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Autor: www.iglesiapotosina.org ¿Quiénes son los seglares consagrados?
Secularidad y Consagración.
Consagración y Secularidad.
Son esenciales y complementarias en nuestra vocación
¿Quiénes son los seglares consagrados?
Este es el compartir que estos seglares consagrados te
hacen.
"Sobre todo a ustedes, seglares consagrados, vanguardia del laicado,
les corresponde la tarea de hacer que la enseñanza de
Cristo no caiga en el vacío, sino que se convierta
en proyecto operativo, social y político, para construir un mundo
de fraternidad, de paz, de comunión entre los hombres". Mons.
Juan José Dorronsoro.
Nosotros como miembros de Instituto Secular, estamos llamados
a manifestar la apertura real a los valores del mundo
actual (auténtica secularidad) y la plena y profunda entrega de
corazón a Dios (espíritu de consagración).
Estamos llamados a desempeñar
un papel en la evangelización del mundo siendo sal y
luz, levadura que fermenta la masa. Y hacerlo desde la
vida, desde la sencillez, desde lo cotidiano, desde lo pequeño,
lo imperceptible; desde donde cada uno haya sido llamado, desde
donde cada uno pueda; desde donde cada uno llegue.
La nuestra
es una vocación específica para manifestar el Evangelio en nuestra
vida y hacerlo presente en la realidad del mundo en
que vivimos y trabajamos. No lo llevamos desde fuera sino
que lo aportamos desde dentro. No lo miramos, lo contemplamos,
desde fuera sino que lo percibimos y sentimos desde dentro.
No es algo añadido a nosotros, sino que es parte
de nosotros mismos.
Y todo con los ojos de Dios, los
sentimientos de Dios, la presencia de Dios, la voluntad de
Dios, la libertad que nos da sabernos en las manos
de Dios.
Y para ser fiel a nuestra misión es necesario:
-
Una verdadera vivencia del seguimiento de Cristo
- Un gran
equilibrio entre la consagración y la secularidad
- Un radicalismo
en el compromiso de los consejos evangélicos
- Vivir la
secularidad y la consagración desde el exigente compromiso en el
mundo y por el mundo Una consagración que impregne toda
nuestra vida y actividades diarias, creando una total disponibilidad al
Espíritu
- Ser verdaderamente competentes en nuestro campo específico para
ser verdaderos testigos
- Vivir la inserción como una actitud
interior Ser conscientes de la necesidad de una formación permanente
que nos lleve a una mayor plenitud, a una mayor
responsabilidad, a una mayor presencia, a una mayor apertura.
Secularidad
y Consagración. Consagración y Secularidad. Son esenciales y complementarias en
nuestra vocación.
"Los tiempos actuales requieren una profundización de nuestra vocación
según las exigencias de esta época"
Nuestra vida es un
"estar con" Cristo y un "estar con" las mujeres y
los hombres de nuestro tiempo, con quienes, la vocación recibida,
nos propone vivir, conocer y amar, con el deseo en
el corazón, con la esperanza, de que un día ellos
mismos reconocerán a Aquel que les da la vida y
dignidad.
Se trata, por tanto de que "estemos con Cristo" de
un modo inteligible para nuestros contemporáneos, porque "no se enciende
una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla
en el candelero y que alumbre a todos los de
la casa" (Mt 5,15). Nuestro estar con Cristo se concreta
en este mundo, esta sociedad, que está en continuo cambio,
transformación.
Un mundo brillante, abigarrado, sorprendente, cruel también en muchas ocasiones...;
pero un mundo en ebullición y desbordante de vida; un
mundo en el que los progresos de la ciencia y
de las técnicas posibilitan maravillosas realizaciones al servicio de la
vida humana, de la comunicación y del desarrollo de los
pueblos. Progresos de la ciencia y técnica que al mismo
tiempo manipulan y destrozan la vida humana, la naturaleza; que
hacen mayores las diferencias entre los pueblos; que rompen la
comunicación.
Un mundo en constante avance y cambio, que abre espacios
a la invención y a la úsqueda de equilibrios deseados.
