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La economía divina bajo sospecha
¡Pagan justos por pecadores!. ¡Y Dios lo permite!


Por: Antonio Orozco Delclós | Fuente: Arvo.net



En honor a la verdad, es preciso reconocer que la economía divina casi siempre ha resultado un tanto sospechosa para la lógica racional, a pesar de que uno de sus principios fundamentales coincide con la economía moderna: «al que tiene se le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado» (Mt 25, 29).

Con todo, hay muchos principios oscuros que proporcionan sobrados indicios de irracionalidad y, en consecuencia, de injusticia. Han pasado ya los tiempos, como escribió C. S. Lewis, en que Dios se sentaba en su regio trono celestial y juzgaba a los humanos indefensos. Ahora es llegado el momento de sentar a Dios en el banquillo (éste es el título que Ediciones Rialp ha puesto a una selección de ensayos del célebre escritor inglés).

Pero antes de nuestra formal denuncia, recordemos que la palabra economía significa algo así como la buena administración de los bienes, dineros, cosas de valor, posesiones, riquezas en general, con vistas al bien común de una sociedad más o menos amplia. Hay una economía doméstica (microeconomía), una economía de los pueblos, una economía de las naciones y una economía mundial (macroeconomía). Hay también, por supuesto, una economía divina (éste término es utilizado no sólo por los teólogos, sino también por el Magisterio de la Iglesia), que indica las reglas por las que se rige la administración del inmenso tesoro de gracias adquirido por Jesucristo mediante su encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección, para la salvación eterna de las mujeres y los hombres todos.

En la economía doméstica, el padre y la madre, procuran administrar el patrimonio con una justicia peculiar, que consiste en tratar desigualmente a los hijos desiguales. Le dan más no al hijo que hace o merece más, sino al que más necesita; y menos, a los que quizá tienen más méritos, pero menos necesidad. En la macroeconomía suele suceder lo contrario: se da más a quienes tienen más. Esto es evidente en las operaciones bancarias y coincide con la máxima evangélica ya citada.

Otras veces, reciben más los que hacen mejor las cosas, los que tienen más méritos profesionales, científicos, artísticos, etc. En general, lo que se pretende en los países civilizados es hacer leyes tales que los justos (que administran bien sus posesiones) no sufran la mala administración de los injustos: que los injustos paguen sus propias deudas y éstas no se carguen al debe de los justos. Esto no sólo parece sino que es muy justo y razonable.

Pero en la economía divina, sucede algo distinto, incluso a menudo antagónico. De una parte, a quien mucho tiene mucho se le da; pero de otra, mucho se le pide. Primer indicio sospechoso.

Y lo que es peor --frisando el borde de la locura--: los justos suelen pagar por los pecadores. Este es el principio más escandaloso y políticamente incorrecto.


Pagan justos por injustos

A veces los injustos (ahora en términos teológicos) triunfan y disfrutan más de los bienes de este mundo; y los justos, menos. Esto es políticamente correcto. Como los justos emplean sólo medios justos -la verdad, la solidaridad, la tolerancia...-, sufren más y ganan menos. Mientras que los injustos obran injustamente y a menudo obtienen pingües beneficios de sus injusticias. ¡Pagan justos por pecadores!. ¡Y Dios lo permite!. Este es un principio casi sin excepción en la economía divina: que paguen justos por pecadores. Un escándalo, como todo el mundo sabe.

Pero hay todavía una locura mayor: esta ley absurda se la aplica Dios a sí mismo. El Legislador es el primero que se somete a la ley. Él va por delante y permite que EL JUSTO, Dios hecho hombre, el que es toda la justicia, toda la santidad, toda la bondad, toda la verdad, pague por toda la humanidad pecadora. Uno por todos (2 Cor 5, 14).

Por si fuera poco, Dios permite o quiere (vaya usted a saber) que unos niños inocentes, sean asesinados por Herodes, el abominable (Cfr. Mt 2, 1-16). Pagan justos por pecadores. El Justo es condenado a muerte desde su más tierna infancia y Herodes asesina a decenas de niños inocentes, que pagan el odio de Herodes. El Niño Dios escapa al amparo de tamaño holocausto (complicidad manifiesta). También es cierto que las clínicas abortistas se forran con el asesinato de inocentes. Se practican millones de abortos al año, pero esto es políticamente correcto. Ahora bien, que Dios permita el asesinato de unas decenas de niños resulta intolerable desde cualquier filosofía política moderna y progresista.

