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| El compromiso de los laicos entre laicidad y laicismo |
Los fieles laicos "tienen como vocación propia buscar
el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y
ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y
cada una de las profesiones y actividades del mundo y
en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social
… Es ahí donde Dios los llama a realizar su
función propia, dejándose guiar por el Evangelio para que, desde
dentro, …, muestren a Cristo a los demás." (LG 31).
Ahora
bien, el fiel laico existe y vive como miembro del
Cuerpo que es la Iglesia, y no puede ser considerado
de modo individualista o aislado, separado de su pertenencia eclesial.
Al contrario, por el bautismo el laico es incorporado a
Cristo y participa a su modo de los tria munera,
sacerdotal, profético y real, de modo que su presencia y
vocación son constitutivas del Pueblo de Dios, junto con la
de los ministros ordenados. Su participación en la vida eclesial
es imprescindible para la existencia de la Iglesia, como también,
al mismo tiempo, para su propia identidad y misión como
fiel laico. Le es necesario, por tanto, participar activamente modo
suo en la celebración de los sacramentos, acoger con corazón
obediente el anuncio apostólico de la fe y perseverar en
el esfuerzo de su inteligencia y comprensión viva, dando testimonio
de ella según la medida que le otorgue el Espíritu,
y vivir las propios dones y tareas en la plena
comunión de la Iglesia.
El enraizamiento y la pertenencia eclesial viva
es imprescindible para que el fiel laico pueda cumplir adecuadamente
su misión, y ello también teniendo en cuenta que su
rasgo específico es el de la presencia en medio de
la sociedad. Sin vivir realmente la comunión de la Iglesia
universal, en toda la concreción de sus diversas expresiones particulares,
el fiel laico difícilmente podrá testimoniar su fe de forma
madura e incidente en la realidad. Pero, igualmente, sin la
presencia y la experiencia creyente de los fieles laicos que
viven su fe en medio de la sociedad, la Iglesia
tampoco consigue dar un testimonio suficiente de la verdad del
Evangelio como principio de vida y de salvación del hombre.
Pues, como enseña LG, toda la Iglesia, como pueblo unido
"por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo" (LG 4), es sacramento, es decir, signo e instrumento
de la unidad con Dios y de la salvación ofrecida
a los hombre en Cristo.
Tiene una importancia radical, por tanto,
que la Iglesia no ceda a la tentación del repliegue
sobre sí misma, mantenga intacta la parresía de la fe,
y precisamente a propósito de la misión de los laicos;
ya que nada puede sustituir el testimonio que ellos están
llamado a dar desde dentro de las realidades temporales. Por
otra parte, así la Iglesia será ayudada a encontrar las
vías y las palabras más pertinentes para el diálogo con
el mundo de hoy. Pues la experiencia del fiel laico
hará más fácil la percepción de los problemas reales y
de los obstáculos particulares que encuentra la transmisión de la
fe en una sociedad concreta; y, por otro lado, su
presencia constituye un testimonio fundamental –no único, pero sí imprescindible–
de un afecto real, de un amor lúcido por la
creación y por el mundo, que es seguramente presupuesto importante
para que el hombre de hoy acepte un diálogo verdadero,
se abra a un camino de evangelización.
De esta manera podrá
ponerse de manifiesto la afirmación primera del cristianismo: que la
Encarnación del Hijo de Dios introduce la salvación en la
historia y significa la afirmación definitiva del mundo, ratificando la
positividad profunda de todas las cosas, que, como creación de
Dios, "están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y
de un orden y leyes propias que el hombre debe
respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte"
(GS 36). Esta legítima autonomía de las realidades creadas, esta
sabiduría profunda presente en las leyes de la naturaleza, es
afirmada por la actividad del fiel laico, no sólo de
palabra sino también a través de sus obras: en el
ámbito de su trabajo, en el que destacan los esfuerzos
del arte y de la ciencia, que "escruta lo escondido
de las cosas" (Ib.) siguiendo como método precisamente la atención
escrupulosa a la manifestación de la profunda razonabilidad de toda
la realidad –cuyo origen reconoce el cristiano en el Logos
Creador.
Este respeto profundo de todas las cosas significa, por un
lado, afirmar concretamente su verdad y consistencia propia, e implica
que no pueden ser reducidas a puro material informe a
disposición de lo que el hombre quiera hacer por medio
de una razón meramente instrumental. Por otra parte, es propio
del fiel laico también poner de manifiesto el sentido de
una secularidad verdadera, abierta al uso de la razón, dejando
atrás posibles concepciones míticas del mundo (presentes hoy a su
modo, por ejemplo, en la New Age o en la
teoría de la semejante dignidad de hombres y animales).
