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Ser
El aspecto más dramático de nuestros días no consiste precisamente en que el hombre no conoce el verdadero significado de su existencia, sino que el hombre es incapaz de proponerse a sí mismo el significado de su existencia


Por: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net



SER.


Ser en la sociedad líquida.
Es curioso leer algunos manuales de filosofía antropológica de hace apenas unos cuantos años. La mayor parte de ellos da por descontado el hecho de que el hombre en algún momento de la vida se interroga sobre su propia existencia. “Los interrogantes sobre el significado del hombre irrumpen en nuestra existencia y se imponen sin lugar a duda. No es el hombre el que se plantea el problema: es el mismo hombre el problema, y su existencia es problemática. La filosofía del hombre no inventa los problemas del hombre, los encuentra, los examina críticamente e intenta darles una respuesta.”1
Parecería que fuera obligatorio que el hombre se tuviera que hacer la pregunta sobre el por qué de su existencia. “El hombre es el único animal que se pregunta sobre sí mismo. No lo hacen los perros, los gatos, los caballos, los pájaros, etc. Él se interroga sobre su propia existencia, sobre su origen, sobre el sentido de la propia vida, sobre su futuro después de la muerte”.2

Hoy constatamos sin embargo un fenómeno muy distinto, el hombre de hoy se ha olvidado de hacerse esas preguntas. O si se las hace, se las quita cuanto antes de la cabeza,porque tiene otras cosas más importantes que hacer o que pensar.

Esta es precisamente la crisis más profunda de nuestros tiempos. Que siendo la existencia del hombre, su ser, la pregunta más importante que debe hacerse, o la cosa más importante en la que debe trabajar, se deja llevar por otras cosas, en apariencia urgentes y necesarias, pero que no le dan respuesta sobre el sentido de su existencia. Y nadie escapa de esta crisis que se está convirtiendo en plaga. Los adolescentes y jóvenes que frente a las preguntas sobre el sentido de su existencia no responden más que con argumentos económicos o sociales (tener un buen negocio, una fuente de vida, casarme), dan una respuesta superficial al sentido de su existencia. Los matrimonios jóvenes sólo responden quizás sumariamente dejándose llevar por los problemas financieros que los agobian. Los adultos ya avanzados en edad parecen que han resuelto desde hace mucho tiempo esta pregunta y quien se acerca al final de sus días no le preocupa en absoluto o muy poco responder a lo que pronto dejará de ser un enigma.

De esta manera el hombre no vive, sino que se deja vivir. No es, sino que se contenta con existir. Con pasar más o menos bien unos años de existencia, para luego dejar su lugar a otro. Ya lo expresó de alguna manera el poeta Calderón de la Barca:
¿Qué es la vida?
Un frenesí.
¿Qué es la vida?
Una ilusión, una sombra una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Y de esa manera la historia del hombre, de todo hombre, la tuya propia, puede desarrollarse en la nada, jaloneada por un vivir que no es vivir, sino simplemente existir. Y no hay nada más dramático que llegar al final de la vida, sin haber vivido, sino solamente haber existido, tirado por algunos acontecimientos, algunos buenos, algunos malos, pero que no han resuelto la pregunta fundamental de tu vida.

Antes de comenzar a desarrollar este primer capítulo, es necesario que nos preguntemos sobre los distintos niveles de existencia. Si estamos hablando del problema de la existencia, del ser, es necesario entender que existen distintas formas de existir. No es lo mismo la existencia de una piedra, de un árbol, de un cóndor o de un hombre. Tenemos que diferenciar los distintos grados de existencia para ubicar bien en dónde se encuentra, en qué grado de existencia podemos catalogar la existencia del hombre. Parte del problema es que el hombre actual no logra diferenciar su propia existencia de la de un caballo o una rosa. Y no nos riamos. Es verdad y lo veremos en este capítulo.

El aspecto más dramático de nuestros días no consiste precisamente en que el hombre no conoce el verdadero significado de su existencia, sino que el hombre es incapaz de proponerse a sí mismo el significado de su existencia y mucho menos de ser consecuente con ese significado. Si se piensa al cuento aquel del polluelo de águila que ha crecido en un corral de gallinas y que nunca se atreve a desplegar sus alas y escalar las altas cumbre para ver de frente el solo y así ser lo que tiene que ser, nos quedamos cortos al imaginar que al hombre le está sucediendo lo mismo3. Anegado por mil afanes y mil quehaceres efímeros pero que él considera esenciales, se ahoga en una existencia que es sólo sobrevivencia. Por ello estudiaremos también la crisis que vivimos hoy los hombres del tercer milenio y a la que parece que no le hemos dado la debida importancia4. La crisis de la falta de significado de la existencia humana. Analizaremos las causas por las que el hombre no puede o no se atreve ya a preguntarse por la razón de su existencia y que de alguna manera tienen por consecuencia una vida achatada, lánguida, que se contenta más con sobrevivir que verdaderamente vivir.

Por último, daremos algunas pautas o pistas para que el hombre recupere la calidad de su existencia, para que él sea quien lleve las riendas de su existencia y no se deje llevar por lo más inmediato, lo más efímero o lo más pasajero. Para que no limite su vida a una mera existencia.


