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La iniciación Cristiana: Un gran desafío
La iniciación cristiana, es un proceso de transformación, en el que, quien participa, asume una nueva identidad y desarrolla una nueva vida que se manifiesta en su comportamiento personal y comunitario.


Por: Fabián Esparafita | Fuente: isca.org



Para comprender el sentido de esta afirmación planteada en Aparecida es importante describir el horizonte en el que, a modo de faros, ciertos documentos del magisterio orientarán nuestra reflexión… Señalamos principalmente: Ecclesiam Suam (1964), El Concilio como acontecimiento y documentación, Evangelii Nuntiandi (1975), Catechesi Tradendae (1979), Novo Millenio Ineunte (2001), Aparecida (2007)… finalmente y los Lineamientos y Orientaciones para la Renovación de la catequesis de Iniciación Cristiana (2010)

Ciertas premisas
La Iglesia necesita tomar conciencia de su propio Misterio… A la luz de esta conciencia necesita emprender una profunda renovación/conversión… Desde esta nueva perspectiva, va al mundo con un profundo deseo de compartir el propio Misterio, a través del diálogo:
“Si verdaderamente la Iglesia, como decíamos, tiene conciencia de lo que el Señor quiere que ella sea, surge en ella una singular plenitud y una necesidad de efusión, con la clara advertencia de una misión que la trasciende y de un anuncio que debe difundir. Es el deber de la evangelización. […] Nosotros daremos a este impulso interior de caridad que tiende a hacerse don exterior de caridad el nombre, hoy ya común, de "diálogo"”(ES 26).

La EVANGELIZACIÓN es pues, un diálogo y por tanto no podría concebirse como un discurso… (unidireccional, simple), no podría entenderse como una cosa que se entrega, una palabra que se aprende, una doctrina que se acepta, acciones en las que el destinatario actúa en forma pasiva… La EVANGELIZACIÓN supone un proceso complejo en el que el destinatario es “interlocutor”, y se involucra toda su persona, madurando gradualmente en esta interacción dinámica en la que se reconoce la iniciativa de Dios:

Lo que importa es evangelizar —no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces— la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes (50), tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios” (EN 20).


La catequesis como momento privilegiado de esta aventura evangelizadora no escapa a este planteo:

“La Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi» del 8 de diciembre de 1975, sobre la evangelización en el mundo contemporáneo, subrayó con toda razón que la evangelización —cuya finalidad es anunciar la Buena Nueva a toda la humanidad para que viva de ella—, es una realidad rica, compleja y dinámica, que tiene elementos o, si se prefiere, momentos, esenciales y diferentes entre sí, que es preciso saber abarcar conjuntamente, en la unidad de un único movimiento.(48) La catequesis es uno de esos momentos —¡y cuán señalado!— en el proceso total de evangelización” (CT 18).


Crisis en la transmisión de la fe
Haciendo un recorrido por algunos de los documentos señalados antes, podemos decir que es reconocida y señalada la amenaza del SECULARISMO (entendido muchas veces como un ateísmo militante) que asedia y combate la fe de los creyentes… Se lo percibe como la causa de una cierta “indiferencia religiosa, que lleva a muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no existiera o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia (TMA 36), y del “enfriamiento religioso” de no pocos creyentes en países de antigua evangelización… (NMI 46).


En Aparecida describieron los obispos del sur y centro del continente que “se percibe, un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones…” Lo que los llevará a decir que “tenemos un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su misión de ser sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana débil y vulnerable.”(DA 286)


“Esto constituye un gran desafío que cuestiona a fondo la manera como estamos educando en la fe y como estamos alimentando la vivencia cristiana; un desafío que debemos afrontar con decisión, con valentía y creatividad, ya que, en muchas partes, la iniciación cristiana ha sido pobre o fragmentada” (DA 287).


“Se impone la tarea irrenunciable de ofrecer una modalidad operativa de iniciación cristiana que, además de marcar el qué, dé también elementos para el quién, el cómo y el dónde se realiza. Así, asumiremos el desafío de una nueva evangelización, a la que hemos sido reiteradamente convocados” (DA 287).


“Asumir esta iniciación cristiana exige no sólo una renovación de modalidad catequística de la parroquia. Proponemos que el proceso catequístico formativo adoptado por la Iglesia para la iniciación cristiana sea asumido en todo el Continente como la manera ordinaria e indispensable de introducir en la vida cristiana, y como la catequesis básica y fundamental” (DA 294).


La práctica catequística vigente: iniciación cristiana fragmentada (Cf DA 287).


