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Autor: Mary Ann Glendon | Fuente: Zenit.org (1 mayo 2004) ¿Podría ser la hora del laico?
Los laicos en la Iglesia son como un «gigante dormido» que «comienza a despertarse»
¿Podría ser la hora del laico?
A lo largo del siglo XX, los líderes de
la Iglesia Católica suplicaron con creciente urgencia a los hombres
y mujeres laicos, que fueran católicos más activos en la
sociedad y --desde el Concilio Vaticano II-- que se involucraran
más en los asuntos de la Iglesia. Esas súplicas encontraron
una cálida respuesta entre los católicos norteamericanos de los años
treinta, cuarenta y cincuenta. Pero, a medida que los católicos
ganaban en poder económico e influencia, el apostolado laico se
resentía, mientras que las nuevas oportunidades para servir a la
Iglesia institucional que daban vacías. No resulta sorprendente que Juan
Pablo II, con su historial de estrecha colaboración con hombres
y mujeres laicos, haga frecuentes referencias al laicado, equiparándolo con
un «gigante dormido». Durante décadas, el gigante parecía perdido en
el sueño profundo de un adolescente. Ahora que el «gigante
dormido» comienza a despertarse --debido al alcance que han tenido
en la prensa las conductas sexuales de algunos clérigos-- empieza
a parecer que el gigante tiene la fe de un
preadolescente. Tras una larga espera, ¿podría ser esta la hora
del laico?
El resurgir reciente que se ha producido en organizaciones
laicales sugiere que ha llegado el momento de analizar, debido
a lo mucho que se ha avanzado en los últimos
años tanto a nivel económico como a nivel social, qué
es exactamente lo que han entendido los católicos estadounidenses sobre
la vocación laical. ¿Están los aproximadamente 63 millones de católicos
--y que representan más de un quinto de la población--
evangelizando la cultura, tal y como ha de hacer cada
cristiano, o la cultura les está evangelizan do a ellos?
Dado que muchas veces los poetas y novelistas nos ayudan
a ver las cosas de una forma nueva y con
más claridad, propongo acercamos a esta cuestión a través del
prisma de un observador literario del mundo moderno.
El protagonista
de «El hablador», de Mario Vargas Llosa, es, en realidad,
no tanto una persona sino más bien un grupo, una
tribu nómada que habita en la selva. Los extranjeros la
conocen como «los machiguengas», pero ellos se llaman a sí
mismos «la gente que anda». El lector nunca llega a
encontrarse con los machiguengas cara a cara; sólo sabemos de
ellos a través del narrador, que intenta averiguar si existen.
Nos dice que, desde tiempos inmemoriales, las historias y tradiciones
de «la gente que anda» fueron recordadas, enriquecidas y transmitidas
de generación en generación por «habladores» las personas que les
recuerdan su historia. Esta historia ayudaba a la tribu a
mantener su propia identidad --a seguir andando--, pasara lo que
pasase, a través de muchos cambios y crisis de todo
tipo. Pero a medida que la selva fue cediendo terreno
a la agricultura y a la industria, los Machiguengas se
dispersaron. Durante un tiempo, sus «habladores» viajaban de un núcleo
familiar a otro; y así se mantenían unidos. Los «habladores»
eran «la savia viva que circulaba y convertía a los
Machiguengas en una sociedad, en un pueblo de personas interconectadas
e interdependientes». Pero los antropólogos creen que los «habladores» murieron,
que los Machiguengas fueron absorbidos por pueblos y ciudades, y
que sus historias sobreviven sólo para entretener. El narrador piensa
de manera distinta, y el drama de la novela viene
dado por el esfuerzo que hace para ver si realmente
es verdad que un extraño pelirrojo, con el fin de
que no pierdan su historia y el conocimiento de quienes
son, se ha convertido en el «hablador» de los Machiguengas.
Este
problema --el problema de cómo gentes dispersas recuerdan quiénes son
y, por tanto, lo que les hace ser personas-- es
el que está en el centro de las dificultades con
las que se enfrenta la Iglesia (que podría ser traducida
como la «gente-llamada-a estar unida») en Estados Unidos. Los católicos
se constituyen como personas en virtud de la Historia de
la salvación del mundo, y parte de esta Historia requiere
que sean activos en el mundo, diseminando la Buena Nueva
allá donde estén. La «gente-llamada-a estar unida» está llamada a
dar testimonio, y a seguir dando testimonio pase lo que
pase, dentro y fuera de temporada. ¿Cómo han cumplido los
católicos esa historia viva a través de las crisis, los
cambios, las tentaciones y las oportunidades con las que se
han encontrado en el territorio de misión que es Estados
Unidos?
Desde el principio, los católicos que llegaron a América del
Norte eran extranjeros en una tierra protestante. En el momento
de la fundación, varios estados habían establecido iglesias protestantes. El
congregacionalismo era, por ejemplo, la religión oficial en Massachusetts hasta
1833; y en muchas ciudades de Nueva Inglaterra, la casa
de reunión congregacional era el lugar del gobierno de la
ciudad, así como el lugar donde el domingo se rezaba.
