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La verdad robada sobre Dios
¿Existe Dios? Su existencia ¿es una cuestión religiosa o científica? ¿Puede uno ser un profesional y creer en Dios?


Por: R.P. Miguel Ángel Fuentes, IVE | Fuente: Del libro Las Verdades Robadas



 

 

 

La existencia de un Dios personal













¿Existe Dios? Su existencia ¿es una cuestión religiosa o científica? ¿Puede uno ser un profesional y creer en Dios? Para muchos el contacto con el mundo científico (falsamente científico, se entiende) es la puerta por la que entran al mundo del ateísmo, o al menos del agnosticismo. He escuchado varias veces la frase “yo me declaro agnóstico”, en boca de personas famosas; probablemente ignoran que tal afirmación equivale a declararse manco o ciego o impotente en el plano intelectual. El conocimiento de Dios es ciertamente una cuestión religiosa, si se entiende por “cuestión religiosa” un problema de fe; pero también es una cuestión científica, pues la filosofía es una ciencia, y nuestra inteligencia, filosofando llega a esta gran verdad.

Para que entendamos los alcances de este tema dejemos sentado lo que enseña la Iglesia sobre Dios. La enseñanza sobre Dios que nos da la Iglesia es una enseñanza teológica, es decir, está compuesta por verdades sobre Dios que la Iglesia sostiene como reveladas (ya sea porque están contenidas en la Sagrada Escritura, o bien reveladas en la tradición y han sido definidas como tales por el magisterio de la Iglesia), y contiene también verdades a las que nuestra inteligencia puede acceder a partir de sus fuerzas naturales. Conocemos de Dios no sólo su existencia sino sus atributos o cualidades, su esencia íntima (es un solo Dios en tres Personas distintas, es decir es Trinidad), conocemos su plan de salvación sobre los hombres (revelado en la Sagrada Escritura, particularmente en el Nuevo Testamento).

Científicamente algunas de estas verdades no son alcanzables pues sobrepasan la capacidad de nuestro intelecto; estas verdades superiores a nuestra potencia natural son denominadas “misterios intrínsecamente sobrenaturales”, y como tales sólo pueden ser conocidos por Dios y por aquel a quien Dios quiera manifestarlos (= revelarlos o des-velarlos). Tal es el caso del misterio de la Trinidad, del pecado original, de la Encarnación de Dios (Jesucristo) y su obra salvadora. La ciencia no puede alcanzarlas con su propio método, pues éste parte de las cosas naturales y se eleva al conocimiento de las causas por métodos naturales y con la fuerza que le da la sola razón humana natural. Pero estrictamente hablando la ciencia tampoco puede refutarlas ni contradecirlas puesto que precisamente por definición escapan a su campo. Un ciego no puede ver los colores, pero tampoco puede decir que no haya colores, ni que lo que yo veo blanco es verde, puesto que no tiene capacidad para captarlos; escapa a su facultad; un sordo no puede oír los sonidos, pero tampoco puede decir que una orquesta está desafinada, pues el mundo de los sonidos es desconocido para él. La ciencia, por tanto, deja de ser ciencia si se mete en un campo que no es el suyo. De este modo un científico no tiene autoridad para hablar de lo que no es su competencia; el ser matemático o biólogo no lo autoriza a hablar de lo que su ciencia matemática o biológica no le enseña ni de aquello para lo que no lo capacita; al igual que un astrónomo sordo no puede opinar sobre sinfonías por más que sea el mejor de los astrónomos. Creo que esto debe quedar claro para deslindar competencias, pues muchos de los problemas planteados contra la fe son empuñados por personas que no tienen fe y, lo que es realmente grave, a partir de disciplinas que nada tienen que ver con la fe (es decir, con el plano del misterio sobrenatural).
De todos modos, nosotros no hablaremos propiamente aquí de ese mundo intrínsecamente sobrenatural, sino del orden natural y de aquello que está a nuestro alcance intelectual. Igualmente a esto se aplica lo dicho en el parágrafo anterior: el problema de la existencia de Dios es una verdad natural pero metafísica o filosófica; por tanto sigue habiendo una indebida invasión de terreno cuando las objeciones contra (o negaciones de) una verdad filosófica provienen no ya de la filosofía sino de una ciencia puramente experimental (o sea que no llega al plano filosófico). Un médico puede hablar con autoridad de enfermedades y objetar tal o cual tratamiento terapéutico, pero no puede, en cuanto médico discutir sobre la esencia de las cosas, pues la medicina lo deja ciego, sordo y mudo para este mundo. Lo mismo se diga del matemático, del astrónomo, del biólogo y de los demás científicos (para abordar estos temas tendrán que ser también filósofos). Lamentablemente, la mayoría de las oposiciones a verdades estrictamente filosóficas provienen de campos infra y extra filosóficos. ¡Y les damos cabida!

“El problema de Dios, ha escrito Cornelio Fabro, uno de los filósofos más eminentes del siglo XX, es el interrogante primero y último del hombre porque busca el Primer Principio sea del ser como del no ser; por eso se puede decir por su centralidad que es el problema esencial del hombre esencial y por su universalidad es el problema del hombre común” .

El problema de Dios (de si Dios existe o no) es el más universal de los problemas; al punto tal que todo hombre se lo plantea, ya de viejo o en su juventud, sea poeta, soldado, artesano, campesino o filósofo, sea hombre o mujer. Y se declare como se declare: ateo, agnóstico o creyente; pues el ateo es quien ante tal planteo se extravió hasta la negación de Dios; el agnóstico desistió en su camino y el creyente llegó a puerto. No es un viaje fácil, según dicen los filósofos y los teólogos; el mismo Santo Tomás dice que algunos no han podido dedicarse a este estudio por su complexión defectuosa, otros por tener ocupaciones familiares absorbentes, y otros, en fin, por pereza; e incluso los que se dedican a la filosofía sólo con esfuerzo llegan a estas alturas del conocimiento de Dios, en particular cuando las pasiones los enceguecen, de aquí la gran misericordia de Dios, al facilitarnos su conocimiento por medio de su propia revelación . Pero a pesar de todas las dificultades, esta es la aventura más emocionante en la que podamos embarcarnos.