Me permito aquí ofrecer una lectura personal, sin la contundencia de datos estadísticos, aunque basado en mi observación de una vasta cantidad de comunidades. La iniciación cristiana, que comienza ya con la celebración del Bautismo de los niños, normalmente dentro de los primeros meses de su vida, no presenta, en general, un adecuado acompañamiento de las familias. En los años sucesivos los niños y los padres podrían encontrar una valiosa ayuda para su crecimiento en la fe en los distintos niveles de las escuelas católicas, sin embargo no todos los bautizados participan de ellas.


Entre los 8 y 12 años, los niños son presentados por sus familias para prepararlos para su “Primera Comunión”. Es allí donde encuentran abundantes propuestas para vivir y madurar la propia fe, lo que si bien puede ser una riqueza por la variedad de iniciativas no deja de ser una situación más que favorece una versión consumista de la fe por la cual se elige, cuando se puede, la que me provea de mayores beneficios en el menor tiempo y con el mínimo compromiso.


En general, no obstante aquella variedad, los niños son recibidos desde los 8 años para transitar un camino de aproximadamente dos años de duración. En el transcurso de este período, si alguno no hubiere estado bautizado, recibe el bautismo, y todos cercanos a la culminación de este tiempo, celebran su Primera Confesión, después de lo cual hacen su Primera Comunión, en distintas fechas, según las posibilidades de cada comunidad. La intervención de las familias en este período, también es variada y cada comunidad presenta un estilo diferente: desde reuniones semanales con los padres para que reciban la catequesis que ellos a su vez deben dar a sus hijos, hasta encuentros ocasionales, formativos e informativos. Se abre a partir de aquí un período, llamado en algunas ocasiones “de perseverancia” y es confiado a distintos agentes, según las comunidades; en algunos casos a instituciones o movimientos, en otros a las comunidades educativas católicas, en otros a grupos creados especialmente para ello, sin embargo no configura, en general, un adecuado acompañamiento ni de aquellos que han sido catequizados, ni de sus familias. A partir de los 14 años son nuevamente recibidos –en general para prepararse a recibir la Confirmación. La participación de las familias en este último período de catequesis es ínfima

.
Si quisiéramos hacer una ponderación de los resultados actuales podríamos decir que:
Es un honesto ejercicio de quienes somos responsables de la conducción y de la acción pastoral el interrogarnos si esta praxis tiene una consecuente eficacia, es decir, si los niños y adolescentes que transitan estos caminos formativos que ofrecemos alcanzan el objetivo deseado: ser iniciados en la fe.


La actual pastoral catequística está caracterizada, en nuestra Diócesis, por un activismo inquieto y apasionado, muchas veces orientado a responder a las demandas sacramentales, provocadas por una mentalidad consumista y una fe de costumbre.



Otra constatación que podemos señalar es que la actual pastoral catequística de la IC, se encuentra fragmentada en diversos momentos según el sacramento para el que preparan, que tales momentos padecen una débil e interrumpida vinculación, que, muchas veces, no inicia a la vida cristiana –no es raro asistir a comportamientos contrarios a la fe en quien ha recibido los tres Sacramentos de la IC–y otras tantas ni siquiera inicia a los sacramentos, en cuanto son escasos, ya los conocimientos asimilados, ya el fruto que recae en quienes los reciben y celebran .


Es doloroso constatar que la conclusión de la IC coincide con un abandono progresivo y generalizado; progresivo ya que entre quienes son bautizados y quienes reciben la Primera comunión hay un decrecimiento muy notorio, y entre éstos y quienes son confirmados un decrecimiento mayor en comparación con los que han sido bautizados. Es muy escaso el número de los bautizados que completan la celebración de los sacramentos de la iniciación, y quienes participan de un modo perseverante en la vida de la comunidad eclesial conforman un porcentaje aún menor.


Estos aspectos, que muestran una dificultad objetiva en la comunicación de fe, pueden estar relacionados a algunas otras causas, más inmediatas, respecto a aquella fundamental de la crisis de la civilización.


La primera, es la dificultad de entrar en la comprensión teológica-pastoral de la IC que no coincide con el trabajo de sacramentalización hasta ahora desarrollado.


La segunda es la dificultad de identificar en una concreta corresponsabilidad a los sujetos que tienen a su cargo la IC (la Parroquia que convoca, los padres, los educadores, los grupos, las asociaciones).