De todas maneras, cuando Alexis de Tocqueville hizo un estudio
del panorama social norteamericano en 1831, predijo que los católicos
florecerían ahí. La creciente presencia católica sería beneficiosa para el
experimento de autogobierno de la joven nación porque --argumentaba-- su
religión les hacía ser «la clase más democrática en Estados
Unidos» ya que impone las mismas exigencias a todos, ricos
y pobres, y permite a sus seguidores libertad para actuar
en la esfera política.
El visitante francés, un hombre con visión
de futuro, nunca sospechó que se estaba formando una tormenta
en el mismo momento en el que escribía esas palabras.
No supo detectar el anticatolicismo, que se fundiría con el
nativismo y que eructaría en violencia a medida que los
inmigrantes católicos llegaban de Europa en número cada vez mayor.
En 1834, en Boston --la ciudad que se consideraba la
más civilizada de América--, una multitud airada quemó completamente un
convento de Ursulinas mientras la policía y los bomberos se
limitaban a mirar cómo se destruía el edificio. Tres años
más tarde, un grupo de pirómanos destrozó la mayor parte
de zona irlandesa de la ciudad. A lo largo del
país se repitieron atrocidades similares. Pero la creciente economía demandaba
mano de obra barata, y los inmigrantes no hacían más
que llegar desde Irlanda, Italia, Alemania, la parte francesa de
Canadá y Europa del Este. A principios del siglo XX,
con sus doce millones de miembros, la Iglesia Católica era
la comunidad religiosa más numerosa y la que crecía con
mayor rapidez.
Luchando por sobrevivir en un ambiente hostil, los católicos
inmigrantes construyeron sus propios colegios, hospitales y universidades. Aprovechando la
tendencia natural de los americanos a asociarse, formaron innumerables organizaciones
fraternales, sociales, de caridad y profesionales. Los protestantes tenían a
los masones y a la Estrella del Este, y los
católicos a los Caballeros de Colón y a las Hijas
de Isabel. Con gran esfuerzo y sacrificio, construyeron, en palabras
del historiador Charles Monis, «un estado virtual dentro de otro
estado para que los católicos pudieran vivir la mayor parte
de sus vidas bajo el calor y la protección de
instituciones católicas». Desde sus barrios en las ciudades del norte,
los recién llegados se involucraron en procesos políticos democráticos para
ganar poder político a nivel estatal y local. Pero cuando
Al Smith, el gobernador católico de Nueva York, se presentó
a las elecciones presidenciales de 1928, se desencadenaron demostraciones anticatólicas
virulentas. El hecho de que perdiera de manera tan estrepitosa
reforzó, durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, la sensación
de falta de integración de los católicos.
Curiosamente, cuando los católicos
estaban menos integrados en la sociedad fue en el periodo
en el que eran más activos --como católicos-- en el
mundo. En 1931, en el cuarenta aniversario de la histórica
encíclica social Rerum Novarum, Pío XI pidió ayuda a los
católicos para que hicieran de contrapeso a la transformación comunista
o fascista de la sociedad. «Hoy en día --escribió en
Quadragesimo Anno--, como más de una vez en la historia
de la Iglesia, nos enfrentamos con un mundo que en
gran medida ha vuelto a caer en el paganismo». Dijo
a los fieles católicos que «deberían dejar de lado sus
luchas internas» para que cada persona pudiera desempeñar su papel
«en lo que sus talentos, poder y estado permitan». De
manera pacífica, pero de una forma militante para «la renovación
cristiana de la sociedad humana» los laicos deberían ser los
«apóstoles principales e inmediatos» en esa lucha.
La respuesta de los
católicos en Estados Unidos fue todo lo positiva que el
Papa hubiera podido desear. Fueron instrumentos para romper la influencia
comunista en el movimiento obrero, y convirtieron al Partido Demócrata
del norte urbano en el partido de vecinos, de la
familia y del trabajador.
El filósofo español Jorge Santayana, que fue
profesor en Harvard a principios del siglo XX, estaba intrigado
por el contraste que él percibía entre una cultura americana
boyante y optimista y la antigua fe católica, con su
«gran desilusión por este mundo y su poca ilusión por
el siguiente». En 1934 escribió que los católicos en Estados
Unidos no tenían conflictos con sus vecinos protestantes porque «sus
religiones respectivas pasan entre ellos como asuntos familiares privados y
sagrados sin implicaciones políticas». Si Santayana hubiera pasado menos tiempo
en Cambridge (Massachusetts) y más en Boston, se habría dado
cuenta de que el catolicismo de las comunidades urbanas de
inmigrantes no era --en modo alguno-- un asunto «privado»; simplemente,
estaba impregnado en los barrios.
Fueron esas décadas en que los
católicos estuvieron profundamente involucrados, como católicos, en la parroquia, en
el trabajo y en el barrio. También fue un tiempo
en el que la «gente-llamada-a estar unida» tuvo la fortuna
de contar con multitud de «hablado res». En los colegios
parroquiales, en la Eucaristía y en sus devociones, y también
alrededor de sus mesas de cocina, a los católicos se
les recordaba constantemente quiénes eran, de dónde venían y cuál
era su misión en el mundo.