Los filósofos de todos los tiempos han intentado llegar a la demostración de la existencia de Dios. De ahí tantas pruebas distintas. El P. Cornelio Fabro, en su obra “Le prove dell’esistenza di Dio” (Las pruebas de la existencia de Dios), analiza las pruebas dadas por filósofos de la antigüedad, como Sócrates, Platón, Aristóteles, Cleantes, Filón, Plotino, Proclo, etc., por los primeros pensadores cristianos como Orígenes, Gregorio de Nissa, Agustín, Boecio, Juan Damasceno, etc.; filósofos árabes y judíos como Alfarabí, Avicebrón, Avicena, Algazel, Averroes, Maimonides; filósofos y teólogos medievales como Buenaventura, Tomás de Aquino, Juan Duns Escoto, Ockam, Dante Alighieri, Nicolás de Cusa; y pensadores modernos como Descartes, Pascal, Locke, Leibniz, Vico, Wolff, Kant, Hegel, Rosmini, Newman, Kierkegaard, etc. Como vemos es un argumento que ha interesado a muchos; y desde los más diversos campos han llegado a Dios, con pruebas más o menos serias, más o menos probatorias. En algunos casos, con argumentos que, por partir de principios falsos, podían terminar al revés, en la negación de Dios.

Podemos reducir las pruebas (o vías, como las llama la tradición filosófica) a dos categorías: las cinco vías tomistas y “las demás”. En rigor científico las vías realmente probatorias son las cinco vías usadas por Santo Tomás; las otras pueden darnos una aproximación a la verdad de la existencia de Dios, pero por sí solas son insuficientes.

1. Las “otras” pruebas (argumentaciones secundarias)

Hay pruebas que nos “ponen en la pista” de la existencia de Dios. Rigurosamente no son plenamente demostrativas, pero ya abren nuestra inteligencia y la encaminan a esta gran verdad.

a) Por la existencia del hombre, inteligente y libre

Se puede demostrar particularmente la existencia de Dios por la existencia del hombre, inteligente y libre, pues no hay efecto sin una causa capaz de producirlo.
Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere, no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora; y como esa causa inteligente y creadora es Dios, se sigue que la existencia del hombre demuestra la existencia de Dios.
Es un hecho indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado, ¿quién me ha dado la vida?
1º No he sido yo mismo. Antes de existir, yo nada era, no tenía ser; y lo que no existe, no produce nada.
2º No fueron sólo mis padres. El verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora, o rehacerla cuando se destruye. Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo con una dolencia grave, ni resucitarme después de muerto. Si solamente mis padres fuesen los autores de mi vida, ¿por qué no pueden hacerme perfecto?¿Qué padre, qué madre, no trataría de hacer a sus hijos perfectos? Además, mi alma es simple y espiritual, no puede proceder de mis padres: no de su cuerpo, pues entonces sería material; no de su alma, porque el alma es indivisible; ni de su poder creador, pues ningún ser creado puede crear.
3º No puedo deber mi existencia a ningún ser visible de la creación. Porque, en cuanto dotado de entendimiento y voluntad soy superior a todos los seres irracionales.
Si no soy fruto de mí mismo, ni de mis padres, ni de ningún otro ser creado, sólo explica mi existencia un Espíritu creador que sea Increado. Alguien que haya podido sacar mi alma de la nada, es decir, crearla. Y como un ser que reúna estas cualidades (espíritu, increado y creador) es lo que todos llaman Dios, entonces mi existencia y mi naturaleza postulan la existencia de Dios.

b) Por la existencia de la ley moral

También probaría la existencia de Dios el hecho de la ley moral. Existe, en efecto, una ley moral, absoluta, universal, inmutable, que manda hacer el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres (hablaré de esta ley en un capítulo especial). El que obedece esta ley, siente la satisfacción del deber cumplido; el que la desobedece, es víctima del remordimiento.
Ahora bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin legislador, esa ley moral exige la existencia de un autor, el cual es Dios. Luego por la existencia de la ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios.
Él es el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o los remordimientos de conciencia.
Nuestra conciencia nos enseña: 1º, que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial; 2º, que debemos practicar el bien y evitar el mal; 3º, que todo acto malo merece castigo, y toda obra buena es digna de premio.
Por eso nuestra conciencia se alegra y se aprueba a sí misma cuando procede bien, y se reprueba y condena cuando obra mal. Por tanto, existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.
¿Cuál es el origen de esa ley? Evidentemente debe haber un legislador que la haya promulgado, así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad, obligatoria para todo hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no es otro que Dios.
Además de lo dicho, se ha de tener presente que si no existe legislador, la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego una de dos: o es Dios el autor de esa ley, y entonces existe; o la ley moral es una quimera, y en ese caso no existiría diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, la justicia y la iniquidad, y la sociedad sería imposible. El sentimiento íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este grito: ¡Dios mío!... Es el grito de la naturaleza. “El más popular de todos los seres es Dios –dijo Lacordaire: el pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios no se halle y sea nombrado, La cólera cree no haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie blasfema de lo que no existe. La rabia de los impíos, como las bendiciones de los buenos, testimonia la existencia de Dios.

c) Por la creencia universal del género humano

Podemos llegar a la existencia de Dios también examinando el consentimiento de todos los pueblos sobre este punto. El argumento se puede exponer diciendo: todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las regiones del mundo y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las pasiones, debemos admitir con la humanidad entera que Dios existe.
Cuando hablamos de “todos los pueblos” debemos entender una totalidad “moral”; materialmente pueden encontrarse excepciones, individuales y tal vez incluso de tribus ateas o semi ateas (al menos lo podemos postular hipotéticamente; en el capítulo dedicado al fenómeno religioso veremos que muchos estudiosos niegan que haya pueblos enteros ateos). Pero cuando estas excepciones son realmente eso “excepciones” puede hablarse de cierta unanimidad moral.
Pues bien, es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado dioses de piedra, otros animales en lugar de Dios, y muchos a los astros (en particular al sol y a la luna); muchos han atribuido a sus ídolos cualidades buenas o malas, etc.; pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier, tanto entre los pueblos antiguos como entre los modernos. El historiador Plutarco escribía en la antigüedad: “Echad una mirada sobre la superficie de la tierra y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”. Con razón decía un autor: “Yo he buscado el ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte, y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de África, creen en la existencia de Dios”.
Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque no se puede explicar tal consentimiento por ninguna otra causa. No fueron los sacerdotes (paganos) quienes convencieron a los hombres de la existencia de Dios, pues más bien hay que decir que todo sacerdocio toma origen de una creencia anterior en la existencia de un Dios al que hay que rendir culto. No se puede explicar por las pasiones humanas, pues las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y condena. No puede explicarse por prejuicios, pues un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; pronto o tarde lo disipa la ciencia y el sentido común. No puede explicarse por la ignorancia, pues entre los más grandes sabios siempre se han contado fervorosos creyentes en Dios. No puede explicarse por el temor (como alguna teoría etnológica ha pretendido), pues nadie teme lo que no existe: el temor de Dios prueba su existencia. Tampoco puede explicarse por la política de los gobernantes, pues ningún gobernante ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, la mayoría ha querido confirmar sus leyes con la autoridad divina; esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.
Por tanto, la creencia de todos los pueblos sólo puede tener su origen en Dios mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres, o bien que ha sido conocido por medio de sus creaturas .

d) Por el deseo natural de perfecta felicidad

Este argumento puede exponerse del siguiente modo: nos consta que todo ser humano tiene un deseo natural e innato de alcanzar la felicidad plena; también nos consta que ese deseo no puede ser inútil o ineficaz; y nos consta que no podemos alcanzar la felicidad sino en un Bien infinito, que no puede ser otro que Dios.




