Afán por conocer la fe
Por: Jutta Burggraf | Fuente: El ecumenismo: una tarea para todos

Capítulo II
Hace varias décadas, el mismo término “ecumenismo” era sospecho y poco habitual en la literatura católica. Hoy en día, en cambio, muchos cristianos son “sensibles” al ecumenismo. Perciben que se trata de una de las grandes pretensiones de la Iglesia actual. Incluso en algunos países se ha puesto de moda pedir a que todos los fieles participen activamente en la labor ecuménica. Esta nueva situación causaría una enorme alegría, si supiéramos vencer los peligros y evitar las equivocaciones. No podemos negar, por ejemplo, que algunas “manifestaciones ecuménicas” espectaculares puedan dar la impresión de que los participantes no se unen en la fe, sino en la ignorancia o en la indiferencia común. Tener iniciativas en favor de la unidad de la Iglesia, exige una madurez especial y, para los católicos, una fiel adhesión a las disposiciones de la legítima autoridad eclesiástica.
Ciertamente, no podemos huir de todos los peligros; no podemos quedarnos en la casa y cerrar puertas y ventanas. Dios nos pide la unidad, y tenemos que trabajar seriamente para conseguirla. Esto quiere decir, ante todo, esforzarnos en adquirir, en la medida de nuestras posibilidades personales, la madurez necesaria para lanzarnos al mundo “no católico”.
Cuando una persona se propone empezar a participar de un modo concreto en la labor ecuménica, ¿qué conviene hacer? ¿Correr a las casas de los demás y discutir con ellos? Ciertamente, esa no parece la conducta adecuada, pues no hay que olvidar una verdad de perogrullo: que antes de hablar, hay que estudiar. Y quien habla sin la preparación necesaria pone en peligro la propia fe e incurre en una falta de responsabilidad y de prudencia. Asimismo, no respeta la dignidad del interlocutor, que tiene derecho a enterarse del contenido de la doctrina católica. Cada cristiano debería conocer, lo mejor posible, la verdad y la belleza de la propia fe. Es preciso recordar la sentencia romana, según la cual “nadie da lo que no tiene”. Y entonces, cuando “tiene” mucho, puede comunicarlo a los demás; y también puede recibir de los otros algo que le ayude verdaderamente, y que no le dañe.
En suma, la primera exigencia del ecumenismo consiste en rezar, y la segunda en formarse bien. En este sentido, estudiar un manual de teología puede considerarse como una auténtica tarea ecuménica.



