Pero como san Pablo dijo
a los corintios, «tal y como lo conocemos, el mundo
pasa». A medida que los católicos escalaban peldaños sociales, cambiaron
sus viejos barrios por casas en las afueras de las
ciudades. Los padres empezaron a mandar a sus hijos a
colegios públicos y a universidades no católicas. Las vocaciones religiosas
decrecieron. La movilidad social y geográfica diseminó las comunidades católicas
de memoria y de ayuda mutua-- con la misma fuerza
con que la agricultura y la industria le comió terreno
a la selva de los machiguengas. Con la llegada de
los años sesenta, la nación dentro de una nación se
había disuelto, y la diáspora había empezado.
La «gente-llamada-a estar unida»
se embarcó en lo que Monis describe con acierto como
«un proyecto peligroso de cortar su conexión entre la religión
católica y la cultura (...) individualista, que había sido siempre
la fuerza de su dinamismo, su atractivo y su poder».
La transición quedó simbolizada en la elección como presidente de
John F. Kennedy, un católico muy integrado, que igualaba a
los nativos en el vigor de su denuncia de ayuda
pública a colegios parroquiales. La elección de 1960 enseñó a
los descendientes de inmigrantes que todas las puertas estaban abiertas
para ellos, siempre y cuando no fueran demasiado católicos.
Dos años
más tarde comenzó el Concilio Vaticano II, el esfuerzo histórico
de la Iglesia por afrontar las dificultades de llevar el
Evangelio a las estructuras, cada vez más secularizadas, del mundo
moderno. Los padres del Concilio entendiendo que la cooperación con
el laicado resultaba crucial, enviaron mensajes claros y contundentes a
hombres y mujeres laicos, recordándoles que son la primera línea
de defensa en la misión de la Iglesia en la
sociedad, y que, ahí donde se encontraran, tenían que hacer
todo lo posible por «consagrar el mundo a Dios».
Pero lo
que sucedía en Estados Unidos y en otros países desarrollados
hacía más difícil que nunca que el mensaje pudiera llegar.
La rotura de amarras en el campo sexual, el incremento
de familias separadas y la entrada masiva de madres con
niños pequeños al mundo laboral constituyó un experimento social masivo,
una revolución demográfica sin precedentes para la que ni la
Iglesia ni las sociedades afectadas estaban preparadas.
En esos años turbulentos,
los católicos sufrieron presiones para tratar su religión como un
asunto absolutamente privado y para que adoptaran un catolicismo parcial
destinado a elegir con qué partes de la doctrina se
que daban y cuales rechazaban. Muchos de sus «habladores» --teólogos,
educadores religiosos y el clero-- sucumbieron a la misma tentación.
En este contexto, era difícil que las exigentes demandas del
Concilio Vaticano II se escucharan. Por si eso fuera poco,
los buenos mensajes llegaron, en multitud de ocasiones, distorsionados. En
su sentido más importante, las cuestiones más difíciles de resolver
de los años posconciliares fueron las que trataban sobre cómo
de lejos podían ir los católicos en su adaptación a
la cultura existente y seguir siendo católicos.
Aunque la sociedad se
secularizaba a pasos agigantados, algunos elementos del protestantismo se mantuvieron
tan o más fuertes que nunca: individualismo radical, intolerancia con
los que opinaban de manera distinta (dirigida hacia la disidencia
de los dogmas seculares que reemplazaron al cristianismo como sistema
de creencias de muchos) y una hostilidad permanente hacia los
católicos. Para el católico que progresaba, integrarse en esta cultura
significó ceder a un anticatolicismo en un grado que hubiera
sorprendido a nuestros antecesores inmigrantes.
Pero eso es lo que hicimos
demasiados de nosotros. En los años setenta, Andrew Greeley observó
que, «de todos los grupos minoritarios en este país, los
católicos son los menos preocupados por sus propios derechos y
los que menos conciencia tienen de la discriminación persistente y
sistemática en las altas esferas del mundo corporativo e intelectual».
En
esta observación, así como en los casos sobre abusos sexuales
de menores y en el incremento de la subcultura homosexual
entre el clero, el Padre Greeley estaba en lo cierto.
Hasta que mi marido, que es judío, me hizo reflexionar
sobre este tema, siento decir que soy un ejemplo de
ello. En los años setenta --yo daba clase en la
Facultad de Derecho de Boston College--, durante las vacaciones de
verano, alguien quitó los crucifijos de las paredes. Aunque la
mayoría de los miembros del profesorado éramos católicos y el
decano era un sacerdote jesuita, ninguno protestó. Cuando se lo
conté a mi marido, no se lo podía creer. Me
dijo: «Qué os pasa a los católicos? Si alguien hubiera
hecho algo parecido con los símbolos judíos, habría habido un
escándalo. ¿Por qué los católicos aceptáis estas cosas?».
Ese fue un
momento de cambio para mí. Empecé a preguntarme: ¿Por qué
nosotros los católicos aceptamos este tipo de cosas? ¿Por qué
les damos tan poca importancia a temas relacionados con la
fe por los que nuestros antepasados hicieron tantos sacrificios?
