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Autor: + Carlos, Cardenal Amigo Vallejo | Fuente: www.diocesisdesevilla.org Experiencia de Dios y vida en Cristo
Carta pastoral del Cardenal Amigo Vallejo, Arzobispo de Sevilla, con motivo del día de la vida consagrada (Enero 2006)
Experiencia de Dios y vida en Cristo
En palabras del santo padre Benedicto XVI, el concilio Vaticano
II es como la brújula que debe ir señalando el
itinerario en el que buscamos sinceramente el rostro Dios y
deseamos servir a nuestros hermanos, siempre guiados por la mano
providente de la Iglesia. Queremos, en definitiva, contemplar y vivir
esa increíble y gozosa experiencia del misterio de la Encarnación,
pues nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col
3, 3).
El Concilio ofreció a la vida consagrada un inapreciable
documento sobre la “adecuada renovación de la vida religiosa”, es
el decreto Perfectae caritatis. De ello hace cuarenta años, pero,
como dice también Benedicto XVI, “Con el pasar de los
años, los documentos conciliares no han perdido su actualidad; al
contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas
instancias de la Iglesia y de la sociedad actual globalizada”
(Mensaje 20-4-05).
En el año 1994 se celebraba la asamblea general
del Sínodo de los Obispos sobre la vida consagrada y,
posteriormente, en marzo 1996, Juan Pablo II nos dejaba el
regalo de la exhortación Vita consecrata. Entre esos documentos fundamentales
se ha movido la vida consagrada en estos años, contando
también con la ayuda de no pocas e importantes orientaciones
que llegaban de las más altas instituciones de la Iglesia.
El
documento Perfectae caritatis había señalado cinco principios generales a tener
en cuenta: el seguimiento de Cristo, la fidelidad al carisma
fundacional, la participación en la vida de la Iglesia, la
atención a los signos de los tiempos y la renovación
espiritual (PC 2). En tres amplios y significativos capítulos, la
exhortación Vita consecrata irá mostrando la presencia y razón de
ser, el testimonio de comunión con la Iglesia y la
misión de la vida consagrada como manifestación del amor de
Dios.
A los cuarenta años del decreto conciliar Perfectae caritatis, y
a los diez de la exhortación Vita consecrata, será muy
oportuno que reflexionemos, no sólo acerca de la actualidad de
esos principios de renovación, sino para reafirmarse en la fidelidad
a lo que debe ser, vivir y hacer la vida
consagrada en nuestra Iglesia.
Queremos hacer esta reflexión inspirados en
el magisterio de Benedicto XVI. Así, uniremos lo que hemos
recibido con lo que hoy y ahora quiere la Iglesia
de la vida consagrada. Durante este período, entre el
concilio Vaticano II y Benedicto XVI, no ha sido poco
el esfuerzo de la Iglesia, y de la misma vida
consagrada, para llevar adelante la adecuada renovación que propiciaba el
concilio, pero también, muchos institutos han tenido y tienen que
superar cada día los efectos de unos innegables momentos críticos
de cambios, adaptaciones, abandonos y estar a la espera de
nuevas vocaciones que no acaban de llegar.
Como apoyo y aliento
para este itinerario de reflexión, tendremos a nuestro lado una
carta de Benedicto XVI sobre la vida consagrada, en la
que el Papa dice que “las personas consagradas ofrecen a
los fieles oasis de contemplación y escuelas de oración, de
educación en la fe y de acompañamiento espiritual. Pero, sobre
todo, continúan la gran obra de evangelización y de testimonio
en todos los continentes, hasta la vanguardia de la fe,
con generosidad y, a menudo, con el sacrificio de la
vida hasta el martirio. Muchos de ellos se dedican totalmente
a la catequesis, a la educación, a la enseñanza, a
la promoción de la cultura y al ministerio de la
comunicación. Están junto a los jóvenes y sus familias, a
los pobres, a los ancianos, a los enfermos y a
las personas solas. No existe ámbito humano y eclesial donde
no estén presentes de modo a menudo silencioso, pero siempre
activo y creativo, casi como una continuación de la presencia
de Jesús, que pasó haciendo el bien a todos (cf.