La tercera causa está en el hecho de que la persona del catequista a menudo es elegida o aceptada más por necesidad de cubrir vacíos en el sector educativo que por una vocación misionera; la misma formación de los catequistas a menudo es poco orgánica e inadecuada también en el programar los diversos itinerarios.


En cuarto lugar podemos señalar el escaso conocimiento y aplicación de los Documentos de la Iglesia relativos a la renovación de la IC.


Por último una escasa experiencia visible de una comunidad cristiana comprometida en la IC, como también muchas veces la falta de una figura concreta de referencia que encarne el ejemplo de una fe madura.


Todo lo cual influye peyorativamente en el ánimo de los agentes pastorales, particularmente de los catequistas.


Es natural que, frente a los resultados cada vez más escasos, no obstante el precioso empeño puesto en todos los niveles, se eleve, por parte de los diversos agentes pastorales de la comunidad cristiana, un grito de que exprese semejante perplejidad: ¿qué debemos hacer?


Es el interrogante que nace del vivir esta común desazón, por no lograr que se convierta en significativo y duradero el acercamiento a la vida de fe. Un interrogante que podríamos resumir así: ¿cómo ayudar, a quienes hoy se acercan a la fe, a ser cristianos?



Asumir el desafío implica: Discernimiento
El tema de la «iniciación cristiana», creemos, reviste suma importancia. En efecto, está relacionado directamente con el comienzo de la vida cristiana y nos refiere a la tarea central de la Iglesia de «hacer cristianos».


Se destaca aún más su importancia al reconocer, por un lado, que, hacia el interior de nuestras comunidades, exige una permanente revisión y vigilancia, dado que en ella está el fundamento de la identidad de sus miembros; y que, por otro lado, en lo que hace al diálogo con otras comunidades cristianas, actúa como articulador en la continuidad y profundización de los caminos que faciliten y favorezcan la unidad ecuménica.


La literatura sobre este tema de la iniciación en la fe crece incesantemente.


La iniciación cristiana, como ya veremos, es un proceso de transformación, en el que, quien participa, asume una nueva identidad y desarrolla una nueva vida que se manifiesta en su comportamiento personal y comunitario.


Se trata de un proceso global, caracterizado por el anuncio y por la escucha de la Palabra de Dios, por la celebración de los Sacramentos de iniciación y por el testimonio de fe, esperanza y caridad. Es un itinerario gradual por el cual somos insertados en Cristo, muerto y resucitado, como miembros de su pueblo.


Releemos una vez más el Documento de Aparecida: “Se impone la tarea irrenunciable de ofrecer una modalidad operativa de iniciación cristiana que, además de marcar el qué, dé también elementos para el quién, el cómo y el dónde se realiza. Así, asumiremos el desafío de una nueva evangelización, a la que hemos sido reiteradamente convocados” (DA 287).



Acerca del QUÉ

Partimos en nuestra reflexión de una afirmación del Catecismo de la Iglesia Católica y otra del mismo Documento de Aparecida:

“Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística”.

La iniciación cristiana, propiamente hablando, se refiere a la primera iniciación en los misterios de la fe, […]. Este catecumenado está íntimamente unido a los sacramentos de la iniciación: bautismo, confirmación y eucaristía, celebrados solemnemente en la Vigilia Pascual. Habría que distinguirla, por tanto, de otros procesos catequéticos y formativos que pueden tener la iniciación cristiana como base.


Nuestro interés esta puesto en la presentación de una visión unitaria y orgánica de la iniciación cristiana que nos permita contemplar del gran don sacramental que introduce definitivamente a los hombres, por el designio salvador del Padre, al misterio pascual de Jesucristo, de tal forma que, regenerados como hijos de Dios y llenos del Espíritu Santo, sean miembros del Cuerpo del Señor y participen ya de la vida nueva del Reino de los cielos.
Esta visión integral de la iniciación abarca la evangelización y las diversas formas del ministerio de la Palabra en orden a suscitar la conversión y la fe de los catecúmenos y de los fieles.


Esta visión global e integradora que tiene su fundamento en el Nuevo Testamento, en los Santos Padres y en la liturgia de los primeros siglos nos permite reconocer que la celebración de los sacramentos es sin duda el momento culminante, el de una expresividad deslumbrante, que a la vez requiere de un proceso de preparación –catecumenado– y de una etapa de asimilación –mistagogia–.


Es fundamental, pues, superar el aislacionismo doctrinal y pastoral con que han sido tratados los sacramentos de la iniciación y procurar ofrecer una mirada articulada por la interrelación mutua de los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía, sin olvidar que esta última y sólo ella, es el culmen de este proceso.