En muchos
casos, la contestación tiene su base en la necesidad de
progresar y de ser aceptados. Pero para la mayoría de
los católicos de la diáspora americana, creo que el problema
es más profundo: ya no saben hablar sobre lo que
creen o por qué creen. La «gente-llamada-a estar unida» ha
perdido su identidad y no sabe a qué está llamada.
También
parece que han perdido muchas cartas. Uno se pregunta: ¿Cuántos
católicos laicos han leído cualquiera de las cartas que los
Papas les han enviado a lo largo de los años?,
¿cuántos católicos saben dar una explicación lógica sobre temas elementales
sobre lo que enseña la Iglesia en materias cercanas a
ellos, como la Eucaristía o la sexualidad, o qué decir
del apostolado laico? Si son pocos los que pueden hacerlo,
no será por falta de comunicaciones desde Roma.
Construyendo sobre la
Rerum Novarum y sobre Quadragesimo Anno, los padres del Concilio
Vaticano II recordaron a los fieles laicos que es responsabilidad
suya la de «evangelizar los sectores familiares, sociales, profesionales, culturales
y de la vida política».
Estos han sido temas constantes en
el pontificado de Juan Pablo II. En Sollicitudo Rei Socialis,
por citar un ejemplo, renovó la llamada para un apostolado
social, enfatizando «el papel preeminente» de los laicos en la
protección de la dignidad de la persona, y pidiendo «tanto
a hombres como a mujeres (...) que estuvieran convencidos (...)
de sus respectivas responsabilidades, y para dar testimonio --por la
forma en la que viven como personas y como familias,
por el uso de sus recursos, por su actividad cívica,
por su contribución en decisiones económicas y políticas, y por
su compromiso personal, a proyectos nacionales e internacionales-- las medidas
inspiradas por la solidaridad y el amor y la preferencia
por los más pobres».
En 1995, en Baltimore, el Papa dejó
muy claras las implicaciones de una vocación laica para los
americanos contemporáneos: «Algunas veces, ser testigos de Cristo significa extraer
de una cultura el sentido más completo de sus intenciones
más nobles (...). En otras ocasiones, ser testigos de Cristo
significa hacerle frente a esa cultura, especialmente cuando la verdad
sobre la persona humana está bajo asalto».
Ahora que el «gigante
dormido» está empezando a dar signos de recobrar su conciencia
católica, la Iglesia va a tener que aceptar que el
laicado más educado de la historia ha olvidado gran parte
de su historia. Ha olvidado de dónde vino. Entre tanto,
al igual que con todo movimiento emergente de masas, los
activistas con ideas claras sobre dónde quieren ir quieren asegurarse
de que secuestran la fuerza del gigante para sus propios
fines. En los últimos meses, los católicos han oído llamadas
muy generales, pero estridentes, para que se produzcan «reformas estructurales»
destinadas a conseguir «poder para los laicos» y para obtener
mayor participación laica en los «poderes de decisión» internos de
la Iglesia. El doctor Scott Appleby, por ejemplo, les dijo
a los obispos americanos en su reunión del pasado junio
que «no exagero al decir que el futuro de la
Iglesia en este país depende de que compartáis autoridad con
los laicos».
También se ha hablado mucho sobre la necesidad de
una Iglesia Católica estadounidense más independiente. «Dejad que Roma sea
Roma indicó Appleby. Además, tenemos al gobernador Frank Keating, elegido
por los obispos para presidir el National Review Board, y
que, sorprendentemente, anunció en su primera conferencia de prensa que,
con respecto al papel del laicado, «Martin Lutero --el dirigente
de la reforma protestante-- tenía razón». The Voice of The
Faith ful, la organización formada en 2002 por varios grupos
de la burguesía de Boston, señala como su misión la
de «facilitar una voz orante, atenta al espíritu, a través
de la cual los fieles puedan participar activamente en el
gobierno y dirección de la Iglesia Católica’ (Una no tiene
más remedio que preguntarse qué espíritus han sido consultados cuando
el dirigente de ese grupo presumió, con gran exaltación, en
el Boston Globe, de que «la corriente principal católica en
Estados Unidos, los sesenta y cuatro millones» hablaba a través
de la convención de The Voice of the Faithful el
pasado mes de julio).
Hasta la fecha, no hay signos de
que ninguno de estos vocales tenga la sensación de que
la labor principal de los Evangelios sea precisamente decirles a
los cristianos lo que tienen que hacer en esta vida.
Incluso el ya fallecido cardenal Basil Hume, que favoreció reformas
en materias de Iglesia, hizo todo lo posible por alertar
a un grupo reformador anterior, el Common Ground Initiative, contra
«el peligro de concentrar demasiada vida dentro de la Iglesia»:
«Sospecho --dijo en relación a la necesidad de evangelizar-- que
es un truco del demonio para confundir a la gente
de buena voluntad al liarles la cabeza en temas obtusos
y difíciles con el fin de que se olviden de
que el papel esencial de la Iglesia es evangelizar».
