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¿Obedecen nuestras tragedias naturales a la Voluntad de Dios?
Haber nacido con limitaciones mentales; Accidentes y catástrofes; Adversas circunstancias de vida; Ser víctima de la injusticia; Enfermedades; El momento de la muerte... ¿Obedecen a la Voluntad de Dios?


Por: Eduardo Armstrong | Fuente: Catholic.net



Son estas interrogantes mayores, las que ciertamente han preocupado a muchas personas con espíritu religioso a lo largo de la historia humana; más, sus respuestas, son variadas en cada religión, tanto por la revelación como por su dependencia del tiempo histórico que determina el grado de conocimientos e interpretaciones de cada cultura religiosa: su estado de conciencia.

Diversas respuestas frente a las mismas preguntas, representan diversas posturas o formas de comprender a Dios e interpretar la existencia en virtud de Su relación con nosotros. Tan amplias son las posibilidades, que no sólo pueden estar algunas de ellas distanciadas de la verdad, sino contrapuestas, afectando de manera significativa nuestro modo de comprender la existencia, a Dios, y a nuestras propias vidas. Y cómo no va a ser así, cuando la diferencia que hay entre la imagen de un Dios que causaría males y uno que permite que estos existan sin desearlos ni causarlos, es diametralmente opuesta. Pretender que Dios es causa de nuestros males y sufrimientos, para producir en consecuencia, un supuesto “bien mayor”, es una contradicción lógica y teológica para los católicos. Lógica, porque el mal sólo engendra el mal (y jamás ha sido “cura”, “remedio” o “bien” de algo); Contradicción teológica, porque Dios es Amor, la esencia del bien, de la paz y la felicidad. De este modo, es absurdo pretender que se puede obtener el Amor actuando contra el Amor; que se puede obtener el bien practicando el mal; que se puede obtener la paz por medio de hacer la guerra; o la felicidad causando infelicidad a otros.

¿Por qué entonces ocurren los accidentes y enfermedades? ¿Por qué nacen hijos con limitaciones mentales o físicas? ¿Por qué la presencia de la muerte se anticipa en tantas vidas? Porque no todo lo que ocurre en este mundo depende de Dios, ni obedece a Su Voluntad. Vivimos sobre una dimensión de la existencia universal que mantiene muchas condiciones de autonomía y de libertad queridas por Dios; las cuales son necesarias e indispensables para nuestro desarrollo como creaturas cada vez más conscientes y responsables de la realidad que compartimos. Pero los procesos naturales de este mundo funcionan por una relación de causa y efecto, según la ley natural del mundo, y no según una ley divina. Dios, no ha creado todo lo que existe, sino, todo lo bueno y trascendente que existe; ya que existen también cosas que no son de Dios. ¿Y quién ha creado lo demás? Lo que no es de Dios, Él no lo ha creado ni lo crea, únicamente permite que exista, permite que ocurra; Acompañándonos en nuestros sufrimientos y entregándonos Su gracia para facilitarnos darle un sentido trascendente a todo aquello que nos parece, y que puede efectivamente serlo, tan ajeno a nuestra voluntad como a la Voluntad de Dios. El grado de autonomía de la creación, de la naturaleza que nos rodea y sus expresiones, o de nosotros mismos, es vital para que se cumpla en libertad el plan de Dios y lleguemos a ser personas en el amplio sentido de la palabra. Es demasiado injusto y simplista achacar a Dios todo lo que ocurre en este mundo (el cual, de acuerdo a las mismas palabras de Cristo, no es Su Reino), y en nuestra vidas (ya que de ser válida esta postura, pasarían entonces nuestras vidas a estar predestinadas, manejadas, y predeterminadas, lo cual es la negación del cristianismo).

Este “permiso” divino a mucho de lo que ocurre, como sus causas, implican cierta idea de la relación Dios-mundo, que es la que suscita el problema teológico y humano. En la Edad Media, creían que las pestes las provocaban fuerzas malignas que Dios enviaba, o seres malignos en complicidad mágica con las brujas. Por eso las perseguían. Gracias a los estudios de profesionales como Pasteur y otros tantos, llegó la solución a la peste. El proceso era naturalmente ajeno a la Voluntad de Dios, en su causa, como lo es el Sida, la pobreza, y tantas tragedias humanas. Pero si la idea de Dios creador implicara que es causante de todo lo que se produce en la naturaleza, sea por acción o por “permiso”, entonces sería responsable de los desastres. En un tribunal humano, si alguien, pudiendo evitar un asesinato no lo hace, es cómplice. Si se piensa así, ¿por qué dispensar a Dios de ese cargo? Entonces, es natural que quienes piensan de este modo se rebelen contra un Dios tan antipáticamente “selectivo”, que los castiga y por eso tienen que sufrir.