Hch 10, 38). La Iglesia da gracias por el testimonio
de fidelidad y de santidad dado por tantos miembros de
los institutos de vida consagrada, por la oración incesante de
alabanza y de intercesión que se eleva de sus comunidades,
y por su vida gastada al servicio del pueblo de
Dios” (27-9-05).
1. Cristo: identificación y seguimiento
Regla suprema y principio fundamental
es el del seguimiento de Cristo tal y como lo
propone el evangelio (PC 2). Lo repetía San Benito (Regla
4) y de ello se ha hecho eco Benedicto XVI
en varios documentos de su magisterio: “no anteponer nada al
amor de Cristo”. Él es la fuente inagotable de nuestra
vida, el secreto de la santidad.
Pero, ese encuentro y
seguimiento de Cristo, es imposible sin una profunda experiencia de
fe, que reconoce y vive a Cristo como hijo Dios
y con el que uno desea sentirse plenamente identificado en
ideas, sentimientos y conducta y, sobre todo, gustando la presencia del
Espíritu Santo que habita en cada persona. En el seguimiento
e imitación de Cristo, siempre han de quedar profundamente asumidos
y bien reflejados los mismos sentimientos de Cristo, que no
son otros que los de la humildad y donación, del
desprendimiento y de la generosidad (Audiencias 1-6-05).
En Cristo se ha
revelado el mismo rostro de Dios y, por tanto, también
se ha manifestado la identidad y la grandeza del hombre.Cristo
lo es todo para nosotros, como decía san Ambrosio (La
virginidad, 49). Vida y ejemplo, aspiración y compañía, gracia y
maestro. Por tanto, “caminar desde Cristo significa reencontrar el primer
amor, el destello inspirador con que se comenzó el seguimiento.
Suya es la primacía del amor. El seguimiento es sólo
la respuesta de amor al amor de Dios. Si nosotros
amamos es porque Él nos ha amado primero (1Jn 4,
10.19). Eso significa reconocer su amor personal con aquel íntimo
conocimiento que hacía decir al apóstol Pablo: “Cristo me ha
amado y ha dado su vida por mí” (Ga 2,
20)”. La vida consagrada es, en definitiva, una vida “afianzada
por Cristo, tocada por la mano de Cristo, conducida por su
voz y sostenida por su gracia” (Caminar desde Cristo 22).
Cuando
Benedicto XVI tiene que hablar de Cristo, advierte que Jesús
no quita nada de lo que hay de grande y
hermoso en cada uno, sino que ofrece el verdadero significado
de la vida y de la felicidad del mismo hombre.
Habrá, eso sí, que dejarse sorprender por Cristo y darle
el derecho de poder hablarnos, abriendo las puertas de la
libertad a su amor misericordioso, para gustar la alegría de
una presencia llena de vida (Colonia, Embarcadero 2). Tener los
sentimientos de Cristo es abrir el corazón, llevar a la
vida una firmeza perseverante en la confianza y la obediencia
a Dios (Audiencia 1-6-05).
Quien contempla, quien tiene la experiencia de Dios
en Cristo, se siente fuertemente interpelado a llevarla a la
propia vida, y tratar de entusiasmar a otros con ese
gozo de una existencia plenamente identificada con el Señor. Es
esa experiencia personal que hace comprender la propia vocación consagrada,
sintiéndose arrebatado por el amor del Verbo Dios hecho hombre.
En
esa experiencia de Cristo, aparece siempre lo más amado del
Señor: la Iglesia. Y con la Iglesia todos aquellos que
sufren más de cerca la cruz del sufrimiento y la
marginación en tantas formas distintas. El corazón de Cristo es
ese espacio santo en el que nos encontramos todos y
sentimos la fuerza que el amor de Dios ha puesto
en el corazón de todos y cada uno de los
hombres y mujeres de este mundo.