Al dejar
fuera del cuadro la evangelización y el apostolado social, muchos
laicos de prestigio están promoviendo algunos errores bastante básicos: que
la mejor forma para que el laicado sea activo requiere
estudiar términos de gobierno de la Iglesia; que la Iglesia
y sus estructuras son equivalentes a agencias del gobierno o
compañías privadas; que hay que mirar con desconfianza a la
Iglesia y a sus ministros; y que la Iglesia necesita
estar supervisada por reformadores seglares. Si esas actitudes toman cuerpo,
harán que sea muy difícil para la Iglesia salir de
esta crisis y progresar sin comprometer sus enseñanzas o su
libertad para ejercer su misión, la cual está garantizada constitucionalmente.
Mucho
de lo que se comenta en la calle refleja, simplemente,
que, con el declive de las instituciones católicas, la experiencia
real de apostolado laico ha desaparecido de la vida de
la gran mayoría de los católicos --con la aceptación de
que en la práctica ya hay una complementariedad entre las
distintas actuaciones de los miembros del cuerpo místico de Cristo--.
Es de sentido común el que la gran mayoría de
nosotros, los laicos, estamos idealmente equipados para cumplir nuestra vocación
en los lugares donde vivimos y trabajamos. Precisamente porque estamos
presentes en todas las ocupaciones seglares que los padres del
Concilio Vaticano II enfatizaron, nuestra «misión especial» para tomar una
mayor parte activa, de acuerdo con nuestros talentos y conocimientos,
en la explicación y defensa de los principios cristianos y
en su aplicación a los problemas de nuestro tiempo. Juan
Pablo II elaboró este tema en Christifideles Laici, donde señaló
que esto será posible en sociedades secularizadas sólo «si los
fieles saben cómo superar la separación existente entre el Evangelio
y la realidad de sus vidas, para, una vez más,
tomar en su vida diaria, en sus familias, su trabajo,
y la sociedad en la que se desenvuelven una unidad
de vida que se manifiesta por la inspiración y fuerza
del Evangelio».
Esos son los mensajes principales de todas esas cartas
que la mayoría de nosotros no ha leído o contestado.
Y esos son los mensajes que están tan notablemente ausentes
de los comunicados de los dirigentes de grupos laicos que
se han formado en los últimos meses.
A medida que se
fueron olvidando las experiencias del apostolado laico vivido, el ministerio
laico --entendido como la actividad realizada por aquellos que proclaman
las lecturas en la santa misa o ayudan a distribuir
la comunión llevarían al cristianismo americano aquellas visiones mucho antes
de que nos diéramos cuenta la mayoría de nosotros-- se
expandió en los años posteriores al Concilio Vaticano II Por
ello, no sorprende que muchos católicos piensen que la manera
principal para ser activos como católicos es participar en la
vida interna de la Iglesia. Da la sensación de que
los que clamaban para este tipo de participación están asaltando
una puerta abierta. La Iglesia lleva tiempo suplicando a hombres
y mujeres laicos para que den un paso al frente
y asuman posiciones a todos los niveles. Nadie debería quejarse,
seamos claros, de que los obispos y sacerdotes sean reticentes
a la hora de ceder puestos de responsabilidad a disidentes
que quieren utilizar dichos puestos para cambiar enseñanzas básicas de
la Iglesia.
Ningún buen pastor va a invitar a los
lobos a cuidar su rebaño. Ni que decir tiene que
la Iglesia deberá realizar reformas estructurales con el fin de
ir más allá de la presente crisis, y muchas de
las llamadas de reforma vienen de hombres y mujeres bien
intencionados. La gran mayoría de los católicos está acertada y
profundamente preocupada por las recientes revelaciones de abusos sexuales por
parte de algunos miembros de el clero; quieren hacer algo
para solucionar la tragedia que han traído los sacerdotes infieles;
y se aferran a los eslóganes que hay en el
aire. Pero los eslóganes sobre «reforma estructural» y «reparto de
poder» tienen su propio origen. Personas de mayor edad y
miembros de una generación de teorías fallidas --políticas, económicas y
sexuales-- han saltado sobre la presente crisis como su última
oportunidad para transformar el catolicismo americano en algo más compatible
con el espíritu de la época de su juventud. Es,
como apunta Michael Novak, su última oportunidad de ir a
tirar el muro. Escritores del Sur como Flannery O’Connor y
Walker Percy vieron adónde.
El antihéroe de la obra de O’Connor
Wise Blood se ubica como un predicador de la Iglesia
de Cristo Sin Cristo. La novela escrita en 1971 por
Percy, Love in the Ruins, está ambientada en una época
no muy lejana, cuando la Iglesia Católica se divide en
tres partes: la Iglesia Patriótica, con sus oficinas principales en
Cicero, Illinois, donde el himno nacional se toca en el
momento de la elevación de la Sagrada Forma; la Iglesia
Católica Reformada Holandesa, fundada por varios sacerdotes y monjas que
se marcharon para casarse; y «lo que queda de la
Iglesia Católica, un pequeño grupo esparcido geográficamente sin un lugar
claro adonde ir». Aunque la realidad no ha llegado, afortunadamente,
a este punto, hay que hacer notar que los temas
más sobresalientes de los autonombrados portavoces durante la crisis de
2002 han ido en estas direcciones: el deseo de tener
una Iglesia americana libre de autoridad jerárquica y el deseo
de un magisterio a medida, libre de las duras enseñanzas
en relación al sexo y al matrimonio.