Ser o existir. ¿Es lo mismo?
“Pero, ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen en consecuencia.”5

Dejando para un segundo momento las dificultades que tiene el hombre para interrogarse sobre el sentido de su existencia, partamos de la afirmación que el hombre tiene la doble capacidad de preguntarse sobre su existencia y la de responder a ella. No es indiferente esta afirmación que acabamos de hacer. Si el hombre puede preguntarse sobre el sentido de su existencia, puede también conocer el último objetivo de ella. Consecuentemente todas sus actividades deberán orientarse hacia ese objetivo. De lo contrario su existencia se desarrolla sin un sentido claro y podría llegarse a la conclusión de que si la vida es sólo una hipótesis sin una respuesta objetiva, entonces también cabría otra hipótesis igualmente válida que se desprende de la anterior de que el hombre mejor no podría existir o no ser.

¿A qué tipo de existencia nos referimos? Ya hemos anunciado que en nuestro mundo la vida tiene distintas manifestaciones. Cada una de ellas participa de la existencia, pero en diverso modo, de diversa manera. No creeríamos a nuestros ojos si viéramos una piedra volar con la gracia y el encanto de los cóndores por el cañón el Colca en Perú. Ni tampoco daríamos crédito al ver a los árboles de un bosque sentarse a comer un sabroso pollo asado. Y sin embargo nos parece normal ver a los hombres comportarse como los animales, los árboles o las piedra. Comenzaremos por tanto a explicar estos distintos grados de existencia, para entender mejor la diferencia entre el ser y el existir en el hombre, de los animales, de las plantas y de los seres inorgánicos.

“No es correcto plantear la pregunta. ¿Qué es el hombre?, sino. ¿Quién es el hombre?, porque el hombre no es un objeto, una cosa, un instrumento que se fabrica o se produce; es un sujeto personal, singular e irrepetible.”6 Observa por un momento un paisaje. Si estás en Arequipa, asómate por un momento a un balcón y contempla la majestuosidad del Misti. Te darás cuenta que aunque es grande, el Misti no puede moverse. Contémplalo y acercándote a él, comprenderás que hay plantas árboles a su alrededor. Éstos tampoco pueden moverse, pero tienen un cierto movimiento interno que les permite crecer, desarrollarse, reproducirse. Al cabo de un cierto tiempo, verás en los pinos el brote de nuevas hojas, o las amapolas que pueblan el campo de rojo. Y siguiendo con atención el paisaje, observarás a los animales. Aves, reptiles, mamíferos. Cada uno moviéndose por sí solo. Los pájaros alegrando con sus trinos la mañana, los conejos retozando por aquí y por allá en una pradera. Y ellos también, como las plantas, pueden crecer, desarrollarse y reproducirse. Regresa de nuevo al balcón desde dónde has observado al Misti. Baja un poco tu mirada y contempla los hombres. Ellos van y vienen, a pie, en carro, en autobuses. Óyelos hablar en castellano o en quechua. Míralos comprar, pensar, amar.

Ahora regresa a las páginas de este libro. Espero que hayas podido diferenciar los distintos niveles de existencia que existen. Vayamos por pasos para comprenderlo mejor.

Los seres que has contemplado existen, pero no todos viven. Aquí tenemos la primera diferencia. Las piedras existen, pero no viven. Las plantas existen y viven. Los animales existen y viven. De igual manera, el hombre existe y vive. Se establece por tanto el primer grado o escalón de la existencia. La diferencia entre la existencia y la vida. Si hemos dicho que las piedras existen pero no viven, queremos decir que no tienen vida en sí mismas. De aquí que concluyamos diciendo que no es lo mismo existir que vivir. Las piedras existen, pero no tienen vida. Si queremos definir mejor esta primera diferencia entre existencia y vida, tenemos forzosamente que dar una definición de lo que es la vida. Y esta definición la encontraremos observando la diferencia entre la existencia de las piedras y la de los otros seres vivientes.

A primera vista observamos que las piedras, los minerales, los seres inorgánicos, a diferencia de los seres orgánicos como pueden ser las plantas, los animales y el hombre, no se mueven por sí mismos. Son movidos por otros. Bien podría objetarse que las plantas no se mueven. Pero si observamos con detenimiento, nos damos cuenta que las plantas poseen un movimiento propio que incluso es avasallador. Observa con detenimiento una planta. Toma cualquier parte de ella y ponla al microscopio. Te darás cuenta del gran movimiento que existe, viendo torrentes de linfa ir y venir, así como el maravilloso intercambio que hacen de materia inorgánica en orgánica a través de la fotosíntesis. Además, la observación te llevará al descubrimiento de la gran sensibilidad que tienen las plantas y en general todos los vegetales al medio ambiente. Basta observar el clásico experimento que quizás todos hicimos de niños de sembrar un grano de maíz, frijol o alguna otra gramínea y verlo crecer dirigiéndose siempre hacia la luz solar. Hay entonces en las plantas un movimiento que no lo encontramos en los seres inorgánicos.

Por ello bien podemos decir que la diferencia entre la existencia y la vida es el movimiento. “Los antiguos filósofos de occidente respondieron diciendo que el viviente <> y el no viviente <>. Por eso definieron al viviente como <>. La vida es movimiento; es un continuo transformarse”.7 Y si por movimiento no entendemos sólo el movimiento motor que nos permite desplazarnos de un lugar a otro, podemos descubrir la maravillosa aventura de la existencia. Este movimiento lo podemos resumir diciendo que un organismo tiene vida, es decir que está en movimiento porque tiene la capacidad en sí mismo de nutrirse desarrollarse y reproducirse.

