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El placer de criticar al prójimo
La murmuración y la blasfemia se han convertido en una forma normal de comunicación


Por: Revista Cristiandad | Fuente: Cristiandad.org



Dentro de la enorme acumulación de pecados que cargan las espaldas de la humanidad actual, se encuentra uno al que nadie presta mayor importancia en comparación a la virulencia de otros más burdos y notorios: hablamos del pecado de murmuración, o el gusto por el comentario ocioso de los pecados o defectos de los otros. Años atrás entraba este mal en consideración de todo examen de conciencia, y era materia segura de confesión y enmienda, pero hoy ha pasado tan a segundo plano como la blasfemia que, en ciertos países, se ha convertido en una forma “normal” de comunicación, por dar un lamentable ejemplo. Pero el olvido y el abandono total de vigilancia sobre estos puntos, no los vuelve menos dañinos y contrarios al amor de Dios...

Lo cierto es que hoy en día, no sabemos mantener una conversación sin sacar a relucir los defectos del prójimo.

El mundo está tan lleno de lodo, que es muy difícil pasar a través de él sin mancharse con sus salpicaduras. En la vida ordinaria avanzamos entre faltas y defectos, y constantemente nos salen al paso, indignándonos, las miserias de los otros.

Entonces nos cebamos en ellos y les mordemos con tanta más saña cuanta mayor antipatía experimentemos hacia sus personas. Pero no sólo esto, sino que nos regodeamos en la crítica de quienes conviven bajo nuestro mismo techo, de quienes nos trajeron al mundo, de quienes llamamos nuestros amigos.

No tenemos en cuenta durante estas diatribas que nosotros mismos no somos santos, que mucho es lo que el resto debe soportarnos, y sobre todo, como dijo el Divino Maestro, que “el que esté sin pecado, tire la primera piedra”.

Cuando nos revolvemos contra la conducta de nuestro prójimo, criticamos sus faltas y pedimos implacables las máximas sanciones, deberíamos tener siempre ante nuestros ojos esa frase evangélica.

Es muy lamentable que se cometan pecados en el mundo; todos debemos hacer cuanto podamos por evitarlos; más aún, habrá momentos en que ciertas faltas exijan nuestra protesta pública hacia el mal que se comete; pero ninguna relación hay entre los casos en que, mirando a Dios y no a nosotros mismos, debemos enfrentar el mal para evitar que se siga esparciendo y dañando almas, con la murmuración estéril, más amiga de “pasar el tiempo” y de dolerse en su propia carne, que de enmendar un daño hecho a otros, ayudar al que yerra y, por sobre todo, pensar en el bien de Dios.

Es verdad, también, que en ocasiones nos parecen enormes las faltas de otros en comparación a las nuestras. Sin embargo, debiéramos recordar también cuando Nuestro Señor nos dice que en lugar de mirar la paja en el ojo ajeno, veamos la viga que hay en el nuestro. Nuestro egoísmo y ruindad nos hacen ver puestas de relieve las faltas de nuestros prójimos, y un examen objetivo de conciencia nos mostraría el dolor que nosotros mismos provocamos a Dios en numerosas ocasiones. E incluso que aquello que vemos pequeño ha costado la sangre de Nuestro Señor en la Cruz para alcanzarnos la vida eterna que habíamos perdido.

Pero lo cierto es que, más allá de buscar quién está peor parado ante la Justicia Divina, lo importante siempre ha de ser el bien que se haga de cada acción, que nada tiene que ver con quejarse y criticar a otros.

En la medida de que nos miremos a nosotros mismos, centraremos nuestra atención en los que “a nosotros” se nos hace, lo que “a nosotros” nos molesta, etc. En cuanto nuestra atención vire hacia Dios, lo importante pasará a ser que Él no sea ofendido, y que el daño ya hecho sea reparado. Para que Nuestro Señor no sufra más de lo que ya lo hace, no debemos nosotros cargar al pecado de los demás el nuestro propio. Por eso Santa Margarita María de Alacoque nos enseña que la forma de reaccionar santamente ante el pecado ajeno es ofrecer a Dios inmediatamente la reparación de Nuestro Señor en la Cruz, a lo que incluso podríamos agregar nuestras propias buenas acciones, empezando por no criticar ni atacar al pecador.

Esto que tal vez pueda costarnos trabajo en un principio, no es otra cosa que amor hacia Dios. ¿Cómo podemos llamarnos hijos amantes si no somos capaces de mirar por Su bien antes que el nuestro? El bien de Dios es, pues, que el mal cese, que se repare por el mismo, que las almas se salven y que nos santifiquemos: en todo ello debemos trabajar incansablemente. ¡Cuán contraria a ese bien es la murmuración!

Jamás debemos condescender con el vicio, ni contaminarnos con él, ni mancharnos, ni aplaudirlo o transigir. Hemos de compadecernos de los pecadores, buscar siempre su conversión y la reparación de los daños perpetrados.

Por todo esto, cuando veamos errar al prójimo, debemos recordar nuestras anteriores caídas y tal vez las caídas actuales, invocar la misericordia de Dios sobre nuestro prójimo rogando su perdón y ofreciéndole reparación, mirar por la solución de nuestros propios defectos, agradecer a Dios esta oportunidad de hacer un bien, ayudando a quien ha errado, etc.

La justicia jamás quedará de lado si enmendamos nosotros mismos, siquiera en reparación por tanto daño que hemos hecho en el pasado, y dejaremos a Dios la aplicación de justicia sobre el pecado de otros, que en nada se ve ayudada por nuestras críticas y murmuraciones. Aclaramos nuevamente que esto no invalida que cuando se trata de errores que pueden confundir a otros, siempre deben ser confrontados para bien de todas esas almas que podrían pecar y perecer a causa de nuestro silencio. ¿La medida para saber cuándo actuar de una u otra forma? El bien de Dios, en sí mismo, y en sus criaturas.

Tal vez en nuestro egoísmo, haya hasta ahora pesado más el gusto de ver castigados a los demás o de entretenernos en sus fallas, que ese bien del que estamos hablando. Debemos en ese caso analizar el objeto de nuestra atención, e invocar de Dios la misericordia para nuestro corazón, y la conversión del infeliz pecador.

No se trata todo esto de ser insensibles al mal, sino todo lo contrario. En la medida en que hacemos nuestro el primer mandamiento, a saber, “Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos”, no queda lugar para ese triste vicio de la murmuración estéril, sino para la corrección fraterna, la enmienda del mal cometido, el amor y el cuidado del Ofendido y, en caso de ser aplicable, la denuncia del mal para evitar confusión en las almas que puedan desviarse por el mismo.

Tomando todo esto en cuenta a la hora de ver errar a los demás, sólo nos queda mirar por el bien de todos, como ya hemos dicho, y hacer desaparecer el golpe justiciero de nuestra lengua ociosa. Y es que, acaso, en vista de nuestros propios pecados, no estemos en definitiva tan cualificados para arrojar la primera piedra.


 







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