Entre tanto, al igual
que el apóstol Pablo, Juan Pablo II sigue mandando esas
cartas resistentes, recordándonos a los que con generosidad llama «fieles»
que los cristianos no tienen que conformarse con el espíritu
de los tiempos, que han de buscar lo que es
bueno, gustoso y perfecto ante Dios. Por enésima vez, explica
que «no es cuestión de inventar un programa nuevo. El
programa ya existe: el plan es el que encontramos en
el Evangelio y en la Tradición viva; es el mismo
de siempre».
Cabría pensar que, como mínimo, estos mensajes los recogerían
aquellos católicos cuya profesión es, precisamente, mediar entre las verdades
que son «las de siempre y siempre nuevas» bajo condiciones
sociales nuevas. Pero el hecho es que demasiados teólogos católicos,
educados en facultades de Teología sin denominación alguna, han recibido
poca base en su propia tradición. Demasiados materiales de educación
religiosa están impregnados de rabia y fracasos por parte de
quienes, en su día, fueron sacerdotes y monjas que trabajaron
en editoriales religiosas porque su formación les permitía poco más.
Y demasiados obispos y sacerdotes han dejado de predicar la
Palabra de Dios en su contenido más pleno, incluidas las
enseñanzas más difíciles de seguir en una sociedad hedonista y
materialista.
El abandono de sus obligaciones por parte de demasiados habladores
ha dejado a un número excesivo de padres de familia
mal equipados para poder luchar con competidores más poderosos en
la formación de las almas de sus hijos: los colegios
gubernamentales (agresivamente seculares) y una industria del entretenimiento que disfruta
enormemente eliminando cualquier trazo de catolicismo. No pretendo sugerir que
los fallos de teólogos, educadores religiosos, obispos y sacerdotes excusen
fallos en los laicos. Lo que sí quiero apuntar es
que estamos en el principio de una monumental crisis de
formación.
El Padre Richard John Neuhaus ha dicho que la crisis
de la Iglesia Católica en 2002 tiene tres facetas: fidelidad,
fidelidad y fidelidad. Tiene razón al enfatizar que la falta
de fidelidad ha llevado a la Iglesia en Estados Unidos
a una triste situación. Pero también hay que decir que
estamos pagando el precio por otro desastre tridimensional: formación, formación
y formación. Falta de formación de nuestros teólogos, de nuestros
educadores religiosos y, por tanto, de padres y madres de
familia.
Los altavoces de la cultura de la muerte han subido
el volumen a la hora de explotar la debilidad de
la Iglesia, que ha sido, consistentemente, su enemigo más poderoso
y temido. Hace más o menos treinta años, aparecieron con
uno de los eslóganes más destructivos jamás inventados: «Personalmente, estoy
en contra de [aborto, el divorcio, la eutanasia ...], pero
no puedo imponer mis opiniones a otros».
Este eslogan es la
anestesia moral que ofrecen quienes están preocupados por la de
cadencia moral, pero que no saben cómo exponer sus puntos
de vista, especialmente en público. Sólo más recientemente algunos católicos,
protestantes y judíos han dado un paso al frente para
aclarar que, cuando en la vida pública los ciudadanos de
una república democrática hacen comentarios religiosos basados en puntos de
vista morales, no están imponiendo nada a nadie. Están proponiendo.
Esto es lo que ha de ocurrir bajo nuestra forma
de gobierno. Los ciudadanos proponen, dan razones, deliberan, votan. Es
una doctrina siniestra la que intenta silenciar sólo los puntos
de vista morales que tienen una base religiosa.
Pero la anestesia
fue eficaz a la hora de silenciar el testimonio de
innumerables hombres y mujeres de buena voluntad. Y, por supuesto,
el eslogan fue un éxito para políticos cobardes y faltos
de principios.
En este momento, la persona que, conocedora de que
el analfabetismo en materia de fe ha sido siempre común,
podría preguntar, «¿Por qué precisamente ahora hay urgencia para la
formación?». La respuesta es que la escasa formación presenta un
peligro especial, precisamente ahora, en una sociedad en la que
los católicos han perdido gran parte de su apoyo, y
en donde la educación en otras áreas es avanzada. Si
la educación religiosa se queda atrás en relación con la
educación secular a nivel general, los cristianos están perdidos en
la defensa de sus creencias incluso ante sí mismos. Van
a sentirse incapaces cuando se enfrenten a un secularismo y
a un relativismo tan extendidos en nuestra cultura.