Estos últimos pensamientos son de
especial importancia para la espiritualidad y el ministerio de la
vida consagrada contemplativa y claustral. En la identificación con el
amor a Cristo se rompen todas las fronteras del espacio,
y se realiza un encuentro universal, íntimo y misionero con
el amor misericordioso de Cristo, que se entrega para la
salvación de todos.
2. Siguiendo el camino los fundadores
Con la propia
identidad e incondicionalmente fieles al propósito de los fundadores y
a las sanas y legítimas tradiciones, los institutos de vida
consagrada serán un bien para toda la Iglesia (PC 2).
Ha sido por gracia del Espíritu que los fundadores y
las fundadoras recibieron un carisma personal, que ellos vivieron con
fidelidad y dejaron como herencia preciosa para que se desarrollara
en la misma vida del instituto. Solamente desde ese origen
espiritual se puede comprender la identidad y la misión de
la vida consagrada. Es el Espíritu el que guía, orienta
y se hace criterio de discernimiento en ese itinerario de
fidelidad al carisma fundacional, del cual depende la misma razón
de existencia de una institución de vida consagrada.
En lo íntimo
de la vocación religiosa, siempre hay un gran deseo de
encontrarse con lo más genuino del carisma fundacional, casi visualizado,
aunque sea de una forma memorial, en la vida y
acciones de los fundadores, los cuales se convierten en el
modelo a seguir y son referente continuo de la propia
vida consagrada. La razón no puede ser más legítima, pues
los fundadores acercan a Jesucristo. Ellos fueron ejemplo de un
fiel seguimiento al Señor, el único que tiene la fuerza
del amor necesario para hacer de toda la vida un
constante deseo de identificación con Él y de seguir sus
palabras.
En esa referencia a los fundadores hay siempre un componente
de fascinación, de sentirse atraído por la vida y obra
de esa persona que vive en el espíritu del instituto.
La fidelidad al carisma fundacional será lo que garantice, no
sólo la llegada de nuevas vocaciones entusiasmadas por la vida
y el ejemplo de quienes lo siguen, sino la misma
pervivencia del instituto. El testimonio de una vida entregada al
Señor, alegre, desprendida, servicial y llena de con15 fianza en
Dios, ha de ser el mejor ofrecimiento a quien pida
razón de una existencia plenamente consagrada.
3. En la vida de
la Iglesia
No sólo ha de sentirse la vida consagrada como
en la propia casa, sino que debe ayudar a construir
y enriquecer cada día, con su participación activa, la misma
vida de la Iglesia y, según el carácter propio de
cada instituto, hacer propias las mismas acciones eclesiales (PC 2).
La
Iglesia está viva porque Cristo está vivo, ha dicho Benedicto
XVI (Homilía 24-4-05). Es el mismo Espíritu quien anima a
esta comunidad que es el nuevo pueblo de Dios. No
es, por tanto, una simple realidad humana, aunque sean mediaciones
humanas de las que se sirve el Espíritu para actuar
en la historia (Regina coeli 15-5-05). Y que se pueda
reconocer a la Iglesia como “lugar de la misericordia y
de la ternura de Dios para con los hombres” (Colonia,
Embarcadero). Ninguno puede sentirse extranjero,pues Cristo ha querido formar un
solo pueblo, esa gran familia que es la Iglesia. Es
la característica esencial de la catolicidad, de esa universalidad tan
diversa, pero que hace de todos los pueblos una admirable
unidad formada por esa comunidad universal que escucha y sigue
a Cristo.