1º Nos consta con toda certeza que el corazón humano apetece la plena y perfecta felicidad con un deseo natural e innato.
Esta proposición es evidente para cualquier espíritu reflexivo. Consta, efectivamente, que todos los hombres del mundo aspiran a ser felices en el grado máximo posible. Nadie que esté en su sano juicio puede poner coto o limitación alguna a la felicidad que quisiera alcanzar: cuanta más, mejor. La ausencia de un mínimum indispensable de felicidad puede arrojarnos en brazos de la desesperación; pero no podrá arrancarnos, sino que nos aumentará todavía más el deseo de la felicidad. El mismo suicida –decía Pascal– busca su propia felicidad al ahorcarse, ya que cree –aunque con tremenda equivocación– que encontrará en la muerte el fin de sus dolores y amarguras. Es, pues, un hecho indiscutible que todos los hombres aspiran a la máxima felicidad posible con un deseo fuerte, natural, espontáneo, innato; o sea, con un deseo que brota de las profundidades de la propia naturaleza humana.

2º Nos consta también con toda certeza que un deseo propiamente natural e innato no puede ser vano, o sea, no puede recaer sobre un objetivo o finalidad inexistente o de imposible adquisición.
La razón es porque la naturaleza no hace nada en vano, todo tiene su finalidad y explicación. De lo contrario, ese deseo natural e innato, que es una realidad en todo el género humano, no tendría razón suficiente de ser, y es sabido que “nada existe ni puede existir sin razón suficiente de su existencia”.

3º Nos consta, finalmente, que el corazón humano no puede encontrar su perfecta felicidad más que en la posesión de un Bien Infinito. Por tanto existe el Bien Infinito al cual llamamos Dios.
El hombre no puede encontrar su plena felicidad en ninguno de los bienes creados en particular ni en la posesión conjunta y simultánea de todos ellos, porque ni puede poseerlos todos (como nos enseña claramente la experiencia universal: nadie posee ni ha poseído jamás a la vez todos los bienes externos –riquezas, honores, fama, gloria, poder–, y todos los del cuerpo –salud, placeres–, y todos los del alma –ciencia, virtud–; muchos de ellos son incompatibles entre sí y jamás pueden llegar a reunirse en un solo individuo), ni serían suficientes aunque pudieran conseguirse todos, ya que no reúnen ninguna de las condiciones esenciales para la perfecta felicidad objetiva pues son bienes creados (por consiguiente finitos e imperfectos); no excluyen todos los males (puesto que el mayor mal es carecer del Bien Infinito, aunque se posean todos los demás); no sacian plenamente el corazón del hombre (como consta por la experiencia propia y ajena); y, finalmente, son bienes caducos y perecederos, que se pierden fácilmente y desaparecerán del todo con la muerte. Es, pues, imposible que el hombre pueda encontrar en ellos su verdadera y plena felicidad.
Solamente un Bien Infinito puede llenar por completo las aspiraciones inmensas del corazón humano, satisfaciendo plenamente su apetito natural e innato de felicidad. Por ende hay que concluir que ese Bien Infinito existe realmente, si no queremos incurrir en el absurdo de declarar vacío de sentido ese apetito natural e innato que experimenta absolutamente todo el género humano.


2. Las vías de Santo Tomás (argumentos realmente probatorios)

Veamos ahora los argumentos que son ciertamente probatorios, expuestos en su conjunto con suma claridad por Tomás de Aquino. Se los llama “vías”, por ser itinerarios por los que la mente llega a la existencia de Dios.

a) La primera vía: la vía del movimiento

La primera vía para demostrar la existencia de Dios puede formularse del siguiente modo: el movimiento del universo exige un Primer Motor inmóvil, que es precisamente Dios.

Dice Santo Tomás de Aquino: “Es innegable y consta por el testimonio de los sentidos que en el mundo hay cosas que se mueven. Pues bien: todo lo que se mueve es movido por otro, ya que nada se mueve más que en cuanto está en potencia respecto a aquello para lo que se mueve. En cambio, mover requiere estar en acto, ya que mover no es otra cosa que hacer pasar algo de la potencia al acto, y esto no puede hacerlo más que lo que está en acto, a la manera como lo caliente en acto, por ejemplo, el fuego, hace que un leño, que está caliente sólo en potencia, pase a estar caliente en acto. Ahora bien: no es posible que una misma cosa esté, a la vez, en acto y en potencia respecto a lo mismo, sino respecto a cosas diversas; y así, por ejemplo, lo que es caliente en acto no puede estar caliente en potencia para ese mismo grado de calor, sino para otro grado más alto, o sea, que en potencia está a la vez frío. Es, pues, imposible que una misma cosa sea a la vez y del mismo modo motor y móvil, o que se mueva a sí misma. Hay que concluir, por consiguiente, que todo lo que se mueve es movido por otro. Pero si este otro es, a su vez, movido por un tercero, este tercero necesitará otro que le mueva a él, y éste a otro, y así sucesivamente. Mas no se puede proceder indefinidamente en esta serie de motores, porque entonces no habría ningún primer motor y, por consiguiente, no habría motor alguno, pues los motores intermedios no mueven más que en virtud del movimiento que reciben del primero, lo mismo que un bastón nada mueve si no lo impulsa la mano. Es necesario, por consiguiente, llegar a un Primer Motor que no sea movido por nadie, y éste es lo que todos entendemos por Dios” .