Resulta irónico, dada
su rica herencia intelectual, que tantos católicos se sientan incapaces
de responder incluso a las formas más simplistas del fundamentalismo
secular que prevalece entre la clase con educación media. Tradicionalmente,
ha sido una de las glorias de su fe que
los católicos puedan dar razones para las posiciones morales que
mantienen, razones accesibles a todos los hombres y mujeres de
buena voluntad, de otras creencias o de aquellos que no
creen. Hace tiempo, santo Tomás de Aquino escribió: «Enseñad a
aquellos que escuchan para que lleguen a un nivel de
conocimiento de la verdad concebida. Aquí uno ha de apoyarse
en argumentos que pongan a prueba las raíces de la
verdad y hacer que las personas entiendan que lo que
se les dice es verdad; de otra manera, si el
maestro decide una cuestión simplemente por su autoridad, el que
escucha (...) no adquirirá ningún conocimiento ni entendimiento y se
marchará vacío».
Santo Tomás inspiró a Bartolomé de las Casas, que
denunció la esclavitud y proclamó la humanidad completa de los
aborígenes en el siglo XVI, sin apoyo directo de la
Revelación, Y en la Universidad de Princeton, Robert George hace
hoy lo mismo en su defensa filosófica de la vida
humana desde el momento de su concepción hasta el momento
de su muerte natural.
Recientemente, el Dr. John Haas, presidente del
Centro de Bioética Católica Nacional, se reunió con un conocido
científico que está involucrado en la clonación humana. En el
transcurso de esa reunión, el científico le dijo a Haas
que la formación que había recibido de pequeño había sido
protestante evangélica, pero que hubo un momento en «el que
supe que tenía que decidirme entre la religión y la
ciencia, y opté por la ciencia» La respuesta del doctor
Haas fue, obviamente, «pero si no tiene que elegir...». Y
como buen evangelizador que es, comenzó a exponer las enseñanzas
de Fides et Ratio. Una reunión de treinta minutos duró
varias horas.
Juan Pablo II anima a los católicos a seguir
ese tipo de ejemplos cuando dice en Novo Millennio Ineunte:
«Para que el testimonio cristiano sea eficaz, especialmente en (...)
áreas delicadas y controvertidas, es importante que se haga un
esfuerzo especial para explicar bien las razones de la posición
de la Iglesia, dejando muy claro que de lo que
se trata no es de imponer una visión basada en
la fe a los no creyentes, sino de interpretar y
defender los valores centrales de la naturaleza de la persona».
Para
explicar las razones, parece lógico, uno ha de conocerlas. «No
tengáis miedo» no significa «No estéis preparados»
Ya es hora de
que los católicos (no sólo en Estados Unidos) reconozcamos que
hemos hecho poco caso a las obligaciones que tenemos en
virtud de nuestra herencia intelectual, de la que somos custodios
para futuras generaciones. La pregunta de por qué hemos fallado
en mantener esa tradición en los acontecimientos humanos y científicos
de nuestros días --como hizo santo Tomás en su momento--
es materia para otra ocasión. Baste decir ahora que, en
el siglo XX, ese fue el proyecto de Bernard Lonergan
y otros, pero que su trabajo ha tenido pocos adeptos.
El diagnóstico de Andrew Greeley es duro: «El catolicismo estadounidense
no intentó tener esperanza en el intelectualismo; más bien encontró
el intelectualismo duro y decidió no intentarlo».
Quizá Greeley es demasiado
severo, pero parece difícil no estar de acuerdo con el
teólogo Frederick Lawrence cuando dice que «la actividad en la
Iglesia en la esfera educativa no está dejando de manifiesto
que la fuerza básica del cristianismo católico está en armonía
con el intelectualismo más completo y, ni que decir tiene,
que la vida intelectual es parte integral de la misión
de la Iglesia». Lawrence va más allá cuando señala que
«la Iglesia hoy necesita proclamar de manera clara y en
voz alta que el entendimiento del orden natural del cosmos
en las ciencias humanas y físicas, así como en filosofía
y teología, es parte de apreciar el Verbo cósmico de
Dios expresado en la Creación. Es parte intrínseca de la
totalidad de la mente y el corazón católicos».
Los católicos estadounidenses
necesitan volver a dedicarse al apostolado intelectual, no sólo para
realizar la misión de la Iglesia, sino por un país
al que, de manera peligrosa, parecen importarle poco los cimientos
morales sobre los que dependen nuestras libertades. Tocqueville tenía razón
cuando dijo que el catolicismo puede ser bueno para la
democracia americana, pero que eso sólo puede ocurrir si el
catolicismo es fiel a sí mismo.
¿Es posible que la actividad
laical producida por los escándalos de 2002 sea el principio
de una época de reforma auténtica y de renovación? Si
uno tiene esperanza, se pueden divisar algunos signos positivos. Varias
asociaciones laicales recientemente constituidas, por ejemplo, están formando grupos de
estudio para leer documentos de la Iglesia, encíclicas y el
Catecismo.
El signo más prometedor de que vienen tiempos mejores es
la generación creciente de católicos jóvenes, que lo son sin
mayores respetos humanos; y eso incluye a muchos sacerdotes, que
han sido inspirados por la heroica vida y las enseñanzas
de Juan Pablo II.
Entre tanto, el mundo tal y como
lo conocemos, pasa. El panorama demográfico en Estados Unidos está
siendo, una vez más, transformado por la inmigración, esta vez
principalmente del Sur. La gran mayoría de estos recién llegados
han sido formados en las culturas católicas de América Central,
del Sur y del Caribe. Es verdad que muchos han
olvidado su pasado pero, a pesar de ello, tienen una
forma católica de ver la realidad, de mirar a la
persona y a la sociedad. Con las tasas de natalidad
actuales, Estados Unidos será el país con la tercera población
católica más numerosa del mundo, después de Brasil y México.
