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Dios es amor. VI Domingo de Pascua
Hispanos Católicos en Estados Unidos /Homilías Mons. Enrique Díaz

Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net

Hay personas que, no habiendo crecido como católicos, se acercan a preguntar cuáles serían los requisitos y las principales obligaciones de un convertido. Se imaginan un montón de requisitos y muchas obligaciones. Entonces me gusta citar este pasaje de Jesús y resaltar sus palabras: “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado”. ¡Tan sencillo y tan grande como eso!

 

Quizás nos cause desconcierto porque hemos entendido el amor como un sentimiento que brota espontáneamente del corazón y hasta decimos que en el corazón no se manda. Es cierto, si entiende el amor sólo como pasión, como sentir bonito, como atracción.  Pero Jesús nos enseña que el amor se puede vivir como una decisión, una opción que va mucho más allá de la atracción. Nos lo enseña con su vida y con su actitud, con el amor que nos tiene a cada uno de nosotros. No hay razón alguna para que nos ame, no hemos hecho méritos para merecer su amor… incluso algunas veces hemos hecho todo lo contrario, y sin embargo nos ama. Y éste es el amor que nos pide. No es el enamoramiento fácil y de mieles de placer, sino el amor de decisión, de entrega, de compromiso. Es ese amor que supera las dificultades de la convivencia y que se basa en una decisión de buscar siempre el bien del otro. No puede degenerar en ese amor celoso y posesivo, y de retribución a lo que nosotros estamos dando. Es el fracaso de muchos amantes, padres, educadores: se da amor pero condicionado a que se les ame. El amor de Jesús es incondicional y nos propone que amemos igual que Él. Ese amor puede incluso romper las barreras del odio, de las diferencias, de las conveniencias. Hoy nos podemos sumergir en ese amor que Jesús nos tiene y que nos asegura que nos ofrece gratuitamente, como amigos a los que se comunica todo lo que hay en el corazón.

 

Como si nos descubriera el gran secreto, Jesús nos asegura que el motivo último que lo ha impulsado durante toda su vida es el amor. El comienzo es el amor del Padre: “Como el Padre me ama, así los amo yo”. De Él es la iniciativa pues Él ama y envía a su Hijo gratuitamente. Su amor le da identidad y misión. Tan lleno está el Hijo de amor que se hace rostro visible y calor humano para que podamos mirarlo, experimentarlo y palparlo. Es como un gran circuito que comienza con el amor del Padre, que continúa con el mismo Jesús, nos abraza a nosotros con su amor, nos impulsa a amarnos los unos a los otros, y nuevamente retorna al  ámbito amoroso  del Padre. Es mandamiento, es cierto, pero mucho más que mandamiento es la experiencia de sentirse amado y no poder ahogar dentro de nosotros mismos esa fuerza que inspira y da el mismo Jesús. Muy lejos de los amores egoístas e interesados en que nos movemos ordinariamente los humanos. Este gran amor no crea servidores, no esclaviza, libera y da vida.

 

Todo amor que esclaviza no es verdadero amor. No es amor el sometimiento y la lucha de pareja donde uno de los dos termina despersonalizado. No es amor la manipulación de los amigos para los propios intereses, los fines comerciales o políticos. No es amor la atracción irresistible de la pasión sexual que una vez saciada, deja en la orfandad a la persona utilizada. No es amor ninguna expresión que esclavice, que domine, que torne en servidumbre a las personas. Jesús es muy consciente de ello y por eso afirma: “Ustedes son mis amigos. No siervos, amigos porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre”. La amistad y el amor se basan en la confianza, en el diálogo, en el conocimiento y respeto mutuo.

 

El pensamiento de Jesús es claro: si no hay amor no hay vida. El que ama encuentra sentido a su vida. Y cuando Jesús se nos ofrece como modelo, amplia los horizontes. No se encierra en nuestras mezquinas búsquedas de amor basadas en conveniencias, en belleza y gracia. Se basa en la gratuidad como un don. No está buscando un rostro agradable o un cuerpo atrayente, nos ama gratuita y generosamente: “No son ustedes los que me han elegido”. Él nos ha elegido y hoy nos debemos descubrir amados por Dios en el rostro concreto de Jesús, en su entrega, en su perdón y en su búsqueda incansable cuando no estamos a su lado. Hoy me dejo impregnar de este amor, me empapo de su alegría y me dispongo yo también a amar. Quien tiene el corazón lleno de amor, lo contagia a los demás. Si no lo hace, es mentira que amemos. Es la mejor señal de que somos cristianos y nos parecemos a Dios porque Dios es amor. El amor que nos demos mutuamente será un pálido reflejo del amor que Dios nos tiene.

 

El verdadero amor produce alegría y el discípulo, al saberse amado manifestará una gran alegría. La alegría es la sonrisa de Dios en nuestras vidas. No se entienden los “amados de Dios” con rostros marchitos, actitudes negativas y sentimientos pesimistas. Si Dios me ama, ¿por qué voy a estar triste? Ciertamente no es fácil la alegría verdadera, estamos acostumbrados a la carcajada fácil y a la alegría superficial. Lo que Jesús nos propone es esa felicidad que se encuentra en lo profundo de nosotros porque nos reconocemos amados por Dios y porque queremos hacer participar a todos de esa misma felicidad. Al contrario, el mundo nos ofrece una alegría que nace del dolor del otro y de la seguridad de que los demás no pueden tener lo que nosotros. El amor de Jesús es contagioso y por eso sólo es feliz quien hace un mundo más feliz, sólo conoce la alegría quien sabe regalarla; sólo tiene verdadera vida, quien es capaz de dar vida, y sólo se siente amigo, no esclavo, quien ama. Hoy me dejo invadir de este amor y reviso cómo es mi amor a los demás.

 

Dios, Padre nuestro, que en Jesús de Nazaret, nuestro hermano, nos has manifestado tu amor, gratuito y universal, concédenos experimentar este gran amor y hacerlo vida a favor de nuestros hermanos. Amén.