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El catequista como educador
Desde esta perspectiva, el catequista es un educador de la fe y él mismo, en tanto hombre de fe, necesita ser permanentemente educado en la fe, necesita hacerse destinatario de la catequesis


Por: Pbro. José Luis Quijano | Fuente: ISCA



En la segunda mitad del siglo XX se produjo, en todo el mundo católico, un movimiento, conocido como “renovación catequística”, que introdujo cambios sustanciales en la concepción de la catequesis, reivindicando para ella, fundamentalmente, la naturaleza de servicio al crecimiento de la fe.

Paulatinamente, fue haciéndose usual en la literatura catequética y eclesial la denominación de la catequesis como educación de la fe (o educación en la fe o para la fe) u otras expresiones semejantes con connotaciones pedagógicas acerca de la catequesis.

Sin embargo, se puede hablar de educación de la fe sólo en sentido secundario e instrumental, es decir en el ámbito de aquellas mediaciones humanas que pueden facilitar, ayudar, quitar obstáculos, etc. en el estímulo y crecimiento de la actitud de fe, pero siempre fuera de toda posible intervención directa sobre la fe misma, que queda siempre ligada a la acción gratuita de Dios y a la respuesta libre del hombre.

Pero, en el contexto de los límites arriba señalados, se subraya, sin embargo, la naturaleza educativa de la catequesis y se afirma que el catequista es, en este mismo sentido, un educador de la fe de sus hermanos. Y el decir que la Catequesis es educación de la fe significa que lo es en la totalidad existencial de la fe y en la riqueza de todas sus dimensiones, sin reducirse unilateralmente a algún aspecto particular del dinamismo de la fe, como lo son el conocimiento de la verdad revelada o la adquisición de las conductas morales.


No nos detendremos en esta reflexión en el análisis teológico del dinamismo de la fe. Preferimos centrarnos en el análisis antropológico del mismo, puesto que éste recurre al concepto de “actitud”, conocido y abordado por educadores y psicólogos. Efectivamente, los psicólogos de la religión diferencian la “actitud” de la “creencia” y afirman que la actitud es más amplia que la creencia.
Mientras esta última se refiere casi únicamente a las fases cognoscitivas de una conducta, la actitud engloba momentos valorativos y una disposición próxima a la acción en armonía con las valoraciones dadas de una determinada situación de vida, unida a una intensa participación emotivo – afectiva. La actitud es, pues, “un sistema duradero de valoraciones positivas o negativas, de sentimientos, emociones y tendencias a obrar en forma favorable o contraria con respecto a una determinada situación de vida”.


Desde esta perspectiva, el catequista es un educador de la fe y él mismo, en tanto hombre de fe, necesita ser permanentemente educado en la fe, necesita hacerse destinatario de la catequesis. Destinatario de itinerarios formativos diseñados para él, en los cuales la educación en la fe sea intencional y sistemáticamente favorecida.
En el integral entramado de dimensiones diversas asumidas por la formación de los catequistas, tendrá un lugar privilegiado la educación de la fe como virtud teologal que ha de ser sostenida, fortalecida, animada, informada y testimoniada a lo largo de toda la vida.


 

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