Desde los niveles inferiores de la vida, hasta aquellos superiores, como el hombre, observamos que el movimiento tiene una variación enorme y una gradualidad. Los vegetales tienen un determinado movimiento que les permite alcanzar sus fines. Al igual los animales y el hombre. Cada uno de ellos posee la vida en distintos grados. Hablamos por tanto de vida vegetal, vida animal y vida humana. Cada uno de estos tipos de vida supone el anterior. Quien posee la vida animal, se supone que posee la vida vegetal y quien tiene la vida humana posee a su vez la vida vegetal y la vida animal. Las características de la vida vegetal son la reproducción, el crecimiento y la reproducción. El ser vegetal alcanza este tipo de vida sin ningún tipo de conocimiento que dependa de ella. Los árboles de nuestro jardín llegado el otoño comienzan a perder su verdor, se secan las hojas y caen. En invierno desaparece todo vestigio de vida en los árboles, pero al llegar la primavera, los brotes verdes en las ramas anuncia la vida que renace en ellos. Estas acciones la realiza el árbol y todas las plantas, sin ninguna participación de ellas, es decir, sin ningún tipo de conocimiento que dependa de ellas. En cambio, en los animales, la reproducción, el crecimiento y la nutrición se realizan con un cierto conocimiento animal. El tigre no piensa en la forma cómo podrá conservar su vida. Cuando se presenta una presa delante de él, conoce que se encuentra delante de una presa, porque sus sentidos se lo dicen. Conoce que la gacela es una presa para él y que le hará bien nutrirse de ella. Es el instinto quien ha guiado su conocimiento, un conocimiento que se llama sensible porque es generado por los sentidos externos. “En cambio el animal, aunque no entiende su fin (por ejemplo, se dirige a su presa movido por el instinto) actúa en virtud de un conocimiento que le viene de los sentidos (debe percibir la presa mediante la vista, el olfato…, para poder tender a ella”.8

En el hombre las cosas cambian, o mejor dicho, se complican un poco. El hombre no sólo posee la vida vegetativa, es decir que se nutre, se desarrolla y se reproduce. No sólo lleva a cabo esas funciones guiado por un conocimiento sensible, es decir se nutre porque se guía por su instinto que le dice que debe alimentarse para comer y además posee la capacidad de escoger los tipos de alimentos de los cuales podrá nutrirse. Además, lleva a cabo esas funciones de nutrición, desarrollo y reproducción no sólo mediante un conocimiento sensible, sino también por un conocimiento intelectual. Sabe que puede nutrirse y conoce el fin por el cual debe nutrirse. Los animales no poseen este conocimiento intelectivo. Saben que deben nutrirse porque se los dice su instinto de sobrevivencia y este miso instinto de sobrevivencia les dirá cómo saciarlo. Pero no podrá nunca entender el sentido último que tiene el nutrirse, o el desarrollarse o el reproducirse.

En cambio en el hombre, porque posee el conocimiento intelectivo de las cosas, conoce el sentido de las cosas. Mediante sus facultades psíquicas superiores como son la inteligencia, la voluntad y la afectividad, puede conocer el fin del movimiento que tiene, es decir el fin del porqué se nutre, porqué se desarrolla y porqué se reproduce.


La plenitud del ser: la capacidad de elegir.
Cada ser que existe esta llamado a realizar plenamente el tipo de existencia que posee. La piedra debe ser piedra, así como el gallo debe ser gallo, el pino debe ser pino, y el hombre debe ser hombre. Si no se da este desarrollo podemos decir que no existe la plena realización. Una piedra sin embargo no tiene que esforzarse demasiado con ser lo que tiene que ser. Como no tiene vida, se conforma con existir, con estar y de esa forma alegóricamente hablando, alcanza su realización. Pero esta realización se complica cuando se pasa a los grados sucesivos de la existencia, es decir de la vida. Los seres que tienen sólo vida orgánica, es decir las plantas, los árboles y demás, no pueden conocer el sentido de la vida. Se limitan a cumplir con una serie de funciones que les viene impuesta por su naturaleza orgánica y que les permiten tener vida. Así las plantas y demás seres vegetales se nutren, se desarrollan y se reproducen cumpliendo dichas funciones como impuestas por su naturaleza. Su realización consiste en llevar a cabo esas funciones, que por otro lado son impuestas. Una planta no puede negarse a echar brotes llegando la primavera. Respondiendo al calor, a la luz del sol y distintos fenómenos ambientales responde a ellos realizando su ciclo vital, que bien podemos considerar su realización. La planta es, en cuanto sigue las funciones que la naturaleza vegetativa le ha impuesto.

Para los animales, en el siguiente nivel de vida, la vida requiere un poco más de participación. La realización de los animales consiste en seguir las leyes que la naturaleza les ha impuesto en su vida no sólo orgánica, sino sensitiva. La llama, el cóndor viven su vida animal y se realizan en la medida en que siguen las leyes que la naturaleza les ha impuesto en cuanto a su nutrición, desarrollo y reproducción. Imposición que les viene a través de los instintos y los cuales se satisfacen a través de la vida sensitiva. El cóndor para alimentarse tiene necesidad de buscar su presa y así se eleva por los aires cada mañana en el cañón del Colca y avizora desde las alturas la carroña que le servirá de alimento para ese día. Mañana será otro día y nuevamente tendrá que obedecer a su instinto de conservación ayudándose de la vida sensitiva que tiene a disposición. Y esto que sucede con el cóndor lo podemos aplicar a todos los animales de acuerdo a su propia especie. Ellos, los animales no pueden renunciar a cumplir con sus instintos pues de lo contrario no podrían llevar a cabo las funciones que les dan vida, es decir, la nutrición, el desarrollo y la reproducción.