Tengo un amigo que piensa que van a ser los mismos Niños Inocentes los que van a juzgar a Herodes y enviarlo a golpe de capones a las calderas de Pedro Botero. Esto sería justo y políticamente correcto. Pero esta idea no parece encajar en el contexto evangélico. Hay que darle la vuelta para comprender mejor la locura políticamente incorrecta, implícita en la economía del Altísimo. Quienes quizá hayan salvado a Herodes, si es que ha podido ser salvado, habrán sido sus mismas víctimas. En los numerosísimos casos conocidos de mártires cristianos adultos, se ha visto cómo lo último que hacen antes de sufrir el martirio es perdonar a sus verdugos y rezar por la salvación de sus asesinos. ¡Políticamente absurdo!, tanto más cuanto se sospecha que, en muchos casos, Dios les ha hecho caso.

Partiendo de la locura propia de Dios, es muy posible que lo que hagan los Santos Inocentes el día del Juicio final, sea salir en defensa de Herodes y salvarlo para la eternidad. No cabe duda de que ellos se erigirán en abogados del abominable tirano. Al fin y al cabo, pensarán, Herodes fue quien les abrió las puertas del Cielo sin necesidad de pasar por las dificultades y martirios por los que hay que pasar en la tierra si se alcanza una dilatada vida.

Uno de los más prestigiosos doctores de la Iglesia reconoce: «Muchos son mártires en cama. Yace el cristiano en el lecho, le atormentan los dolores, reza, no se le escucha, o quizá se le escucha, pero se le prueba, se le ejercita, se le flagela para que sea recibido como hijo. Se hace mártir en cama...». Incomprensible, por más que San Agustín añada: «y le corona el que por él estuvo pendiente en la Cruz» (SAN AGUSTÍN, Sermón 286, 8)


Contrastes entre la economía divina y la humana

Veamos unos botones de muestra en los que el contraste aparece evidente (primero, lo políticamente correcto; segundo lo que rige la economía divina):

-Cada palo aguante su vela // Llevad unos los cargas de los otros (Gal 6, 2).

-Hágase usted todos los seguros que pueda // El que quiera salvar su vida, la perderá; el que la pierda la ganará (Mt 16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 29).

-Sálvese quien pueda // El que salve a otro, se salvará (Sant 5, 20).

-El que llore, se aguantará // Los que lloran serán consolados (Mt 5, 4).

-El rico triunfará // El rico es el que más crudo lo tiene (Lc 18, 25).

-El pobre no aspire a demasiado // Los pobres poseerán la nueva tierra (Mt 5, 3).

-El perseguido, se fastidiará // El perseguido también poseerá la tierra nueva (Mt 5, 10).

-El primero será el primero // Los primeros serán los últimos (Mt 20, 16; Lc 13, 30).

-El último es el último // Los últimos serán los primeros(Lc 13, 30)

-Se sirve primero el vino bueno // El vino bueno viene al final (Jn 2, 10)

-Asustaos si oís hablar de guerras // No os asustéis (Lc 21, 9)

Y así todo, o casi todo. Se diría que Dios hace una oposición absolutamente irresponsable.


Algunos locos egregios (a modo de ejemplo)

Santiago Apóstol: "Bienaventurado el hombre que soporta con paciencia la adversidad, porque una vez probado, recibirá como corona la vida que Dios prometió a los que le aman" (Sant 1, 12).

Juan Pablo II, Papa: «El problema del sufrimiento de los justos y -como contraste- la prosperidad de los impíos en esta vida, ya había sido tratado con frecuencia en el AT, especialmente en los Salmos y en el libro de Job. Pero la respuesta plena y definitiva no llega hasta Jesucristo, que con sus palabras y con su vida enseña el valor redentor del sufrimiento, y del premio que espera en el Cielo.»

"Por Cristo y en Cristo se desvela el enigma del dolor y de la muerte, que, fuera del Evangelio, nos abruma" (GS, n. 22). Vivido en unión con Cristo el dolor no es un mal sino un bien, porque tiene un valor medicinal, salvífico: "El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir ese tesoro con los demás" (Salvifici doloris, n. 27)

San Juan Crisóstomo, padre de la Iglesia: «Se puede estar alegre mientras se sufren latigazos y golpes, cuando se acogen a causa de Cristo. Es característico de la alegría del Espíritu Santo, que haga brotar del seno mismo de la aflicción y de la tristeza un gozo incontenible (...) Naturalmente las aflicciones, por sí solas no producen alegría: ésta es un privilegio de los que aceptan los sufrimientos por Jesucristo, y un beneficio del Espíritu Santo» (Homiliae super I Thes, 1, 6). «Hemos de ver los peligros con mirada intrépida. Cuanto mayores sean los males que consuman nuestro cuerpo, más lisonjeras esperanzas deberá concebir nuestra alma, porque de ahí sacará más esplendor y brillo, como el oro toma un brillo más deslumbrante cuando está en el crisol encendido" (In II Cor. homiliae, 9)