Decía Benedicto XVI, que mucha gente tiene la impresión
de que puede vivir sin la Iglesia, a la cual
presentan como algo del pasado (Aosta 25-7-05). Sin embargo, Juan
Pablo II nos ha dejado “una Iglesia más valiente, más
libre, más joven... Que mira con serenidad al pasado y
no tiene miedo del futuro” (Mensaje 20-4-05). Bien lo comprenden
los jóvenes que “no buscan una Iglesia juvenil, sino joven
de espíritu; un Iglesia en la que se transparenta Cristo,
Hombre nuevo” (Colonia. A los obispos, 21-8-05). Es decir, que “la
Iglesia no está cerrada en sí misma, que no vive
para sí misma, sino que es un punto luminoso para
los hombres” (A los peregrinos alemanes 25-4-05), porque “la Iglesia
debe llegar a ser siempre nuevamente lo que es: debe
abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras
entre las clases y la razas. En ella no puede
haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo
hermanos y hermanas de Jesucristo” (Homilía 15-5-05).
4. Hombres y mujeres
de nuestro tiempo
Ha de ser necesario, decía el concilio, que
los miembros de los institutos de vida consagrada conozcan la
situación en la que viven los hombres y las mujeres
de nuestro tiempo, así como las necesidades de la Iglesia,
a fin de que se pueda prestar a todos una
ayuda más eficaz (PC 2). Se trata, en definitiva, de
ser consecuentes con los signos de los tiempos.
Benedicto XVI hablaba,
en su primera homilía como papa, de la atención de
la Iglesia a los que vagan hoy por el “desierto”.
“Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la
pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el
desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe
también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío
de las almas que ya no tienen conciencia de la
dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se
multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos
interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no
están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en
el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de
la explotación y la destrucción” (Homilía 24-4-05).
Son muchas las incertidumbres,
temores, e interrogantes de cara al futuro. Sobre todo, esa
amenaza de destrucción de la misma persona humana, despojándola de
valores humanos y de creencias religiosas, privándole de su mismo
derecho a poder vivir y de hacerlo en paz. Ante
esta situación, “signos de los tiempos”, hay que tomar el
evangelio, su luz y sus criterios, y salir a los
caminos de este mundo para encontrar en todo la huella
del amor de Dios.
El Señor es fiel más allá de
las circunstancias del tiempo, del lugar, de la historia que
vivimos los hombres. Si al desierto acudió con el maná,
a nosotros llegará con su misericordia, con su justicia, con
su paz, con la fuerza y la gracia del Espíritu.
Dios está más allá de cualquier vicisitud humana y permanecerá
siempre fiel a sí mismo. Y Él es la Bondad.
Por
tanto, dice el papa, en estos momentos los miembros de
la vida consagrada tienen que mostrar no sólo “una atención
constante a los problemas locales, sino también una valiente fidelidad
al carisma peculiar. En efecto, la vida consagrada, desde sus
orígenes, se ha caracterizado por su sed de Dios: quaerere
Deum.
Por tanto, vuestro anhelo primero y supremo debe ser testimoniar
que es necesario escuchar y amar a Dios con todo
el corazón, con toda el alma y con todas las
fuerzas, antes que a cualquier otra persona o cosa. Este
primado de Dios es de suma importancia precisamente en nuestro
tiempo, en el que hay una gran ausencia de Dios.
No tengáis miedo de presentaros, incluso de forma visible, como
personas consagradas, y tratad de manifestar siempre vuestra pertenencia a
Cristo, el tesoro escondido por el que lo habéis dejado
todo” (A la vida consagrada 10-12-05).
También ha recordado el papa
una tentación que se presenta ante la ausencia de nuevas
vocaciones, y de las muchas dificultades para manifestar la propia
misión: se piensa que las gentes ya no tienen necesidad
de nosotros, que parece inútil todo lo que hacemos (Aosta
25-7- 05). Pero la respuesta no puede ser más clara
y más contundente, como dijo en sus primeros mensajes: “hay
que adentrarse en el mal de la historia y echar
las redes, llevando el evangelio y aplicándolo al mundo actual”.
5.
