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Jota y la hipocresía
En este tiempo desaborido que nos ha tocado vivir, la sal de la fe necesariamente choca y hasta escandaliza a los bienpensantes


Por: Enrique Monasterio | Fuente: Fluvium.org



Querido Enrique: soy J. A. otra vez. Supongo que empezarás a estar harto de mí.

No puedo estar harto de J. A. porque es mi lector más fiel. Desde hace tres o cuatro años no se pierde un solo artículo de "Pensar por libre", y todos los meses encuentro un mail suyo en el buzón, en el que me explica por qué no está de acuerdo ab-so-lu-ta-men-te en nada de lo que digo.

Cuando recibí su primer mensaje, pensé que sería el último: tan radical era su discrepancia. Pero me equivoqué. Desde entonces no falla. El día que deje de escribirme probablemente caeré en una irreversible depresión. Y ya es extraño, porque nunca me ha dado la razón, ni siquiera en un pequeño detalle, al menos en una oración subordinada. Realmente es meritoria su fidelidad.

Hace meses dijo que me consideraba un enemigo peligroso. Le contesté con toda franqueza que yo en cambio lo veía como un amigo íntimo, oculto tras dos iniciales anónimas y una dirección electrónica. Desde entonces me tutea, pero sigo sin saber su nombre. Supongo que es gallego, porque le traicionan los pretéritos indefinidos, y lo imagino joven, porque defiende sus tesis con pasión, candor y tenacidad admirables.

Volví a leer lo que escribiste en el artículo titulado "dar el cante". Toda una defensa de la hipocresía. ¿Cómo te atreves a recomendar a los católicos que vayan por ahí dando la nota y haciendo alarde de sus teorías religiosas? ¿No fue eso lo que Jesús echó en cara a los fariseos, que presumían en público de su religiosidad? ¿Cuándo se enterarán los curas de que la fe es un asunto privado? Bocazas sobran…

Hombre, Jota (te llamaré así para abreviar), espero, al menos, que no me incluyas entre los "bocazas"; pero te agradezco que hables de hipocresía, porque me das cancha para el artículo de hoy.

Según el diccionario, hipocresía es el "fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan". Quizá esta definición académica debería completarse con una referencia a los motivos de esa simulación, ya que no todo fingimiento es hipócrita. Sonreír cuando se sufre puede ser virtud heroica. Hipócrita es sólo quien se las da de lo que no es, para llenarse los tímpanos de aplausos.

Hemos conocido en otros tiempos a santurrones más falsos que Judas, que aparentaban una piedad que no vivían. Ahora la hipocresía ha cambiado de signo: como ya nadie aplaude a los beatos, los hipócritas se han hecho devotos del laicismo y se fingen agnósticos aunque no lo sean.

Hace años un estudiante de cuarto de derecho, me aseguró que era asnóstico. Evité el chiste fácil. Era sólo un pequeño hipócrita, poco experto, que jugaba a ser moderno, aunque en el fondo, tenía una fe sólida como el granito.

Cuando en mi artículo anterior escribí que a los cristianos nos toca ahora "dar el cante", pedía precisamente que evitásemos la hipocresía del silencio, que es la más triste y también la más vergonzosa, porque el que calla otorga. En algunas épocas es más urgente que se note lo que somos, aunque, al hacerlo, cosechemos más pitos que aplausos. Y este es el siglo de la autenticidad, de la coherencia. No hay más remedio que ser valientes.

Jesucristo nos dijo que debemos ser "sal de la tierra", es decir, genuinos como la sal, que da sabor sólo por serlo. Una sal insípida es un absurdo: si no sirve para sazonar, será bicarbonato, sal no.

En este tiempo desaborido que nos ha tocado vivir, la sal de la fe necesariamente choca y hasta escandaliza a los bienpensantes. Por eso tratan de anularla, e invitan a los cristianos a que la escondamos en el sótano de la conciencia para que no fastidie.

Hay cristianos emboscados que parecen seguir dóciles ese consejo. Yo espero que mi amigo Jota no sea de ellos. Y espero más: que esta vez su mail no sea tan discrepante, que me dé la razón en algo, aunque sólo sea por haberme tomado la molestia de dedicarle este artículo.












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