Particularmente significativa
es la iluminación que la fe cristiana aporta a la
comprensión del hombre, parte principal de la creación, pues sólo
en Jesucristo se desvela plenamente el enigma de su dignidad,
vocación y destino (GS 22).
Esta verdad profunda del cristianismo, negada
muchas veces en el mundo, es puesta de manifiesto de
modo radical y singular por los fieles laicos a través
del sacramento del matrimonio. El matrimonio cristiano es un signo
particularmente claro de la luz y de la salvación aportadas
por Cristo, que entra en las entrañas del mundo, lo
libra del mal y le hace posible la realización de
sus posibilidades más hondas. Pues la naturaleza del amor esponsal
proviene ya de las manos del Creador, que formó al
hombre a su imagen; pero la posibilidad de su realización
en la historia, venciendo la fragilidad y el pecado del
hombre, es dada en Jesucristo. Por ello, el matrimonio cristiano
constituye un aspecto fundamental de la misión propia de los
fieles laicos, que hacen presente en medio del mundo la
verdad profunda del amor humano, convertido en signo de la
salvación presente de Dios.
Hemos mencionado así dos grandes dimensiones del
compromiso de los fieles cristianos en el mundo: En primer
lugar, la relación razonable con la realidad creada, con las
cosas, que puede sintetizarse con el término "trabajo" y que
implica el conocimiento científico, pero también las diferentes artes, que
ponen de manifiesto la profundidad de la realidad, que no
se agota en su tratamiento técnico. En segundo lugar, el
gran ámbito del afecto y del amor humano, simbolizado de
modo paradigmático por el matrimonio.
Hay que mencionar ahora, en particular,
el gran significado que tiene el compromiso del fiel laico
en la sociedad para la percepción y la afirmación social
de la libertad del hombre. Ello acontece ante todo a
través de la propia existencia del cristiano, que, iluminado por
el Evangelio, lleva a cabo un legítimo esfuerzo por conformar
su vida según la verdad sobre el hombre y el
mundo. Se introduce así, en el corazón de la sociedad,
la afirmación de Jesús mismo, que sostiene toda adecuada relación
Iglesia-Estado: dad al César lo que es del César y
a Dios lo que es de Dios.
Hoy sabemos con claridad
plena que la libertad de la conciencia, que busca conocer
la verdad plena, la verdad sobre el Misterio de Dios
que fundamenta la realidad, para poder dar forma a la
propia existencia (cf. DH 2), es el centro de la
libertad del hombre. Lo han demostrado hasta la saciedad los
totalitarismos de la historia reciente de nuestro mundo, que han
pretendido penetrar y apoderarse de las conciencias de los hombres,
llegando a los mayores desastres.
Pues bien, la presencia de los
fieles laicos en el mundo hace surgir con fuerza siempre
nueva la cuestión de la libertad religiosa; y, por consiguiente,
hace presente en medio de la sociedad la afirmación de
la libertad de la conciencia humana, del respeto profundo que
se debe a su dignidad.
En este compromiso, los laicos son
ayudados por su experiencia cristiana, que mantiene viva la percepción
de la dignidad de toda persona como hijo adoptivo de
Dios, no reducible, por tanto, a una parte del mecanismo
del mundo o de la sociedad, sino dotado de libertad
y conciencia propias e inalienables, por estar vinculadas en lo
profundo con Dios mismo. Por otra parte, como miembro del
Pueblo de Dios, el fiel laico puede superar la inevitable
fragilidad del hombre, ayudado por la compañía de sus hermanos,
por el testimonio de su fe y de su caridad.
Puede entonces, a su vez, amar al prójimo como el
Señor quiere y ser así capaz de afirmar y defender
la dignidad singular de su conciencia y el valor de
su libertad.
Pues también este esfuerzo por reconocer y defender la
dignidad y libertad propia del hombre tiende siempre a decaer.
Al disminuir el ímpetu de la búsqueda y la capacidad
de afirmar la libertad del prójimo en aquel que no
encuentra la verdad plena –que es el Evangelio de Jesucristo–,
es fácil concluir contentándose con algún sistema ideológico o de
poder, que no podrá dar cabida a la estatura propia
del ser humano. Así pues, ante la tendencia constante a
decaer en la afirmación de la dignidad y de los
derechos fundamentales del hombre, el fiel laico, individual y comunitariamente,
ofrece a la sociedad un testimonio de valor inapreciable: que
quien cree en el Señor Jesús descubre la grandeza de
la dignidad y del destino del hombre, y es ayudado
a vivir según las exigencias de esta verdad reconocida.