El argumento es de una fuerza demostrativa incontrovertible para cualquier espíritu reflexivo acostumbrado a la alta especulación filosófica. Pero vamos a exponerlo de manera más clara y sencilla para que puedan captarlo fácilmente los lectores no acostumbrados a los altos razonamientos filosóficos.
En el mundo que nos rodea hay infinidad de cosas que se mueven. Es un hecho que no necesita demostración: basta abrir los ojos para contemplar el movimiento por todas partes.
Ahora bien: prescindiendo del movimiento de los seres vivos, que, en virtud precisamente de la misma vida, tienen un movimiento inmanente que les permite crecer o trasladarse de un sitio a otro sin más influjo aparente que el de su propia naturaleza o el de su propia voluntad, es un hecho del todo claro e indiscutible que los seres inanimados (o sea, todos los pertenecientes al reino mineral) no pueden moverse a sí mismos, sino que necesitan que alguien los mueva. Si nadie mueve a una piedra, permanecerá quieta e inerte por toda la eternidad, ya que ella no puede moverse a sí misma, puesto que carece de vida y, por lo mismo, está desprovista de todo movimiento inmanente.
Pues apliquemos este principio tan claro y evidente al mundo sideral y preguntémonos quién ha puesto y pone en movimiento esa máquina colosal del universo estelar, que no tiene en sí misma la razón de su propio movimiento, puesto que se trata de seres inanimados pertenecientes al reino mineral; y por mucho que queramos multiplicar los motores intermedios, no tendremos más remedio que llegar a un Primer Motor inmóvil incomparablemente más potente que el universo mismo, puesto que lo domina con soberano poder y lo gobierna con infinita sabiduría. Verdaderamente, para demostrar la existencia de Dios basta contemplar el espectáculo maravilloso de una noche estrellada, sabiendo que esos puntitos luminosos esparcidos por la inmensidad de los espacios como polvo de brillantes son soles gigantescos que se mueven a velocidades fantásticas, a pesar de su aparente inmovilidad.
Jesús Simón ha expuesto este argumento de una manera muy bella y sugestiva: “Sabemos por experiencia, y es un principio inconcuso de mecánica, que la materia es inerte, esto es, de suyo indiferente para el movimiento o el reposo. La materia no se mueve ni puede moverte por sí misma: para hacerlo, necesita una fuerza extrínseca que la impela... Si vemos un aeroplano volando por los aires, pensamos al instante en el motor que lo pone en movimiento; si vemos una locomotora avanzando majestuosamente por los rieles, pensamos en la fuerza expansiva del vapor que lleva en sus entrañas. Mas aun: si vemos una piedra cruzando por los aires, discurrimos al instante en la mano o en la catapulta que la ha arrojado.
He aquí, pues, nuestro caso.
Los astros son aglomeraciones inmensas de materia, globos monstruosos que pesan miles de cuatrillones de toneladas, como el Sol, y centenares de miles, como Betelgeuse y Antares. Luego también son inertes de por sí. Para ponerlos en movimiento se ha precisado una fuerza infinita, extracósmica, venida del exterior, una mano omnipotente que los haya lanzado como proyectiles por el espacio...
¿De quién es esa mano? ¿De dónde procede la fuerza incontrastable capaz de tan colosales maravillas? ¿La fuerza que avasalló los mundos?
Sólo puede haber una respuesta: la mano, la omnipotencia de Dios” .

Hillaire en su obra La religión demostrada expone este mismo argumento en la siguiente forma: “Es un principio admitido por las ciencias físicas y mecánicas que la materia no puede moverse por sí misma: una estatua no puede abandonar su pedestal; una máquina no puede moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí mismo ponerse en movimiento Tal es el llamado principio de inercia. Luego es necesario un motor para producir el movimiento.
Pues bien; la tierra, el sol, la luna, las estrellas, recorren órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras. La tierra es un globo colosal de cuarenta mil kilómetros de circunferencia, que realiza, según afirman los astrónomos, una rotación completa sobre sí mismo en el espacio de un día, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con la velocidad de veintiocho kilómetros por minuto. En un año da una vuelta completa alrededor del sol, y la velocidad con que marcha es de unos treinta kilómetros por segundo. Y también sobre la tierra, los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas, todo proclama la existencia del movimiento.
Todo movimiento supone un motor; mas como no se puede suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que un número infinito es tan imposible como un bastón sin extremidades, hay que llegar necesariamente a un ser primero que comunique el movimiento sin haberlo recibido; hay que llegar a un primer motor inmóvil. Ahora bien, este primer ser, esta causa primera del movimiento, es Dios, quien con justicia recibe el nombre de Primer Motor del universo.
Admiramos el genio de Newton, que descubrió las leyes del movimiento de los astros; pero ¿qué inteligencia no fue necesaria para establecerlas, y qué poder para lanzar en el espacio y mover con tanta velocidad y regularidad estos innumerables mundos que constituyen el universo?... Napoleón, en la roca de Santa Elena, decía al general Bertrand: ‘Mis victorias os han hecho creer en mi genio: el Universo me hace creer en Dios... ¿Qué significa la más bella maniobra militar comparada con el movimiento de los astros...?’” .

Este argumento, enteramente demostrativo por sí mismo, alcanza su máxima certeza y evidencia si se le combina con el del orden admirable que reina en el movimiento vertiginoso de los astros, que se cruzan entre sí recorriendo sus órbitas a velocidades fantásticas sin que se produzca jamás un choque ni la menor colisión entre ellos. Lo cual prueba que esos movimientos no obedecen a una fuerza ciega de la misma naturaleza, que produciría la confusión y el caos, sino que están regidos por un poder soberano y una inteligencia infinita, como veremos claramente más abajo al exponer la quinta vía de Santo Tomás.
Quede, pues, sentado que el movimiento del universo exige un Primer Motor que impulse o mueva a todos los demás seres que se mueven. Dada su soberana perfección, este Primer Motor ha de ser necesariamente inmóvil, o sea, no ha de ser movido por ningún otro motor, sino que ha de poseer en sí mismo y por sí mismo la fuerza infinita que impulse el movimiento a todos los demás seres que se mueven. Este Primer Motor inmóvil, infinitamente perfecto, recibe el nombre adorable de Dios.

b) La segunda vía: la vía de la causalidad eficiente

Este segundo procedimiento para demostrar la existencia de Dios puede formularse sintéticamente del siguiente modo: las causas eficientes segundas reclaman necesariamente la existencia de una Primera Causa eficiente a la que llamamos Dios.

En filosofía se entiende por causa eficiente aquella que, al actuar, produce un efecto distinto de sí misma. Así, el escultor es la causa eficiente de la estatua esculpida por él; el padre es la causa eficiente de su hijo.
Se entiende por causa eficiente segunda toda aquella que, a su vez, ha sido hecha por otra causa eficiente anterior. Y así, el padre es causa eficiente de su hijo, pero, a su vez, es efecto de su propio padre, que fue quien le trajo a la existencia como causa eficiente anterior. En este sentido son causas segundas todas las del universo, excepto la Primera Causa incausada, cuya existencia vamos a investigar.

