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Desafíos de una economía en quiebra
Temas actuales /De la Iglesia

Por: Mons. Stephen E. Blaire | Fuente: www.usccb.org

Cada año los americanos celebramos el Día del Trabajo como fiesta nacional para honrar a trabajadores. Este año, sin embargo, es menos una época para la celebración y más una época para la reflexión y la acción dentro del impacto económico actual y las dificultades que experimentan los trabajadores y sus familias. Para los católicos es también una oportunidad para recordar la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores. Este Día del Trabajo, la situación económica es severa y los costes humanos son reales: millones de nuestras hermanas y hermanos están sin trabajo, criando a los niños en la pobreza y temerosos por su seguridad económica. No son sólo los problemas económicos, sino también las tragedias humanas, los desafíos morales y las pruebas a nuestra fe.

Al acercarnos al Día del Trabajo 2011, sobre el nueve por ciento de los americanos están buscando trabajo y no pueden encontrarlo. Otros temen que podrían perderlo. La tasa de desempleo es más alta entre los trabajadores afroamericanos y los hispanos. Los salarios no son suficientes para cubrir los gastos de muchos trabajadores. Es incontable el número de familias que han perdido sus hogares, y otras deben más de su casa que lo que ésta vale. Los trabajadores sindicalizados son parte de un movimiento obrero más pequeño y sufren nuevas tentativas para restringir los derechos de la negociación colectiva. El hambre y la falta de vivienda son parte de la vida de demasiados niños. La mayoría de los americanos temen que nuestra nación y economía se dirijan en la dirección equivocada. Muchos están confusos y consternados por la polarización de cómo nuestra nación podría trabajar conjuntamente para ocuparse del desempleo y los salarios decrecientes, la deuda y los déficits, el estancamiento económico y las crisis fiscales globales. Los trabajadores están legítimamente ansiosos y temerosos sobre el futuro. Estas realidades están en el corazón de las preocupaciones y de las oraciones de la Iglesia en este Día del Trabajo. Como insistió el Concilio Vaticano II, la ‘pena y angustia’ de la gente de nuestro tiempo, “sobre todo de los pobres y de todos los afligidos… son también la pena y la angustia de los seguidores de Cristo” (Gaudium y Spes, No. 1).

Todos estos desafíos tienen dimensiones económicas y financieras, pero también tienen costos humanos y morales inevitables. Este Día del Trabajo necesitamos mirar más allá de los indicadores económicos, los giros de la bolsa y los conflictos políticos y enfocarnos en las cargas, a menudo invisibles, de los trabajadores ordinarios y de sus familias, muchos de ellos están heridos, desalentados y se han venido abajo por esta economía.

Hace ciento veinte años, en los tiempos de la Revolución Industrial, los trabajadores también enfrentaron grandes dificultades. El Papa León XIII identificó la situación de los trabajadores como el desafío moral dominante de ese tiempo y publicó su innovadora encíclica Rerum Novarum. Esta carta ha sido, por más de un siglo, la piedra angular para la enseñanza social católica y la inspiración para la declaración de este año del Día del Trabajo. Esta oportuna encíclica resaltó la dignidad inherente del trabajador en medio de los cambios económicos masivos. La carta de gran alcance del Papa León rechazó el capitalismo desenfrenado que podría despojar a los trabajadores de su dignidad humana dada por Dios y el socialismo peligroso que podría potenciar al estado sobre todo lo demás de manera destructiva sobre la iniciativa humana. Esta encíclica se recuerda mayormente como la llamada profética de Papa León a la Iglesia a apoyar a las asociaciones de trabajadores para la protección de los trabajadores y la promoción del bien común.


Costos humanos de una economía en quiebra

Cuando miramos la situación de la gente desempleada y de muchos trabajadores ordinarios, vemos no sólo individuos en crisis económica, sino también los esfuerzos de las familias y las comunidades afectadas. Vemos a una sociedad que no puede utilizar los talentos y las energías de todos los que pueden y deben trabajar. Vemos una nación que no pueda asegurar a la gente que trabaja duro diariamente, que sus salarios y prestaciones podrán mantener a una familia con dignidad. Vemos un lugar de trabajo en donde muchos tienen escasa participación, dominio, o sentido de estar contribuyendo a una empresa común o al bien común. Una economía que no puede proporcionar empleo, salarios decentes y prestaciones y un sentido de participación y de derecho para sus trabajadores está en quiebra en sus formas mas fundamentales. Las muestras de esta economía en quiebra están a nuestro alrededor:

• Cerca de 14 millones de trabajadores están desempleados. Vemos las historias y las fotografías de centenares de personas, incluso miles, haciendo fila para tener la oportunidad, simplemente, de solicitar trabajo. Hay actualmente más de cuatro trabajadores desempleados para cada puesto de trabajo. Muchos han abandonado la búsqueda de un empleo.