Los momentos que componen esta iniciación guardan entre sí una íntima unidad, constantemente reclamada por el Magisterio, muy insistentemente desde el Concilio Vaticano II, y expresado de un modo vivo y elocuente en el Catecismo de la Iglesia Católica cuando afirma que:

Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos de toda vida cristiana. "La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad" .

Y entre las reflexiones ofrecidas al término del Sínodo de obispos sobre la evangelización de América se insiste:
La comunión de vida en la Iglesia se obtiene por los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación y Eucaristía. [...] Estos sacramentos son una excelente oportunidad para una buena evangelización y catequesis, cuando su preparación se hace por agentes dotados de fe y competencia. Aunque en las diversas diócesis de América se ha avanzado mucho en la preparación para los sacramentos de la iniciación cristiana, los padres sinodales se lamentaban de que todavía son muchos los que los reciben sin la suficiente formación.


Sabiendo, pues que «los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la santísima Eucaristía están tan íntimamente unidos entre sí, [y] que todos son necesarios para la plena iniciación cristiana» nos preguntamos ¿en qué consiste esta «necesidad»?, ¿qué significa propiamente la expresión «plena iniciación cristiana»?, ¿a qué se refiere el Magisterio al insistir sobre la «íntima unidad» que existe entre los tres sacramentos mencionados?, ¿por qué advierte que esta unidad «debe ser salvaguardada» ?


Si «los tres sacramentos de la iniciación cristiana se complementan entre sí de tal manera, que conducen a su desarrollo total a los fieles, para que realicen en la Iglesia y en el mundo la misión encomendada a todo el pueblo cristiano» ; ¿cómo prepararse y celebrarlos para que se perciba en ello «la unidad del misterio pascual, la relación entre la misión del Hijo y la efusión del Espíritu Santo» ?



La preocupación que presenta el Concilio Vaticano II en uno de sus primeros documentos, nos permite advertir que más allá del orden sacramental, la gran preocupación es y sigue siendo la iniciación cristiana: «revísese también el rito de la confirmación, para que aparezca más claramente la íntima relación de este sacramento con toda la iniciación cristiana».

Entendemos que si recomienda el documento conciliar «que aparezca más claramente [...] con toda la iniciación cristiana», el peso está puesto en el reconocimiento del proceso global e integrador de la iniciación, en el que cada momento ha de estar articulado y en permanente referencia.


Si bien es cierto que tal expresión hace referencia, principalmente, a los sacramentos del bautismo, la confirmación y la eucaristía, sin embargo, no se agota en ellos. El Concilio Vaticano II afirma que éstos «son sacramentos de la iniciación cristiana». El uso del genitivo initiationis christianae nos permite reconocer que aquellos sacramentos están íntimamente vinculados entre sí y relacionados con un acontecimiento que les da unidad de comprensión a tal punto que numerosos autores hablan del «gran sacramento de la iniciación cristiana».



Ahora bien, el concilio de Trento ha afirmado categóricamente que los sacramentos no son ni más ni menos que siete y entre los enunciados no figura la iniciación cristiana. Cabe entonces preguntarnos, ¿podemos hablar de la iniciación cristiana como un “gran sacramento”?. Entendemos que el concepto sacramento no es unívoco sino análogo ya que el mismo magisterio nos habla de la Iglesia como sacramento universal de salvación , y ésta tampoco figura entre los siete mencionados en Trento. De allí que el primer punto que desarrollaremos en nuestra reflexión teológica sobre la iniciación procurará describir en qué sentido utilizamos nosotros la expresión gran sacramento de la iniciación cristiana.


Al referirnos entonces a la Iniciación cristiana como un gran sacramento, reconocemos que toda ella, considerada en su conjunto, es como un sacramento. Es decir que la IC revela y posibilita una participación humana en el misterio de Dios. Toda ella es una acción simbólica dialogal; en la que admirablemente Dios interviene tomando la iniciativa, esperando una activa participación del hombre que le responda vitalmente, involucrándose en el acompañamiento y en la respuesta, la comunidad eclesial.


La iniciación cristiana invita al hombre a participar del Misterio de Dios, a transformar su historia en historia de salvación. Le es propuesta una vida, la misma vida de Cristo, que solo se percibe desde la fe.