La expone Santo Tomás de Aquino: “Hallamos que en el mundo de lo sensible hay un orden determinado entre las causas eficientes; pero no hallamos ni es posible hallar que alguna cosa sea su propia causa, pues en tal caso habría de ser anterior a sí misma, y esto es imposible. Ahora bien: tampoco se puede prolongar indefinidamente la serie de las causas eficientes, porque, en todas las causas eficientes subordinadas, la primera es causa de la intermedia y ésta es causa de la última, sean pocas o muchas las intermedias. Y puesto que, suprimida una causa, se suprime su efecto, si no existiese entre las causas eficientes una que sea la primera, tampoco existiría la última ni la intermedia. Si, pues, se prolongase indefinidamente la serie de causas eficientes, no habría causa eficiente primera, y, por tanto, ni efecto último ni causa eficiente intermedia, cosa falsa a todas luces. Por consiguiente, es necesario que exista una Causa Eficiente Primera, a la que llamamos Dios” .

Como se ve, el argumento de esta segunda vía es también del todo evidente y demostrativo. Pero para ponerlo todavía más al alcance de los no iniciados en filosofía, vamos a poner un ejemplo clarísimo para todos: el origen de la vida en el universo. Es un hecho indiscutible que en el mundo hay seres vivientes que no han existido siempre, sino que han comenzado a existir; por ejemplo, cualquier persona humana. Todos ellos recibieron la vida de sus propios padres, y éstos de los suyos, y así sucesivamente. Ahora bien: es imposible prolongar hasta el infinito la lista de nuestros tatarabuelos. Es forzoso llegar a un primer ser viviente que sea el principio y origen de todos los demás. Suprimido el primero, quedan suprimidos automáticamente el segundo y el tercero y todos los demás; de donde habría que concluir que los seres vivientes actuales no existen realmente, lo cual es ridículo y absurdo. Luego existe un Primer Viviente que es causa y origen de todos los demás.

Ahora bien: este Primer Viviente reúne, entre otras muchas, las siguientes características:

1º No tiene padre ni madre, pues de lo contrario ya no sería el primer viviente, sino el tercero, lo cual es absurdo y contradictorio, puesto que se trata del primer viviente en absoluto.
2º No ha nacido nunca, porque de lo contrario hubiera comenzado a existir y alguien hubiera tenido que darle la vida, pues de la nada no puede salir absolutamente nada, ya que la nada no existe, y lo que no existe, nada puede producir. Luego ese primer viviente tiene la vida por sí mismo, sin haberla recibido de nadie.
3º Por tanto es eterno, o sea, ha existido siempre, sin que haya comenzado jamás a existir.
4º Y así todos los demás seres vivientes proceden necesariamente de él, ya que es absurdo y contradictorio admitir dos o más primeros vivientes: el primero en cualquier orden de cosas se identifica con la unidad absoluta.
5º Por ende de él proceden, como de su causa originante y creadora, todos los seres vivientes del universo visible: hombres, animales y plantas, y todos los del universo invisible: los ángeles de que nos hablan las Escrituras.
6º Consecuentemente es superior y está infinitamente por encima de todos los seres vivientes del universo, a los que comunicó la existencia y la vida.

Hay que concluir forzosamente que el Primer Viviente que reúne estas características tiene un nombre adorable: es, sencillamente, Dios.
Esto mismo Hillaire lo expone diciendo: “Las ciencias físicas y naturales nos enseñan que hubo un tiempo en que no existía ningún ser viviente sobre la tierra. ¿De dónde, pues, ha salido la vida que ahora existe en ella: la vida de las plantas, la vida de los animales, la vida del hombre?
La razón nos dice que ni siquiera la vida vegetativa de una planta y menos la vida sensitiva de los animales, y muchísimo menos la vida intelectiva del hombre, han podido brotar de la materia, ¿Por qué? Porque nadie da lo que no tiene; y como la materia carece de vida, no puede darla.
Los ateos se encuentran acorralados por este dilema: o bien la vida ha nacido espontáneamente sobre el mundo, fruto de la materia por generación espontánea; o bien hay que admitir una causa distinta del mundo, que fecunda la materia y hace brotar la vida. Ahora bien: después de los experimentos concluyentes de Pasteur, ya no hay sabios verdaderos que se atrevan a defender la hipótesis de la generación espontánea; la verdadera ciencia establece que nunca un ser viviente nace sin germen vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente de la misma especie.
Pero ¿cuál es el origen del primer ser viviente de cada especie? Remontaos todo lo que queráis de generación en generación: siempre habrá que llegar a un primer creador, que es Dios, causa primera de todas las cosas. Es el viejo argumento del huevo y la gallina; mas no por ser viejo deja de ser molesto para los ateos” .

Este argumento del origen de la vida es un simple caso particular del argumento general de la necesidad de una Primera Causa eficiente y puede aplicarse, por lo mismo, a todos los demás seres existentes en el universo. Cada uno de los seres, vivientes o no, que pueblan la inmensidad del universo, constituye una prueba concluyente de la existencia de Dios; porque todos esos seres son necesariamente el efecto de una causa que los ha producido, la obra de un Dios creador. Por supuesto que no aceptarán esta demostración, ni otras semejantes, aquellos pensadores que nieguen la validez del “principio de causalidad” (que dice que no hay efecto sin causa), como por ejemplo William James –muy alabado nuevamente en nuestros tiempos– quien afirmaba en una de sus principales obras que “la causalidad es demasiado oscura como principio para llevar el peso de toda la estructura de la teología” . Esto, que no solo lo afirma James, se escribe pronto sobre un papel y es fácil hacerlo creer a los demás desde una cátedra universitaria cuando los demás en lugar de espíritu crítico nos tienen respeto admirativo... pero no es posible vivirlo. Es probable que el mismo James, agarrándose el estómago en medio de algún retorcijón haya pensado para sus adentros: “deben ser los duraznos verdes que comí ayer”, o “esto me pasa por glotón”; o simplemente habrá impedido que alguno de sus hijos meta los dedos en el enchufe o curiosee de cerca a los leones del zoológico de New York... llevado por su convicción vital de que hay una relación de causa y efecto –principio de causalidad– entre estos acontecimientos, lo cual aunque lo niegue intelectualmente le resulta evidente vitalmente. Esto muestra que los filósofos necios cuando pasean en pijama por sus casas suelen guiarse por el sentido común, el cual abandonan junto con sus pijamas cuando salen para dar clase. El día que dejan de hacerlo terminan durmiendo en un caño, como Diógenes, o en el manicomio como Nietszche.
Vamos a ver esto mismo desde otro punto de vista distinto.

c) La tercera vía: por la contingencia de los seres

El argumento fundamental de la tercera vía para demostrar la existencia de Dios puede formularse sintéticamente del modo siguiente: la contingencia de las cosas del mundo nos lleva con toda certeza al conocimiento de la existencia de un Ser Necesario que existe por sí mismo, al que llamamos Dios.

Aclaremos algunos conceptos:
· un ser contingente es aquel que existe, pero podría no existir; o también, aquel que comenzó a existir y dejará de existir algún día; tales son todos los seres corruptibles del universo;
· un ser necesario es aquel que existe y no puede dejar de existir; o también, aquel que, teniendo la existencia de sí y por sí mismo, ha existido siempre y no dejará jamás de existir.

