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Sufragios por todos y elogios a nadie
Temas actuales /De la Sociedad

Por: Vittorio Messori | Fuente: Fluvium.org

Confieso que he descubierto recientemente que hasta estos decenios nuestros postconciliares, la Iglesia prohibía siempre al sacerdote que celebraba las exequias hablar durante las homilías del difunto. Ni para bien ni para mal: nada de elogios, y por supuesto, tampoco ninguna invectiva. Por el contrario, la homilía tenía que servir para invitar a los presentes a la meditación sobre la fragilidad de la vida, sobre la esperanza de la eternidad y además, por supuesto, sobre la necesidad de evitar el fracaso en el más allá. La norma dada a los sacerdotes, y que por aquel entonces todos respetaban, se fundaba en el hecho de que a la Iglesia, en su liturgia, se la convoca para "sufragios por todos y elogios a nadie". Precisamente para seguir salvaguardando este principio, no solamente se le impedía al sacerdote celebrante hablar del muerto en la homilía, sino que incluso tenía prescrito no detenerse a escuchar las oraciones fúnebres que a veces se pronunciaban tras la misa y que tenían como tema, éstas sí, el recuerdo del difunto.


Por paradójico que resulte

Dejando a un lado las situaciones "privadas", es decir, los funerales de amigos y parientes desconocidos para el mundo en el que a todos nos toca participar, están los momentos "públicos", las exequias de personas conocidas o de protagonistas de acontecimientos que han impresionado a la opinión pública. Con frecuencia en estos casos está presente la televisión, y todos ven y escuchan al celebrante, que parece que se siente en la obligación de centrar toda la homilía en torno a sus consideraciones sobre el difunto. De modo que si éste tiene buena fama, se despliegan unos panegíricos que parecen el anticipo de un proceso de canonización. A veces también tenemos el elogio de conocidos descreídos, cuando no de "pecadores públicos" (como antes se decía, con crudeza, de quien vivía en situaciones familiares irregulares), e incluso de los mismos adversarios de la Iglesia, en quienes, a pesar de todo, se trata de descubrir a toda costa nobles "inquietudes religiosas" o edificantes "nostalgias de lo Sagrado".


Por increíble que parezca

Impresionó mucho a la opinión pública (y por lo que parece, no de manera muy positiva) el reciente caso del famoso sastre milanés, riquísimo homosexual militante, asesinado en la verja de entrada de su fastuosa mansión de Miami por un prostituto al que había pagado por su compañía. Impresionó, decía, no sólo porque para los funerales en vez de la parroquia del difunto, se prestase la catedral de Milán, sino también porque, como hoy se estila, quien pronunció la homilía la transformó en un elogio que incluso molestó a algún agnóstico presente que, en vez de conmoverse por tanta magnanimidad, sospechó de un "intento de ventajismo clerical".


Homilía o elogio del muerto

Pero también sucede que han de celebrarse funerales por personajes negativos, incluso de asesinos en serie, de un delincuente muerto mientras perpetraba un crimen, o de un homicida-suicida. También en estos casos están presentes con frecuencia los medios, y casi siempre tienen que referir que el sacerdote ha hecho todo lo posible por atenuar, con sus palabras, la responsabilidad del difunto, para encontrar justificaciones que lo absolvieran, para demostrar que en realidad el verdadero culpable de todo el mal del mundo es una indeterminada "sociedad", o que culpables somos todos nosotros con nuestra "indiferencia". Una vez más encontramos a un hombre que nos adelanta el juicio de Dios, la "candidez" imperante obliga a pretender la salvación para todos y la condena para nadie. Se viola el precepto mismo de Jesús de "no juzgar", pensando que es caritativo que juzguemos a los demás en la dirección de una indulgencia y de una comprensión que, en todo caso, deberíamos dejar a Dios rogándole en la oración de la liturgia para que así sea. La actual transformación de la homilía en un "elogio del difunto" puede revelarse como una especie de pecado de omisión: el de desaprovechar aquellos momentos en los que la iglesia está llena también por quienes habitualmente no la frecuentan para practicar la caridad de la verdad. Esa que consiste en invitar a los hermanos a la reflexión sobre la vida y la muerte, sobre la vida terrena y la eterna, reflexiones a las que hoy todos, o casi (muchos creyentes incluidos) tratan de escapar, como cayendo en la ilusión de creerse eternos.

Vittorio Messori
La Razón 8.I.2003