Fray Luis de León: "La aceptación del sufrimiento no está en no sentir, que eso es de los que no tienen sentido, ni en no mostrar lo que duele y se siente, sino aunque duela, y por más que duela, en no salir de la ley ni de la obediencia a Dios. Que el sentir, natural es a la carne, que no es bronce" (Exposición del libro de Job, c. 3)

Tomás Moro, canciller de Inglaterra, mártir: «Sabía Cristo que muchas personas de constitución débil se llenarían de terror ante el peligro de ser torturados y quiso darles ánimo con el ejemplo de su propio dolor, su propia tristeza, su abatimiento, su miedo inigualables. De otra manera, desanimadas esas personas al comparar su propio estado temeroso con la intrépida audacia de los más fuertes mártires, podrían llegar a conceder sin más aquello que temen que de todos modos les será arrebatado por la fuerza. A quien en esta situación estuviera, parece como si Cristo se sirviera de su propia agonía para hablarle con vivísima voz: "Ten valor, tú que eres débil y flojo, y no desesperes. Estás atemorizado y triste, abatido por el cansancio y el temor al tormento. Ten confianza. Yo he vencido al mundo, y a pesar de ello sufrí mucho más por el miedo y estaba cada vez más horrorizado a medida que se acercaba el sufrimiento. Deja que el hombre fuerte tenga como ejemplo mártires magnánimos, de gran valor y presencia de ánimo. Deja que se llene de alegría imitándolos. Tú, temeroso y enfermizo, tómame a Mí como modelo. Desconfiando de ti, espera en Mí. Mira cómo marcho delante de ti en este camino tan lleno de temores. Agárrate al borde de mi vestido y sentirás fluir de él un poder que no permitirá a la sangre de tu corazón derramarse en vanos temores y angustias; hará tu ánimo más alegre, sobre todo cuando recuerdes que sigues muy de cerca mis pasos -fiel soy, y no permitiré que seas tentado más allá de tus fuerzas, sino que te daré, junto con la prueba, la gracia necesaria para soportarla-, y alegra también tu ánimo cuando recuerdes que esta tribulación leve y momentánea se convertirá en un peso de gloria inmenso" (La agonía de Cristo, La oración en Getsemaní)

Ramón Llull: «Pensativo iba el amigo por las carreras de su Amado y tropezó y cayó entre espinas, las cuales pareciéronle rosas y flores y lecho de amores» (Amic e Amat, vers. 35)

San Vicente de Paúl: «Si conociésemos el precioso tesoro encerrado en las enfermedades, las recibiríamos con aquella alegría con la cual se reciben los más insignes beneficios»(Citado por SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Práctica de amor a Jesucristo, c. 14, I)

Beato Josemaría Escrivá : «Bendito sea el dolor. --Amado sea el dolor. --Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!» (Camino , n. 208).


Conclusión

Cuando es Dios quien está sentado en el banquillo, conviene que los jueces se tienten la ropa. Un juicio de semejante estilo lleva bastante tiempo. De hecho comenzó hace veinte siglos. El informe pericial llena enormes bibliotecas de gruesos volúmenes. Los expertos suelen coincidir en que, cuando Dios está sentado en el banquillo, los jueces lo tienen crudo. La dialéctica divina es sutil, escurridiza, siempre sorprendente, audaz, imprevisible. Se diría que Dios es un campeón de ajedrez que prevé infinitas jugadas y, cuando parece derrotado, te hace mate, o sea, te da la verdad y la vida. De modo que los jueces de Dios o le absuelven de toda culpa o mandan crucificarle (siempre podrán esgrimir la lógica de lo políticamente correcto).

Quizá, por lo que a nuestros asuntos se refiere, resulte que nadie tiene derecho a decir que nada tiene. De otra parte, todo parece indicar que la política de Dios lleve el principio de solidaridad a extremos tan extremosos que no resulte injusto que los justos paguen por los pecadores. Bastaría aceptar como válido el principio, políticamente absurdo, que el apóstol Pablo formula así: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 4). Lo que parece indudable es que al juez que siente a Dios en el banquillo, le conviene pertrecharse con una buena biblioteca de Teología. C. S. Lewis lo hizo y se convirtió al cristianismo.

 

Imagen: Integra Seguridad







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