El argumento lo expone Santo Tomás: “La tercera vía considera el ser posible o contingente y el necesario, y puede formularse así: Hallamos en la naturaleza cosas que pueden existir o no existir, pues vemos seres que se engendran o producen y seres que mueren o se destruyen, y, por tanto, tienen posibilidad de existir o de no existir.
Ahora bien: es imposible que los seres de tal condición hayan existido siempre, ya que lo que tiene posibilidad de no ser hubo un tiempo en que de hecho no existió. Si, pues, todas las cosas existentes tuvieran la posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que ninguna existió de hecho. Pero, si esto fuera verdad, tampoco ahora existiría cosa alguna, porque lo que no existe no empieza a existir más que en virtud de lo que ya existe, y, por tanto, si nada existía, fue imposible que empezase a existir alguna cosa, y, en consecuencia, ahora no existiría nada, cosa evidentemente falsa.
Por consiguiente, no todos los seres son meramente posibles o contingentes, sino que forzosamente ha de haber entre los seres alguno que sea necesario. Pero una de dos: este ser necesario o tiene la razón de su necesidad en sí mismo o no la tiene. Si su necesidad depende de otro, como no es posible admitir una serie indefinida de cosas necesarias cuya necesidad dependa de otras –según hemos visto al tratar de las causas eficientes–, es forzoso llegar a un Ser que exista necesariamente por sí mismo, o sea, que no tenga fuera de sí la causa de su existencia necesaria, sino que sea causa de la necesidad de los demás. Y a este Ser absolutamente necesario lo llamamos Dios” .

Se trata, como se ve, de un razonamiento absolutamente demostrativo en todo el rigor científico de la palabra. La existencia de Dios aparece a través de él con tanta fuerza como la que lleva consigo la demostración de un teorema de geometría. No es posible substraerse a su evidencia ni hay peligro alguno de que el progreso de las ciencias encuentre algún día la manera de desvirtuarla, porque estos principios metafísicos trascienden la experiencia de los sentidos y están por encima y más allá de los progresos de la ciencia.

Que el ser necesario se identifica con Dios es cosa clara y evidente, teniendo en cuenta algunas de las características que la simple razón natural puede descubrir con toda certeza en él. He aquí las principales:

1º El ser necesario es infinitamente perfecto. Consta por el mero hecho de existir en virtud de su propia esencia o naturaleza, lo cual supone el conjunto de todas las perfecciones posibles y en grado supremo. Porque posee la plenitud del ser y el ser comprende todas las perfecciones: es, pues, infinitamente perfecto.
2º No hay más que un ser necesario. El Ser necesario es infinito; y dos infinitos no pueden existir al mismo tiempo. Si son distintos, no son ni infinitos ni perfectos, porque ninguno de los dos posee lo que pertenece al otro. Si no son distintos, no forman más que un solo ser.
3º El ser necesario es eterno. Si no hubiera existido siempre, o si tuviera que dejar de existir, evidentemente no existiría en virtud de su propia naturaleza. Puesto que existe por sí mismo, no puede tener ni principio, ni fin, ni sucesión.
4º El ser necesario es absolutamente inmutable. Mudarse es adquirir o perder algo. Pero el Ser necesario no puede adquirir nada, porque posee todas las perfecciones; y no puede perder nada, porque la simple posibilidad de perder algo es incompatible con su suprema perfección. Por tanto es inmutable.
5º El ser necesario es absolutamente independiente. Porque no necesita de nadie, se basta perfectamente a sí mismo, ya que es el Ser que existe por sí mismo, infinito, eterno, perfectísimo.
6º El ser necesario es un espíritu. Un espíritu es un ser inteligente, capaz de pensar, de entender y de querer; un ser que no puede ser visto ni tocado con los sentidos corporales, a diferencia de la materia, que tiene las características opuestas. El Ser necesario tiene que ser forzosamente espíritu, no cuerpo o materia. Porque, si fuera corporal, sería limitado en su ser, como todos los cuerpos. Si fuera material sería divisible y no sería infinito. Tampoco sería infinitamente perfecto, porque la materia no puede ser el principio de la inteligencia y de la vida, que están mil veces por encima de ella. Luego el Ser necesario es un Ser espiritual, infinitamente perfecto y trascendente.
Ahora bien: estos y otros caracteres que la simple razón natural descubre sin esfuerzo y con toda certeza en el ser necesario coinciden en absoluto con los atributos divinos. Por ende el ser necesario es Dios. Consecuentemente, la existencia de Dios está fuera de toda duda a la luz de la simple razón natural.

d) La cuarta vía: por los distintos grados de perfección

La cuarta vía llega a la existencia de Dios por la consideración de los distintos grados de perfección que se encuentran en los seres creados. Es, quizá, la más profunda desde el punto de vista metafísico; pero, por eso mismo, es la más difícil de captar por los no iniciados en las altas especulaciones filosóficas.
La expone Santo Tomás diciendo: “La cuarta vía considera los grados de perfección que hay en los seres. Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, y lo mismo sucede con las diversas cualidades. Pero el más y el menos se atribuye a las cosas según su diversa proximidad a lo máximo, y por esto se dice que una cosa está tanto más caliente cuanto más se aproxima al máximo calor. Por tanto, ha de existir algo que sea verdaderísimo, nobilísimo y óptimo, y, por ello, ente o ser supremo; pues, como dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima entidad. Ahora bien: lo máximo en cualquier género es causa de todo lo que en aquel género existe, y así el fuego, que tiene el máximo calor , es causa del calor de todo lo caliente. Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas existentes causa de su ser, de su bondad y de todas sus demás perfecciones. Y a ese Ser perfectísimo, causa de todas las perfecciones, le llamamos Dios” .

El argumento de esta cuarta vía es similar a las anteriores. Partiendo de un hecho experimental completamente cierto y evidente –la existencia de diversos grados de perfección en los seres–, la razón natural se remonta a la necesidad de un ser perfectísimo que tenga la perfección en grado máximo, o sea que la tenga por su propia esencia y naturaleza, sin haberla recibido de nadie, y que sea, por lo mismo, la causa o manantial de todas las perfecciones que encontramos en grados muy diversos en todos los demás seres. Ahora bien: ese ser perfectísimo, origen y fuente de toda perfección, es precisamente el que llamamos Dios .

e) La quinta vía: por la finalidad y orden del universo
La expone Santo Tomás: “La quinta vía se toma del gobierno del mundo. Vemos, en efecto, que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, lo que se comprueba observando que siempre, o la mayor parte de las veces, obran de la misma manera para conseguir lo que más les conviene; de donde se deduce que no van a su fin por casualidad o al acaso, sino obrando intencionadamente. Ahora bien: es evidente que lo que carece de conocimiento no tiende a un fin si no lo dirige alguien que entienda y conozca, a la manera como el arquero dispara la flecha hacia el blanco. Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas naturales a su fin, y a éste llamamos Dios” .