En
la primavera de 2002, mientras los miembros de The Voice
of The Faithful debatían sobre la financiación de la Iglesia
y su gobierno, los católicos latinos de Boston mantenían vigilias
de oración para reafirmar la solidaridad de todos los miembros
del cuerpo místico de Cristo --hombres y mujeres, ricos y
pobres, clérigos y laicos y, sí, las víctimas y sus
abusadores--.
Allá donde quiera que se encuentren los hijos e hijas
de la diáspora católica estadounidense, un hecho es cierto: la
«gente-llamada-a estar unida» busca el hilo conductor de su historia,
aquello que les permita dar sentido a sus vidas. La
mujer en el autobús que, ávidamente, lee en el periódico
de la mañana su horóscopo, busca darle sentido a su
vida; el profesor que idolatra esta u otra ideología, busca
un credo, un porqué y para qué vivir.
Las encuestas de
opinión que nos dicen que la mayoría de los americanos
creemos que el país vive en un declive moral, no
sienten que puedan «imponer» su moralidad a otros y justifican
esta conclusión que aflige a la gente de buena voluntad
en momentos en que «a los mejores les falta convicción,
mientras que los peores están llenos de pasión».
¿Que pasaría si
los fieles católicos de la diáspora recordaran y abrazaran la
herencia que les pertenece? ¿Que pasaría si volviéramos a descubrir
lo novedoso de nuestra fe y su poder para juzgar
la cultura que nos rodea? ¡Menudo despertar tendría el «gigante
dormido»! A Juan Pablo II le gusta repetir a los
jóvenes: « sois lo que deberíais ser --es decir, si
vivís vuestro cristianismo sin condiciones--, encenderíais el mundo!».
¿Es un sueño
pensar que, a pesar de estar dispersos, la «gente-llamada-a estar
unida» podría redescubrir la novedad dinámica de su fe? Los
miembros de las grandes organizaciones laicas de la Iglesia piensan
que no. Aunque la movilidad ha aguado la vitalidad de
muchas parroquias, ha habido un gran crecimiento --principalmente, fuera de
Estados Unidos por ahora-- de asociaciones laicales, programas de formación
y movimientos eclesiales. Estos grupos, tan variados en sus carismas,
tan ricos en contadores de historias, están facilitando un camino
para que los católicos estén en contacto unos con otros
y con su tradición bajo condiciones de diáspora. Juan Pablo
II ha reconocido los grandes éxitos de estos grupos en
el área de formación y ha animado a sus hermanos
en el episcopado y a los sacerdotes a que aprovechen
en su totalidad el potencial que tienen para la renovación
personal y eclesial.
Hasta hace poco, al igual que la mayoría
de los católicos estadounidenses, mi conocimiento del número y de
la variedad de estos movimientos era relativamente limitado. Fue a
raíz de servir en el Consejo Pontificio de Laicos cuando
he podido conocer grupos como Comunión y Liberación, la Comunidad
de San Egidio, Foccolare, el Camino Neo-Catecumenal, Opus Dei y
Regnum Christi, y conocer a muchos de sus dirigentes y
de sus miembros. ¡Menudo contraste entre estos grupos que trabajan
en armonía con la Iglesia y organizaciones que definen sus
objetivos en términos de poder! No sorprende a nadie que
cuanto más fieles y vibrantes son las grandes organizaciones laicales,
más son atacadas por sus disidentes y aquellos que están
en contra de los católicos. Pero los ataques no parecen
importarles, ya que saben quiénes son y adónde van.
Finalmente, una
de las grandes bendiciones de tener un Papado y un
Magisterio es que nos aseguran que la historia de la
«gente-llamada-a-estar-unida» se preservará, incluso en los momentos más difíciles.
En «El
hablador» de Vargas Llosa, un extranjero visita a los machiguengas
dispersos, un hombre que está tan enamorado de la «gente-que-anda»
y de sus historias, que se convierte en su «hablador».
Pasa mucho tiempo en la carretera, viajando de familia en
familia, llevando noticias de un lugar a otro, «recordando a
cada miembro de la tribu que los demás están vivos,
que, a pesar de las grandes distancias que los separan,
aún forman una comunidad, comparten una tradición y creencias, antepasados,
tristezas y alegrías». Entre las muchas razones para alegrarse del
largo pontificado de Juan Pablo II es que, al igual
que los «habladores» más extraordinarios, ha sabido mantener la historia
de su gente radiantemente viva, llevándola a todos los rincones
de la tierra en uno de los momentos más oscuros
de la humanidad.
Mary Ann Glendon, profesora de Derecho de
la Universidad de Harvard, presidenta de la Academia Pontificia de
las Ciencias Sociales
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[Publicado en «First
Things», revista de religión y vida pública, noviembre de 2002.
Traducción al castellano realizada por los Servicios de Documentación Arvonet].
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