La iniciación cristiana procura, como decíamos al principio, hacer cristianos, ya que como tal no se nace. Hacerse cristiano es fundamentalmente ser injertados en el misterio de Cristo muerto y resucitado, que no es un mito, sino un Acontecimiento histórico salvífico. Por eso ser cristiano no es un hecho «natural», sino que sobreviene a la existencia fruto de la gracia que se ofrece y que libremente se acepta
La iniciación cristiana es memorial ya que le permite al hombre participar de aquella Pascua acaecida en Jerusalén y que atraviesa toda la historia ofreciendo la salvación de Dios a todos los hombres de todos los tiempos entre los cuales se encuentra él.


Cristo vive y actúa en su Iglesia y con ella. Cristo por los sacramentos comunica los frutos de su Misterio pascual en la celebración de la liturgia sacramental de la Iglesia.


La Iglesia, pues, dispensadora de los misterios de Dios, en la iniciación cristiana, por el catecumenado permite reconocer la gratuita y amorosa iniciativa de Dios y disponer al hombre para dar una libre y radical respuesta; por la celebración sacramental ofrece al hombre la participación en el Misterio Pascual de Cristo y lo capacita para responder vitalmente; por la mistagogia suscita en el hombre la acción de gracias a Dios, por los dones recibidos y por la pregustación de los bienes escatológicos, y lo alienta a transitar el Camino de la Vida Nueva.
«La iniciación cristiana no es otra cosa que la primera participación sacramental en la muerte y resurrección de Cristo».


Destaco tres dimensiones que nos permitirán prolongar nuestra reflexión sobre la iniciación cristiana:
La dimensión cristocéntrico–trinitaria: Por la iniciación cristiana los fieles son sumergidos en el Misterio de Dios, uno y trino, adquiriendo de este modo una identidad trinitaria; los hombres son introducidos en la intimidad de Dios e invitados a participar en la relación de Jesús con el Padre en el Espíritu.


La dimensión eclesiológica: Por la iniciación cristiana los creyentes son hechos miembros del Cuerpo de Cristo, participan de aquel misterio de comunión y misión que es la Iglesia. Durante el catecumenado son preparados y acompañados por ella. Por el bautismo, son incorporados, por la confirmación, son más estrechamente ligados, por la eucaristía son asimilados en la plena comunión, no confusamente sino cada uno según su condición. La celebración de la iniciación cristiana genera un vínculo sacramental de unidad entre los fieles, establece el fundamento de la comunión entre ellos.


La dimensión antropológica: Quienes participan y celebran este gran sacramento son transformados en «una nueva creación». A través del catecumenado, asistidos por la oración intercesora de la Iglesia y la catequesis, habiendo pasado «de alguna manera bajo el mortero de la humillación del ayuno y del exorcismo», los catecúmenos progresan en su camino de conversión. Al sumergirse en la piscina bautismal son perdonados todos sus pecados, a tal punto que desaparecen las huellas y las cicatrices de los pecados. Por el bautismo no sólo son purificados de todos los pecados, sino que es hecho, cada «neófito, “una nueva creación”, un hijo adoptivo de Dios que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina”, miembro de Cristo, coheredero con Él y templo del Espíritu Santo». Por la crismación son sellados con el don del Espíritu, confirmados en la gracia bautismal y dispuestos para participar de la comunión plena. Por la Eucaristía, «consumación de la iniciación cristiana», les es dado contemplar los primeros destellos del eschaton luminoso, gustan anticipadamente los bienes escatológicos, son introducidos «en el tiempo del pleno cumplimiento de las promesas y saborean de antemano el Reino de Dios», palpitan definitivamente la vida eterna.



Al cabo de estas reflexiones creemos estar avalados para llamar a la iniciación cristiana como el gran sacramento ofrecido a los hombres para participar eficazmente del Misterio Pascual de Cristo, incorporándose en el Misterio de comunión que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y disfrutando de los bienes escatológicos al vivir una vida nueva en Cristo.


Para responder hoy al reto pastoral de la Iniciación cristiana, no basta conocer la doctrina teológica que sustenta la práctica que la Iglesia ha desarrollado a lo largo de los siglos, para cumplir el mandato misionero del Señor “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos bautizándolos... y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado” (Mt 28,19-20; cf. Mc 16,15-16). Se hace necesario también comprender y asimilar la naturaleza de la Iniciación y la finalidad de todos los elementos que la integran. Como nos advierte expresamente el Documento conclusivo de Aparecida: “La iniciación cristiana, que incluye el kerygma, es la manera práctica de poner en contacto con Jesucristo e iniciar en el discipulado. Nos da, también, la oportunidad de fortalecer la unidad de los tres sacramentos de la iniciación y profundizar en su rico sentido. [Y especifica] La iniciación cristiana, propiamente hablando, se refiere a la primera iniciación en los misterios de la fe”.