Esta prueba de la existencia de Dios, además de ser totalmente válida (hasta el mismo Kant se inclinaba con respeto ante ella), es la más clara y comprensible de todas. Por eso ha sido desarrollada ampliamente por escritores y oradores, que encuentran en ella la manera más fácil y sencilla de hacer comprensible la existencia de Dios, aun a los entendimientos menos cultivados. Por esta razón daré algunos ejemplos, tomados del orden del universo. En el libro del P. Royo Marín, que venimos siguiendo se pueden encontrar varios ejemplos partiendo del orden del cosmos, del mundo de las fuerzas fisico-químicas, de la vida vegetal y animal, del reino sensitivo y otros más, tomados a su vez de la obra de Ricardo Viejo-Felíu, El Creador y su creación . Me aparto momentáneamente del libro de Royo Marín para basarme en lo que dice al respecto del orden del universo el P. Jorge Loring, en su conocido libro Para salvarte :

“Mira el cielo. ¿Puedes contar las estrellas? El Atlas del cosmos, que ya se ha empezado a publicar, constará de veinte volúmenes, donde figurarán unos quinientos millones de estrellas. El numero total de las estrellas del Universo se calcula en unos 200.000 trillones de estrellas: un numero de veinticuatro cifras!. El Sol tiene diez planetas: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Los nueve conocidos, y el décimo que se acaba de descubrir: el Planeta X. Fue localizado por la sonda Pioneer en 1987, pero hacía veinte años que conocíamos su existencia. Nuestra galaxia, la Vía Láctea, tiene cien mil millones de soles . Y galaxias como la nuestra se conocen cien mil millones. La Nebulosa de Andrómeda consta de doscientos mil millones de estrellas. Pues, si unos hoyos en la arena no se pueden haber hecho solos, ¿se habrán hecho solos los millones y millones de estrellas que hay en el cielo? Alguien ha hecho las estrellas. A ese Ser, Causa Primera de todo el Universo, llamamos Dios.
La Luna, está a 384.000 Km de la Tierra. El Sol a 150.000.000 Km. Plutón a 6.000.000.000 de Km. Fuera del sistema solar, Sirio a ocho años luz, Arturo a treinta y seis años luz. La luz, a 300.000 Km. por segundo, recorre en un año una distancia igual a 200 millones de vueltas a la Tierra. En kilómetros son unos diez billones de kilómetros . Para caer en la cuenta de lo que es un billón, pensemos que un billón de segundos son casi treinta y dos mil años. La velocidad de la Luz, según las leyes de la Física, no puede superarse. La velocidad de la luz es tope, como demostró matemáticamente Einstein; pues según la ecuación e=mc2 a esa velocidad la masa se haría infinita . Y fuera de nuestra galaxia, la nebulosa de Adrómeda, que es la más cercana a nuestra galaxia de la Vía Láctea, está a dos millones de años-luz . Coma de Virgo a 200 millones de años-luz, y el Cumulo de Hidra a 2.000 millones de años-luz .
Éste es el límite de percepción de los telescopios ópticos. Pero los radiotelescopios profundizan mucho más. El astro más lejano detectado es el Quásar PKS 2.000-330, está a quince mil millones de años-luz. Los quásares son radio-estrellas que emiten ondas hertzianas. Se detectaron por vez primera en 1960.
En el cielo hay millones y millones de estrellas muchísimo mayores que la dimensión de la Tierra. La Tierra es una bola de 40.000 Km. de perímetro (meridiano). El Sol es un millón trescientas mil veces mayor que la Tierra. En la estrella Antares, de la constelación de Escorpión, caben 115 millones de soles. Alfa de Hércules, que está a 1.200 años-luz, y es la mayor de todas las estrellas conocidas, es ocho mil billones de veces mayor que el Sol. Para aclarar un poco estos volúmenes descomunales, diremos que la órbita de la Luna dando vueltas alrededor de la Tierra, cabe dentro del Sol; y que el radio de Antares es el diámetro de la órbita de la Tierra, es decir, de trescientos millones de kilómetros; y que el diámetro de la órbita de Plutón, que es de doce mil millones de Km., es la décima parte del radio de Alfa de Hércules. Todo esto me lo ha calculado un astrónomo. La mayor radio-estrella conocida es DA-240 que tiene el fabuloso diámetro de seis millones de años-luz. El diámetro de esta radio-estrella es sesenta veces mayor que el diámetro de nuestra galaxia, la Vía Láctea, que es de cien mil años de luz.
Estas bolas gigantescas van a enormes velocidades. La Tierra va a cien mil Km. por hora, es decir a treinta Km. por segundo. El Sol va a trescientos Km. por segundo, hacia la Constelación de Hércules. La Constelación de Virgo se aleja de nosotros a mil Km. por segundo. El Cumulo de Boyero se desplaza a cien mil Km. por segundo. Por el desplazamiento hacia el rojo de las rayas del espectro se ha calculado que hay estrellas que se alejan de nosotros a 276.000 Km. por segundo. Es decir, al 92 % de la velocidad de la luz.
El movimiento de las estrellas es tan exacto que se puede hacer el almanaque con muchísima anticipación. El almanaque pone la salida y la puesta del Sol de cada día, los eclipses que habrá durante el año, el día que serán, a qué hora, a qué minuto, a qué segundo, cuánto durarán, qué parte del Sol o de la Luna se ocultará, desde qué punto de la Tierra será visible, etc. El 30 de junio de 1973, España entera estuvo pendiente del eclipse parcial de Sol del cual la prensa venía hablando varios días. El 2 de octubre de 1959, fue visible desde la islas Canarias, un eclipse total de Sol, a las 12 del mediodía, tal como se había previsto desde mucho antes. Por eso se instaló en la Punta de Jandía en Fuerteventura un puesto de observación en el que se reunieron científicos del mundo entero. El anterior eclipse de Sol contemplado desde Canarias, fue el 30 de agosto de 1905, y se sabe que habrá que esperar hasta pasado el siglo XXII para ver otro eclipse total de Sol dentro de nuestras fronteras [Loring se refiere a España]. El año 2005 podremos observar un eclipse anular desde Cádiz. El cometa Halley (llamado así en honor del astrónomo Edmundo Halley, contemporáneo y amigo de Isaac Newton) que como se había previsto el siglo pasado, pasó junto a nosotros en el año 1910, volvió a pasar cerca de la Tierra (a 486 millones de kilómetros) en marzo de 1986 según se había anunciado. Todos los periódicos del mundo hablaron de él. Halley (1646-1742) que observó el cometa en 1662 calculó su órbita y predijo que aparecería de nuevo cada setenta y seis años, y así ha sucedido. Volverá a verse el año 2062. Cuando pasó junto a la Tierra en 1986 fue fotografiado por la sonda europea Giotto, que se acercó al núcleo del cometa a una distancia de 500 kilómetros. La longitud de la cola del cometa Halley es de cincuenta millones de kilómetros y está formada por gases enrarecidos (...) El núcleo del cometa está formado por gases sólidos a 100 grados centígrados bajo cero. Sus dimensiones son de 7´50 por 8´50 por 18 kilómetros. Aunque los chinos ya lo conocían mil años antes de Cristo y ha dado miles de vueltas alrededor del Sol, terminará por desaparecer, pues cada vez que se acerca al Sol pierde peso al volatilizarse por el calor parte de los gases sólidos del núcleo. La cola del cometa no va hacia atrás, como la estela de un avión de reacción, sino que arrastrada por el viento solar se desplaza en el sentido opuesto al Sol, como el humo de una locomotora en marcha, que se desplaza lateralmente si hace un viento fuerte.
La precisión del movimiento de los astros sería imposible conocerlo si el orden del movimiento de los astros no fuera calculable matemáticamente. Por eso James Jeans, ilustre matemático y Presidente de la Real Sociedad Astronómica de Inglaterra y Profesor de la Universidad de Oxford, uno de los más grandes astrónomos contemporáneos, en su libro Los misterios del Universo afirma que el Creador del Universo tuvo que ser un gran matemático . Y Einstein dijo que la Naturaleza es la realización de las ideas matemáticas de Dios . Paul Dirac, Catedrático de Física Teórica de la Universidad de Cambridge y uno de los científicos más sobresalientes de nuestra generación, dijo en la revista Scientific America: ‘Dios es un matemático de alto nivel’ .
Todo este orden maravilloso requiere una gran inteligencia que lo dirija. ¿Qué pasaría en una plaza de mucho tránsito si los conductores quedaran repentinamente paralizados y los vehículos, sin inteligencia, abandonados a su propio impulso? En un momento tendríamos una horrenda catástrofe.
Cuanto más complicado y perfecto sea el orden, mayor debe ser la inteligencia ordenadora. Construir un reloj supone más inteligencia que construir una carretilla. Si un día naufragas en alta mar, y agarrado a un madero llegas a una isla desierta, aunque allí no encuentres rastro de hombre, ni un zapato del hombre, ni un trapo de hombre, ni una lata de sardinas vacía, nada; pero si paseando por la isla desierta encuentras una cabaña, inmediatamente comprendes que en aquella isla, antes que tú, estuvo un hombre. Comprendes que aquella cabaña es fruto de la inteligencia de un hombre. Comprendes que aquella cabaña no se ha formado al amontonarse los palos caídos de un árbol. Comprendes que aquellas estacas clavadas en el suelo, aquellos palos en forma de techo y aquella puerta giratoria son fruto de la inteligencia de un hombre. Pues si unos palos en forma de cabaña requieren la inteligencia de un hombre, ¿no hará falta una inteligencia para ordenar los millones y millones de estrellas que se mueven en el cielo con precisión matemática? Isaac Newton (1642-1727) y Johann Kepler (1571-1630) formularon matemáticamente las leyes que rigen el movimiento de las estrellas del Universo; pero Newton y Kepler no hicieron esas leyes, porque las estrellas se movían según esas leyes muchísimos años antes de que nacieran Newton y Kepler. Por tanto hay algún autor de esas leyes que rigen el movimiento matemático de las estrellas. Por eso el cosmonauta Borman dijo desde la Luna: ‘nosotros hemos llegado hasta aquí gracias a unas leyes que no han sido hechas por el hombre’. Y Newton: ‘El conjunto del Universo no podía nacer sin el proyecto de un Ser inteligente’ . ‘Me basta –ha dicho Albert Einstein– reflexionar sobre la maravillosa estructura del Universo, y tratar humildemente de penetrar siquiera una parte infinitesimal de la sabiduría que se manifiesta en la Naturaleza’ . Dijo también: ‘Dios no juega a los dados’ . La inteligencia que ordena las estrellas en el cielo y dirige con tanta perfección la máquina del Universo es la inteligencia de Dios. Por eso dice la Biblia: Los cielos cantan la gloria de Dios (Sal 19,2). Las criaturas son dedos que me señalan a Dios. Pero hay gente que se queda mirando el dedo y no ve más allá”.