Si pasamos al hombre observamos un fenómeno apasionante, que lo distingue de los dos niveles de vida de los que hemos previamente hablado. Como vida vegetativa el hombre posee las funciones de reproducción, crecimiento y nutrición. Como vida sensitiva, posee la locomoción, los apetitos y los sentidos. Pero como vida intelectiva tiene las facultades de la voluntad y la inteligencia. Por la inteligencia es capaz de entender el porqué de las cosas. Un discurso más amplio nos permitiría darnos cuenta de la forma en que el hombre conoce. Bástenos afirmar tan sólo que mediante la capacidad de la inteligencia el hombre puede penetrar el sentido interno de todas las cosas y así descubrir la esencia de las mismas y el porqué de los distintos mecanismos que giran en torno a la vida.

De esta manera el hombre se distingue de las plantas y de los animales porque mediante su inteligencia puede descubrir el sentido de las funciones de nutrición, desarrollo y reproducción. No las sigue automáticamente como las plantas o los animales que no pueden renunciar a los sentidos, a los apetitos o a los instintos. El hombre al conocer el porqué de esas funciones, los entiende y los razona y puede vivirlos no ya tan sólo en forma automática, como las plantas o los animales, sino que al encontrar el sentido de ellos, los vive más plenamente. Podemos entonces establecer la primera diferencia con los seres orgánicos y los seres de vida sensitiva, pues mientras que estos seres son vividos por la vida, el hombre al dar un porqué a las funciones vitales, da un sentido a la vida y puede vivir la vida y no sólo ser vivido por la vida. Y más asombroso todavía, puede dar un rumbo a esa vida, ya que posee una cualidad que lo hará notoriamente distinto de los otros dos niveles de vida, que es la voluntad.

Una vez que el hombre ha entendido el sentido de la vida, es decir, el sentido de sus funci0nes primarias como es la nutrición, el desarrollo y la reproducción, el hombre está en capacidad de darle un sentido a esa vida, es decir, de dirigir su vida por el binario de la vida como mejor le convenga. Esto es posible porque posee la capacidad de la voluntad. “La voluntad es la facultad de tender hacia un bien conocido por la inteligencia. Con la inteligencia el hombre conoce, con la voluntad ejecuta. Así no es espectador, sino actor”. 9 De esta manera llegamos al nivel más alto de la existencia. La capacidad de elegir. Por la inteligencia el hombre conoce lo que tiene que hacer para vivir, por su voluntad puede darle un sentido a esta existencia. Y por la libertad puede elegir entre muchas alternativas para vivir la vida.

Las plantas y los animales, al no tener esta capacidad de elección, deben por fuerza vivir la vida como les viene impuesta por la naturaleza, es decir por los sentidos, los instintos y los apetitos. El hombre, porque tiene la capacidad de conocer se da cuenta de lo que más le conviene para vivir una vida buena, una vida acorde a su condición de hombre. Por la voluntad puede elegir entre las distintas formas de vivir la vida y por su libertad puede ejecutar y llevar a cabo la elección que ha hecho previamente en su voluntad.

Esta maravillosa capacidad del hombre de elegir el sentido de su vida está siendo hoy amenazada por nuestra sociedad, impidiéndole al hombre su plena realización. Pero, curiosamente ejercita esta limitación en una forma muy sutil. Tal parece que el hombre del siglo XXI revive la leyenda mitológica de Prometeo10 que quiere alzarse siempre por encima de su propio destino. Pero… analicemos con más calma esta situación del hombre moderno.


Cuando el ser se reduce al existir
Quisiera comenzar trayendo a nuestra reflexión una cita del documento de Aparecida, pues refleja muy bien aquello que quiero expresar. “En este nuevo contexto social la realidad se ha vuelto para el ser humano cada vez más opaca y compleja. Esto quiere decir que cualquier persona individual necesita siempre más información si quiere ejercer sobre la realidad el señorío a que por vocación está llamada. Esto nos ha enseñado a mirar la realidad con más humildad, sabiendo que ella es más grande y compleja que las simplificaciones con que solíamos verla en un pasado aún no demasiado lejano y que, en muchos casos, introdujeron conflictos en la sociedad, dejando muchas heridas que aún no logran cicatrizar. También se ha hecho difícil percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos que resultan de la información que recolectamos. Es frecuente que algunos quieran mirar la realidad unilateralmente, desde la información económica, otros, desde la información política o científica, otros, desde el entretenimiento y el espectáculo. Sin embargo, ninguno de estos criterios parciales logra proponernos un significado coherente para todo lo que existe. Cuando las personas perciben esta limitación y limitación, suelen sentirse frustradas, ansiosas, angustiadas. La realidad social resulta demasiado grande para una conciencia que teniendo en cuenta su falta de saber e información, fácilmente se cree insignificante, sin injerencia alguna en los acontecimientos aun cuando sume su voz a otras voces que buscan ayudarse recíprocamente”.11

Si bien la cita ha sido larga, nos servirá de guía, como hemos ya anunciado, para lo que quiero explicar a continuación.

El hombre, por su inteligencia, su voluntad y su libertad, puede dar un sentido a su vida12, lo que en muchos casos se conoce como dar un sentido a la existencia. Encuentra un por qué y luego un para qué en la vida. Pero ahora, las cosas han cambiado. Veámoslo.

