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Autor: www.iglesiapotosina.org La Consagración Religiosa
El religioso consuma la plena donación de sí mismo como un sacrificio ofrecido a Dios, por el que toda su existencia se convierte en culto continuo a Dios en amor
La palabra consagración
La palabra consagración se deriva de verbo
consagrar. Y puede tener un doble sentido: activo y pasivo.
Expresa tanto la acción de consagrar como el hecho de
ser Consagrado. Consagrar, en sentido teológico, es lo mismo que:
santificar, divinizar, sacralizar o sacrificar. Todos estos términos implican relacionarse
directamente con Dios, ser introducido en la esfera de lo
Sagrado absoluto, de lo Divino o de lo Santo, es
decir, en el ámbito de la Divinidad.
Consagrar de
parte de Dios es: tomar plena posesión, reservarse especialmente, invadir
y penetrar con la propia santidad, admitir a la intimidad
personal, relacionar profundamente consigo mismo, transformar por dentro, renovar interiormente
y, sobre todo, configurar a alguien con Jesucristo, que es
el Consagrado.
Por parte del hombre, consagrarse es: entregarse a
Dios, dejarse poseer libremente por él, acoger activamente la acción
santificadora de Dios, darse a él sin reservas, en respuesta
a la previa autodonación de Dios y bajo el impulso
de su gracia.
Ningún valor que se entrega a Dios, o
del que Dios toma posesión, queda destruido. Al contrario, queda
mejorado y ennoblecido, porque se salva en Dios mucho mejor
que en sí mismo. Por ejemplo, sacrificar o consagrar a
Dios nuestra libertad o nuestro amor, lejos de ser una
negación, es una verdadera afirmación de esos mismos valores humanos.
Convertir nuestra libertad y nuestro amor en propiedad inmediata y
total de Dios es la mejor manera de salvarlos en
cuanto amor y en cuanto libertad. Dejarse poseer por Dios
es la suprema manera de ser libres y de amar,
ya que Dios crea y fortalece nuestra libertad y nuestro
amor en la misma medida en que nos dejamos poseer
por él.
La consagración supone donación y renuncia, entrega y separación.
Recordemos las parábolas del tesoro escondido en el campo y
de la perla preciosa (Mt, 13,44-45), que cautivan a quien
lo descubre y le mueven a vender todo lo demás
para adquirir ese tesoro y esa joya.
Consagrarse a Dios implica
renuncia a la propia suficiencia y autonomía, para encontrar en
Dios y en la plena y filial dependencia de él,
una mayor autonomía, suficiencia y libertad.
La consagración en sentido teológico,
implica y es una relación estrictamente personal, de tú a
Tú, con Dios. Es sólo aplicable a la persona, porque
sólo ella puede relacionarse de manera íntima, entrañable y formal
con Dios.
La consagración en sentido teológico, es una real transformación
de la persona, una configuración verdadera con Cristo, una santificación.
La persona queda referida de manera nueva e intrínseca a
Dios, invadida por la santidad de Dios, transida de divinidad,
poseída por el mismo Dios y transformada en él, sin
que ella pierda su propia individualidad.
La persona consagrada se relaciona
de forma inmediata, es decir, sin mediaciones y sin intermediarios,
con Dios. Por eso, la consagración religiosa tiene un valor
y un sentido teologal y no sólo teológico.
Consagración de Cristo
EL
CONSAGRADO. "Jesús mismo es Aquél a quien el Padre consagró
y envió en el más alto de los modos (Jn.
10,36). En él se resumen todas las consagraciones de la
antigua ley, que simbolizan la suya, y en él está
consagrado el nuevo Pueblo de Dios" (EE 6). "Jesús vivió
su consagración precisamente como Hijo de Dios: dependiendo del Padre,
amándole sobre todas las cosas y entregado por entero a
su voluntad" (EE 7). En Cristo se cumple con todo
rigor el concepto más estrictamente teológico de consagración. Porque Cristo
es Dios hecho hombre, es decir, lo sagrado absoluto (Dios),
que asume lo secular y profano (la naturaleza humana) para
introducirlo dentro de su propio ámbito divino.
Cristo es el Ungido,
es decir, el consagrado, el Mesías. Los tres momentos principales
de ésta unción sagrada son: la encarnación, el bautismo y
la resurrección gloriosa (Hb. 2,5-13). Toda la creación ha quedado
renovada y consagrada por el hecho de la Encarnación. Cristo
no se encarna para "secularizarse", sino para consagrar toda su
realidad humana, asumiéndola, elevándola, trascendiéndola y sacrificándola. Cristo, vive en
sí mismo todo un proceso de consagración que dura toda
su vida hasta su muerte y resurrección. Cristo es anonadado
(Flp. 2,7-8) y este anonadamiento por el que se sacrifica
y se consagra, es por su obediencia, pobreza y virginidad.
La
consagración bautismal
Por designio eterno y amoroso del Padre, Cristo vino
al mundo para consagrarnos, introduciéndonos en el ámbito más íntimo
de lo Sagrado, que es él mismo: comunicándonos su propia
filiación divina. Desde siempre, Dios nos pensó y eligió en
la Persona de Cristo, por pura iniciativa suya, para que
fuéramos de verdad hijos suyos, santos y consagrados en su
presencia por el amor (cf. Ef. 1,3-14).
