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Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net Dios escoge lo mejor de su cosecha
Cuando una persona decide responder al llamado de Dios siempre existirán las grandes "voces de la experiencia", que tratan de convencerla de "no desperdiciar su vida"
Dios escoge lo mejor de su cosecha
Vamos a hablar del estilo de vida que ha
hecho grande a muchos de los más grandes hombres. Del
estado de vida al que Dios ha llamado a sus
piezas claves. De los hombres y mujeres que han mantenido
su fidelidad en la línea de fuego, sin dar un
paso atrás.
Me refiero al "va todo por Cristo": la
vocación al sacerdocio (y a la consagración).
Esta es una carta
que un sacerdote escribió a un joven que "encuentra" en
el camino a Cristo y al que Nuestro Señor le
hizo la misma proposición que a aquel del Evangelio: "Véndelo todo y sígueme".
"He leído tu carta con vivo interés
y he dado gracias a Dios por la maravilla que
su gracia, secundada por tu generosa colaboración, está realizando en
ti. Conmovido por la sinceridad y energía espiritual con que
sigues viviendo tu ideal de transformarte en Cristo por el
camino más costoso, que en definitiva es el más auténtico,
quisiera corresponder por mi parte, con la misma convicción a
la certeza que tienes de que Cristo ha irrumpido en
tu vida y de que no te queda otra alternativa
que seguirle hasta el fin.
Mi modesta experiencia me permite decirte,
con las palabras del mismo Cristo, que has escogido la
mejor parte, que nadie te podrá arrebatar (cf. Lc
10, 42). Has sentido sobre ti aquella mirada penetrante,
que Cristo dirigió al joven rico y has correspondido a
ella con la seguridad de que su gracia, una vez
que ha puesto en tus manos el arado, te va
a conceder también el no abandonarlo y el no volver
la vista atrás.
Has dicho a Cristo que lo quieres
seguir porque estás convencido de sus condiciones, condiciones que bien
sabes son de renuncia, de lucha contra el propio egoísmo,
de muerte, incluso, para conquistar la vida verdadera. Te has
dado cuenta, además, de la urgencia apostólica que encierra y
reclama aquella declaración de Cristo: «Yo os he puesto en
el mundo para que den fruto y su fruto permanezca
para siempre» (Jn 15, 16).
Quiero, sin embargo, para que te
sirva de estímulo y de guía, describirte la maravillosa experiencia
de Cristo que realizó en su vida San Pablo, quien
de perseguidor inconmovible y convencido, fue convertido en apóstol ardiente
hasta el supremo sacrificio de su vida; de enemigo persona,
en uno de los amigos más apasionados y arrolladores que
ha tenido Cristo. San Pablo considera el amor de Cristo
a su vida como una gracia completamente inmerecida, como un
combate en el que prevaleció el más fuerte, el que
tenía mayor capacidad de amar. Por eso, declara que ha
sido alcanzado, que ha sido hecho prisionero por Cristo. Siente
en alma viva cómo se volcó sobre él el amor
de Cristo y por eso declara con tanta frecuencia: «Cristo
me amó y se entregó a la muerte por mí»
(Ga 2, 20).
Por eso se siente ligado fuertemente a Cristo,
crucificado con Él, partícipe de su pasión con sus luchas
por engendrar nuevos cristianos. Confía ardientemente en Él y grita
ante todo el mundo la certeza inquebrantable que lo anima
de que nada ni nadie lo arrancarán del amor a
Cristo, precisamente porque es un amor que nace en Cristo,
tiene su arraigo en Él y, por lo mismo, posee
la firmeza de lo divino. Pero, al mismo tiempo, considera
el apóstol ese amor como una conquista personal suya y
es plenamente consciente de los sacrificios que el alcanzarla y
conservarla le suponen: romper con todo lo que le liga
al mundo: su condición de judío, de fariseo observante, de
doctor de la ley, es decir, de todo lo que
para él es humanamente lo más entrañable. Ahora que posee
a Cristo, considera todo eso como pérdida, como estiércol, (para
conservar la misma palabra de San Pablo). Pero también, se
estremece cuando piensa que puede hacerse indigno de esta vocación,
y por eso pide oraciones a los cristianos, crucifica su
cuerpo, soporta mil vejaciones con el anhelo de alcanzar la
completa posesión de Cristo, su supremo y único bien.
1.
Ser sacerdote es convertirse en "otro Cristo". Es decir, cuando
un joven recibe el llamado de Dios para seguirlo en
la vocación más grande que existe, que es seguir de
la manera más fiel al Maestro, a Jesús, se convierte
inevitablemente en:
• el motor del mundo, • en
el sostén de la Iglesia, • en el testimonio
de vida y de entrega a los demás, •
en el hombre pleno por excelencia, • en el
portador de la salvación para los hombres (sin el sacerdote,
no habrían sacramentos), • en otro Cristo.
