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El joven y el pez
Jóvenes /Cuentos cortos

Por: Bernardo Rangel Sada | Fuente: somosrc.mx

Había una vez un joven que deseaba ardientemente subir a un árbol para que desde allí viera TODO lo que pasa en el mundo. Buscó el árbol más alto, en lo más alto de la colina más alta. Pero al andar por las ramas, se detuvo a saborear los frutos de éste y a descansar en la sombra. Cuando se hizo de noche, el joven despertó y se desilusionó porque por más que intentaba ver desde la copa del árbol, no veía más que una que otra luz del caserío. Además, el árbol se llenó de hormigas que le picaban. En realidad, las hormigas sólo querían un poco de los restos de fruta que el joven tenía en sus manos.

Desanimado, el joven bajó y corrió al río más cercano para sacudirse la comezón. El joven no dudó en limpiarse en el río lo más rápido que pudo. “No tiene sentido subir y llegar alto” dijo el joven. Cuando terminó de lavarse, un pez en el río le dijo “Ahora que te has lavado, te darás cuenta de que te equivocaste. Sólo aguarda, sé paciente y búscame.” El pez se sumergió y el joven lo buscó desesperadamente. Era de noche. Por fin, un poco desanimado se quedó quieto en el agua. Vino la calma y también con él se calmaron las aguas. Ya no buscaba al pez desesperadamente. Ahora, desde su serenidad, miró nuevamente en el río, pero esta vez se encontró a sí mismo reflejado en el agua.

Mientras se contemplaba y se calmaban las aguas todavía más, recordó con nostalgia el árbol y sus anhelos de ver la inmensidad desde las alturas. Despreció el haberse quedado dormido en su sombra, aunque no despreció del todo sus sabrosos frutos. Mientras estos pensamientos y sentimientos circulaban en su corazón, vio en el mismo reflejo del río al árbol. Entonces, recordó las palabras del pez que le invitó a la paciencia.

El joven buscó nuevamente al pez. Algo parecido se veía en el fondo, tan plateado como el pez. ¡Era el reflejo de la luna y con la luna un mar de estrellas! ¡Con esa imagen el joven elevó la mirada y vio parte de lo que buscaba! Salió del río y a toda prisa subió al árbol, ya limpio, para ver ahora desde la copa un cielo estrellado, un horizonte mucho más abierto que le esperaba cada noche. El joven reconoció en el pez un gran consejero, porque buscándole a él, se encontró consigo mismo, y porque al encontrarse consigo mismo pudo ver un horizonte más lejano que el caserío que inicialmente buscaba. ¡Y pensar que todas las noches desde aquella noche misma miraría a las estrellas y recibiría el amanecer! ¡Y con el amanecer, la vista desde entonces tan deseada! Eso sí, ¡disfrutando de una buena fruta!

Moraleja: Ordenar nuestra visión, no dejar de buscar. El pez es Jesús que nos ayuda a encontramos para ver todavía más lejos, incluso en la noche del alma, superando las expectativas de lo que esperábamos ver de día