• Está aumentando número de niños (más de 15 millones) y de familias que viven en pobreza. Esto no significa que les falta el último videojuego, significa que carecen de los recursos fundamentales que les proporcionen alimento, abrigo, ropa y otras necesidades.

• Los trabajadores jóvenes calificados se gradúan con deudas substanciales y pocas o ninguna perspectiva de trabajo. Millones más, sin estudios universitarios ni capacitación especializada, son empujados al margen de la vida económica. Casi la mitad de los parados han estado desempleados por más de seis meses, y muchos han perdido la esperanza de encontrar un nuevo empleo.

• Nuestra nación enfrenta déficits insostenibles y una deuda cada vez mayor que recaerá sobre nuestros niños en las décadas por venir.

• La desigualdad en riqueza e ingresos está creciendo entre los relativamente pocos que prosperan y los muchos que padecen carencias.

• El crecimiento económico es tan lento que nuestra nación no se está recuperando de la crisis económica y tanto los propietarios como los trabajadores tienen dificultad para encontrar oportunidades y soluciones a futuro.

• Las tensiones económicas están ocasionando adicionalmente división y polarización de nuestra nación y nuestro ámbito público con ataques contra los sindicatos, los inmigrantes y los grupos vulnerables.

• La debilidad y la agitación económicas aumentan el miedo, la incertidumbre y la inseguridad de los jubilados, las familias y los negocios.

• La economía global está causando daño a la gente más pobre de los lugares más pobres en la tierra aumentando el hambre, la escasez y la desesperación.

• El estancamiento económico está restringiendo la creatividad, la iniciativa y la inversión de aquellos que podrían hacer las cosas mejores, pero se retienen por las demandas de ganancias a corto plazo, la incertidumbre y otras barreras.

Estas carencias y desafíos no son sólo económicos, sino también éticos. No son sólo institucionales, sino también personales. La economía es una interacción increíblemente compleja de mercados, de intereses, de instituciones y de estructuras formadas por gente que toma decisiones innumerables basadas en una gran variedad de obligaciones, de expectativas, de motivos y de opciones. Las instituciones financieras que se suponían responsables no lo fueron. Algunas buscaron ganancias a corto plazo y no tomaron en cuenta las consecuencias de largo plazo. Algunos particulares también tomaron decisiones irresponsables, permitiendo que sus deseos por las cosas, la avaricia y la envidia invalidaran el buen juicio y su capacidad financiera. Consecuentemente, la gente perdió sus trabajos, sus hogares, sus ahorros y planes de jubilación y tanto más. Más significativa fue la pérdida de la credibilidad y la confianza. Todavía estamos pagando los terribles costos económicos y morales de estas faltas. La falta de honradez, la irresponsabilidad y la corrupción deben rendirse ante la integridad, la responsabilidad y lo que el papa Benedicto llama " gratuidad", una clase particular de generosidad se centró en el bien de los otros y el bien de todos. Como dijo en Caritas in Veritate, "Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave.” (No. 35)


La enseñanza de la Iglesia sobre el trabajo y los trabajadores

Nuestra fe nos da una manera particular de mirar esta economía en quiebra. De los profetas del Antiguo Testamento al ejemplo de la Iglesia temprana guardado en el Nuevo Testamento, aprendemos que Dios cuida para del pobre y vulnerable, y mide la fe de la comunidad por el trato a los marginados. Jesús, en su tiempo en la tierra, nos enseñó acerca de la dignidad del trabajo y que seríamos juzgados por nuestra respuesta hacia “los más pequeños" (Mt 25). Los cristianos necesitamos estudiar cuidadosamente lo que Jesús nos enseñó sobre el uso del dinero y la riqueza, el espíritu de compromiso y desprendimiento, la búsqueda de justicia y cuidados para los necesitados, y el llamado a buscar y servir al reino de Dios. De acuerdo con estos valores de la Sagrada Escritura, nuestra Iglesia se ha centrado en el trabajo, los trabajadores y la justicia económica en una serie de los encíclicas papales que empezaron con la Rerum Novarum.