Dios omnipotente no tiene relación con el concepto de poder mundano, está por sobre el poder humano. Dios no está ni actúa en el mundo como mundo, sino como Dios. Dios no salva del cáncer terminal, salva en el cáncer terminal; Dios no salva de los accidentes, Dios salva en los accidentes; Dios salva en la enfermedad, aunque no haya salvación de la enfermedad. Obviamente, como también lo hace en toda situación humana, porque Dios está en todas partes, como Dios. Y sin Dios, todo cae en el absurdo. Lo más importante no es vivir, sufrir, padecer o morir, sino que esa vida, sufrimiento o padecimiento, o esa muerte, tenga un sentido. Dios es la garantía de que pase lo que pase, no habrá ninguna situación “desesperada” al no estar sostenida por un fundamento de sentido transcendente.

Rezar es abrirnos a la conciencia de nuestra existencia y de nuestra relación con Dios. A veces engañamos a los enfermos, dándoles falsas expectativas de curación, y se mueren igual. El verdadero significado teológico de la plegaria de petición es: “¿Acaso alguno de ustedes, que sea padre, sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado, o de darle un escorpión cuando le pide un huevo? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lucas 11, 11-13). Aquí encontramos al referente de sentido de transcendencia, de lo que necesitamos a lo que pedimos: El Espíritu Santo.

La comunidad debe ayudar con sus oraciones a que se tome conciencia de que estamos en las manos de Dios y que, ocurra lo que ocurra, Él está presente, participando, salvando, en una vida donde siempre que lo permitimos, todo tiene trascendencia. La plegaria por los demás, otorga gracias divinas a los beneficiarios, y de paso, nos abre a la preocupación solidaria por los más débiles, sacándonos de nuestro narcisismo despreocupado del otro.

“La vida del hombre es un don precioso que hay que amar y defender en cada fase. El mandamiento “No matarás”, exige siempre el respeto y la promoción de la vida, desde su principio hasta su ocaso natural. Es un mandamiento que no pierde su vigencia ante la presencia de las enfermedades, y cuando el debilitamiento de las fuerzas reduce la autonomía del ser humano. Si el envejecimiento, con sus inevitables condicionamientos, es acogido serenamente a la luz de la fe, puede convertirse en una ocasión maravillosa para comprender y vivir el misterio de la Cruz, que da un sentido completo a la existencia humana”. (Mensaje de Cuaresma 2005, Juan Pablo II; Quién nunca reprochó ni culpó a Dios por alguno de sus padecimientos, sino al contrario, agradeció Su bendición la que le permitió darles un sentido trascendente)

La respuesta más profunda del cristianismo, frente a este problema, está como lo plantea Juan Pablo II, en el Dios crucificado. La omnipotencia divina se nos revela en el impotente crucificado, Jesús de Nazaret. ¿Por qué Dios no actúo? Dios no lo salvó de la crucifixión, lo salvó en la crucifixión. Tal como lo expresa Juan: “Cuando me haya levantado (en la cruz), sabrán que Yo estoy ahí”. Según los sinópticos, Jesús murió después de exclamar, acongojado:“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Y lo “abandonó”, sin actuar para salvarlo de la muerte, tal como tantas veces nos sentimos abandonados de Dios en nuestras vidas por diversas circunstancias adversas.

En la tradición bíblica, creer es “santificar el Nombre” de Dios y no caer en la tentación de “blasfemar su Nombre”, debido a que no nos saca de un callejón sin salida. El Nombre de Dios, “Jahvé”, significa “Yo estoy y estaré ahí”. Pues bien, cuando el pueblo, en el desierto, no tenía agua ni alimento, tendía a “blasfemar el Nombre de Dios”, dudando que Dios siguiera acompañándolos en su situación desesperada. Perdían la esperanza, al constatar la falta total de expectativas. Creer en la fe, es confiar que Dios está presente, como Dios, aunque los procesos mundanos arrasen con nosotros. Es esperar contra toda expectativa. Por eso el prototipo de la fe se da en la muerte. Mientras hay vida, hay expectativas mundanas de sobrevivencia. Pero en la muerte, sólo Dios salva. Y ahí está el punto. Lo más importante no es morir o sobrevivir, sino que esa vida o esa muerte tenga sentido. Dios es la garantía de que pase lo que pase, no habrá nunca ninguna situación “desesperada”, que no esté sostenida por un fundamento transcendente de sentido. La esperanza no está en que Dios salve de la causa del sufrimiento; estas son expectativas, que a menudo pueden resultar falsas. La esperanza es la confianza en que Dios está aquí, salvando, siempre que se lo permitamos. Y si Dios está con nosotros, el Amor está aquí, siempre a nuestro alcance, siempre invitándonos a aceptarlo, para conducirnos ante cualquier circunstancia por el camino que conduce a nuestra Felicidad.

 







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