“La iniciación cristiana, propiamente hablando, se refiere a la primera iniciación en los misterios de la fe, sea en la forma de catecumenado bautismal para los no bautizados, sea en la forma de catecumenado postbautismal para los bautizados no suficientemente catequizados. Este catecumenado está íntimamente unido a los sacramentos de la iniciación: bautismo, confirmación y eucaristía, celebrados solemnemente en la Vigilia Pascual. Habría que distinguirla, por tanto, de otros procesos catequéticos y formativos que pueden tener la iniciación cristiana como base”.


En la última Asamblea del Sínodo de los Obispos de octubre de 2005, se pidió que se pusiera de manifiesto más claramente la estrecha unidad y relación mutua de los sacramentos de la Iniciación, a saber, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y que se volviera a la consideración del itinerario de formación del cristiano “como experiencia que nace del anuncio, se profundiza en la catequesis, y encuentra su fuente y su cumbre en la celebración litúrgica, sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe”.


A estas peticiones ha respondido la Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis de Su Santidad Benedicto XVI situando la Eucaristía como punto de referencia de la Iniciación cristiana y aun de todos los demás sacramentos de la Iglesia. En efecto, el Papa afirma que la “Santísima Eucaristía lleva la Iniciación cristiana a la plenitud y es como el centro y fin de toda la vida sacramental”. Junto a esta afirmación básica, el Santo Padre señala también que “nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una comprensión más unitaria del proceso de Iniciación cristiana”, invitando después a “prestar atención al tema del orden de los Sacramentos de la Iniciación” y a “verificar qué praxis puede efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la iniciación”.


Lo que la Asamblea sinodal pedía y el Papa propone, en definitiva, es la recuperación del verdadero concepto de la Iniciación cristiana, el que se gestó en la época patrística y tiene adecuada expresión en los ritos y textos de la liturgia.



La Iniciación no debe confundirse con un simple proceso de ruptura con la vida anterior o de entrada en una nueva dimensión socio-cultural de la existencia, como se deduce de la historia y de la fenomenología de la religión, sino el acceso del hombre a la vida nueva que Dios nos ofrece en el misterio pascual de Jesucristo por mediación de la Iglesia. Este acceso lleva consigo y exige, a medida que el hombre es consciente de ello, la adhesión personal a Jesucristo y la pertenencia a la comunidad eclesial. Incluso los que han sido bautizados en la infancia, deben asumir después el don que han recibido y participar en el desarrollo de su fe. Por eso la Iniciación cristiana se presenta como un proceso de crecimiento, análogo al que se da en la vida humana. Se trata, por tanto, de contemplar la Iniciación como una verdadera introducción progresiva en los misterios de la salvación o mistagogia, no sólo por la vía del conocimiento sino también mediante la percepción del significado de los ritos y símbolos usados por la Iglesia en las celebraciones litúrgicas y la vivencia de los sentimientos y actitudes que configuran la vida cristiana.


Esta visión integradora de la Iniciación cristiana es justamente la que ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica, que ha tenido buen cuidado de agrupar los sacramentos que consagran los comienzos de la vida cristiana, incluida la exposición del Misterio eucarístico, bajo el epígrafe de los sacramentos de la Iniciación. En efecto, tanto el Catecismo de la Iglesia Católica, como anteriormente las Observaciones generales de la Iniciación cristiana que aparecen en el Ritual del Bautismo de los Niños y en el Ritual de la Iniciación cristiana de los Adultos, ofrece el siguiente concepto: La Iniciación cristiana consiste en la “participación en la naturaleza divina que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo” y “se realiza mediante el conjunto de los tres sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación, que es su afianzamiento; y la Eucaristía, que alimenta al discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en él”.


Ahora bien, la Iniciación cristiana está unida íntimamente y depende en gran medida de la catequesis como “educación en la fe de los niños, de los jóvenes y de los adultos, que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada de modo orgánico y sistemático con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana”. En este sentido la catequesis es vital tanto para la vida de la fe de los bautizados como para el futuro de las comunidades cristianas. “La catequesis es elemento fundamental de la Iniciación cristiana, y está estrechamente vinculada a los sacramentos de la Iniciación, especialmente al Bautismo ‘sacramento de la fe’”, de manera que constituye un elemento básico de la Iniciación, aunque no autónomo. No obstante, aunque la catequesis está íntimamente unida a la celebración de los sacramentos, su función no consiste tan sólo en preparar a un candidato para que reciba un sacramento, sino en estar al servicio de aquello que el Bautismo ha conferido, es decir, la fe y todo lo que constituye la vida cristiana. Por eso, ni la catequesis debe estar supeditada a la celebración de los sacramentos de la Iniciación, ni ésta significa la interrupción de la catequesis o la clausura de la formación de la fe.