Vivimos
en un mundo de sobreabundancia. Sobreabundancia de conocimientos, de informaciones,
de solicitaciones en todos los terrenos, y al mismo tiempo
falta cubrir las necesidades vitales, existe marginación, pobreza, carencia de
lo más elemental...
Es este el contexto en el que vivimos,
estamos y participamos. Somos muy de este mundo y también
estamos marcados por las corrientes que lo atraviesan.
Inmersos en este
mundo, por pertenencia natural y por vocación, debemos manifestar modos
de vida en los que la radicalidad evangélica sea inteligible
y tangible para los que nos rodean.
En su tenor sociológico,
la secularidad es el contexto de vida social, con sus
cambios culturales, en los que el laico participa activamente. Pero
no se trata de una obra de transformación del ambiente.
En
su tenor teológico, el carácter secular del laico conlleva a
una triple misión: "participar en la obra de la creación",
"liberar a la creación de la influencia del pecado", "santificarse
en el mundo".
"La iglesia tiene una auténtica dimensión secular, inherente
a su naturaleza íntima y a su misión, cuyas raíces
se hunden en el misterio del Verbo encarnado, y que
se realizó de diversas formas por sus miembros" (Juan Pablo
II. Discurso a los II.SS. 1.972).
Los II.SS. permiten iluminar más
esta constatación. De manera oficial, estos Institutos hacen y están
llamados a hacer la experiencia de la secularidad que concierne
a toda la Iglesia. Ellos radicalizan las cuestiones que suscitan
los ambientes cristianos sobre la relación entre la fe y
lo secular.
Nacidos de la determinación a llevar adelante el radicalismo
evangélico en el corazón del mundo, los institutos seculares conjugan
la problemática de la secularidad y de los estados de
vida en la Iglesia. Plantean en primer lugar la delicada
cuestión de la vida consagrada in saeculo et ex saeculo.
"Consagrados, en el mundo y desde el mundo, secularidad
y consagración constituyen la unidad propia, distinta, esencial, en nuestra
vida".
Pablo VI decía: "En un momento como éste los institutos
seculares, en virtud del propio carisma de secularidad consagrada, aparecen
como instrumentos providenciales para encarnar este espíritu y transmitirlo a
la Iglesia entera".
El mundo de hoy necesita con urgencia que
los Institutos Seculares demuestren la posibilidad de una perfecta consagración
al Evangelio y de una cercanía a la humanidad.
Secularidad consagrada,
nos exige vivir en el mundo, en contacto con los
hermanos del mundo, insertos como ellos en las vicisitudes humanas,
responsables como ellos de las posibilidades y riesgos de la
ciudad terrestre, igual que ellos con el paso de una
vida cotidiana comprometida en la construcción de la sociedad, con
ellos implicados en las más variadas profesiones al servicio del
hombre, de la familia y de la organización de los
pueblos. Comprometidos sobre todo, a construir un mundo nuevo según
el plan de Dios, en la justicia, el amor y
la paz, como expresión de una auténtica civilización del amor.
No es tarea fácil. Exige discernimiento, generosidad, coraje: Pablo VI
los llama los alpinistas del espíritu.
Jesús vivió su consagración precisamente
como Hijo de Dios: dependiendo del Padre, amándole sobre todas
las cosas y entregado por entero a su voluntad.
Por eso,
toda consagración debe entenderse en referencia explícita e inmediata a
Jesucristo como una real configuración con Él en una dimensión
de su misterio. En consecuencia, allí donde haya una verdadera
conformación con Cristo, allí habrá verdadera consagración.
El Hijo de Dios
se encarna para consagrar toda esa realidad humana y desde
ella, todo el mundo del hombre, asumiéndola, trascendiéndola y sacrificándola.
Cristo
se vive y se desvive a sí mismo en sacrificio,
en autodonación al Padre y a los hermanos. Esta consagración
o unción, sustantiva, debe realizarse también en un orden dinámico,
operativo. Y esto no se efectúa de una vez para
siempre. Por eso, Cristo vive en sí mismo todo un
proceso de consagración que dura toda su vida, hasta que,
en la muerte y resurrección, su naturaleza humana adquiere la
transparencia que su condición de Hijo de Dios exigía desde
el principio.