Renovación espiritual
Siempre, y en primer lugar, la renovación espiritual, como
lo más propio de aquellos que dedican su vida al
seguimiento de Cristo y se unen a Dios por la
profesión de los consejos evangélicos (PC 2). Una renovación espiritual
que no puede tener como principio sino la misma fidelidad
a la palabra que el Señor ha revelado. Ésta es
la primera y la más imprescindible fuente para saciar cualquier
sed espiritual. Pero habrá que beber con gran deseo de
alimentar una vida en fidelidad al Espíritu y a los
compromisos contraídos, y poder realizar la misión a la que
se nos llama como personas consagradas. Si falta esta agua,
aparece el señuelo de las falsas seguridades, del seguimiento de
extrañas teorías sin fundamento, de dejarse arrastrar más por lo
novedoso que por la firmeza de la palabra eterna de
Dios.
Si las comunidades cristianas deben ser auténticas escuelas de oración,
cuanto más aquellas que hacen de su vida una dedicación
al misterio de Dios manifestado en Jesucristo. “Esta fidelidad, como
sabéis, es posible a quienes se mantienen firmes en las
fidelidades diarias, pequeñas pero insustituibles: ante todo, fidelidad a la
oración y a la escucha de la palabra de Dios;
fidelidad al servicio de los hombres y de las mujeres
de nuestro tiempo, de acuerdo con el propio carisma; fidelidad
a la enseñanza de la Iglesia, comenzando por la enseñanza
acerca de la vida consagrada; y fidelidad a los sacramentos
de la Reconciliación y la Eucaristía, que nos sostienen en
las situaciones difíciles de la vida, día tras día” (A
la vida consagrada 10-12-05).
Espacio por demás adecuado para esta imprescindible
renovación espiritual es el de la vida fraterna. Decía Benedicto
XVI, en el mismo discurso: “Parte constitutiva de vuestra misión
es, además, la vida comunitaria. Al esforzaros por formar comunidades
fraternas, mostráis que gracias al Evangelio pueden cambiar también las
relaciones humanas, que el amor no es una utopía, sino
más bien el secreto para construir un mundo más fraterno”.
Esa fe evangélica redime de la soledad, conduce al encuentro
con la vida comunitaria. Pero, cada uno de los consagrados
debe ser, también, portador de vida fraterna en la que
se haga sentir la disponibilidad al amor y la entrega
recíproca.
6. Icono de la Santísima Trinidad
Junto a los principios fundamentales
de renovación propuestos en el decreto conciliar Perfectae caritatis, debemos
acercarnos a esos tres capítulos del documento Vita consecrata, que
son la mejor síntesis sobre la vida y misión de
la vida consagrada en la Iglesia y en el mundo:
icono de la Santísima Trinidad, signo de fraternidad y servicio
a la caridad.
El misterio trinitario es, en expresión de Benedicto
XVI, la manifestación del amor eterno e infinito de Dios.
“Toda la revelación se resume en estas palabras: “Dios es
amor” (1 Jn 4, 8.16); y el amor es siempre
un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla,
sino más bien exaltando sus potencialidades. Jesús nos ha revelado
el misterio de Dios: él, el Hijo, nos ha dado
a conocer al Padre que está en los cielos, y
nos ha donado el Espíritu Santo, el Amor del Padre
y del Hijo. La teología cristiana sintetiza la verdad sobre
Dios con esta expresión: una única sustancia en tres personas.
Dios no es soledad, sino comunión perfecta. Por eso la
persona humana, imagen de Dios, se realiza en el amor,
que es don sincero de sí” (Angelus 22-5-05).
La vocación a
la vida consagrada es una iniciativa del Padre, que exige
de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega
total y exclusiva. En la práctica de los consejos evangélicos
hay una forma peculiar de participar en la misión del
Hijo y en la obra del Espíritu Santo. El Espíritu
suscita el deseo de una respuesta total. Guía el crecimiento
de tal deseo y lo sostiene hasta su fiel realización.