Acerca del QUIÉN
En la Diócesis la catequesis es un servicio único, realizado de modo conjunto por presbíteros, diáconos, religiosos y laicos, en comunión con el obispo. Toda la comunidad cristiana debe sentirse responsable de este servicio. Aunque los sacerdotes, religiosos y laicos realizan en común la catequesis, lo hacen de manera diferenciada, cada uno según su particular condición en la Iglesia.

[Y si bien] toda la comunidad cristiana es responsable de la catequesis, y aunque todos sus miembros han de dar testimonio de la fe, no todos reciben la misión de ser catequistas.



«La catequesis es una responsabilidad de toda la comunidad cristiana. La iniciación cristiana, en efecto, “no deben procurarla solamente los catequistas o los sacerdotes, sino toda la comunidad de los fieles”. La misma educación permanente de la fe es un asunto que atañe a toda la comunidad. La catequesis es, por tanto, una acción educativa realizada a partir de la responsabilidad peculiar de cada miembro de la comunidad, en un contexto o clima comunitario rico en relaciones, para que los catecúmenos y catequizandos se incorporen activamente a la vida de dicha comunidad. [...] De hecho, la comunidad cristiana sigue el desarrollo de los procesos catequéticos, ya sea con niños, con jóvenes o con adultos, como un hecho que le concierne y compromete directamente». «La catequesis debe apoyarse en el testimonio de la comunidad eclesial»



Es el obispo, «responsable de la iniciación cristiana» quien ha «de procurar que en [su diócesis existan las estructuras y agentes de pastoral necesarios para asegurar de la manera más digna y eficaz la observancia de las disposiciones y disciplina litúrgica, catequética y pastoral de la iniciación cristiana, adaptada a las necesidades de nuestros tiempos.



Por su propia naturaleza de inserción progresiva en el misterio de Cristo y de la Iglesia, misterio que vive y actúa en cada Iglesia particular, el itinerario de la iniciación cristiana requiere la presencia y el ministerio del Obispo diocesano, especialmente en su fase final, es decir, en la administración de los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía, como tiene lugar normalmente en la Vigilia pascual».



A los presbíteros, como cooperadores del orden episcopal, les corresponde, particularmente a los párrocos, cuidar la orientación de fondo de la catequesis y su adecuada programación, contando con la participación activa de los propios catequistas, y tratando de que esté «bien estructurada y bien orientada», garantizando la estrecha vinculación de la catequesis con los planes pastorales diocesanos y animando a las personas debidamente preparadas y oficialmente encargadas –diáconos, padres, consagrados, catequistas, padrinos, educadores, instituciones, grupos etc.– a ser cooperadores activos del proyecto diocesano.



Los diáconos, en comunión con el Obispo y el Presbiterio, colaboran en la IC, como lo atestigua la historia, preparando a aquellos que les son encomendados, particularmente los adultos, de forma que les ayuden a conocer a Cristo, a reforzar su fe con la recepción de los sacramentos y a expresarla en su vida personal, familiar, profesional y social.



Los padres de familia, primeros educadores de la fe de sus hijos, testifican y transmiten a la vez los valores humanos y religiosos. Esta acción educativa, a un tiempo humana y religiosa, es un «verdadero ministerio» por medio del cual se transmite e irradia el Evangelio hasta el punto de que la misma vida de familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. En efecto, «la catequesis familiar precede, acompaña y enriquece toda otra forma de catequesis».



Las personas de vida consagrada participan activamente en la IC, sobre todo teniendo en cuenta que «muchas familias religiosas, masculinas y femeninas, nacieron para la educación cristiana de los niños y de los jóvenes, particularmente los más abandonados». Se espera, pues, «que las comunidades religiosas dediquen el máximo de sus capacidades y de sus posibilidades a la obra específica de la catequesis».


Los catequistas son llamados interiormente por Dios o invitados por la misma comunidad eclesial para ejercer este ministerio de acompañar a los catecúmenos que les son encomendados; ministerio que asumirá diversos grados de dedicación, según las características de cada uno.



Acerca del DÓNDE

La iniciación se realiza en primer lugar en la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia; nunca es un acto privado entre Cristo y el catecúmeno: la iniciación cristiana, concierne a la comunidad antes que al individuo; es siempre acontecimiento eclesial.