Cristo en la encarnación y desde la encarnación, renuncia
al brillo, al poder, a la gloria y a la
majestad, no hace valer sus derechos y se presenta en
estado de debilidad. De este modo desanda el camino recorrido
por Adán, quien hizo alarde de una categoría que no
le correspondía e hizo valer unos derechos que no tenía.
Como toda la vida de Jesús fue un estado de
virginidad, de pobreza y de obediencia, en realidad toda su
vida fue un continuo anonadamiento y vaciamiento de sí mismo
–kénosis-, es decir, un perenne sacrificio y un proceso ininterrumpido
de consagración.
María Virgen, consagrada ya desde el principio de su
existencia por la concepción inmaculada, que supone no sólo la
ausencia total de pecado, sino la plenitud inicial de gracia,
es consagrada de nuevo por la gracia de la maternidad
divina, en la encarnación, quedando toda ella introducida vitalmente en
el ámbito de la Trinidad, invadida por el Espíritu, asociada
a la Paternidad del Padre y relacionada intrínsecamente con el
Hijo, a quien engendra, por una acción generativa propia, según
la naturaleza humana.
Y, en ese mismo momento, inicia también ella
todo un proceso de anonadamiento –de consagración- que dura toda
su vida y que culmina en la muerte física y
en la asunción gloriosa a los cielos. María Virgen, al
igual que Jesús, no hace alarde de su categoría; se
presenta como una mujer cualquiera; se proclama a sí misma
sierva, cuando es de verdad y otros la llaman Señora
y Reina; no hace valer sus derechos. De este modo,
con su Hijo, desanda el camino recorrido por Eva y
deshace el nudo de la desobediencia y de la incredulidad
que Eva había hecho. María, viviendo en virginidad-pobreza-obediencia, se vivió
en sacrificio de sí misma y en autodonación a Dios
y a los hombres. Por eso, justamente es llamada "modelo
y amparo de toda vida consagrada" (Can. 663,4).
Perpetuar en la
Iglesia, de modo sacramental, su misterio de anonadamiento y de
sacrificio total de sí mismo. El consagrado representa o sea,
hace de nuevo visiblemente presente a Cristo en la Iglesia
y para el mundo en estas tres dimensiones esenciales de
su proyecto de vida. En esto consiste la identidad y
misión de la vida consagrada.
La consagración tiene un carácter de
totalidad. Comprende a toda la persona y abarca toda su
vida. Por medio de los tres votos, el hombre se
entrega a sí mismo en totalidad a Dios, realizando una
verdadera transferencia de propiedad. No sólo le ofrece los frutos
del árbol de su vida, sino el árbol mismo con
sus raíces y toda su capacidad de fructificar; y no
por etapas, sino de una sola vez y para siempre.
En su aspecto de renuncia los votos no quieren remover
simplemente lo que se opone a la caridad, sino lo
que impide o estorba su perfección, su totalidad y su
actualidad. El consagrado pretende vivir ya desde ahora, en la
medida de lo posible, la caridad teologal con la totalidad
y actualidad con que se vive en el cielo; es
decir, en ejercicio vibrante y continuo y en acto ininterrumpido.
En
virtud y como exigencia fundamental de la fe en Cristo,
el cristiano tiene que estar dispuesto a perderlo todo por
Él. Esta disponibilidad no es de consejo, sino estrictamente obligatoria
como actitud habitual. Pero el consagrado, como los apóstoles, vive
de una manera original y con un especial radicalismo esta
disponibilidad total, dejándolo todo de hecho por Jesús.
Ahora bien, la
persona no sólo se entrega en totalidad y se deja
poseer, consintiendo activamente en la acción de Dios, cuando de
verdad ama y cuando es amada. La consagración sólo puede
entenderse y explicarse desde la categoría suprema del amor y
del amor total. Desde el amor de Dios, primeramente; y
desde el amor que Él derrama y crea en la
persona. El amor es un don. Y amar es darse.
También
la vida consagrada es un acto que genera un proceso.
La configuración con Cristo virgen –pobre- obediente debe ir creciendo
ininterrumpidamente hasta llegar a ser, de verdad, una pura transparencia
de Jesús.
La vida consagrada nace en la Iglesia y para
la Iglesia. Los llamados consejos evangélicos y el estado de
vida en ellos fundado son un don divino que la
Iglesia recibió de Jesucristo y que con su gracia conserva
siempre. Este modo de vida pertenece esencialmente a la estructura
interior de la misma Iglesia. La consagración redunda a favor
de la Iglesia entera, que es el ámbito propio de
nuestra inserción en Cristo y de la misma consagración. "Es
la Iglesia quien autentiza el don y es medidora de
la consagración" (E. E. 8).
La consagración teologal de Cristo, su
entera donación no sólo subjetiva, sino objetivo-real en sacrificio al
Padre, es el carisma, el don hecho por Él a
la Iglesia... Esta consagración es un don. Pero es, consiguientemente
y de un modo insoslayable, una ineludible tarea. La Iglesia
está obligada a realizar en sí misma esta entera consagración
teologal del Señor.
Ahora bien, no es posible que la Iglesia
en su totalidad ni por la mayor parte de sus
miembros, realice en su plenitud esta consagración teologal, que sólo
puede ser como tal, vivida y exteriormente expresada en la
práctica de los consejos evangélicos. Desde el punto de vista,
la vida consagrada es la que de verdad y por
entero cumple en la Iglesia la consagración teologal del Señor,
en la cual la iglesia entera fue consagrada. De otro
modo la consagración de Cristo sería incompletamente vivida y realizada
en la Iglesia.
Nuestra mirada se dirige hoy, en camino hacia
el "tertio millennio adveniente" en un encuentro con Jesucristo vivo.
Él nos dice: "Yo soy el camino, la verdad y
la vida". El está en nuestros corazones de seculares consagrados,
mediante la fe y la caridad, por la acción del
Espíritu Santo y en la Eucaristía.
Necesitamos la conversión personal, paso
imprescindible para recibir y acercarnos a Cristo: "Arrepiéntanse porque el
Reino de Dios está cerca" y una total renovación de
todo nuestro ser, sentir, juzgar y disponer.
Debemos vivir en comunión
entre nosotros y con Dios, para promover en el mundo
los "nuevos caminos de comunión y de colaboración, aunando esfuerzos
entre personas consagradas y laicos en orden a la misión"
(VC 55).
Será necesario por nuestra parte un testimonio de santidad
más vibrante y transparente como consagrados/consagradas, con los dones que
cada uno hemos recibido, santidad en las ocupaciones y circunstancias
de la vida, es el medio más eficaz para ser
la "sal" de la tierra y la "luz" que el
mundo necesita hoy.
Vivamos la solidaridad cristiana, como puesta en práctica
del mandamiento del amor que tiene su origen en la
fe en un Dios, siempre solidario, respecto al hombre que
crea por amor, que no lo abandona caído en el
pecado, sino que le ofrece la salvación (Gen. 3,15), que
escoge a un pueblo lo forma y establece con el
una alianza de amor y fidelidad.
Para nosotros implica la solidaridad
un compromiso religioso y ético, que regula de igual manera
la vida espiritual con Dios y la preocupación por los
pobres, los deberes para con Dios y las obligaciones con
el prójimo.
Nuestros objetivos podrán ser:
- Valorar nuestra secularidad sabiendo que
no es un hecho sociológico, sino una forma de asumir
el riesgo de optar por el mundo como ámbito de
acción.
- Tomar conciencia para seguir creciendo en fidelidad a
nuestra consagración en secularidad.
- Potenciar nuestra consagración secular para
introducir en la sociedad las energías nuevas del Reino de
Cristo, buscando transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza
de las Bienaventuranzas.
Para terminar, recordemos las palabras del Papa Juan
Pablo II: "No tengáis miedo. Abrid de par en par
todas las puertas a Cristo".
Esta llamada se dirige a nosotros
miembros de Institutos Seculares. Que la fuerza del Espíritu que
"renueva la faz de la tierra" nos ayude a abrirnos
más y más, nos dejemos invadir por el fuego de
su amor, abandonándonos en El, para transformar el mundo desde
el interior a guisa de fermento (L.G. 31).
Más información
acerca de la Vocación en: Buscando mi Vocación Página Vocacional
de la Arquidiócesis de San Luis Potosí, México
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