Antes el hombre vivía en un mundo en donde la información era poca o escasa. Pensemos tan sólo al hombre antes de la aparición del Internet y la moderna red social que se establece a través este medio de comunicación. No estamos hablando de inicio del siglo XX cuando la invención de la radio revolucionó el mundo de la comunicación de aquel entonces, ni tampoco de la segunda mitad del mismo siglo cuando la televisión dio una nueva dimensión a este mundo de las comunicaciones sociales. No Estamos hablando sólo de hace veinte años en dónde el hombre vivía rodeado del radio, el cine, la televisión, el teléfono y otros medios de comunicación que comenzaban a ser obsoletos como el telégrafo y el fax. La comunicación, si bien rápida y eficiente, era pausada y acompasada. Tenía unos vertientes claros y objetivos que permitían al hombre decodificar dicha información y hacerla suya, es decir, interpretarla de acuerdo a aquello que había fijado como el sentido de su existencia y que le permitía pasar del mero hecho de existir al ser.

Ahora, las cosas han cambiado. Son muchos factores que impiden al hombre fijar lo que es el sentido de su existencia y ser fiel a dicho sentido de la existencia. Tenemos en primer lugar la falta de transmisión sobre este sentido de la existencia. No se trata de revivir viejos esquemas en dónde un padre impone al hijo la visión de la vida y al hijo no le queda más remedio que aceptarla. Vivimos más bien el contrario. Una generación que no sabe o no puede explicar a otra el sentido de la existencia, para que la generación la haga propia y a su vez la viva y la enriquezca. En un mundo en dónde la velocidad parece una constante, las personas viven sin el tiempo necesario para poder pensar en lo que son. Piensan en lo que quieren y en lo que desean porque muchas veces esos deseos les vienen impuestos. Piensan que el sentido de la vida es aquel que viene propuesto por tantos agentes de información que promulgan fórmulas fáciles para vivir la vida y así encontrarle un sentido. Se dejan guiar por estas voces para darse cuenta tristemente que lo propuesto no es ni remotamente el sentido de la existencia que han buscado. De esta manera se dejan vivir por estas propuestas, perdiendo un tiempo precioso que quizás no volverá jamás. La droga, el sexo, el alcohol, cuando no la posesión de innumerables bienes materiales o la posesión de la tecnología de punta aparecen cada vez más en nuestra sociedad como los sucedáneos del sentido de la existencia. Es penoso asistir al espectáculo de hombres y mujeres que en edad de la adultez madura, en torno a los cuarenta años, se comportan como adolescentes al ensayar constantemente nuevas fórmulas para encontrar el sentido en la vida. Pasan así los mejores años de su existencia no viviendo, sino dejándose vivir por la búsqueda irrefrenable de todo aquello que les proponen sus sentidos, sus emociones y sus instintos. No saben diferenciar entre el sentir y el consentir y así disminuyen su capacidad intelectiva de conocer la verdad de las cosas, su capacidad de querer lo mejor y su capacidad de elegir lo mejor. Por eso decimos que no viven, sino simplemente existen, porque no tienen pensamiento, voluntad y libertad propia, sino que la han sometido, muchas veces sin ellos darse cuenta, a los sucedáneos que ya hemos mencionado.

Otra forma de existir y no vivir del hombre actual se debe al hecho de la información. El hombre de hoy, desde el niño hasta el anciano, viene literalmente bombardeado de información sobre lo que tiene que ser, lo que debe de poseer, qué debe vestir, qué escuela debe frecuentar, las amistades de las que debe rodearse, qué es lo que debe comer, beber, los lugares a dónde tendrá que ir de vacaciones. La información, cantidad infinitamente enorme, y la velocidad de la misma, cantidad infinitamente pequeña obligan al hombre a buscar en cualquier parte aquello que les viene impuesto como un sentido para definir su existencia. Si antes Descartes decía, cogito ergo sum, es decir pienso luego existo, ahora el hombre moderno tendría que decir me informo, luego existo.

Y no es que la información sea un aspecto negativo en la construcción del sentido de la existencia. El problema del hombre moderno está en la calidad y en la cantidad de la información sobre la que apoya su ser. No hace mucho la crónica afirmaba como en algunas ciudades nórdicas de Finlandia, algunas adolescentes antes de salir a la escuela o a la calle, se ponían en contacto para consultar a través de las modernas redes sociales qué es lo que cada una de ellas pensaba ponerse de vestido para ese día. Y muchas de ellas habían desarrollado un pánico existencial si no tenía esa información. O el caso de la anorexia, tan desarrollado en muchas de las sociedades industrializadas, en dónde se construye el sentido de la existencia en base a la percepción que los otros tienen de nosotros mismos, llegando incluso al desprecio del propio ser. O qué decir de aquellos hombre y mujeres que ya desde adolescentes invierten tiempo en gimnasios, operaciones quirúrgicas, medicamentos y cosméticos con el fin de mejorar siempre su imagen, creyendo que dicha imagen puede proporcionales la base de su ser y de su existir.