A los llamados los configura con Cristo y los mueve
a acoger como propia la misión de su Señor, prolongando
una especial presencia del Señor. “Los consejos evangélicos son, pues,
ante todo un donde la Santísima Trinidad. La vida consagrada
es anuncio de lo que el Padre, por medio del
Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad
y su belleza” (VC 17, 18, 19, 20).
El Espíritu
Santo no separa la vida consagrada de las necesidades de
la Iglesia y del mundo. Aunque el “primer objetivo de
la vida consagrada es el de hacer visibles las maravillas
que Dios realiza en la frágil humanidad de las personas
llamadas. Más que con palabras, testimonian estas maravillas con el
lenguaje elocuente de una existencia transfigurada, capaz de sorprender al
mundo. Al asombro de los hombres responden con el anuncio
de los prodigios de gracia que el Señor realiza en
los que ama. En la medida en que la persona
consagrada se deja conducir por el Espíritu hastala cumbre de
la perfección” (VC 20).
7. Signo de comunión en la Iglesia
Benedicto
XVI ha exhortado a la vida consagrada a vivir y
cultivar una sincera comunión “no sólo dentro de cada una
de las fraternidades, sino también con toda la Iglesia, porque
los carismas deben custodiarse, profundizarse y desarrollarse constantemente en sintonía
con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne” (A la
vida consagrada 10-12-05). Las personas consagradas tienen que ser “verdaderamente
expertas en comunión, y que vivan la respectiva espiritualidad como
testigos y artífices de aquel proyecto de comunión que constituye la
cima de la historia del hombre según Dios” (VC 46).
Si
la Iglesia es esencialmente misterio de comunión, la vida fraterna
quiere reflejar la hondura y la riqueza del misterio trinitario,
pues se configura como “espacio humano habitado por la Trinidad”,
en una constante vivencia del amor fraterno, poniendo de manifiesto
que la participación en la comunión trinitaria puede transformar las
relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad” (VC 41).
Pues la vida de comunidad es espacio teologal en el que
se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado (VC
42).
Aunque la disminución de vocaciones provoca serias dificultades, en forma
alguna se puede perder la confianza en “la fuerza evangélica
de la vida consagrada”, que continuará alimentando la respuesta de
amor a Dios y a los hermanos. Una cosa es
la situación histórica de un determinado Instituto o de una
forma de vida consagrada, y otra la misión eclesial de
la vida consagrada como tal. La primera puede cambiar, la
segunda no puede faltar. “Las nuevas situaciones de penuria han
de ser afrontadas por tanto con la serenidad de quien
sabe que a cada uno se le pide no tanto
el éxito, cuanto el compromiso de la fidelidad. Lo que
se debe evitar absolutamente es la debilitación de la vida
consagrada, que no consiste tanto en la disminución numérica, sino
en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor y
a la propia vocación y misión”. Los dolorosos momentos de crisis
representan un apremio a las personas consagradas para que proclamen
con fortaleza la fe en la muerte y resurrección de
Cristo, haciéndose así signo visible del paso de la muerte
a la vida (VC 63).
A este respecto, no pueden ser
más actuales y oportunas las palabras de Benedicto XVI: “una
auténtica renovación de la vida religiosa sólo puede darse tratando
de llevar una existencia plenamente evangélica, sin anteponer nada al
único Amor, sino encontrando en Cristo y en su palabra
la esencia más profunda de todo carisma del fundador o de
la fundadora. (...) Sin ceder jamás a la tentación de
encerrarse en sí mismos, sin conformarse jamás con lo conseguido
y sin abandonarse al pesimismo y al cansancio” (A la
Asamblea plenaria de la Congregación de los Institutos de vida
consagrada, 27-9-05).
