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Libres, Libres...
Cuánta necesidad tienen hoy los jóvenes de ser escuchados


Por: Xavier Caballero Acosta |




Hace unos días asistí a la representación navideña de los alumnos de secundaria. Este año no fue la tradicional representación del Nacimiento de Cristo. Presentaron una comedia musical.

Estoy hablando de chicos y chicas de doce, trece y catorce años. La coreografía, la música y la representación fueron excelentes. Pero debo confesarles que salí de ella con una gran inquietud en mi interior.

El tema fue la libertad. Para muchos de los participantes era tal vez la primera ocasión en la que oían seriamente hablar de ella. Intercalando los diálogos con partes cantadas y bailadas, iban presentando diversas concepciones sobre la libertad. El escenario reflejaba una plaza de pueblo. Dos protagonistas principales. Una banca. Al fondo: un mural con nubes en movimiento. Luces de todos colores. El vestuario era el ordinario, la moda del día. La letra de las canciones, perfectamente acoplada a la música, resonaba en todo el auditorio.

La trama giraba en torno a dos chicos que no estaban conformes con la relación que existía entre ellos y sus respectivos padres. Por un lado, sentían la necesidad de “liberarse” y hacer lo que realmente deseaban; por otra, experimentaban una gran inquietud al ver que, lo que se escondía detrás de la autoridad paterna, era más que una simple imposición arbitraria o totalizante.

Los amigos de los protagonistas intentaban reflejar ese sinnúmero de situaciones y horizontes que se le presentan a todo joven de hoy. Por una parte, el clásico “listillo” o, mejor dicho “listorro”. El que se aprovecha y pasa por encima de todos. Estaba la clásica jovencita bastante despierta (sobra decir que las muchachas maduran más rápido que los hombres en esta edad física, emocional y afectivamente), sensual y provocativa, que claudica ante la fama, el dinero, la comodidad. Así, uno a uno, desfilaron los rebeldes, los que se marchaban de casa, los amargados, los tristes...

Al final, levemente se insinuó la solución correcta y equilibrada. Ojalá que haya aportado más luz que confusión. Aunque me temo que ocurrió lo contrario.

La respresentación concluyó con una serie de preguntas. Una para la directora del colegio, otra para uno de los padres de familia y, sorpresivamente, una para mí.

“Usted ¿qué recomendaría –me preguntó Shantal, una de las chicas de tercero– a los padres de familia para educar a sus hijos?”

Como se imaginarán, la pregunta me sorprendió. Me quedé helado. Sentí recordar vivencias, razones, consejos... Me dio un vuelco el corazón. Me puse de pie, tomé el micrófono y me dirigí a las quinientas o seiscientas personas ahí presentes.

“Me dirijo no sólo a los padres –dije– sino también a vosotros jóvenes. Creo que la clave está en educar para una libertad-responsable y una responsabilidad-libre. Aprended a dialogar. Los padres desde su lugar de padres y los hijos desde su lugar de hijos”.

Escuché el silencio de todos. Respiré ese ambiente de inquietud o curiosidad. Vi cómo todas las miradas se dirigían hacia mí esperando que continuase.

Recordé a mi familia. Siempre me he considerado una persona afortunada. Tuve y tengo, unos padres maravillosos. Desde pequeño me enseñaron a ser libre. Me inculcaron el auténtico sentido de la responsabilidad. Cuántas horas de sobremesa hablando entre los cinco. Cuántos momentos de diálogo con papá. Comenzábamos con los temas más banales: los goles o las jugadas del partido de fútbol que yo había jugado por la mañana y que él había ido a ver. Pasábamos después al tema de las lecturas y la última película. Y papá terminaba preguntándome por la carrera que me gustaría elegir, por los estudios, por la novia, por los amigos...

Lo recuerdo con tanto cariño y con tanta naturalidad. Este ambiente me acompañó desde que nací hasta la fecha. Puedo decir que fue decisivo en los momentos de la vida en los que uno debe hacer eso que algunos llaman “opciones fundamentales”.

Algo insólito, recordé una definición que había estudiado en la universidad hacia dos años. Retomé la palabra: “Ser libre no significa hacer lo que me da la gana. Ser libre es la posibilidad de elegir, no entre un bien y un mal, sino entre un bien y otro, todavía mejor”. Terminé felicitándoles con motivo de la Navidad y del año nuevo.

Una de las madres se me acercó y me dijo: “Intentaré dialogar más a menudo con mis hijas”. Le respondí: “Hágalo. Recuerde que dialogar no sólo es hablar, sino sobre todo, aprender a escuchar”.

Cuánta necesidad tienen hoy los jóvenes de ser escuchados. Gran parte de sus rebeldías, modas extravagantes o fugas, no son sino un grito clamoroso que pide tan sólo que les escuchemos, que les dediquemos parte de nuestro tiempo, que les demostremos que significan algo para nosotros..., en definitiva, que les queremos. Entonces comenzarán a ser verdaderamente libres, libres...

 







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