Esta larga tradición pone al trabajo en el centro de la vida económica y social. En la enseñanza católica, el trabajo tiene una dignidad inherente porque el trabajo nos ayuda no sólo a cubrir nuestras necesidades y proveer a nuestras familias, sino también para participar en la creación de Dios y contribuir al bien común. La gente necesita el trabajo no sólo para pagar las cuentas, poner alimentos en la mesa y conservar sus hogares, sino también para expresar su dignidad humana y enriquecer y consolidar la comunidad (Gaudium et Spes, No. 34). El trabajo del ser humano representa "la colaboración del hombre y de la mujer con Dios para el perfeccionamiento de la creación visible” (Catecismo de la iglesia católica, No. 378).

Durante el siglo pasado, la Iglesia ha advertido en varias ocasiones sobre los peligros morales, espirituales y económicos de la expansión del desempleo. Según el catecismo, “La privación de empleo a causa de la huelga es casi siempre para su víctima un atentado contra su dignidad y una amenaza para el equilibrio de la vida. Además del daño personal padecido, de esa privación se derivan riesgos numerosos para su hogar “ (No. 2436). Uno de los aspectos más preocupantes en el debate público actual, es lo poco que se centran en el desempleo masivo y en que hacer para conseguir pueda trabajar de nuevo. En la Gaudium et Spes, el Concilio Vaticano II declaró “es deber de la sociedad, por su parte, ayudar, según sus propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan encontrar la oportunidad de un trabajo suficiente” (No. 67). Como el papa Benedicto advierte, “El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual” (Caritas in Veritate, No. 25). Una sociedad que no puede utilizar el trabajo y la creatividad de muchos de sus miembros está fallando económica y éticamente.


Los trabajadores y sus sindicatos: afirmación y desafío

Comenzando con la Rerum Novarum, la Iglesia ha apoyado constantemente los esfuerzos de los trabajadores para unirse en sindicatos para defender sus derechas y para proteger su dignidad. El Papa León XIII enseñó que el derecho de los trabajadores de elegir formar un sindicato se basa en un derecho natural y que es obligación del gobierno proteger este derecho en lugar de socavarlo (Rerum Novarum, No. 51). Esta enseñanza ha sido afirmada constantemente por sus sucesores. El papa Juan Pablo II, en su importante encíclica Laborem Exercens, observó que “La defensa de los intereses existenciales de los trabajadores en todos los sectores, en que entran en juego sus derechos, constituye el cometido de los sindicatos. La experiencia histórica enseña que las organizaciones de este tipo son un elemento indispensable de la vida social, especialmente en las sociedades modernas industrializadas”(No. 20). Recientemente, en Caritas en Veritate, papa Benedicto XVI dijo, "la invitación de la doctrina social de la Iglesia, empezando por la Rerum novarum, a dar vida a asociaciones de trabajadores para defender sus propios derechos ha de ser respetada, hoy más que ayer..." (No. 25).

Ha habido algunos esfuerzos, como parte de conflictos más amplios sobre presupuestos del estado, para quitar o para restringir los derechos de los trabajadores en la negociación colectiva así también para limitar el papel de los sindicatos en el lugar de trabajo. Los obispos en Wisconsin, Ohio y también de otras partes han delineado fidedigna y cuidadosamente la enseñanza católica sobre los derechos del trabajador, aconsejando que los tiempos difíciles no deben llevarnos a ignorar los derechos legítimos de los trabajadores. Sin avalar cada táctica de los sindicatos o cada resultado de la negociación colectiva, la Iglesia afirma los derechos de los trabajadores empleados públicos y privados a elegir, reunirse, formar y pertenecer a sindicatos, para negociar colectivamente, y para tener una voz eficaz en el lugar de trabajo.

La relación de la Iglesia con el movimiento laboral es de apoyo y desafío. Nuestra Iglesia continúa enseñando que los sindicatos siguen siendo un instrumento eficaz para proteger la dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores. En su mejor, los sindicatos son importantes no sólo por la protección y las ventajas económicas que pueden proporcionar a sus miembros, sino especialmente como portavoces y por la participación pueden ofrecer a los trabajadores. Son importantes no sólo por el alcance que ofrecen a sus miembros, sino también por las contribuciones que hacen a la sociedad entera.