8. Epifanía del amor de Dios en el mundo
En
una meditación a la asamblea del Sínodo de los Obispos,
Benedicto XVI hablaba de unos mandamientos paulinos, entre los que
estaban los de ayudarse mutuamente y gustar la unidad en
el mismo Espíritu. Es la comunión en la Iglesia, algo
esencial e imprescindible para llevar a cabo la propia misión
y evangelizar con la Iglesia. “La persona consagrada está en
misión en virtud de su misma consagración, manifestada según el
proyecto del propio Instituto (VC 72).
No se puede realizar, tan
admirable y necesario cometido, sin una profunda experiencia de Dios
y teniendo en cuenta los desafíos de nuestro tiempo. Pero
“la vida consagrada no se limitará a leer los signos
de los tiempos, sino que contribuirá también a elaborar y
llevar a cabo nuevos proyectos de evangelización para las situaciones
actuales. Todo esto con la certeza, basada en la fe,
de que el Espíritu sabe dar las respuestas más apropiadas
incluso a las más espinosas cuestiones. Será bueno a este
respecto recordar algo que han enseñado siempre los grandes protagonistas
del apostolado: hay que confiar en Dios como si todo dependiese
de Él y, al mismo tiempo, empeñarse con toda generosidad
como si todo dependiera de nosotros” (VC 73).
La vida consagrada
vive y manifiesta preferentemente el amor de Dios que se
ha dado en el anuncio apasionado de Jesucristo y el
servicio a los pobres, testimoniando, ante todo, la primacía de
Dios y de los bienes futuros (VC 85).
* * *
* *
“Queridos hermanos y hermanas –nos dice Benedicto XVI–, la
Iglesia necesita vuestro testimonio; necesita una vida consagrada que afronte
con valentía y creatividad los desafíos de nuestro tiempo. Ante
el avance del hedonismo se os pide el testimonio valiente
de la castidad, como expresión de un corazón que conoce
la belleza y el precio del amor de Dios. Ante
la sed de dinero, que hoy domina casi por doquier,
vuestra vida sobria y consagrada al servicio de los más
necesitados recuerda que Dios es la riqueza verdadera que no
perece. Ante el individualismo y el relativismo, que inducen a
las personas a ser norma única para sí mismas, vuestra
vida fraterna, capaz de dejarse coordinar y por tanto capaz
de obediencia, confirma que ponéis en Dios vuestra realización. No
se puede por menos de desear que la cultura de
los consejos evangélicos, que es la cultura de las Bienaventuranzas,
crezca en la Iglesia, para sostener la vida y el
testimonio del pueblo cristiano. (...) Os agradezco el servicio que prestáis
al Evangelio, vuestro amor a los pobres y a los
que sufren, vuestro esfuerzo en el campo de la educación
y la cultura, la incesante oración que se eleva desde
los monasterios y la multiforme actividad que lleváis a cabo”
(A la vida consagrada 10-12-05).
Esta circunstancia de los cuarenta años
del decreto conciliar Perfectae caritatis, de los diez de la
exhortación postsinodal Vita consecrata, y de la llagada a la
Iglesia, como sucesor de Pedro, de Benedicto XVI, no son
sino “signo providencial que invita a recuperar la propia tarea
esencial de levadura, de fermento, de signo y de profecía.
Cuanto más grande es la masa que hay que fermentar,
tanto más rico de calidad deberá ser el fermento evangélico,
y tanto más excelente el testimonio de vida y el
servicio carismático de las personas consagradas”(Caminar desde Cristo 13).
No olvidemos
que “cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto
más cerca está de los hombres. Lo vemos en María.
El hecho de que está totalmente en Dios es la
razón por la que está también tan cerca de los
hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo
y de toda ayuda, una Madre a la que todos,
en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y
en su pecado, porque ella lo comprende todo y es
para todos la fuerza abierta de la bondad creativa” (Benedicto
XVI. Homilía 8-12-05).
+ Carlos, Cardenal Amigo Vallejo Arzobispo de Sevilla
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