"Los bautizados son consagrados
por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como
casa espiritual y sacerdocio santo" (LG 10). El bautismo es
una real inserción en Cristo y en su misterio de
muerte y de resurrección. Es una verdadera configuración con Cristo
en su condición filial y fraterna y, por eso mismo,
es una verdadera consagración.
Por el bautismo morimos al pecado
y comenzamos a morir a las raíces de pecado que
en nosotros quedan, hasta que la muerte de Cristo haya
"mortificado" todo lo pecaminoso y haya consagrado todo lo profano.
La consagración bautismal supone una presencia activa y permanente de
Dios en nosotros, una especie de presencia sacerdotal que nos
convierte en ofrenda y en sacrificio, y que nos hace
posesión plena de Dios.
Dios, por medio del bautismo, nos hace
hijos suyos en el Hijo y, en él, nos hace
hermanos de todos los hombres. Es decir, nos consagra realmente,
configurándonos con el Consagrado en su filiación divina y mariana
y en su fraternidad universal. El proceso bautismal de configuración
con Cristo concluirá en nuestra resurrección gloriosa, cuando incluso en
nuestra carne se manifieste la gloria de nuestra filiación divina.
La
consagración religiosa
"La vida religiosa, en cuanto consagración de toda la
persona, manifiesta en la iglesia el admirable desposorio fundado por
Dios, que es signo del mundo futuro. De este modo,
el religioso consuma la plena donación de sí mismo como
un sacrificio ofrecido a Dios, por el que toda su
existencia se convierte en culto continuo a Dios en amor"
(can. 607,1)
El religioso es el que trata de vivir la
consagración bautismal en toda su radicalidad, llevando hasta sus últimas
consecuencias las exigencias del bautismo y haciendo fructificar todas las
virtualidades en él contenidas. El religioso vive en total disponibilidad,
de forma permanente, como estado de vida, encarnándola en la
vivencia efectiva de la virginidad, obediencia y pobreza: es decir,
en la profesión de los consejos evangélicos, que es un
compromiso público y definitivo de conformar la propia vida con
Cristo virgen, obediente y pobre.
La "dedicación absoluta al Reino" (ET
3), convertida en estilo de vida y en norma de
conducta, esa "donación de sí mismo que abarca la vida
entera"(PC 1), ese "vivir únicamente para Dios" (PC 5), es
el contenido más hondo de la consagración religiosa y expresa
su distinción con la consagración bautismal y al estilo propio
de un cristiano.
La consagración religiosa es una consagración de amor,
una pasión de amor, con las características propias de amor
verdadero convertido en pasión: la totalidad en la entrega, la
exclusividad en la persona amada y el desinterés absoluto en
servirle. Y al decir que es una consagración total, quiere
decir que es perpetua. Don absolutísimo e irrevocable, lo llama
Pablo VI (ET 7). Si la persona no se entrega
para siempre no se entregaría del todo.
La consagración religiosa es
profundamente eclesial. Es un "estado litúrgico", de adoración perpetua, de
culto oficial de la Iglesia.
El religioso muere de forma habitual
no sólo al pecado, sino también al mundo, a valores
humanos positivos, muere a formas y exigencias sociales, a la
triple categoría de bienes positivos que son: amor humano compartido
(castidad), propiedad y uso independiente de los bienes materiales (pobreza)
y la libre programación de la propia vida (obediencia).
Dice Pablo
VI a los religiosos: (ET 7) "Por el Reino de
los cielos, vosotros habéis consagrado a Dios, con generosidad y
sin reservas, las fuerzas de amar, el deseo de poseer
y la libre facultad de disponer de vuestra propia vida,
que son bienes tan preciosos para el hombre". Los consejos
evangélicos expresan y realizan la donación integral e irrevocable de
todo nuestro ser personal, de lo que somos y de
lo que tenemos y podemos poseer. Es no sólo una
oblación, sino un sacrificio que lleva a sus últimas consecuencias
la consagración del bautismo y vivir con radicalidad el evangelio
y la imitación de Cristo. La consagración religiosa es una
entrega total, absoluta e inmediata de amor a Dios. Desde
ese momento, todo el ser y la vida del religioso
tiene un sentido y lleva un sello de pertenencia a
Dios.
Por último, nadie es religioso por propia iniciativa. Es Dios
quien llama y quien capacita para responder. En Dios, llamar
es dar. La vocación es un verdadero don. Y los
dones de Dios, por ser dones de amor, enteramente gratuitos,
son dones definitivos, sin posible arrepentimiento por parte del mismo
Dios, como nos recuerda san Pablo: "Los dones y la
vocación de Dios son irrevocables" (Rom. 11,29). Llamar para siempre
es crear en el llamado una permanente capacidad de respuesta.
La fidelidad del hombre consiste en apoyarse en la fidelidad
inquebrantable de Dios.
Más información acerca de la Vocación en:
Buscando mi Vocación Página Vocacional de la Arquidiócesis de San
Luis Potosí, México
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