La celebración de la iniciación cristiana es una auténtica epifanía de la Iglesia. Por eso no es aventurado afirmar que las distintas formas de celebrar este «gran sacramento» pueden revelar distintos modelos de Iglesia.


La comunidad cristiana es el origen, lugar y meta de la catequesis. La catequesis siempre es la misma. Pero ciertos «lugares» de catequización la colorean, cada uno con caracteres originales. Es importante saber cuál es la función de cada uno de ellos en orden a la IC.



La familia cristiana «Iglesia doméstica», «es un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia»; es pues el ámbito o medio privilegiado de iniciación y crecimiento en la fe.



La familia como «lugar» de catequesis tiene un carácter único: transmite el Evangelio enraizándolo en el contexto de profundos valores humanos. Sobre esta base humana es más honda la iniciación en la vida cristiana: el despertar al sentido de Dios, los primeros pasos en la oración, la educación de la conciencia moral y la formación en el sentido cristiano del amor humano, concebido como reflejo del amor de Dios Creador y Padre. Se trata, en suma, de una educación cristiana más testimonial que de la instrucción, más ocasional que sistemática, más permanente y cotidiana que estructurada en períodos.



«La parroquia es un lugar privilegiado en que los fieles pueden tener una experiencia concreta de la Iglesia. [...] La parroquia debe renovarse continuamente, partiendo del principio fundamental de que “la parroquia tiene que seguir siendo primariamente comunidad eucarística”. Este principio implica que las parroquias están llamadas a ser receptivas y solidarias, lugar de la iniciación cristiana, de la educación y la celebración de la fe...».



La parroquia es, sin duda, el lugar más significativo en que se forma y manifiesta la comunidad cristiana. Ella está llamada a ser una casa de familia, fraternal y acogedora, donde los cristianos se hacen conscientes de ser Pueblo de Dios. La parroquia, en efecto, congrega en la unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran y las inserta en la universalidad de la Iglesia. Ella es, por otra parte, el ámbito ordinario donde se nace y se crece en la fe. Constituye, por ello, un espacio comunitario muy adecuado para que el ministerio de la Palabra ejercido en ella sea, al mismo tiempo, enseñanza, educación y experiencia vital.

La escuela católica es un lugar muy relevante para la formación humana y cristiana. La declaración Gravissimum Educationis del Concilio Vaticano II «marca un cambio decisivo en la historia de la escuela católica: el paso de la escuela-institución al de la escuela-comunidad».


Su nota distintiva es la de «crear un ambiente de la comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y caridad, ayudar a los [niños y] adolescentes para que, en el desarrollo de la propia persona, crezcan a un tiempo según la nueva criatura que han sido hechos por el bautismo, y ordenar últimamente toda la cultura humana según el mensaje de la salvación».


Participando en las diversas «asociaciones, movimientos y agrupaciones de fieles» reconocidas en cada Iglesia particular, numerosos hermanos realizan su misión laical en el mundo y en la misma Iglesia dedicándose «a la práctica de la vida espiritual, al apostolado, a la caridad y a la asistencia, y a la presencia cristiana en las realidades temporales».


Están, pues, también involucradas en la IC aquellas asociaciones, movimientos o grupos de fieles, en que se atienden aspectos catequéticos en sus objetivos formativos, aunque no sean propiamente ámbitos de catequización.



Acerca de las CONSECUENCIAS
Por lo elocuentes sólo cito un texto de Aparecida que destaca las consecuencias de esta reflexión:

“Asumir esta iniciación cristiana exige no sólo una renovación de modalidad catequística de la parroquia. Proponemos que el proceso catequístico formativo adoptado por la Iglesia para la iniciación cristiana sea asumido en todo el Continente como la manera ordinaria e indispensable de introducir en la vida cristiana, y como la catequesis básica y fundamental. Después, vendrá la catequesis permanente que continúa el proceso de maduración en la fe, en la que se debe incorporar un discernimiento vocacional y la iluminación para proyectos personales de vida” (DA 294).

Se hace pues, urgente, discernir serenamente y asumir con coraje una pastoral de la iniciación cristiana que exprese nuestra firme decisión de navegar mar adentro para echar las redes, atentos a los consejos del Señor.



Será inevitable la fatiga y múltiples las dificultades a la hora de debatir el diseño y las opciones que exija esta pastoral, pero creemos que es la ocasión para renovar nuestra fidelidad al Señor y dar un nuevo vigor a nuestras comunidades cristianas.
 

 

 

 


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