuesta válida y alegre que podemos dar es la del
sí por amor.
El tercer milenio sigue su camino. Mientras algunos
se esfuerzan por construir un mundo sin Dios, los cristianos
miramos a Cristo, y descubrimos en su Cruz y en
su Resurrección el amor de Dios Padre. Nuestras vidas quieren
ser una sinfonía de generosidad, de donación, sin límites. Querer
guardar la vida es como querer atrapar vientos. Sólo vive
en plenitud el que se da a Dios, como esposo
o esposa, como sacerdote, como consagrado. Lo demás termina. En
el cielo, en el mundo de lo eterno, el amor
permanece, como una estrella que recoge su luz de la
fuente inagotable del Dios que nos ama para siempre.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR