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Autor: Decreto «Optatam totius» | Fuente: Concilio Vaticano II El cultivo intenso de la formación espiritual
Por medio de una educación sabiamente ordenada hay que cultivar también en los alumnos la necesaria madurez humana
La formación espiritual ha de ir íntimamente unida con
la doctrinal y la pastoral, y con la cooperación, sobre
todo, del director espiritual; ha de darse de forma que
los alumnos aprendan a vivir en continua comunicación con el
Padre por su Hijo en el Espíritu Santo. Puesto que
han de configurarse por la sagrada ordenación a Cristo Sacerdote,
acostúmbrense a unirse a El, como amigos, en íntimo consorcio
de vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal
manera que sepan unificar en él al pueblo que ha
de encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo en la meditación
fiel de la palabra de Dios, en la íntima comunicación
con los sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en
la Eucaristía y en el Oficio; en el Obispo que
los envía y en los hombres a los que son
enviados, especialmente en los pobres, en los niños y en
los enfermos, en los pecadores y en los incrédulos. Amen
y veneren con amor filial a la Santísima Virgen María,
que al morir Cristo Jesús en la cruz fue entregada
como madre al discípulo.
Cuídense diligentemente los ejercicios de piedad
recomendados por santa costumbre de la Iglesia; pero hay que
procurar que la formación espiritual no se ponga sólo en
ellos, ni cultive solamente el afecto religioso. Aprendan más bien
los alumnos a vivir según el modelo del Evangelio, a
fundamentarse en la fe, en la esperanza y en la
caridad, para adquirir mediante su práctica el espíritu de oración,
robustecer y defender su vocación, obtener la solidez de las
demás virtudes y crecer en el celo de ganar a
todos los hombres para Cristo.
Imbúyanse los alumnos del misterio
de la Iglesia, expuesto principalmente por este sagrado Concilio, de
suerte que, unidos con caridad humilde y filial al Vicario
de Cristo, y, una vez ordenados sacerdotes, adheridos al propio
Obispo como fieles cooperadores, y trabajando en unión con los
hermanos, den testimonio de aquella unidad, por la cual los
hombres son atraídos a Cristo. Acostúmbrense a participar con corazón
amplio en la vida de toda la Iglesia, según las
palabras de San Agustín : "En las medida que cada
uno ama a la Iglesia de Cristo, posee al Espíritu
Santo". Entiendan los alumnos con toda claridad que no están
destinados al mando ni a los honores, sino que se
entregan totalmente al servicio de Dios y al ministerio pastoral.
Edúquense especialmente en la obediencia sacerdotal en el ambiente de
una vida pobre y en la abnegación propia, de forma
que se acostumbren a renunciar ágilmente a lo que es
lícito, pero inconveniente, y asemejarse a Cristo crucificado.
Expónganse a
los alumnos las cargas que han de aceptar, sin ocultarles
la más mínima dificultad de la vida sacerdotal; pero no
se fijen únicamente en el aspecto peligroso de su futuro
apostolado, sino que han de formarse para una vida espiritual
que hay que robustecer al máximo por la misma acción
pastoral.
Los alumnos que, según las leyes santas y firmes
de su propio rito, siguen la venerable tradición del celibato
sacerdotal, han de ser educados cuidadosamente para este estado, en
que, renunciando a la sociedad conyugal por el reino de
los cielos, se unen al Señor con amor indiviso y,
muy de acuerdo con el Nuevo Testamento, dan testimonio de
la resurrección en el siglo futuro, y consiguen de este
modo una ayuda aptísima para ejercitar constantemente la perfecta caridad,
con la que pueden hacerse todo para todos en el
ministerio sacerdotal. Sientan íntimamente con cuanta gratitud han de abrazar
ese estado no sólo como precepto de la ley eclesiástica,
sino como un don precioso de Dios que han de
alcanzar humildemente, al que han de esforzarse en corresponder libre
y generosamente con el estímulo y la ayuda de la
gracia del Espíritu Santo.
Los alumnos han de conocer debidamente
las obligaciones y la dignidad del matrimonio cristiano que simboliza
el amor entre Cristo y la Iglesia; convénzanse, sin embargo,
de la mayor excelencia de la virginidad consagrada a Cristo,
de forma que se entreguen generosamente al Señor, después de
una elección seriamente premeditada y con entrega total de cuerpo
y alma.
Hay que avisarles de los peligros que acechan
su castidad, sobre todo en la sociedad de estos tiempos;
ayudados con oportunos auxilios divinos y humanos, aprendan a integrar
la renuncia del matrimonio de tal forma que su vida
y su trabajo no sólo no reciba menoscabo del celibato,
sino más bien ellos consigan un dominio más profundo del
alma y del cuerpo y una madurez más completa y
capten mejor la felicidad del Evangelio.
Obsérvense exactamente las normas
de la educación cristiana, y complétense convenientemente con los últimos
hallazgos de la sana psicología y de la pedagogía. Por
medio de una educación sabiamente ordenada hay que cultivar también
en los alumnos la necesaria madurez humana, la cual se
comprueba, sobre todo, en cierta estabilidad de ánimo, en la
facultad de tomar decisiones ponderadas y en el recto modo
de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres. Esfuércense los
alumnos en moderar bien su propio temperamento; edúquense en la
reciedumbre de alma y aprendan a apreciar, en general, las
virtudes que más se estiman entre los hombres y que
hacen recomendables al ministro de Cristo, como son la sinceridad
de alma, la preocupación constante por la justicia, la fidelidad
en las promesas, la urbanidad en el obrar, la modestia
unida a la caridad en el hablar.
Hay que apreciar la
disciplina del Seminario no sólo como defensa eficaz de la
vida común y de la caridad, sino como elemento necesario
de toda la formación para adquirir el dominio de sí
mismo, para procurar la sólida madurez de la persona y
formar las demás disposiciones del alma que ayudan decididamente a
la labor ordenada y fructuosa de la Iglesia. Obsérvese, sin
embargo, la disciplina de modo que se convierta en aptitud
interna de los alumnos, en virtud de la cual se
acepta la autoridad de los superiores por convicción interna o
en conciencia, y por motivos sobrenaturales. Aplíquense, no obstante, las
normas de la disciplina según la edad de los alumnos,
de forma que mientras aprenden poco a poco a gobernarse
a sí mismos se acostumbren a usar prudentemente de la
libertad, a obrar según la propia iniciativa y responsabilidad y
a colaborar con los hermanos y los seglares. Toda la
vida de Seminario, impregnada de afán de piedad y de
gusto del silencio y de preocupación por la mutua ayuda,
ha de ordenarse de modo que constituya una iniciación en
la vida que luego ha de llevar el sacerdote.
A fin
de que la formación espiritual se fundamente en razones verdaderamente
sólidas, y los alumnos abracen su vocación con elección madura
y deliberada, podrán los Obispos establecer un intervalo conveniente de
tiempo para una formación espiritual más intensa. A su juicio
queda también ver la oportunidad de determinar cierta interrupción en
los estudios o disponer un conveniente ensayo pastoral para atender
mejor a la aprobación de los candidatos al sacerdocio. También
se deja a la decisión de los Obispos, según las
condiciones de cada región, poder retrasar la edad exigida al
presente por el derecho común para las órdenes sagradas, y
resolver sobre la oportunidad de establecer que los alumnos, una
vez terminado el curso teológico, ejerciten por un tiempo conveniente
el orden del diaconado, antes de ordenarse sacerdotes.
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