La cantidad de información que podemos recibir en una sociedad postmoderna como la nuestra es inconmensurable e instantánea. El Internet se asemeja a aquella biblioteca fabulosa de Borges en dónde estaban contenidos todos los libros pensables, escritos con todas las posibles combinaciones jamás pensadas. En muchos casos esta información es vana o improcedente para los fines que estamos hablando, para la construcción del propio ser. Desde el horóscopo, pasando por el estado del tiempo, hasta la última información sobre la crisis financiera, el último grito de la moda en aparatos electrónicos o el restaurante más sofisticado de la ciudad, todo debe conocerse para tomar una decisión que supuestamente acrecentará el sentido de la existencia. La capacidad del hombre de conocer, querer y ejecutar puede estar fundamentada en aspectos que no son esenciales para dar un sentido a la existencia, de tal forma que agotado el placer o la satisfacción que dicho bien aparente ha proporcionado, se busca inmediatamente otro, generando lo que en psicología se llama una sobre carga informativa13. La persona no aplica libremente su capacidad intelectiva, porque movida por la sobredosis en la información, no posee el espacio de tiempo mínimamente indispensable para poder evaluar adecuadamente todas las posibilidades que la información le proporciona. De esta manera continua siempre a buscar más información, vana, que no le proporcionará el sentido de la existencia, sino que siempre lo llevará a buscar más información. La capacidad de conocer se ve por tanto disminuida por esta desmesurada información que al final de cuentas no le proporciona el sentido de la vida. La voluntad y la libertad se debilitan ofuscadas por el cúmulo innecesario de información.

La sociedad líquida en la que vivimos propone al hombre de hoy un tipo de relación muy distinto al que existía hasta hace poco y que amenaza también la capacidad que tiene el hombre para dar un sentido a la vida. Se trata de las relaciones humanas. Todo ser humano por su función de desarrollo, tiende a relacionarse con otros seres, ya sean éstos vivientes o no. Pero la relación con otros hombres es importante para su desarrollo y equilibrio. Varios psicólogos han descubierto que una de las principales necesidades que tiene el hombre es la de sentirse amado, sentirse necesitado. No en vano la teoría del apego14 establece la importancia de las relaciones que desde la tierna infancia darán la posibilidad al hombre de relacionarse con el mundo a través de un universo de sentido que construye a partir de sus primeras relaciones.

Sin embargo la sociedad líquida no permite construir estas relaciones sólidas, a lo más deja sólo la posibilidad de crear una red de conocidos de la cual es fácil entrar y salir. “Las conexiones son <>. A diferencia de las relaciones de un tiempo (para no hablar de las relaciones <> y mucho menos de los compromisos a largo plazo), las relaciones actuales parecen hechas a la medida de un escenario de vida líquido – moderno en que se presume y se espera que las <> (y no sólo esas) se sucedan a ritmo creciente en cantidad siempre mayor, haciéndose competencia entre ellas mismas para ofrecer <>. A diferencia de las relacione <>, las relaciones <> son fáciles de instaurar y muy fácil de hacerlas desaparecer. Aparecen más emocionantes, alegres y ligeras respecto a la inercia y a lo pesado de las relaciones <>.15 Son relaciones desechables que no se fundamentan en las facultades psíquicas superiores del hombre como son la inteligencia, la voluntad y la afectividad, sino en aquellas facultades psíquicas inferiores como son los sentidos, las tendencias e instintos y la afectividad sensible. Se establece una relación como una red, en la que es fácil entrar y salir, en la que la duración está basada en la satisfacción que pueda proporcionar a los sentidos, las tendencias e instintos o a la afectividad sensible. Son relaciones líquidas porque no se obtiene nada de durable en ellas, no se puede aferrar nada. La persona no debe sentirse jamás comprometida a nada en esas relaciones.

La inteligencia, la voluntad y la libertad quedan reducidas o entorpecidas por este tipo de relación, ya que el bien que se busca es sólo el bien para las facultades psíquicas inferiores. De esta manera el sentido de la vida queda igualado al de los animales, ya que en ellos las relaciones se establecen sólo para satisfacer las necesidades de nutrición, desarrollo y reproducción. En el hombre actual, el hombre líquido, las relaciones se establecen en base a lo que es más satisfactorio a los sentidos externos, a una mera percepción sensible. El hombre reduce su capacidad de conocer más allá de lo que le presentan los sentidos, limitando su existencia al corto radio de la sensibilidad externa. El sentido de la vida, viene limitado por la sensibilidad. La persona pone a funcionar su mente no para conocer el sentido último que una sensación le propone, sino para buscar los medios para satisfacer plenamente dicha sensación, sabiendo que podrá dejarla en el momento en que no perciba satisfacción alguna. Su voluntad se mueve sólo para satisfacer un placer, un sentido o un afecto pasajero. La vida de relación se reduce a meras conexiones.


¿Cómo salir de la trampa del existir y pasar a la belleza del ser?
El panorama que acabamos de descubrir nos obliga a hablar un poco del tipo de cultura en el que el hombre vive. Podríamos decir que es una sociedad tecno – líquida cuyo agente catalítico es la comunicación. Cultura tecno – líquida porque la persona enfoca y basa su existencia en aquello que viene dictado por la tecnología. Y líquida porque no hay nada estable, todo es pasajero y todo debe ser vivido de acuerdo al último momento. Decimos que el agente catalizador es la comunicación porque el hombre de nuestra sociedad depende su existencia en gran manera de la información que pueda recabar por parte de los medios masivos que pululan el ambiente informático como el Internet, facebook, Twitter y todas las redes sociales actuales. El hombre de nuestra época busca sólo vivir el instante, sin un proyecto definido a largo plazo. Su horizonte temporal abarca sólo aquello que puede abarcar el tiempo que una relación o un objeto sea placentero y pueda producirle una satisfacción instantánea. “Nuestro (hombre) contemporáneo se caracteriza principalmente por el celo que tiene por la propia independencia y la responsabilidad a vivir sólo para él. Olvida toda relación con la trascendencia y se ha vuelto alérgico todo pensamiento especulativo y se limita simplemente al momento histórico, a lo más temporal, haciéndose la ilusión de que sólo es verdadero aquello que es fruto de la comprobación científica. Habiendo perdido la relación con el trascendente y rechazada toda contemplación espiritual, se ha precipitado en un tipo de empirismo pragmático que lo lleva a apreciar sólo los hechos y no las ideas. Sin ninguna resistencia cambia rápidamente su modo de pensar y de vivir, convirtiéndose así en un sujeto progresivamente más inestable, siempre listo a experimentar; deseoso de interactuar en cualquier tipo de juego de la vida, especialmente si lo lleva a aquel narcisismo exasperado que lo engaña sobre la esencia de la vida”.16

El hombre por tanto no vive más, sino que es vivido. Su capacidad de pensar, querer y decidir se ven reducidas al espacio temporal de aquello que le puede producir un placer inmediato o aquello que le puede proporcionar una identidad momentánea. Hecho para actividades también espirituales, las desdeña como algo pasado de moda o que no pueden producirle un sentido permanente a su existencia. Se conforma con “irla pasando”, buscando aquí y allá el sentido de la existencia. La mente se enfoca en lo temporal, la voluntad se enfrasca en lo más primario y la libertad queda reducida a la elección de aquellos medios que satisfacen una idea, producto de un pensamiento superfluo y pasajero. El hombre se convierte por tanto en un ser no vivo que sufre las consecuencias de los elementos externos a él, sin capacidad alguna para modificarlos, o a lo sumo en un ser viviente, como una planta o un animal, porque renuncia a su capacidad de manejar los elementos externos o aquellos elementos internos que lo impelen a hacer cosas que muchas veces van en contra de su misma naturaleza humana.

No es fácil salir de esta disminución del ser. El hombre debe hacer un esfuerzo enorme para encontrar el sentido de su vida y vivir cada una de sus actividades con una finalidad específica, que lo lleve a la finalidad última. “Dar sentido a la vida quiere decir tener la capacidad y saber distinguir la verdad de la falsedad, el bien del mal, lo esencial de lo que no es, lo permanente de lo pasajero”.17 Tarea nada fácil para un hombre acostumbrado a no pensar en su trascendencia, en su grandeza como hombre, en las grandes capacidades que tiene para darle un sentido a su existir y a su vivir.

Vivimos un tiempo nada fácil, no hay recetas. No es posible decirle al hombre actual haz esto, evita lo otro. La vida es una experiencia para ser vivida, por lo que cada hombre tiene que decidirse a hacer la experiencia de la vivida, a vivir la vida y no a ser vivido por la vida. ¿Consejos que dar? Es difícil. Cada persona debería saber cuáles son las razones o los motivos por los cuales hace lo que hace o deja de hacer lo que deja de hacer. Se trata de enseñar al hombre nuevamente a pensar, a cuestionarse todo. Y esto no de una forma cínica o pretender que puede haber una respuesta para todo en la vida, como los gnósticos, que con el sólo saber pretenden encontrar el sentido de la vida. Es necesario que el hombre vuelva a replantarse por sí sólo, las preguntas fundamentales de la existencia. ¿Para qué vivo? ¿Qué es la vida? ¿Vale la pena vivirla? ¿Cómo puedo vivirla?

El reto es precisamente lograr que el hombre adquiera nuevamente la capacidad de preguntarse y de penetrar ampliamente el sentido de las preguntas fundamentales. Pero debe ser en una manera natural, de forma que él quiera hacerse esas preguntas para que llegue a poner en juego su capacidad de entender, de querer y de elegir. Si el hombre actual ha olvidado su capacidad de pensar, para seguir sólo el capricho de los hechos, de los sentimientos , de los instintos o de las pasiones, la ayuda que verdaderamente podemos dar al hombre de hoy es producir un pensamiento que le ayude a pensar. No se trata de decirle lo que debe hacer, lo que debe pensar, cómo debe comportarse. El hombre de hoy rechazará como una alergia cualquier imposición. Se trata simplemente de hacerle una propuesta, como otros muchas propuestas, de forma tal que sea él, con su poca o mucha capacidad intelectual que le queda, a descubrir por si sólo la belleza el ser y la increíble aventura de poder ser el jinete de su propia existencia, sin dejarse manipular o llevar por agentes efímeros que no le proporcionarán nada estable.

Pero debe ser él, el hombre del siglo XXI a descubrirlo por sí mismo el sentido de la vida. “En pocas palabras, tenemos la tarea de producir un pensamiento que esté en grado de poner los cimientos de una época que proporcionará cultura a las futuras generaciones, permitiéndoles vivir en la genuina libertad, proyectándose siempre hacia la verdad. Este es el pensamiento que aún falta y que todavía no se ve en el horizonte. El drama se encuentra quizás en este punto. Si falta la fuerza del pensamiento no se puede pretender ningún proyecto de vida y todo se convierte en monótono, hasta llegar a la asfixia”.18



PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL O TALLER EN EQUIPO
¿Cuál es la diferencia entre los seres que tienen existencia y los seres que tienen vida?
¿Por qué se dice que un ser que sólo existe no tiene movimiento, sino que es movido?
¿Podrías decir cuál es la diferencia entre el Misti, un cóndor y una persona?
¿Has descubierto ya cuál es el sentido de tu vida?
¿Cuáles piensas que son las dificultades más grandes que tiene el hombre de hoy para descubrir el sentido de su vida?
¿Qué podrías hacer tú para ayudar a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes y a los adultos a descubrir el sentido de la vida?
¿Cuáles crees que son las preguntas más importantes que un hombre debe hacerse para descubrir el sentido de la vida?
¿Por qué crees que el adolescente, el joven, el adulto de nuestros días ya no se hace más esas preguntas?
¿Qué podrías hacer tú, tu equipo de trabajo, tu familia, las personas con las que más conviven para generar un pensamiento que ayudara a otros a cuestionarse sobre el sentido de su existencia?
¿Te ha servido de algo la lectura de este capítulo? ¿Por qué?


NOTAS
1 Ramón Lucas Lucas, El hombre espíritu encarnado, Compendio de filosofía del hombre, Sociedad de Educación Atenas, Madrid 1995, p. 15.
2 Battista Mondin, Manuale di filosofia sistematica, Volume 5 Antrpologia filosofica, Edizioni Studio Domenicano, Bologna 2000, p. 5.

3 “El evangelio es respuesta a las búsquedas del corazón humano. Responde a las aspiraciones hondas de la vida personal y social. El problema surge cuando esas demandas y aspiraciones parece que desaparecen. La pregunta es.
¿Qué necesitan las personas de hoy? ¿Qué busca la gente y qué pide la gente? ¿Cómo y dónde busca lo que anda buscando? ¿Demanda, de hecho tranquilizantes de conciencia y rehúsa el compromiso con una experiencia religiosa? Nuestra sociedad paree que busca una religiosidad Light, descafeinada, para curar la agresividad, el stress, la ansiedad.” Bonifacio Fernández, cmf, Proclamar el Evangelio de Jesucristo, en La vida religiosa ante la Nueva Evangelización, Cuadernos CONFER 37, Conferencia Española de Religiosos, p. 86.
4 “El hecho de que Venecia sea «ciudad de agua» hace pensar en un célebre sociólogo contemporáneo, que definió nuestra sociedad «líquida» y también la cultura europea: una cultura «líquida», para expresar su «fluidez», su poca estabilidad o, quizás, su falta de estabilidad, la volubilidad, la inconsistencia que a veces parece caracterizarla.” Benedicto XVI, Discursos, 8..5.2011. Bendicto XVI se refiere al célebre filosófo Zygmunt Bauman, conocido por acuñar el término y desarrollar el concepto de modernidad o sociedad líquida. Sus estudios nos servirán de base para entender la crisis de sentido por la cual está atravesando el hombre del siglo XXI.

5 Concilio Vaticano II, Constitución pastoral gaudium et spes, 7.12.1965, n. 12
6 Ramón Lucas Lucas, Explícame la persona, Edizioni Art, 2010 Roma, p. 272.
7 Ibídem., p. 10.
8 Ibídem., p. 13.
9 Ibídem, p. 105
10 “Pero ¿qué digo? Todo lo que ha de acontecer lo sé bien de antemano y ninguna desgracia imprevista vendrá de nuevo sobre mí. Pero es preciso soportar lo más ligeramente posible la suerte decretada, sabiendo que no hay lucha contra la fuerza de la Necesidad.” Monólogo de Prometeo, ante la imposibilidad de huir de su destino en Esquilo, Prometeo encadenado, Ed. Porrúa, México, D.F. 2010.
11 V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, documento final, Epiconsa – Paulinas, Lima 2007, n. 36.
12 “La vida humana tiene sentido porque el hombre puede ser consciente y libre; negar el sentido de la vida sería negar la capacidad de conciencia y libertad en el hombre.” Ramón Lucas Lucas, Explícame la persona, Edizioni Art, 2010 Roma, p. 238
13 La sobrecarga informativa se verifica cuando se recibe demasiada información en base a tomar una decisión. El exceso de información permite focalizar la atención sobre la decisión que se quiere tomar, llegando incluso a caer en la paradoja del asno de Buridán en dónde un asno puesto a escoger entre dos montones de paja para saciar su hambre, muere por incapacidad de decidir por alguno de ellos.
14 “El comportamiento de apego se define como toda conducta por la cual un individuo mantiene o busca proximidad con otra persona considerada como más fuerte. Se caracteriza también por la tendencia a utilizar al cuidador principal como una base segura, desde la cual explorar los entornos desconocidos, y hacia la cual retornar como refugio en momentos de alarma. La amenaza de pérdida despierta ansiedad, y la pérdida ocasiona pena, tristeza, rabia e ira. El mantenimiento de estos vínculos de apego es considerado como una fuente de seguridad que permite tolerar esos sentimientos. El apego es claramente observable en la preocupación intensa que los niños pequeños muestran, con respecto a la localización exacta de las figuras parentales, cuando se encuentran en entornos poco familiares.” María Pía Vernengo, Apego, en http://www.elpsicoanalisis.org.ar/numero4/resenaapego4.htm
15 Zygmunt Bauman, Amoreliquido, Editori Laterza, 9ª edizione, Bari.. 2009, p. XI – XII (Traducción libre del autor).
16 Rino Fisichella, La Nuova evangelizzazione, Una sfida per uscire dall’indifferenza, Arnoldo Mondadori Editore, Milano 2011, p. 30. (Traducción libre del autor).
17 Ramón Lucas Lucas, Explícame la persona, Edizioni Art, 2010 Roma, p. 241.
18 Rino Fisichella, La Nuova evangelizzazione, Una sfida per uscire dall’indifferenza, Arnoldo Mondadori Editore, Milano 2011, p. 46 – 47. (Traducción libre del autor).

 

 

 

 



 

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