Esto no significa que cada resultado de la negociación es responsable o que todas las acciones los sindicatos particulares--o empleadores en esa materia—amerite ayuda. Los sindicatos, como otras instituciones humanas, se pueden emplear mal o pueden abusar de su papel. La Iglesia ha exhortado a los líderes del movimiento laboral a evitar las tentaciones del partidismo excesivo y la búsqueda solamente de intereses reducidos. Los trabajadores y sus sindicatos, así como los patrones y sus negocios, todos tienen responsabilidad de buscar el bien común, no sólo sus propios intereses económicos, políticos, o institucionales. La enseñanza de que los trabajadores tienen el derecho de elegir libremente formar y pertenecer a los sindicatos y a otras asociaciones sin interferencia ni intimidación, es intensa y constante. Al mismo tiempo, algunos sindicatos en diferentes lugares han tomado posiciones públicas que la iglesia no puede apoyar, que no pueden apoyar muchos sindicalistas y que tienen poco que ver con los derechos del trabajo o de los trabajadores. Los líderes de la Iglesia y del movimiento laboral no pueden evitar estas diferencias, pero deben tratarlas sobre las bases de un diálogo respetuoso y sincero. Esto no debe guardarnos trabajar personalmente y juntos en potenciar las prioridades comunes de proteger los derechos de los trabajadores, la justicia económica y social, superar la pobreza, y crear oportunidades económicas para todos.


Permanecer al lado del pobre y el vulnerable

Como se puede observar este Día del Trabajo, nuestra nación hace frente a un debate polémico y necesario sobre cómo reducir la deuda y los déficits insostenibles, crecer y consolidar la economía, crear trabajos y reducir la pobreza. En esta continua discusión sobre cómo distribuir los escasos recursos y compartir los sacrificios y las cargas, nuestra fe ofrece un criterio moral claro: dar prioridad a la gente pobre y vulnerable.

Esta es la razón por la cual los obispos católicos de los Estados Unidos se han unido con otras iglesias cristianas en una iniciativa sin precedente para formar un " Círculo de Protección" que defienda, mejore y consolide los programas esenciales que protegen las vidas y la dignidad de la gente pobre y vulnerable. Las declaración es un llamado a evaluar "cómo afectan los posibles aumentos de presupuesto a aquellos que Jesús llamó ‘mis hermanos más pequeños’ (Mt 25:45 )".

Una tarea fundamental es crear trabajos y estimular el crecimiento económico. Un trabajo decente con un sueldo decente es el mejor camino para salir de la pobreza, y recuperar el crecimiento es una poderosa manera de reducir los déficit.

En nuestras cartas al Congreso, los obispos escribimos como pastores y maestros, no como expertos ni afiliados a algún partido. Reconocemos la obligación de poner en orden nuestra casa financiera y sugerimos que:

Un criterio justo para futuros presupuestos no puede basarse en recortes desproporcionados en servicios esenciales para los pobres. Requiere que todos compartamos los sacrificios, incluyendo un aumento adecuado de los ingresos, la eliminación de gastos militares innecesarios y afrontar, en lo posible, los costos a largo plazo de seguro medico y programas de retiro.

Pensamos que la medida moral de este debate presupuestario no es qué partido gana o qué intereses poderosos vencen, sino cómo les afecta a los desempleados, los hambrientos, los sin techo y los pobres. Sus voces no suelen escucharse en estos debates, pero ellos tienen el reclamo moral más convincente en nuestras conciencias y en nuestros recursos comunes.


Criterio católico para la vida económica

En la reconstrucción de confianza en la vida económica, respondiendo al sufrimiento del desempleado y a los miedos de tantas personas en nuestra nación, nuestra fe católica ofrece un conjunto claro de guías morales trazadas dentro de un "Criterio Católico para la Vida Económica”. Este útil criterio insiste, "La economía existe para la persona, no la persona para la economía" y haciéndose eco de las palabras de Juan Pablo II, la tradición católica invita a formar “una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación” que “no se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad”. (Centesimus Annus, No. 35).


Un camino por andar: la búsqueda de la acción conjunta

A veces los apuros económicos ponen en evidencia lo peor de nosotros. La incertidumbre y el miedo nos obligan a luchar por nuestros propios intereses y aprovecharnos para obtener ventajas. Hay demasiados dedos señalando y acusando a otros y a las tentativas de sacar provecho en el terreno político y económico. Hemos visto intentos de limitar o suprimir elementos de la negociación colectiva y de restringir el papel de los trabajadores y sus sindicatos.