Hasta aquí la cita de Loring. Pero no menos sorprendente que el orden del cosmos es el orden de cada ser. Basta con que preguntes a un médico que te explique el maravilloso mecanismo de la fecundidad femenina y de la maternidad para que debas reconocer un orden extraordinario que no puede responder sino a una inteligencia ordenadora: el maravilloso mecanismo hormonal por el que cada mujer es preparada a lo largo de cada ciclo fértil para poder ovular y todo lo que desencadena la ovulación: una extraordinaria y armoniosa interacción de precisas órdenes entre las diversas glándulas para preparar todo el organismo en orden a una posible concepción, preparación que no sólo mira la preparación del cuerpo femenino sino la protección del embrión en caso de que tenga lugar la concepción; y una vez dada ésta, el misterioso y matemático proceso por el cual la célula fecundada, el embrión humano, comienza un crecimiento siempre rigurosamente igual en los millones de seres humanos que ya han venido a la vida, hasta culminar en el nacimiento. No puede ser menos, si tenemos en cuenta que en niveles sumamente inferiores a éste, se verifica el mismo fenómeno de un orden sorprendente como lo demuestra, por ejemplo, la sabiduría de una simple abeja . En efecto, la abeja resuelve el problema de construir una celdilla tal, que con la menor cantidad de cera admita la mayor cantidad de miel. Reaumur lo descubrió hace dos siglos, aplicando algoritmos del cálculo infinitesimal, descubierto por Leibnitz. Pero lo curioso fue que los sabios, al hacer por primera vez el cálculo, se equivocaron; y la abeja, sin cálculo, sin estudio, no se equivocaba. ¡Y era allá por los años en que aún no habían nacido Reaumur, Leibnitz ni Pitágoras! El descubrimiento fue así. Reaumur, el famoso físico introductor de la escala termométrica que lleva su nombre, sospechando lo que en efecto sucedía, propuso a sus compañeros el siguiente problema: ¿Qué ángulos hay que dar a los rombos de la base de una celdilla, de sección hexagonal, para que, siendo la superficie mínima, la capacidad sea máxima

 



 

 







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