Este aspecto
del compromiso del fiel laico en medio del mundo sigue
teniendo urgencia y actualidad también en nuestros países democráticos. Pues
se da en ellos la tentación de confundir la legítima
laicidad del Estado con el laicismo, así como la de
fundamentar la convivencia democrática en un cierto "relativismo ético", según
el cual habría que renunciar a todo reconocimiento de la
verdad moral para poder vivir en paz en una sociedad
plural.
El principio de la laicidad, de por sí legítimo, "se
entiende como la distinción entre la comunidad política y las
religiones", y expresa una concepción profundamente democrática del Estado, en
la que éste se concibe al servicio de los derechos
del hombre en el respeto a su libertad de conciencia.
El laicismo, en cambio, confunde a la sociedad con el
Estado, y ya que el Estado ha de cuidar del
bien común respetando las diferentes creencias sin imponer ninguna como
propia, pretende negar a las religiones u otras concepciones del
mundo el derecho de existir en el ámbito de la
vida pública, de la sociedad, imponiendo así, en realidad, una
propia ideología desde el Estado. Pero laicidad no es laicismo.
En
este contexto, los fieles laicos pueden dar una gran contribución
a la salvaguardia de la libertad y de la armonía
en la convivencia de la sociedad, en primer lugar buscando
conocer y defender, por medios lícitos, la justicia, la libertad,
los derechos de la persona. Pues defendiendo el bien del
hombre y de la sociedad en las diferentes problemáticas, no
se están proponiendo "valores confesionales", como diría el laicista, ni
se ejerce intolerancia religiosa alguna, como objeta el relativista; ya
que se trata de verdades radicadas en el ser humano
y que la razón puede conocer. Aunque la fe cristiana
permita afirmarlas con mayor certeza, su afirmación es un servicio
razonable a la verdad y al bien del hombre.
Ni los
fieles cristianos ni la Iglesia en su conjunto pueden permitir
que se acalle su voz en el debate sobre cuestiones
de relevancia moral, que afecten al modo en que se
construye la vida y la sociedad. Pues vivir social y
políticamente conforme a la propia conciencia no es una forma
de confesionalidad ni de imposición intolerante; al contrario, es la
manifestación de la madurez de la persona en su inteligencia
de la realidad y en la decisión de su libertad
a favor de un orden social más justo. En cambio,
negarle al fiel laico que actúe de forma coherente con
su conciencia, descalificándolo por sus convicciones, es una forma de
intolerancia.
El compromiso del fiel laico, entre laicidad y laicismo, significa,
pues, evitar la tentación común en nuestra sociedad de separar
el ámbito de la conciencia y el de las propias
posiciones públicas. Ello no es exigido por la legítima laicidad
del Estado, sino que, al contrario, socava los fundamentos de
la convivencia democrática: el reconocimiento de la libertad de conciencia
y de la libertad religiosa, de los derechos fundamentales del
hombre, anteriores a toda estructura de poder social.
Por otra parte,
asumir la insignificancia de la propia conciencia en la vida
pública implicaría aceptar una sociedad donde no se valora y
busca la verdad, donde se debilita toda forma auténtica de
ejercicio de la libertad. Y, al mismo tiempo, significaría silenciar
lo más propio de la fe cristiana, que descubre en
Cristo la revelación definitiva de la verdad sobre Dios junto
con la verdad plena sobre el hombre.
Para el fiel
laico, en cambio, lo secular es el ámbito privilegiado en
que ha de manifestarse la verdad y la fecundidad de
la fe, la esperanza y la caridad que mueve su
existencia. Su presencia en el ámbito del trabajo y de
la vida pública de la sociedad, su defensa de la
dignidad y de los derechos del hombre, la realidad de
su amor esponsal realizado en el matrimonio, constituye un testimonio
imprescindible, que sólo pertenece y puede ser dado por los
fieles laicos, de la verdad del Evangelio de nuestro Señor
y de su presencia en medio del mundo a través
de la realidad de ese pueblo sui generis (Pablo VI)
que es su Iglesia.
Intervención de don Alfonso Carrasco Rouco,
decano de la Facultad de Teología «San Dámaso» (Madrid) pronunciada
en la videconferencia mundial de teología organizada por la Congregación para el Clero sobre «Los fieles laicos», el 30
de marzo de 2004.
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