Algunos demonizan al mercado o al gobierno como la fuente de todos nuestros problemas económicos. Los inmigrantes han sido culpados injustamente por algunos de los problemas económicos actuales. Demasiado a menudo, se presta atención a las voces más fuertes y se produce un círculo vicioso predecible de culpa y evasión, pero hay pocas acciones eficaces dirigidas a resolver los problemas fundamentales.

Existe otra manera de responder a la difícil situación en que nos encontramos. Podemos comprender y actuar como parte de una sola economía, una sola nación y una sola familia humana. Podemos reconocer nuestra responsabilidad por las acciones –grandes o pequeñas– con las que hemos contribuido a esta crisis. Podemos asumir la responsabilidad de trabajar unidos para superar el estancamiento económico y todo lo que viene con él. Podemos respetar claramente la legitimidad y las funciones de los demás en la vida económica: comercial y laboral, del sector privado y público, de instituciones con y sin fines de lucro, religiosas y académicas, de la comunidad y del gobierno. Podemos evitar cuestionar las intenciones de los demás. Podemos defender nuestros principios y prioridades con convicción, integridad, cortesía y respeto por los demás. Podemos buscar puntos en común y aspirar al bien común. Podemos animar a todas las instituciones en nuestra sociedad a que trabajen juntas para reducir el desempleo, promover el crecimiento económico, superar la pobreza, aumentar la prosperidad, llegar a un acuerdo y hacer los sacrificios necesarios para comenzar a curar nuestra quebrada economía.

La seriedad y el peligro de la situación económica actual exigen un compromiso de todos los sectores para unirse, idear y reconstruir una economía más fuerte que garantice la dignidad de todos, especialmente ofreciendo oportunidades laborales. Ninguna entidad puede salvar la economía por sí sola, y todas las instituciones deben ir más allá de sus intereses particulares. Para poder tomar medidas coordinadas y de conjunto, se deben abrir o fortalecer líneas de diálogo entre los gobernantes, empresarios, sindicatos, inversores, entidades financieras, instituciones educativas y sanitarias, filántropos, comunidades religiosas, desempleados y quienes viven en la pobreza, de modo que se pueda establecer una base común para buscar el bien común en la vida económica. Como han dicho muchas veces los obispos católicos: “El proceder católico es reconocer el rol esencial y las responsabilidades complementarias de las familias, las comunidades, el mercado y el gobierno para trabajar juntos en la superación de la pobreza y el fomento de la dignidad humana” (Un lugar en la mesa, 18).


Conclusión: Una palabra de esperanza y compromiso

Para los cristianos no es suficiente reconocer las dificultades actuales. Somos un pueblo con esperanza, comprometido a rezar, a ayudar a los que enfrentan dificultades y a colaborar con otros para construir una economía mejor. Nuestra fe nos da fuerza, dirección y confianza para estas tareas. Como nos anima el Papa Benedicto:

En nuestra tierra hay lugar para todos: en ella toda la familia humana debe encontrar los recursos necesarios para vivir dignamente, con la ayuda de la naturaleza misma, don de Dios a sus hijos, con el tesón del propio trabajo y de la propia inventiva (Caritas in veritate, 50).

Debemos recordar que en el centro de todo lo que hacemos como creyentes debe estar el amor, ya que el amor es lo que honra la dignidad del trabajo como participación en la creación de Dios, y el amor es lo que valora la dignidad del trabajador, no solo por la labor que realiza, sino sobre todo por la persona que es. Este llamado de amor es también una obra de fe y una expresión de esperanza.

En este Día del Trabajo de 2011, estamos inmersos en una crisis económica continua y se nos llama a renovar nuestro compromiso con la tarea que Dios nos dio de defender la vida y la dignidad de la persona, enaltecer el trabajo y defender a los trabajadores con esperanza y convicción. Éste es un momento para la oración, la reflexión y la acción. En las palabras de nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI:

La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. (Caritas in Veritate, 21).


Mons. Stephen E. Blaire
Obispo de Stockton
Presidente del Comité de Justicia Nacional y Desarrollo Humano
Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos
5 septiembre 2011


Traducción no oficial de Catholic.net (H. Llaguno)