2. Dios
escoge lo mejor de su cosecha. Para ser sacerdote es
necesario que Dios piense en alguien especial, muy especial. Y
que le conceda la gracia de la vocación al sacerdocio
o vida religiosa. No es para todos, no es para
cualquiera. Ni siquiera puede una persona auto proclamar que "tiene
vocación". Esta vocación es un regalo de Dios, en la
cual manifiesta una predilección especial por un joven, para que
se convierta en el guía de Su rebaño. Y hay
que estar atentos a cuando "de pronto" entra una inquietud
y un interés particular por ese estilo de vida: puede
ser Dios queriendo tocar las puertas de nuestra alma.
3. Es una vocación concreta. Dios llama con nombre y
apellido a alguien, en algún momento de su vida, para
que le responda en algún momento determinado, y entre en
el Seminario como Él espera. No es una "idea" rondando
en la cabeza: es Dios que necesita operarios, aún cuando
Él es omnipotente y todopoderoso.
No es una vocación para gente
extraña. Todo lo contrario, es para los más amados y
cercanos a Nuestro Señor. Tampoco es una vocación "rara" de
encontrar, que ya en nuestros tiempos no se debería dar.
Lo que pasa es que estamos ya tan llenos de
ruido, de pasiones, de distracciones, que no nos damos la
oportunidad de escuchar en nuestro interior. Tan no es rara,
que solamente existen dos tipos de vocación, y una es
precisamente la consagración a Jesús como sacerdote, pastor de Su
Iglesia.
4. Cualidades que se necesitan.
Una capacidad inmensa de amar
(como lo hizo Jesucristo) y un corazón donde quepa toda
la humanidad. Cuesta, es cierto, pero te hace el más
feliz y el hombre más pleno de la Creación. Muchos
creen que duele aceptar la vocación. Parece que se va
a perder la vida pues hay que entregársela a Dios.
Nada más falso que eso, ya que la vida es toda de Dios, ya sea casado, soltero, consagrado.
La
diferencia está en que los sacerdotes, religiosos o religiosas y
laicos consagrados ya no se van a dar de topes
buscando la felicidad en otros lados, como lo haremos la
gran mayoría, hasta encontrar el caminito seguro que nos lleva
a Dios.
Los que tienen el llamado y deciden entregar
toda su vida ya se adelantaron a vivir en contemplación
divina y ahora guían a los demás hacia Dios.
5.
Pasos para saber si hay vocación.
Un sacerdote, acostumbrado a
descubrir vocaciones sacerdotales y religiosas, recomienda las siguientes cinco claves
para resolver el "misterioso llamado" de Dios:
1. Inteligencia sana, compatible
con una fe vigorosa.
2. Salud física y mental.
3. Don de
gentes (tener una natural simpatía y gusto por ser sociable).
4.
Gusto por las cosas de Dios (querer colaborar con las
"cosas del Padre")
5. La más importante: Ser llamado por Dios.
Y esto sólo se sabe de cara (y de rodillas)
al Sagrario.
Cuando una persona decide responder al llamado que Dios
le está haciendo de consagrar su vida como religiosa, sacerdote,
siempre existirán las grandes "voces de la experiencia", que tratan
de convencerla de "no desperdiciar su vida".
Debemos estar muy atentos
y analizar siempre qué es realmente vivir. Y vivir es
llegar a ser pleno, ser el más feliz, ayudar a
los demás en todo lo que se pueda, tomar decisiones
trascendentes y seguirlas con la firmeza de una roca, ser
el guía de los demás, ser el mejor amigo de
Dios, tenerlo todo. Ante una visión de estas, cualquier argumento
caerá por tierra.
Algo que no debes olvidar
• Ser sacerdote es
convertirse en "otro Cristo".
• Para ser sacerdote es necesario que
Dios conceda la gracia y llame a la vida consagrada.
• Es una vocación concreta. Dios llama con nombre y
apellido a alguien, en algún momento de su vida, para
que le respondamos en algún momento determinado.
• No es una
vocación para gente extraña. Todo lo contrario, es para los
más amados y cercanos a Nuestro Señor.
• No es
una vocación rara de encontrar: estamos ya tan llenos de
ruido, de pasiones, de distracciones, que no nos damos chance
para escuchar en nuestro interior.
• Se necesita una capacidad
inmensa de amar y un corazón donde quepa toda la
humanidad
• Pareciera que aceptar la vocación duele, porque se va
a perder "lo mejor de la vida". Pero la vida
es toda de Dios.
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