La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Conventos para sanear el mundo
Una oración que puede cambiar mil vidas, puede evitar esa terrible guerra, puede dar esperanza a unos pobres
Conventos para sanear el mundo
El sacerdote dirige una nueva reflexión a los ejercitantes.
Quiere hablarles ahora de la vida contemplativa, de esos religiosos
y religiosas que viven encerrados en monasterios y conventos.
Dejemos hablar
al predicador. “Existen amigos silenciosos y, sin embargo, imprescindibles. Pensemos
por un momento en el verde de los prados, en
las hojas de pinos, encinas, hayas, abedules, palmeras, plátanos, alcornoques,
abetos, robles, álamos, abedules.
Tú y yo respiramos gracias a esos
amigos silenciosos. Miles de árboles y de plantas que limpian
el aire de anhídridos y gases tóxicos, que arrojan moléculas
de oxígeno saludable.
Son amigos a los que no damos las
gracias, en los que no pensamos casi nunca. Tal vez
los miramos con indiferencia cuando nos toca pasar a su
lado. Otras veces nos permitimos arrancar una rama verde, frondosa,
simplemente como pasatiempo, sin mayor respeto. A fin de cuenta,
¿protestan los árboles, se quejan las espigas?
Sin embargo, no podríamos
vivir sin ellos. Pensar en las «hermanas plantas», reconocer su
valor, su utilidad, su riqueza y su espíritu solidario para
con los demás seres vivientes, debería ser algo normal en
nuestros corazones. Desde ellas y con ellas, también nosotros podemos
dar gracias a un Dios que pinta de colores mil
prados y sanea ese aire que nutre tus pulmones y
los míos”.
El sacerdote se detiene un momento, mira por la
ventana, otea un campanario que se asoma entre los robles
de la colina más cercana.
“Pues bien, también en la vida
espiritual existen hombres y mujeres especiales. Son cristianos que atraen
la mirada de Dios, que limpian un poco el pecado,
que devuelven paz a corazones afligidos, que lanzan al mundo
rayos de esperanza.
Son hombres y mujeres contemplativos, encerrados en un
monasterio, silenciosos y discretos, poderosos y llenos de amor a
sus hermanos. Casi nadie les ve. Están como aislados, en
lugares donde el ruido no llega, donde el verde es
más intenso, donde la paz se contagia por los poros.
Muchos
pasan ante la tapia de un convento con la frialdad
con la que pasan ante una encina. No perciben que
allí ocurre algo inmenso, sublime: corazones miran al cielo, rezan
a Dios, piensan en el mundo herido, detienen batallas, cambian
a pecadores y consiguen que un moribundo llame a un
sacerdote para pedir perdón al Cristo amigo.
Si sentimos gratitud ante
un ciprés, ante la risa bulliciosa de un castaño o
el juego de colores de un plátano que se prepara
al frío del invierno, deberíamos sentir una gratitud infinitamente mayor
hacia quienes, como contemplativos, como orantes, sanean el mundo del
espíritu, permiten la llegada de Dios a lo más profundo
de este mundo herido y angustiado”.
Desde la colina, suena la
campana. Las religiosas salen, en silencio, de sus celdas. Van
a la capilla, mientras una lámpara brilla ante el Sagrario.
Poco a poco, de rodillas, llenan una pequeña sala, mientras
desde su corazón fluye un rezo sencillo, profundo, por el
mundo, por la paz, por los hambrientos, por los presos,
por los pecadores, por los sacerdotes, por los esposos, por
los ancianos, por los novios, por los pequeños. También por
ti y por mí.
Una oración que puede cambiar mil vidas,
puede evitar esa terrible guerra, puede dar esperanza a unos
pobres. Una oración que puede hacer que un rico (o
uno no tan rico) deje sus apegos y decida, sencillamente,
sin fotos ni aspavientos, emplear lo mejor de su vida
y de su dinero para servir, para dar, para mejorar
un mundo a veces triste y viejo.
Una oración que puede
decidir la historia, en lo grande y en lo pequeño,
en lo más profundo de los corazones, donde cada uno
nos encontramos a solas, en misterio, con un Dios que
es bueno, que es Padre, que nos quiere como a
hijos, con amor eterno.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR